Viernes, 22 de febrero de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo segundo de Cuaresma - C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo II de Cuaresma C 

          Cuando Jesucristo habla a los discípulos de que tiene que padecer y morir para después resucitar, era lógico que no lo entendieran, que Pedro se lo llevara aparte para increparlo y que estuvieran entristecidos, como en crisis...

          ¿Quién, en todo Israel, iba a pensar que esa era la suerte del Mesías? Ellos esperaban todo lo contrario, como contemplábamos el domingo pasado: Ellos esperaban un Mesías glorioso, triunfador, que les liberara de la opresión de los romanos.  ¿Quién iba a aceptar ahora todo lo contrario?

          Y Jesús se pregunta: ¿cómo acercar el misterio a los discípulos de modo que pudieran captar algo de su sentido?

          Por eso, unos días después se lleva a los tres predilectos a una montaña alta para orar. Es S. Lucas el que nos hace esa precisión. “Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos...”

          ¡Es la Transfiguración!

          “De repente dos hombres conversaban con Él. Eran Moisés y Elías, que aparecieron con gloria; hablaban de su muerte que iba a consumar en Jerusalén”. Es otra precisión de S. Lucas.

          ¿Y por qué aparecen estos dos personajes en la escena?

          Porque los dos representan todo el Antiguo Testamento: Moisés nos recuerda los libros de la Ley y Elías, los de los profetas.

          Como dice el prefacio de la Misa de hoy, se trata de dar testimonio de que todo estaba anunciado, escrito en el Antiguo Testamento. Y que, por tanto, “de acuerdo con la Ley y los profetas, la Pasión es el camino de la Resurrección”.

          Por eso, el día de la Resurrección les reprocha a los de Emaús: “¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les manifestó todo lo que se refería a Él en toda la Escritura” Mientras tanto, ellos sentían arder el corazón (Lc 24, 25-33).

          Entonces viene una nube que los cubre. Ellos se asustan al entrar en la nube, porque ésta es señal de la presencia de Dios. Y se oye la voz del Padre: “Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadlo”.

          De este modo, ellos pueden comprender que Jesús no es un hombre como los demás, sino el Hijo del Dios vivo como había dicho Pedro (Mt 16,16) Y que el Padre y el Hijo están de acuerdo en el camino que el Mesías tiene que recorrer.

          Por tanto, tienen que escucharle y seguirle.

          ¿Y, conociendo las disposiciones de los discípulos, aquello habrá servido de algo?

          S. Pedro, uno de los testigos, nos dice en su segunda Carta: "Cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la sublime Gloria le trajo aquella voz: "Este es mi Hijo amado, mi predilecto. Esta voz, traída del Cielo, la oímos nosotros en la montaña sagrada. Esto confirma la palabra de los profetas..."   (2 Pe 1, 16ss.)

          También nosotros, peregrinos hacia la Pascua por el camino de la Cuaresma, salpicado de luchas y dificultades, pero interesante y atrayente al mismo tiempo, necesitamos la experiencia de la Montaña santa, para que seamos capaces de llegar hasta el final.

 

                                       ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR! ¡BUENA CUARESMA!


Publicado por verdenaranja @ 18:25  | Espiritualidad
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