Viernes, 01 de marzo de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Cuaresma - C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".

Domingo 3º de Cuaresma C 

                                       Ya sabemos que la Cuaresma es tiempo de conversión, de cambio de vida... En mucho o en poco; pero todos tenemos que convertirnos para ser capaces de celebrar la Pascua con todas sus consecuencias prácticas, centradas fundamentalmente, en la renovación de nuestro Bautismo, es decir, de nuestra adhesión a Cristo, de nuestro seguimiento del Señor, de nuestra condición de muertos al pecado y vivos sólo para el bien, sólo para Dios y los hermanos (Rom 6, 11).

                                       Pero siempre es tiempo de conversión. El Señor comienza su Vida Pública, diciendo: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios, convertíos y  creed la Buena Noticia”  (Mc 1, 15).

                                       Tenemos que convertirnos porque el Reino de los Cielos que Jesús viene a inaugurar en la tierra, es completamente distinto a las realidades terrenas. ¡Y tan distinto!

                                       El Evangelio de este domingo es una fuerte llamada a  la conversión: “Os digo que si no os convertís todos pereceréis de la misma manera”. ¡La urgencia de la conversión!

                                       Con todo, hay muchos cristianos que no se sienten llamados a ese cambio contInuo de vida. Dicen que ya hacen el bien, que no tienen pecados... ¡La conversión es para los malos!

                                       Por eso es tan importante la segunda parte del texto, cuando Jesucristo nos presenta la parábola de la higuera. Ésta no hacía nada malo, pero no daba fruto. ¿Qué mayor mal queremos?

                                       El agricultor es muy paciente, pero también muy exigente. Por eso,  el dueño -en la parábola- le dice al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera y lo no encuentro. Córtala ¿Para qué va ocupar terreno en balde?”

                                       El Señor nos advierte: “Yo soy la vid y mi Padre es el viñador a todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca y a todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto” (Jn 15, 1-2).

                                       ¡Dar fruto, dar más fruto!

                                       Pero el viñador intercede por la higuera: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás”.

                                       ¿Quién no ve aquí una imagen de nuestra vida cristiana, incluso, del Tiempo de Cuaresma?  ¿Nos esforzaremos entonces por dar fruto?  ¿No será éste el mayor y mejor exponente de nuestra verdadera conversión? En concreto, ¿nos preguntaremos, en esta Cuaresma, qué fruto estamos dando? Y también: ¿por qué no damos más fruto? S. Agustín decía: “Temo a Dios que pase y que no vuelva”.   ¡Y ésta será la última Cuaresma para muchos cristianos!  Pero no tenemos que agobiarnos porque la conversión es un don de Dios. Por eso en la Sagrada Escritura leemos: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos a ti” (Lm 5, 21).

                                       Por tanto, nadie puede convertirse  si Dios no le da ese don. Pero suele decirse  que “al que hace lo que está de su parte, Dios no le niega la gracia”.

                                                                                       ¡BUENA CUARESMA! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 21:21  | Espiritualidad
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