Viernes, 25 de enero de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo tercero del Tiempo Ordinario ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º del T. Ordinario C 

Salíamos el otro día de la Navidad, centrando nuestros ojos en Jesucristo, que comenzaba su Vida Pública. Hoy podíamos decir que el Evangelio nos presenta el comienzo de la Vida Pública de Jesús según San Lucas, que es el evangelista de este año. Después del Prólogo de su Evangelio, en el que nos presenta el método, la forma, que ha empleado en la composición del texto, nos traslada al capítulo cuarto y dice: “En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos le alababan”. Luego narra lo que sucede en la sinagoga de Nazaret. De esta forma, el evangelista subraya el anuncio de la Palabra de Dios, como tarea prioritaria en el ministerio del Señor. En efecto, Jesús es “el Maestro”, es la Palabra encarnada, es el Hijo de Dios, que nos revela el Misterio del Padre acerca de Dios, del mundo y del hombre.

Ya la primera lectura nos presenta cómo el pueblo de Israel, liberado del destierro, reorganiza su vida religiosa en torno a la Palabra de Dios, y la conmoción que se origina al escuchar la lectura del Libro santo. Al mismo tiempo, se subraya la atención de aquella gente sencilla que escucha: “Todo el pueblo estaba atento a la Ley”. Algo parecido sucedería cuando Jesús va a Nazaret: “Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en Él”.

Este es, por tanto, un domingo muy apropiado para examinar nuestra actitud ante la Palabra de Dios; para ver cómo la acogemos, cómo la leemos y la escuchamos y cómo la transmitimos a los demás. El Vaticano II nos enseña: “Cuando alguien lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él (Cristo) quien habla” (S. C. 7). Hay, pues, una presencia de Dios en su Palabra. Es una presencia que los teólogos llaman “casi sacramental”. Acoger la Palabra de Dios es, por tanto, acoger al Señor. Por eso, proclamamos hoy en el Salmo: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”. Si esto es así, la escucha y la lectura de la Palabra de Dios adquiere una connotación muy especial, sagrada. ¿Cómo escucho yo a Dios? ¿Cómo respondo a su Palabra?  ¿Se centra mi vida en hacer la voluntad del Padre que su Palabra nos ofrece constantemente? ¿Y la transmitimos? ¿Cómo?

Ya sabemos que una buena noticia está llamada a propagarse por sí misma, pero además, hemos recibido el mandato de anunciar la Palabra de Dios (Mt 18,19-29) por toda la tierra, que se hace personal y propio, al recibir los sacramentos de Iniciación Cristiana.

Nuestra conciencia de estar llamados a formar un solo Cuerpo, como nos recuerda la segunda lectura, nos urge más aún a llevarla a los demás. Pues, miremos a ver si realmente transmitimos la Palabra de Dios con el testimonio de vida. Con palabras y obras. Se ha dicho que el mayor bien que podemos hacer a una persona es darle a conocer a Cristo, llevarle a Él. Pues ¡miremos a ver…!


Publicado por verdenaranja @ 22:15  | Espiritualidad
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