S?bado, 17 de noviembre de 2012

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (11 de noviembre de 2012). (AICA)

El capítulo 18 del Evangelio de San Lucas comienza con estas palabras: “Jesús les enseñó con una parábola que es necesario orar siempre sin desanimarse” y sigue el relato del Juez inicuo y la viuda insistente. En la primera carta de San Pablo a los cristianos de Tesalónica, capítulo 5 versículo 17, el Apóstol entre otras exhortaciones les dice a los fieles “oren sin cesar”. Y subrayo los adverbios, en todo caso, o las expresiones adverbiales, de modo: Orar siempre, orar sin cesar.

Esto planteó un problema a las primeras generaciones cristianas. ¿Cómo es posible cumplir con este precepto del Señor, con este mandato apostólico de orar siempre? La misma vida cristiana nos exige toda una serie de ocupaciones diversas que son las ocupaciones propias de la vida humana que el cristiano transforma por su fe y por su amor a Dios y al prójimo.

¿Cómo es posible orar siempre?

San Agustín, en una carta que se hizo célebre, la carta Nº 130, dirigida a una Virgen llamada Proba, plantea una solución que apela a cual es la finalidad de la vida cristiana. La finalidad de la vida cristiana es alcanzar la felicidad eterna.

Lo que Agustín llama la wita beata, la vida feliz. Pero es la vida feliz en la eternidad, el don que Dios nos va a dar. La oración tiene sentido porque ella se identifica con el deseo de la vida eterna, con el deseo de la vida feliz. Entonces Agustín dice: es posible orar siempre con el deseo continuo de la fe, la esperanza y la caridad.

La fe, la esperanza y la caridad que enriquecen, por la gracia de Dios, la persona del cristiano, asumen el deseo natural de felicidad y apuntan a la felicidad verdadera, a la verdadera vida, a la vida eterna.

También San Agustín argumenta así: eso no quiere decir que no tengamos, que pedirle a Dios cosas que necesitamos. En realidad, dice Agustín, nosotros tenemos que pedirle a Dios esas cosas que necesitamos no porque Dios no sepa que las necesitamos sino porque al pedirlas vamos ejercitando nuestro deseo y así vamos como ensanchando el alma y preparándonos para recibir los dones que Dios nos quiere dar. Está pensando siempre en que todos los dones de Dios están orientados a ese gran don de la felicidad eterna.

Entonces, dice San Agustín, nosotros tenemos que orar en determinados momentos del día. Por eso en determinados días, en determinados momentos del día, nos dedicamos exclusivamente a la oración pero oramos continuamente con el deseo continúo de la fe, la esperanza y la caridad.

Podríamos decir que esta pequeña catequesis sobre la oración puede ayudarnos para plantearnos nosotros la cuestión acerca de la oración. Todos estamos acostumbrados, desde pequeños aprendemos a rezar, pero: ¿Esos rezos que hacemos cada tanto son realmente oración? ¿Están vinculados con ese deseo de la vida eterna, son expresión de la fe, la esperanza y la caridad? ¿No es que a veces nos desesperamos excesivamente por arrancarle a Dios tales o cuales beneficios que son los que consideramos nosotros necesarios?.

En la oración siempre hay una especie de confiarse en la Providencia de Dios sabiendo que Él sabe bien lo que necesitamos. Jesús mismo dice en el Evangelio pidan y recibirán. Sin embargo ese otro propósito que es casi un precepto del Señor, oren siempre, oren sin desanimarse, nos está sugiriendo que tenemos que abrir nuestro corazón, ensanchar nuestro corazón a la búsqueda de la verdadera felicidad.

Quizás allí tendría que apuntar muchas veces nuestra vida de oración. ¿Alguna vez se nos ha ocurrido pedirle a Dios que nos asegure el camino que nos lleva a la vida eterna? ¿Y que nuestra oración sea un ejercicio verdadero de fe, de comunión con Dios, de amor a Él? Bueno, es allí donde el cristiano recarga las energías de su alma para luego dar testimonio de Cristo en la vida de todos los días.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 22:32  | Hablan los obispos
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