S?bado, 17 de noviembre de 2012

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario en la misa en donde fueron fueron consagrados la Iglesia y el altar de la parroquia Nuestra Señora del Carmen de la ciudad de Funes (10 de noviembre de 2012). (AICA)

Queridos hermanos y hermanas:
Este es un día lleno de gracias para esta comunidad parroquial de Nuestra Señora del Carmen. La Iglesia parroquial y su altar van a ser consagrados, es decir dedicados a Dios. Y lo hacemos gratamente en el Año de la Fe. La Palabra de Dios que hemos escuchado, y el ritual de esta celebración, nos van a permitir comprender más en profundidad todo su significado. Y que nos permiten contemplar la grandeza de la Casa de Dios y del altar.

“La alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes” nos dice la primera lectura; y esta alegría es tanto más sentida porque este lugar que consagramos hoy, se transforma en Casa de Dios, dedicada a Dios, donde los cristianos encontramos el lugar sagrado para vivir profundamente nuestra fe.

A la vez, este altar, sobre el que celebraremos la Eucaristía, será una invitación constante para renovar el día del Señor, para anunciar su muerte y proclamar su resurrección. En él se ofrecerá la Misa, el sacrificio de Cristo; en la que Jesús viene en medio nuestro a entregarse por nosotros. Aquí se celebra y recibimos la Sagrada Eucaristía, que es el tesoro más grande que tiene la Iglesia.

También cada uno de nosotros empezó aquí, en la pila bautismal, a ser cristiano por el bautismo, hijo de Dios y templo del Espíritu Santo; y recibió los sacramentos de la vida y las medicinas de Dios.

Por esto, la consagración de este lugar santo y de su altar no son solo celebraciones que enriquecen espiritualmente este lugar, sino que también entran a significar una realidad nueva en nuestra vida. . Porque, como recién leímos “El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo” ( 1 Co.3,11).

San Agustín, dice que, mediante la fe, los hombres son como tablas y piedras tomadas de bosques y montes para la construcción; son tallados, y labrados mediante el bautismo, la catequesis y la predicación; y se convierten en casa de Dios cuando se unen unos a otros mediante la caridad (cf. Benedicto XVI, Homilía, 21.IX.2008).

La iglesia y el altar hacen presente que también nosotros somos templo de Dios y que el espíritu de Dios habita en nosotros, como nos dice el Apóstol San Pablo en la segunda lectura (1 Co 3, 16). Por ello, el templo es imagen de nuestro ser, de nuestro hombre nuevo; y al estar reflejados en esta obra, somos invitados a formar parte de su Casa, somos impulsados a vivir en Cristo, reflejando la unidad de un solo cuerpo.

El amor de Cristo, la caridad “que no acaba nunca” (1 Co 13, 8), es la que nos une visiblemente en este templo; y esta unidad se hace más honda cuando en el altar, recibimos el alimento que nos nutre con su amor; acercándonos con un corazón ya reconciliado.

En el Evangelio, Jesús encontró a Zaqueo. El quería ver quién era Jesús, y se subió a un árbol para conocerlo. Pero fue el Señor quien miró y lo vio, lo invitó a bajar y le dijo” hoy tengo que alojarme en tu casa” (Lucas, 19, 5). Buscaba un lugar para alojarse y hablar con él. Hoy en cambio, Jesús nos ofrece un lugar, nos invita a su Casa, lugar de oración y de salvación, donde cada uno se encuentre con Él, y donde cada uno, como nos decía Juan Pablo II, se sienta como en su propia casa. Aquí, cada vez que nos encontremos con el Señor, como Zaqueo, recibiremos el perdón y la reconciliación con Dios y los hermanos.

En este lugar encontraremos a Jesús, en su Palabra y en la Eucaristía, en los sacramentos, en las celebraciones litúrgicas, y en la catequesis. Desde aquí podremos iniciar la misión, y a la vez ser testimonios de la vida de caridad, en la familia, en el barrio, en la sociedad.

El templo y el altar consagrado nos recuerdan el compromiso de crecer en la fe, y en la caridad, así como en la entrega misionera. En concreto, se trata de testimoniar con la vida vuestra fe en Cristo y la confianza total que depositamos él. También se trata de crecer en la vida de comunión fraterna.

Pero si tenemos un templo tan cuidado, y un altar tan embellecido, por el amor que todos ustedes pusieron en estas obras; recordemos también que esto debe movernos a vivir la caridad con nuestros hermanos, sobre todo los enfermos y los más necesitados, que también son templos vivos de Dios.

Que la Virgen María nos reciba también siempre en la Casa de su Hijo, nos recuerde que ella es la puerta de la fe, para conocer a Jesucristo.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 22:36  | Homil?as
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