Viernes, 23 de noviembre de 2012

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la misa por los enfermos (Parroquia Nuestra Señora de la Salud, 11 de noviembre de 2012) (AICA)

Queridos hermanos:
Celebramos las fiestas Patronales de Nuestra Señora de la Salud, la Madre de esta comunidad y de todos nosotros, particularmente de los enfermos, que se acercan a pedir y suplicar por los ellos. Asimismo, queremos celebrar aquí con la Comisión arquidiocesana de pastoral de la salud, el día del enfermo de este año, que tiene como lema las palabras elegidas por el Papa Benedicto XVI;” Levántate, tu fe te ha salvado”.

Esta invitación ayuda a tomar conciencia de la importancia de la fe para quienes, sobrellevando la enfermedad se acercan al Señor. En el encuentro con él, pueden experimentar realmente que ¡quien cree no está nunca solo! Dios por medio de su Hijo, no nos abandona en nuestras angustias y sufrimientos, está junto a nosotros, nos ayuda a llevarlas y desea curar nuestro corazón en lo más profundo (cf. Mc 2,1-12) (cfr. Mensaje 2012).

En el centro de las lecturas que escuchamos este domingo encontramos el personaje de una viuda pobre, una mujer que ofrece en la alcancía del templo las monedas que le quedan. Un gesto que va más allá de cuánto puso, y manifiestan un corazón generoso; que por la mirada de Jesús, pasa a la historia y se recuerda como un ejemplo de generosidad y amor, dando todo lo que tenía. Ella dio porque creía, porque amaba , y allí encontraba la fidelidad al amor de Dios .

Esto mismo, es lo que deseo resaltar en este día del enfermo. La fe nos mueve a dar todo por el enfermo; la fe nos ayuda a sobrellevar la enfermedad, la fe nos da esperanza, y nos dice “levántate”.

La fe está en relación con la vida, no solo para pensar en Él, para alcanzar un conocimiento suyo más hondo, sino para encontrarnos con Jesús y vivir como cristianos.

El encuentro de la fe crece cuando se vive como una experiencia de amor
Este encuentro motivado por la fe, que nos sostiene y fortalece, y es tan importante en los agentes de la salud, como en los enfermos y en los familiares “crece cuando se vive como un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia. La fe ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón a los que escuchan la invitación del Señor, a aceptar su Palabra para ser sus discípulos (cfr. Porta fidei, nº 7).

Por la fe nos acercamos al corazón del misterio de Dios que nos habla; y también nos mueve a confiar en Él, en su palabra, y en su amor.

Creer es aceptar lo que Dios nos revela sobre si mismo, sobre nuestra vida, y sobre cada uno de nosotros; y la garantía de ello es la Resurrección de Jesús, sin la cual, como dice San Pablo, nuestra fe sería vana (1Co.15,14); y no solo nuestra fe, sino también la esperanza, y la caridad.

También el amor y la generosidad de dar todo, como nos enseña el Evangelio que acabamos de leer, brotan de la fe; es la que nos ayuda a motivar y apreciar la entrega de quienes trabajan en la Pastoral de la salud, y a quienes tienen la misión de cuidar enfermos. La fe nos ayuda a estar disponibles "a vendar los corazones heridos".

En el encuentro con Jesús, experimentamos lo que el Papa repite frecuentemente: “¡quien cree no está nunca solo!. Porque Dios está junto a nosotros. Esto se experimenta por la Palabra de Dios, la oración y la acción de los sacramentos.

Cada uno de ellos “expresa y actúa la proximidad del mismo Dios” (Mensaje, n º1). Esta también es la misión de la Pastoral de la salud, anunciar que Dios siempre está cerca; y nos permite reafirmar que esa también en nuestra misión, acompañar fraternalmente al enfermo y acercarlo a la fe.

Pero al mismo tiempo este acompañamiento cercano, trasciende el tiempo y el momento del encuentro físico; porque nos orienta hacia un encuentro de comunión y de amor. Quien invoca al Señor, debería sentir que el amor del Señor no lo abandona nunca.

Cada sacerdote repite lo realizado por Jesús, acerca las medicinas de Dios, y anuncia y hace presente la misericordia del Padre.
Justamente, en este día, comprendemos que Jesús mismo dio todo. Por eso dejo a sus sacerdotes, ministros las medicinas de Dios: la reconciliación, la unción y la comunión.

Qué importante es llamar y recibir la visita del sacerdote que se acerca a los enfermos, como el buen samaritano que nos levanta y nos ayuda a creer, con la actitud de misericordia y de perdón. Necesitamos revitalizar la atención espiritual a los enfermos; y acudir con prontitud al enfermo que nos llama y nos necesita. También a través de los agentes parroquiales, cada comunidad parroquial debería conocer a sus enfermos, sobre todo a los más graves o más necesitados; con el fin de que el sacerdote se acerque con frecuencia a los creyentes, procure visitar también a los debilitados en la fe, o a quienes no conocen a Jesús.

Cada sacerdote repite la actitud de Jesús, que anuncia y hace presente la misericordia del Padre. Él no ha venido para condenar, como dice el Evangelio de hoy, sino para perdonar y salvar, para dar esperanza, para ofrecer la vida eterna; por ello en el sacramento de la penitencia, experimentamos que quien cree tenga la vida eterna. (cf. Juan Pablo II, Exhortación Reconciliación y Penitencia, 31; Mens.2 ). Y en la comunión recibimos al mismo Jesús, el pan de vida, que nos alimenta, acompaña e ilumina el camino; sabiendo que cuando se recibe en el momento de la enfermedad contribuye a realizar esta transformación, asociando a quien lo recibe con el Cuerpo y la Sangre de Jesús, y al ofrecimiento que él ha hecho de sí mismo al Padre para la salvación de todos (cfr. Mensaje 2012, 4).

Los agentes sanitarios y la pastoral de la salud tienen una misión fundamental. El Mensaje de este año, también nos estimula diciéndonos que “la atención y el cuidado pastoral hacia los enfermos, es señal de la ternura de Dios para los que sufren, y por otro lado produce un fruto espiritual, sabiendo que todo lo que se hace al más pequeño, se hace al mismo Jesús (cfr. Mat.25-40”), (ibidem, nº 3).

En esta misión de la pastoral de la salud, la Virgen María nos acompaña y es nuestra Madre. Ella es la samaritana que se acerca a cada enfermo, Ella es la madre de la misericordia y la salud de los enfermos; a Ella le pedimos que sostenga la fe y la esperanza de cada persona enferma y fortalezca la presencia de quienes trabajan con los enfermos en nuestra diócesis.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 0:06  | Homil?as
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