S?bado, 29 de diciembre de 2012

Carta de monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el Cuarto domingo de Adviento (23 de diciembre de 2012) (AICA)

“El código de la humildad”

Estamos próximos a celebrar la noche buena. El gozo del nacimiento de Jesús, el Dios con nosotros. En este domingo vamos terminando el tiempo del adviento, la espera y la expectativa de los contemporáneos de Jesús en la llegada del Mesías. El texto del Evangelio (Lc. 1,39-45), nos propone la visitación en el que Isabel se llena de gozo por la visita de María embarazada: “Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno…”.

Sabemos que vamos transitando caminos exigentes. En nuestra vida cotidiana nos encontramos con muchas circunstancias complejas, inquietudes que no nos dejan discernir aquello que es importante. La Navidad, el nacimiento de Jesús en el pesebre, del Dios hecho hombre nos permite comprender “el lenguaje de Dios” y ubicarnos en aquello que es “central” para responder mejor a tantas urgencias que nos agobian.

En reflexiones anteriores subrayamos la necesidad de evaluarnos, o bien de realizar un examen de conciencia, hecho con humildad desde “la verdad” de nuestras vidas, también desde el respeto a la verdad en los otros, y como base para construir sólidamente en nuestra sociedad. Este camino de evaluación, o bien de “examen de conciencia” en este adviento que termina, y en el fin de año, tiene como efecto principal la posibilidad de “volver a Dios”, y ponerlo a Jesucristo en el centro de nuestras vidas. De alguna manera nos puede ayudar a que no seamos cristianos que vivimos con un pesebre sin “el Niño Jesús”.

La noche buena y la Navidad es una oportunidad que tenemos como cristianos y como discípulos de volver a tenerlo a Jesucristo, el Señor, su Persona, como Aquel a quien queremos seguir. Aparecida nos señala: “En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos y practicamos las bienaventuranzas del Reino, el estilo de vida del mismo Jesucristo: su amor y obediencia filial al Padre, su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños, su fidelidad a la misión encomendada, su amor servicial hasta el don de su vida. Hoy contemplamos a Jesucristo tal como nos lo transmiten los Evangelios para conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias” (139).

Es cierto que muchos celebran la Navidad y se olvidan del nacimiento de Jesús vaciándola en su contenido central. Pero aún así debemos señalar que nuestra gente tiene una gran religiosidad, y la mayoría somos cristianos. La Navidad es un tiempo oportuno para colocar a “Jesucristo, el Señor” en el centro de nuestras vidas y madurar la fe. En las capillas se multiplican los pesebres y las Misas navideñas. La fe necesita ser compartida, y requiere nuestro compromiso y búsqueda de comunión con otros hermanos que están en el mismo camino. El pesebre nos ayuda a convertirnos. Nos permite comprender aquello que necesitamos para ser amigos de Dios. Ante el pesebre descubrimos que para ingresar al camino que nos conduce a Dios debemos hacernos pequeños, y que la humildad es generadora de esperanza, en una sociedad excesivamente cargada de soberbia. Orando ante el pesebre comprendemos más profundamente la bienaventuranza: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos” (Mt. 5,3).

Una de las dificultades para recuperar la centralidad de Jesucristo, es el creciente subjetivismo e individualismo de la fe. Cuando nos pasa esto es porque fuimos acomodando la fe a nuestro parecer, afectos y criterios. Es una tendencia muy fuerte el adecuar la Palabra de Dios a lo que nos parece, porque su propuesta es exigente, pero siempre es el camino que nos lleva a la verdadera felicidad.

Al finalizar esta reflexión próxima a la Navidad, no quiero dejar de tener especialmente presente a aquellos que padecen alguna forma de sufrimiento, a los que están presos, a los que padecen alguna enfermedad, o en la noche buena estarán en alguna sala de un hospital, a los que están solos, a los que tienen poco para comer. El Señor los considera sus privilegiados y a ellos especialmente los invita a su mesa. Nosotros como cristianos también los queremos tener presentes en nuestro corazón y oración.

¡Feliz Navidad y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas_


Publicado por verdenaranja @ 21:53  | Hablan los obispos
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