S?bado, 23 de febrero de 2013

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes (Tandil, capilla San Ramón, 11 de febrero de 2013). (AICA)

Lourdes y su testigo

El título que con exactitud corresponde a la memoria litúrgica que hoy celebramos es: Aparición de la Inmaculada Virgen María, aunque nosotros digamos que se trata de la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Porque lo que en realidad hoy recordamos con devoción y alegría es la primera de aquellas dieciocho manifestaciones de la Madre del Señor a Bernadette Soubirous, ocurridas entre el 11 de febrero y el 26 de julio de 1858 en la gruta de Massabielle, junto al pueblo de los Pirineos franceses que se hizo –precisamente por aquellos sucesos- famoso en el mundo entero.

Fueron apariciones, rasgaduras del cielo que dejaron ver y oir realidades celestiales, la presencia cercana, bellísima y suave, de María, la Madre de Jesús. Como leímos hace un momento en el relato de las bodas de Caná, podemos decir de aquellos acontecimientos: la madre de Jesús estaba allí (Jn. 2, 1). Sobre la autenticidad de aquellos hechos existe una certeza comprobada. Cuatro años más tarde, y después de una rigurosa investigación, el obispo de Tarbes se pronunció sobre el caso diciendo: Juzgamos que la Inmaculada Virgen María se apareció realmente a Bernadette Soubirous el 11 de febrero de 1858 y en otras diecisiete ocasiones sucesivas en una gruta junto a Lourdes… Declaramos que estas apariciones revisten todas la características de la verdad y que los fieles tienen razones fundadas para creerlas ciertas.

La publicación de los documentos referidos a los hechos, los estudios científicos que desmontaron las falacias de los incrédulos, las sesenta y siete curaciones inexplicables reconocidas por la oficina médica oficialmente encargada de examinarlas, y otros muchos datos, confirmaron el testimonio del único testigo: Bernadette no fue una alucinada, ni el instrumento manipulado por el clero para promover la religión, o por su familia para medrar con la superstición de la gente; ella se limitó siempre a referir lo que había visto y oído. Dijo: yo la veía y le hablaba como se ve y se habla a una persona. Su veracidad quedó establecida a través de numerosas pruebas. A quien le pedía informaciones que no correspondían a lo que había experimentado, respondía: “no lo sé”; y a los curiosos que demandaban detalles: “no lo recuerdo”. Se remitía siempre a los hechos y no se inquietaba al advertir que los destinatarios no creían en la veracidad del mensaje y no estaban dispuestos a cumplir con lo que se les pedía. Reflexionaba con objetividad campesina: “la santísima Virgen me ha pedido que se lo diga, no que yo los convenza”; y también: “yo lo he dicho; si no quieren creer es asunto de ellos, no mío”. Se mantuvo firme en la afirmación de los hechos y de las palabras recibidas y sorteó con sencillez y con una prudencia desarmante los sofismas con que pretendieron hacerla confundir para así desautorizar su testimonio. No retrocedió ante las amenazas y la violencia psicológica de los funcionarios locales, representantes del aparato estatal del Segundo Imperio, imbuidos de una mentalidad racionalista y positivista, renuentes a aceptar las realidades sobrenaturales. Otros signos de credibilidad se encuentran en la personalidad y en la vida posterior de Bernadette: nunca se jactó de haber sido elegida, no usufructuó su condición de confidente de la Virgen y rechazó con horror hasta el menor atisbo de homenaje. Ocho años después de los sucesos de Massabielle se ocultó para siempre en un convento de Nevers y vivió su consagración sin hacerse notar, sobrellevando con paciencia sus sufrimientos físicos y ejercitando de manera ejemplar la caridad fraterna. Cumplió con el encargo de rezar y hacer penitencia por los pecadores y se llevó consigo los tres secretos que Nuestra Señora le había confiado con el mandato de no revelarlos. Un último signo: su cuerpo, que no fue sometido a ningún proceso artificial de conservación, puede verse, intacto, en la capilla del convento, en aquella ciudad de provincia a orillas del Loire.

En la Liturgia de las Horas leemos el relato que la misma Bernadette hizo de la aparición del 11 de febrero en una carta suya dirigida a un sacerdote. En ese primer encuentro la Virgen no dijo nada; sólo sonrió bondadosamente y con su gesto la indujo a rezar el rosario. Habría luego otras apariciones silenciosas, de contemplación y plegaria. Recién en el tercer encuentro María habló para preguntarle si le haría el favor de volver allí durante quince días; ante la aceptación de la niña, le prometió que no la haría feliz en este mundo, sino en el otro. El mensaje de Lourdes es una invitación a la penitencia, pero pronunciado en un contexto de serenidad y gozo. Coincide con la primera predicación de Jesús: Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca (Mt. 4, 17); es como si la Madre ahora recomendase: Hagan todo lo que él les diga (Jn. 2, 5). El carácter evangélico de ese mensaje queda corroborado por el surgir del manantial el 25 de febrero; después de repetir tres veces la grave exhortación: ¡Penitencia! La Virgen indica a Bernadette: Vaya a beber a la fuente y a lavarse allí. El agua viva, que sigue brotando, es fuente de salud y signo de perdón; más allá de las curaciones milagrosas, se reciben en el lugar innumerables gracias, sobre todo de transformación del dolor en esperanza, de recuperación de la fe y, con el perdón de los pecados, de la alegría y el sentido de la vida. Otro día la vidente recibió el encargo de transmitir a los sacerdotes el pedido de que se construyera allí una capilla y que se fuera en procesión; tal el origen de uno de los mayores santuarios del mundo católico, meta de peregrinaciones multitudinarias y sede privilegiada de una continua y fervorosa profesión de fe.

Bernadette no sabía en realidad quién era la joven que se le aparecía y ella, que no estaba catequizada y no había hecho todavía la primera comunión, no se precipitó a afirmar que se trataba de la Santísima Virgen. En una ocasión la roció con agua bendita, por si era una manifestación diabólica, y en otra le ofreció papel, pluma y tinta para que escribiera su nombre; en ambos casos la Virgen se rió. El jueves 25 de marzo, ante una nueva insistencia de la niña para que revelara quién era, se oyó la respuesta: Yo soy la Inmaculada Concepción, nombre que expresa la eficacia admirable de la redención de Cristo y a la vez la alborada de la nueva creación. El último encuentro fue también silencioso, y la impresión causada debe haber sido más honda y deslumbrante; Bernadette comentó a una tía suya que la acompañaba: “Nunca la había visto tan bella”.

La aparición de Lourdes, como tantas otras de la Madre del Señor, fue una revelación privada, una gratia gratis data, podríamos decir, recibida por la vidente. Pero con una finalidad eclesial, de evangelización: recordar a los fieles y al mundo la actualidad perenne del Evangelio; más concretamente, el llamado a la conversión y el ofrecimiento del misericordioso perdón divino. Las revelaciones privadas deben ser cuidadosamente distinguidas de la revelación pública contenida en la fuente de la Sagrada Escritura y la Tradición, que quedó cerrada a la muerte del último apóstol y fue confiada para su transmisión a la Iglesia. Sin embargo, la misma Iglesia reconoce con amor ese signo de la providencia de Dios sobre la doliente humanidad y de la cooperación de María en la obra de la redención realizada por Cristo. Lourdes no representa una teoría, no es un discurso abstracto, sino un hecho, un acontecimiento histórico cuya veracidad puede ser reconstruida mediante una investigación documental que conduce hasta el umbral de la aceptación del misterio. Ese hecho es un valioso apoyo para la fe de los vacilantes; su valor resulta más eficaz cuando la cultura de un pueblo pierde la referencia a sus orígenes cristianos, cuando la fe de los bautizados es asaltada por la duda y la aridez espiritual se sobrepone al fervor. La realidad del acontecimiento de Lourdes y su vigencia permanente atestigua a favor de la verdad católica, es un argumento en acción; lo percibe sobre todo in situ el peregrino orando junto a la fuente que sigue brindando su frescor, símbolo de la gracia que restaura, y participando de la procesión eucarística que reúne a gente de todas las lenguas en la misma adoración del único Señor, muestra conmovedora de catolicidad. Lo percibimos todos desde lejos al celebrar cada año esta memoria litúrgica, o al enterarnos de cuántas vidas quedan transformadas al ir allá.

Una última señal de la dimensión evangélica del acontecimiento de Lourdes está en la cualidad del testigo: una niña analfabeta y enfermiza, alguien insignificante para el mundo, que fue elegida para contemplar a la Inmaculada y para dialogar con ella sencillamente, no en francés –que no lo hablaba- sino en el dialecto de la región, para ser depositaria de su encargo. De los funcionarios civiles que intervinieron en el caso, los que no eran anticlericales furibundos sino solamente católicos formales pensaron que resultaba inconcebible que la Virgen, si quería manifestarse y comunicar al mundo un mensaje, recurriera a un instrumento tan inadecuado. Aun el clero, al comienzo, pensó así; merecía otra cosa, según ellos, la dignidad de la religión. Pero es otro el pensamiento de Dios. San Pablo argumentaba así sobre la vocación de los cristianos de Corinto: Tengan en cuenta quiénes son los que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios, hablando humanamente, ni son muchos los poderosos ni los nobles. Al contrario, Dios eligió lo que el mundo tiene por necio, para confundir a los sabios; lo que el mundo tiene por débil, para confundir a los fuertes; lo que es vil y despreciable y lo que no vale nada, para aniquilar a lo que vale. Así, nadie podrá gloriarse delante de Dios (1 Cor. 1, 26-29).

A Santa Bernardita podemos pedirle nos consiga una gracia de contemplación y amor de la Inmaculada para ser indiscutiblemente católicos, de fidelidad al rezo fervoroso del rosario, de generosa dedicación a la salvación de las almas. Pero sobre todo pidámosle la gracia de la humildad.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 21:42  | Hablan los obispos
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