Viernes, 17 de mayo de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo de Pentecostés - C, ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de Pentecostés 

¡Por fin, hemos llegado a Pentecostés! ¡Cuántas gracias debemos dar al Señor que nos concedido la oportunidad  de celebrar un año más, los cincuenta días de Pascua, que culminan con esta gran solemnidad.

Hay una pregunta en el Catecismo que dice: ¿Qué celebramos el día de Pentecostés?

          “Que Jesucristo ha enviado sobre los apóstoles el Espíritu Santo y que continúa enviándolo sobre nosotros”.

          ¡Cuántas reflexiones podríamos hacer!

          Comenzamos preguntándonos: ¿quién es el Espíritu Santo? Nos responde el Credo: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”.  ¡Impresionante!

La primera lectura nos presenta la venida del Espíritu del Señor sobre los apóstoles. ¡Qué hermoso y espectacular resulta todo! ¡Cómo los transforma y los capacita para la misión…!    Pero los apóstoles no sólo recibieron el Espíritu Santo, sino también la misión de darlo a todos los cristianos. Hay un sacramento que garantiza la presencia y la acción de Espíritu en cada cristiano: el Sacramento de la Confirmación.

          La segunda lectura nos recuerda que sin el Espíritu Santo no podemos hacer ni decir nada, ni siquiera lo más elemental: creer que Jesús es el Hijo de Dios.  Y en realidad, ¿qué es un ser humano sin espíritu? Un muerto, un cadáver. Y decimos expiró, es decir,  exhaló el espíritu.

          La fiesta de Pentecostés nos recuerda y subraya que el don del Espíritu Santo, que Jesús envía desde el Cielo, es el don más excelente de la Pascua.  Dice S. Juan en una ocasión que el Espíritu no había bajado sobre ninguno, porque Jesús no había sido glorificado. (Jn 7, 37). Y el Evangelio de hoy nos presenta cómo Jesús, el mismo día de la Resurrección, al atardecer, infunde a los apóstoles el Espíritu Santo.   Lástima que tantos cristianos estén como aquellos de Éfeso que no habían oído hablar de un Espíritu Santo… Pero tuvieron la dicha de que S. Pablo se lo explicara y lo hiciera bajar sobre ellos (Hch 19, 1-7).

          Uno de los síntomas  del  desconcierto actual es la cantidad de cristianos que dejan de confirmarse… Y les parece que no tiene importancia, que no pasa nada… Pero el asunto es grave. A este respecto, recuerdo las palabras de S. Pablo: “El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo”. (Rom 8, 9).

Qué importante es que invoquemos con frecuencia al Espíritu Santo. ¡Es tan necesario en nuestra vida! 


Publicado por verdenaranja @ 22:57  | Espiritualidad
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