Domingo, 02 de diciembre de 2012

Homilía de monseñor Emil Paul Tscherrig, nuncio apostólico en la Argentina, en la misa por el 90º aniversario del Seminario Mayor de La Plata (26 de noviembre de 2012) . (AICA)

Excelencia, Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata,
Mons. Baisi, obispo Auxiliar de La Plata,
Estimado Rector del Seminario Mayor de La Plata,
Profesores y colaboradores del Seminario,
Bienhechores y queridos seminaristas:

Estoy muy contento de poder celebrar con ustedes el nonagésimo aniversario de este ilustre Seminario Mayor de La Plata. Sobre todo agradezco a Mons. Aguer y al Rector por esta invitación. En nombre del Santo Padre los saludo con las palabras de San Pablo a los cristianos de Corinto: “Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo” (1 Cor. 1, 3). El Papa se alegra con ustedes en este día de fiesta y les envía su especial bendición Apostólica, la que al fin de esta liturgia tendré el privilegio de impartirles.

Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre nuestra relación con Jesús. El Evangelio según San Lucas, narra el encuentro del Señor con diez leprosos. Jesús ya está en camino hacia Jerusalén, es decir que vive los últimos días de su vida terrenal. Al entrar a una aldea vienen a su encuentro un grupo de enfermos de lepra que imploran su compasión.

Ellos piden un milagro, porque no había otra posibilidad de curar este terrible mal. Ciertamente ya habrían oído que Jesús había curado otras enfermedades. Por esto, cuando vieron a Jesús, se encendió en ellos la esperanza de una vida nueva. Pero, Jesús no hace un gran gesto, sino que los envía simplemente a los sacerdotes que debían verificar las raras curaciones. Y San Lucas comenta: “Y en el camino quedaron purificados” (17, 14). Por lo tanto ellos aceptaron el desafío de Jesús y se pusieron en camino con la esperanza que la palabra de Jesús podía cumplir lo que prometía.

Pero ahora sucede una cosa inesperada: sólo uno de los diez curados regresa para agradecer a Jesús y, el colmo, él ni siquiera era un hebreo, sino un samaritano, un extranjero. Y en las palabras de Jesús se siente pesar y dolor cuando dice al leproso curado: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve ¿dónde están? - ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero? Y agregó: Levántate y vete, tu fe te ha salvado” (v. 17-19).

Queridos seminaristas, cada uno de ustedes ha sido llamado por Jesús con su propio nombre. Cada uno de ustedes, como los leprosos del evangelio, encontró a Jesús fuera del poblado, viéndolo desde lejos. Ahora se trata de recorrer el camino del samaritano curado y volver a Jesús para conocerlo mejor, para entrar en intimidad con su vida. Por esto, para ustedes, como para los leprosos, no es suficiente ir a los sacerdotes y profesores que los acompañan para mostrar que son verdaderamente dignos de su vocación sacerdotal, sino que lo que vale es el encuentro personal con Jesús. Todos los estudios, la práctica espiritual, la oración y la vida comunitaria son, por lo tanto, instrumentos para conducirlos a los brazos de Jesús.

Jesús esperaba que todos hubieran regresado, porque El quería darles más que sólo una nueva vida en este mundo. El deseaba ofrecerles los frutos de la “plenitud de la fe” (cf. Heb. 10, 22), porque ellos estaban como los Efesios antes del encuentro con Cristo, “en el mundo sin Dios”, y por lo tanto sin esperanza (cf. Spe Salvi, Nº 3). El deseaba que el milagro de la curación los hubiese conducido a la fuente de la vida que es Jesús Hijo de Dios. Esta fe les habría dado acceso a la vida que no se corrompe y es más fuerte que la muerte. Con su acto de agradecimiento, el samaritano curado dio testimonio de esta fe que no sólo le ha devuelto la salud, sino que también le ha dado la salvación. Pero a los otros no les interesaba la salvación ni la persona de Jesús. Su vida había cambiado, pero se quedaron en el mundo sin esperanza. Jesús era mucho más generoso de cuanto ellos podían imaginar: El estaba dispuesto a ofrecerles la fe que da la verdadera vida, la que el tiempo no corrompe y los gusanos no destruyen, la salvación eterna.

Lo que hoy cumplimos es un acto solemne de agradecimiento. En él, no sólo reconocemos que Jesús es el Señor, sino que todo lo que somos y tenemos es un don de Dios. Agradecer significa, por lo tanto, hacer de Dios el punto de referencia y el centro de nuestra vida. Esto es al mismo tiempo un acto de humildad, con el que exaltamos la grandeza de Dios que, como recuerda el Magnificat, ha hecho grandes cosas con nosotros. Por otra parte, es “justo y necesario, es nuestro deber y salvación”, como anuncia el prefacio del Segundo Canon, dar gracias al Padre Santo, siempre y en todo lugar, porque El es el origen y el fin de todo lo creado. En el acto de agradecimiento que culmina en la Eucaristía, reconocemos que Dios es el Señor, y la salvación nos ha sido dada por la fe en su Hijo Jesucristo. La misma historia de este Seminario es parte de esta historia de fe y de salvación y signo de la presencia activa del Señor en su Iglesia en la Argentina. Entonces, agradezcamos todo el bien que los testigos de la fe que han salido de esta institución, llevaron al mundo.

Queridos seminaristas, fuertes en esta fe en Cristo, son llamados a participar en esta continua acción de gracias de toda la Iglesia. Lo harán anunciando a sus contemporáneos la salvación eterna que no se compra con dinero o con una vida meritoria, sino que es don de la fe en Cristo resucitado. Por lo tanto su misión no es la de crear “el orden justo de la sociedad y del Estado”, que, como afirma el Papa Benedicto en su primera encíclica “Deus Caritas Est” (Nº 28), es “la tarea principal de la política”. Pero, en cambio, nuestro deber es dar esperanza al mundo a través del anuncio de la fe.

Para esta misión, escribe San Pablo a los cristianos de Corinto, hemos sido “santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos” (1 Cor. 1, 2). La santificación consiste en el hecho de que hemos sido colmados en Cristo con “toda clase de riqueza” y en particular con el don de la Palabra y con el del conocimiento de Cristo. La santidad de Dios se manifiesta en la historia de la salvación, como amor infinito e incondicional por toda persona humana. Entonces, nosotros somos santos porque somos amados por Dios, e individualmente y como comunidad, respondemos a esta iniciativa divina con gratitud y alabanza por la dignidad de ser hijos e hijas de Dios. Pero el gesto sublime de la gratitud humana es el don de nosotros mismos y es así como la gratitud llega a ser un sacrificio de alabanza a Dios y un testimonio de fe viva.

En nombre del Santo Padre, agradezco al Rector y a los profesores hoy en servicio, así como a todos aquellos que los han precedido y que han colaborado en la formación de los candidatos al sacerdocio. Les ruego que sean siempre conscientes de la gran responsabilidad que el Arzobispo les ha confiado, porque son los custodios del más precioso tesoro de la Arquidiócesis. Tenemos necesidad de sacerdotes santos y bien formados, que sean capaces de transmitir la herencia de la fe a las generaciones futuras. Este Año de la Fe debería ser, sobre todo, una oportunidad para renovar su compromiso de sacerdotes y profesores, que enseñan no sólo con la palabra, sino también con el ejemplo de su vida.

Queridos seminaristas, El Señor los ha llamado a ser sus discípulos. El los ama tanto que les pide ser apóstoles, es decir, sus embajadores en el mundo. Pero amar y ser amados no es posible sin el sacrificio y la aceptación de la cruz. Para encontrar a Jesús Salvador, el leproso tuvo que dejar a sus compañeros que eran parte íntima de su pobre vida. También ustedes deben dejar sus familias,
amigos y compañeros para ofrecer su vida al Señor. Por lo tanto deben renunciar a muchas cosas, pero ésta es la condición para tener una vida feliz y la paz interior. Rezo por ustedes, con la ayuda del Espíritu Santo, reciban la gracia y el coraje de abandonar todo para ganar todo. Así serán verdaderamente libres para hacerse todo en todos y un don de Dios para la humanidad.

Que este aniversario nos ayude a renovar nuestra fe en Jesucristo para que por el testimonio de nuestra vida y el servicio de la Iglesia, el mundo crea y sea salvado. Amén.

Mons. Emil Paul Tscherrig, Nuncio Apostólico en Argentina


Publicado por verdenaranja @ 23:25  | Hablan los obispos
 | Enviar