Lunes, 07 de enero de 2013

ZENIT  nos ofrece el artículo de nuestro colaborador el obispo de San Cristóbal de Las Casas, México, monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, sobre la nueva etapa que empieza.

Retos y esperanzas de Año Nuevo

Por + FELIPE ARIZMENDI ESQUIVEL

HECHOS

Estamos iniciando un nuevo año, y en estas ocasiones siempre se nos presentan retos, temores, preocupaciones, angustias. Nos preguntamos qué pasará, qué nos sucederá, podremos salir bien librados, o llegarán situaciones fuera de nuestro control. Sin negar los problemas, es necesario generar una esperanza que esté fincada en seguridades que nos dan certeza, confianza y alegría. Eso es lo que Dios nos ofrece.

Los retos son múltiples. Nos preocupa la persistente pobreza de muchas personas, sobre todo en los barrios marginales de las ciudades, en el campo y en las comunidades indígenas. La violencia y la inseguridad se presentan cuando y donde menos lo esperamos, sea por la ambición de unos desalmados que quieren tener mucho dinero fácil y rápido, sea por el combate entre organizaciones criminales por defender o ampliar sus territorios. La corrupción corroe personas e instituciones; la migración no se detiene por falta de mejores oportunidades en los propios lugares de origen; el desempleo, el subempleo y el multiempleo desgastan a las personas y las familias; las divisiones entre partidos, grupos, iglesias y organizaciones generan competencias desleales y destructivas; la desestabilización y la violencia intrafamiliar dañan gravemente a los hijos; las facilidades para el aborto parecen un derecho a matar inocentes. Hay desconfianza sistemática hacia cualquier autoridad; falta una evangelización más profunda que genere cambios en las personas y en la sociedad; duelen las divisiones entre mismos creyentes; aumenta la secularización y la dictadura del relativismo. Podríamos aumentar la lista, como acostumbran quienes sólo ven lo negativo, acusan a medio mundo y con ello se sienten satisfechos.

CRITERIOS

El Papa Benedicto XVI nos invita a aceptar a Dios en nuestra vida, porque sin El no hay esperanza ni amor; nos hacemos indiferentes a los demás, sobre todo a los pobres y a cuantos sufren; nos hacemos enemigos y nos destruimos: “¿Tenemos un puesto para Dios cuando él trata de entrar en nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para él? ¿No es precisamente a Dios mismo al que rechazamos? ¿Tiene Dios realmente un lugar en nuestro pensamiento? No hay sitio para él. No tenemos tiempo para Dios. Tampoco hay lugar para él en nuestros sentimientos y deseos. Nosotros nos queremos a nosotros mismos, queremos las cosas tangibles, la felicidad que se pueda experimentar, el éxito de nuestros proyectos personales y de nuestras intenciones. Estamos completamente «llenos» de nosotros mismos, de modo que ya no queda espacio alguno para Dios. Y, por eso, tampoco queda espacio para los otros, para los niños, los pobres, los extranjeros.

Roguemos al Señor para que estemos vigilantes ante su presencia, para que oigamos cómo él llama, de manera callada pero insistente, a la puerta de nuestro ser y de nuestro querer. Oremos para que se cree en nuestro interior un espacio para él. Y para que, de este modo, podamos reconocerlo también en aquellos a través de los cuales se dirige a nosotros: en los niños, en los que sufren, en los abandonados, los marginados y los pobres de este mundo” (24-XII-2012).


Publicado por verdenaranja @ 21:42  | Hablan los obispos
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