Mi?rcoles, 07 de noviembre de 2012

Texto del micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT9 (3 de noviembre de 2012) (AICA)

Las respuestas del Señor, a lo largo de todo el Evangelio, son una muestra de sencillez y profundidad. Diría que es lo propio del sabio, de aquel que percibe en la pregunta un horizonte abierto, y con su respuesta abre un camino que trasciende lo inmediato de la pregunta. Es más, el mismo desde su respuesta se convierte en camino. Esto lo vemos en la pregunta que le hace el escriba: “¿Cuál es el primero de los mandamientos? (Mc. 12, 28 ss). La repuesta de Jesús es breve: “El primero es amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma… El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, y concluye: No hay otro mandamiento más grande que estos”.

Comprender y vivir esta simpleza del evangelio no siempre es fácil. En un sentido no es llamativo, por ello, que Jesús pondere la actitud de los niños: “Les aseguro, nos dice, que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc. 18, 17). La fe necesita de un corazón limpio. Lo vemos, también, cuando nos quiere dejar un camino superior de vida: “Bienaventurados los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios” (Mt. 5, 8).

¿Cuál es, entonces, el contenido simple de la fe? Amar a Dios y amar al prójimo. Ambos, son como las dos caras de una auténtica vida de fe. Ya hemos hablado, en otra oportunidad, de la fe y las obras. Hoy vemos que cuando Dios ocupa su lugar, y no hacemos de él un ídolo al que queremos o pretendemos manejar, es decir, cuando Dios es el único Señor, todo adquiere su lugar y se jerarquiza. Cuando Dios es Dios, el hombre se comprende como criatura, conoce su verdadera grandeza y sus límites.

Dios no ocupa el lugar de nadie, no compite, pero ilumina el lugar de todos. Así, la fe, nos introduce en la verdad profunda de lo que somos, ella nos habla de la dignidad de ser hijos de Dios en este mundo, con un destino de vida eterna. Esta Vida, por otra parte, no es algo futuro sino ya presente que se nos comunica como gracia a través de Jesucristo, por su Palabra y los Sacramentos. Esta es la verdad y la exigencia de la Iglesia. Amar a Dios que es mi creador, y a Jesucristo que es mi redentor, es el primer mandamiento.

El segundo mandamiento es su consecuencia necesaria. Todo hombre en cuanto hijo de Dios es mi hermano. A esta certeza primera le debemos agregar que Jesucristo al hacerse hombre se ha identificado a todo hombre, se ha hecho hermano de cada hombre para asumir su vida y hacerse su camino, de un modo especial con lo más pobres y necesitados: “Les aseguro, nos dice, que cada vez que hicieron algo con el más pequeño de mis hermanos lo hicieron conmigo” (Mt, 25, 40).

La fe en Dios no puede ser un refugio. Una fe que no vea en el rostro de todo hombre a un hermano, no es una fe plenamente cristiana. Podemos distinguir el amor a Dios y el amor a nuestro hermano, pero no separarlo, porque forman una unidad en el designio creador y redentor de Dios.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oración, mi bendición en el Señor que nos ha llamado a amarlo a Él, el único Dios, y a nuestros hermanos.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Publicado por verdenaranja @ 0:10  | Hablan los obispos
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