Domingo, 18 de noviembre de 2012

Reflexión sobre el próximo Adviento 2012 para el año de la fe recibida desde el Departamento de Comunicación el Obispado de Tenerife.

ADVIENTO DEL AÑO DE LA FE 

          Entramos en un nuevo adviento, tiempo por excelencia de esperanza, y ¡cuánto la necesitamos! en estos momentos de la coyuntura histórica que nos está tocando vivir. Esperanza en el aspecto más elemental de nuestra realidad social, ante la crisis tremenda que nos está tocando vivir; pero que, aun en medio de su dolor, deberíamos también aprovechar para desarrollar nuestra solidaridad, y repensar el modo y el por qué de muchas de nuestras actitudes superficiales que, a la corta o a la larga, terminan haciendo sentir sus consecuencias dolorosas, para preguntarnos si tenemos que retomar algún otro camino.

          Desde ahí y, como siempre, tiempo de esperanza que, desde la fe en Cristo Jesús, nos quiere seguir abriendo el horizonte de nuestra dignidad de ser humanos que Cristo nos ha ofrecido en plenitud con su mensaje, con su vida. Somos hechura divina, aunque nos pueda parecer mentira; hemos sido hechos hijos en el Hijo, por pura gracia de un Dios que se nos ha revelado como amor, aunque no sepamos estar muchas veces a la altura de este don. Se nos ha abierto una meta a la que llegar, no de oscuridad, sino de luz, plenitud de amor buscada y anhelada, a veces hasta inconscientemente por muchos a través de caminos más tortuosos. Y porque tenemos una meta, tenemos un camino, el marcado por Jesús. Más aún, sabemos que él mismo, con su encarnación, a la que queremos prepararnos en este tiempo, se nos ha hecho camino y se nos ha convertido en la meta que alcanzar, meta de humanidad y de divinidad, que no es huída sino que comienza y se realiza aquí, aunque se plenifique y consolide en la otra orilla de la existencia.

          Y esta llamada de esperanza presente y futura se nos invita a reforzarla de un modo especial en este año que el Papa ha querido convertir en el Año de la Fe. Un año que, como él mismo nos ha dicho, quiere que lo aprovechemos para “redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe”. Alegría y entusiasmo, que dos palabras más hermosas, y qué bien encaja este deseo del Papa con ese empeño de nuestra iglesia diocesana de seguir ayudándonos a ahondar en nuestro ser “discípulos y testigos”.

          Sabemos que no estamos ante palabras, ante eslóganes para llenar con algo nuestro formar parte de la Iglesia. Todos somos conscientes de los retos que nos está planteando hoy nuestro mundo a quienes nos queremos seguir presentando como discípulos de Jesús. Somos conscientes de cómo al mismo tiempo que se margina la fe y se rechaza a Dios, todos los ojos están vueltos hacia nosotros para ver nuestras coherencias o incoherencias, sobre todo éstas, y eso nos tiene que ayudar a mantenernos fieles.

          Por eso, no cabe el desánimo. Todo esto nos dice que ser cristiano sigue importando. Ser cristiano sigue siendo un referente, no es indiferente. El evangelio vivido con coherencia nos convierte en personas que asumen unos valores, unos modos de entender y valorar al hombre desde Dios, en su profundidad y en sus comportamientos, y eso cuestiona e interpela, gusta y disgusta. Y ello nos tiene que estimular a vivir con fuerza y valentía el evangelio que hemos recibido, con todas sus consecuencias. Para ello, este año se convierte de nuevo en tiempo de gracia, y empezar desde ahora, apoyados los unos en los otros, sintiéndonos Iglesia,  aprovechándonos de todos los medios que se nos ofrezcan, sabiéndonos inmersos en una historia de amor en la que Dios está saliendo continuamente a nuestro encuentro para ser Dios con nosotros, se convierte en tarea de nuestra fe que se nos llama a alimentar, cultivar y comunicar.

No lo olvidemos, estamos llamados a ser hombres y mujeres de fe y esperanza. Estas dos virtudes  caminan siempre de la mano, una refuerza a la otra y juntas nos ayudan a crecer en el amor, como nos dice el Papa en su carta que abría este Año de la fe. Así que abrámonos a ellas y ofrezcamos, en la medida de nuestras posibilidades,  esta buena noticia que nos viene empujada en este nuevo adviento del año de la fe. 


Publicado por verdenaranja @ 20:45  | Espiritualidad
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