Viernes, 07 de junio de 2013

Desde la Delegación de Vocaciones de la diócesis de Tenerife nos animan a la oración personal y comunitaria en el día  del Sagrado Corazón en que también se celebra la Jornada Mundial 2013 de Oración por la Santificación de los Sacerdotes.

Se proponen algunas sugerencias para un momento de oración para el Obispo y el presbiterio, que se puede organizar como Vigilia de preparación a la Jornada, o bien, hacer durante el mismo día.

ADORACIÓN EUCARÍSTICA

Canto de entrada

Saludo litúrgico del Obispo. Sigue la oración.

Oremos.

Padre santo y misericordioso, Tú que hiciste fieles a los apóstoles en la confesión de tu nombre, confórtanos con la gracia de tu Espíritu y concede a tus siervos permanecer arraigados en la integridad de la fe y resplandecer por sabiduría y santidad de vida en el servicio asiduo a tu Iglesia. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

EVANGELIO (Se puede elegir entre los siguientes pasajes: Mc 16, 15-20; Lc 5, 1-11; Lc 10, 1-9; Jn 10, 11-16; Jn 15, 9-17; Jn 21, 1-14).

Homilía

Renovación de las promesas sacerdotales como en la Misa crismal.

* * *

Sigue la exposición del SS. Sacramento. Canto (Adoro te devote)

Adoración silenciosa. Durante la oración personal se pueden meditar algunos pasajes como los que se citan a continuación.

CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto «Presbyterorum Ordinis» acerca de la vida de los presbíteros, n. 3.

Los presbíteros en el pueblo de Dios

Los presbíteros, tomados de entre los hombres y puestos a favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para que ofrezcan sacrificios por los pecados, viven con los demás hombres como hermanos. Así también, el Señor Jesús, el Hijo de Dios, hombre enviado por el Padre a los hombres, vivió entre nosotros y quiso ser semejante a sus hermanos en todo, pero sin pecado. Ya le imitaron los santos Apóstoles, y san Pablo, doctor de las gentes, “escogido para el Evangelio de Dios” (Rom 1, 1), testimonia que se hizo todo a todos para salvar a todos. Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y ordenación, en cierto sentido están segregados en medio del pueblo de Dios, no para estar separados de él o de cualquier hombre, sino para consagrarse totalmente a la obra 9 para la que el Señor los ha elegido. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y administradores de la vida de esta tierra, pero tampoco podrían servir a los hombres si fueran ajenos a la vida y condiciones de los mismos. Su mismo ministerio les exige de una forma especial que no se identifiquen con este mundo. Al mismo tiempo, sin embargo, requiere que vivan en este mundo entre los hombres y, como buenos pastores, conozcan a sus ovejas y busquen atraer incluso a las que no son de este redil, para que también ellas oigan la voz de Cristo y haya un solo rebaño y un solo pastor. Para poder conseguir esto, ayudan mucho las virtudes que con razón se aprecian en el trato humano, como son la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza y constancia de ánimo, la preocupación constante por la justicia, la amabilidad y otras que recomienda san Pablo, cuando dice: “Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta” (Flp 4, 8).

PAPA FRANCISCO, Homilía de la S. Misa crismal (28 de marzo de 2013)

Queridos hermanos y hermanas:

Celebro con alegría la primera Misa Crismal como Obispo de Roma. Os saludo a todos con afecto, especialmente a vosotros, queridos sacerdotes, que hoy recordáis, como yo, el día de la ordenación.

Las Lecturas, también el Salmo, nos hablan de los «Ungidos»: el siervo del Señor de Isaías, David y Jesús, nuestro Señor. Los tres tienen en común que la unción que reciben es para ungir al pueblo fiel de Dios al que sirven; su unción es para los pobres, para los cautivos, para los oprimidos... Una imagen muy bella de este «ser para» del santo crisma es la del Salmo 133: «Es como óleo perfumado sobre la cabeza, que se derrama sobre la barba, la barba de Aarón, hasta la franja de su ornamento» (v. 2). La imagen del óleo que se derrama, que desciende por la barba de Aarón hasta la orla de sus vestidos sagrados, es imagen de la unción sacerdotal que, a través del ungido, llega hasta los confines del universo representado mediante las vestiduras.

La vestimenta sagrada del sumo sacerdote es rica en simbolismos; uno de ellos, es el de los nombres de los hijos de Israel grabados sobre las piedras de ónix que adornaban las hombreras del efod, del que proviene nuestra casulla actual, seis sobre la piedra del hombro derecho y seis sobre la del hombro izquierdo (cfr. Éx 28, 6-14). También en el pectoral estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel (cfr. Éx 28, 21). Esto significa que el sacerdote celebra cargando sobre sus hombros al pueblo que se le ha confiado y llevando sus nombres grabados en el corazón. Al revestirnos con nuestra humilde casulla, puede hacernos bien sentir sobre los hombros y en el corazón el peso y el rostro de nuestro pueblo fiel, de nuestros santos y de nuestros mártires, que en este tiempo son tantos.

De la belleza de lo litúrgico, que no es puro adorno y gusto por los trapos, sino presencia de la gloria de nuestro Dios resplandeciente en su pueblo vivo y consolado, pasamos ahora a fijarnos en la acción. El óleo precioso que unge la cabeza de Aarón no se limita a perfumar su persona sino que se derrama y alcanza «las periferias». El Señor lo dirá claramente: su unción es para los pobres, para los cautivos, para los enfermos, para los que están tristes y solos. La unción, queridos hermanos, no es para perfumarnos a nosotros mismos, ni mucho menos para que la guardemos en un frasco, ya que se pondría rancio el aceite... y amargo el corazón.

Al buen sacerdote se lo reconoce por cómo anda ungido su pueblo; esta es una prueba clara. Cuando la gente nuestra anda ungida con óleo de alegría se le nota: por ejemplo, cuando sale de la misa con cara de haber recibido una buena noticia. Nuestra gente 10 agradece el evangelio predicado con unción, agradece cuando el evangelio que predicamos llega a su vida cotidiana, cuando baja como el óleo de Aarón hasta los bordes de la realidad, cuando ilumina las situaciones límites, «las periferias» donde el pueblo fiel está más expuesto a la invasión de los que quieren saquear su fe. Nos lo agradece porque siente que hemos rezado con las cosas de su vida cotidiana, con sus penas y alegrías, con sus angustias y sus esperanzas. Y cuando siente que el perfume del Ungido, de Cristo, llega a través nuestro, se anima a confiarnos todo lo que quieren que le llegue al Señor: «Rece por mí, padre, que tengo este problema...». «Bendígame, padre», y «rece por mí» son la señal de que la unción llegó a la orla del manto, porque vuelve convertida en súplica, súplica del Pueblo de Dios. Cuando estamos en esta relación con Dios y con su Pueblo, y la gracia pasa a través de nosotros, somos sacerdotes, mediadores entre Dios y los hombres. Lo que quiero señalar es que siempre tenemos que reavivar la gracia e intuir en toda petición, a veces inoportunas, a veces puramente materiales, incluso banales —pero lo son sólo en apariencia— el deseo de nuestra gente de ser ungidos con el óleo perfumado, porque sabe que lo tenemos. Intuir y sentir como sintió el Señor la angustia esperanzada de la hemorroisa cuando tocó el borde de su manto. Ese momento de Jesús, metido en medio de la gente que lo rodeaba por todos lados, encarna toda la belleza de Aarón revestido sacerdotalmente y con el óleo que desciende sobre sus vestidos. Es una belleza oculta que resplandece sólo para los ojos llenos de fe de la mujer que padecía derrames de sangre. Los mismos discípulos —futuros sacerdotes— todavía no son capaces de ver, no comprenden: en la «periferia existencial» sólo ven la superficialidad de la multitud que aprieta por todos lados hasta sofocarlo (cfr. Lc 8, 42). El Señor en cambio siente la fuerza de la unción divina en los bordes de su manto.

Así hay que salir a experimentar nuestra unción, su poder y su eficacia redentora: en las «periferias» donde hay sufrimiento, hay sangre derramada, ceguera que desea ver, donde hay cautivos de tantos malos patrones. No es precisamente en autoexperiencias ni en introspecciones reiteradas que vamos a encontrar al Señor: los cursos de autoayuda en la vida pueden ser útiles, pero vivir nuestra vida sacerdotal pasando de un curso a otro, de método en método, lleva a hacernos pelagianos, a minimizar el poder de la gracia que se activa y crece en la medida en que salimos con fe a darnos y a dar el Evangelio a los demás; a dar la poca unción que tengamos a los que no tienen nada de nada.

El sacerdote que sale poco de sí, que unge poco —no digo «nada» porque, gracias a Dios, la gente nos roba la unción— se pierde lo mejor de nuestro pueblo, eso que es capaz de activar lo más hondo de su corazón presbiteral. El que no sale de sí, en vez de mediador, se va convirtiendo poco a poco en intermediario, en gestor. Todos conocemos la diferencia: el intermediario y el gestor «ya tienen su paga», y puesto que no ponen en juego la propia piel ni el corazón, tampoco reciben un agradecimiento afectuoso que nace del corazón. De aquí proviene precisamente la insatisfacción de algunos, que terminan tristes, sacerdotes tristes, y convertidos en una especie de coleccionistas de antigüedades o bien de novedades, en vez de ser pastores con «olor a oveja» —esto os pido: sed pastores con «olor a oveja», que eso se note—; en vez de ser pastores en medio al propio rebaño, y pescadores de hombres. Es verdad que la así llamada crisis de identidad sacerdotal nos amenaza a todos y se suma a una crisis de civilización; pero si sabemos barrenar su ola, podremos meternos mar adentro en nombre del Señor y echar las redes. Es bueno que la realidad misma nos lleve a ir allí donde lo que somos por gracia se muestra claramente como pura gracia, en ese mar del mundo actual donde sólo vale la unción —y no la función— y resultan fecundas las redes echadas únicamente en el nombre de Aquel de quien nos hemos fiado: Jesús. 11 

Queridos fieles, acompañad a vuestros sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios.

Queridos sacerdotes, que Dios Padre renueve en nosotros el Espíritu de Santidad con que hemos sido ungidos, que lo renueve en nuestro corazón de tal manera que la unción llegue a todos, también a las «periferias», allí donde nuestro pueblo fiel más lo espera y valora. Que nuestra gente nos sienta discípulos del Señor, sienta que estamos revestidos con sus nombres, que no buscamos otra identidad; y pueda recibir a través de nuestras palabras y obras ese óleo de alegría que les vino a traer Jesús, el Ungido. Amén.

BENEDICTO XVI, Homilía en la conclusión del Año Sacerdotal (11 de junio de 2010)

Queridos hermanos en el ministerio sacerdotal; queridos hermanos y hermanas:

El Año sacerdotal que hemos celebrado, 150 años después de la muerte del santo cura de Ars, modelo del ministerio sacerdotal en nuestros días, llega a su fin. Nos hemos dejado guiar por el cura de Ars para comprender de nuevo la grandeza y la belleza del ministerio sacerdotal. El sacerdote no es simplemente alguien que realiza un oficio, como aquellos que toda sociedad necesita para que puedan cumplirse en ella ciertas funciones. Por el contrario, el sacerdote hace lo que ningún ser humano puede hacer por sí mismo: pronunciar en nombre de Cristo las palabras de absolución de nuestros pecados, cambiando así, a partir de Dios, la situación de nuestra vida. Pronuncia sobre las ofrendas del pan y el vino las palabras de acción de gracias de Cristo, que son palabras de transubstanciación, palabras que lo hacen presente a él mismo, el resucitado, su Cuerpo y su Sangre, transformando así los elementos del mundo; son palabras que abren el mundo a Dios y lo unen a él. Por tanto, el sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar; esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio». Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido considerar y comprender de nuevo. Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que él se confíe a nuestra debilidad; que él nos guíe y nos ayude día tras día. Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro «sí». Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta vocación. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al corazón de jóvenes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los 12 sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. Si el Año sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios. De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. La palabra de Cristo, que hemos entonado como canto de entrada en la liturgia de hoy, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser sacerdote: «Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).

Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús y con la liturgia echamos una mirada, por así decirlo, dentro del corazón de Jesús, que al morir fue traspasado por la lanza del soldado romano. Sí, su corazón está abierto por nosotros y ante nosotros; y con esto nos ha abierto el corazón de Dios mismo. La liturgia interpreta para nosotros el lenguaje del corazón de Jesús, que habla sobre todo de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón; de este modo, nos indica el perenne fundamento, así como el criterio válido de todo ministerio sacerdotal, que debe estar siempre anclado en el corazón de Jesús y vivirse a partir de él. Quiero meditar hoy, sobre todo, los textos con los que la Iglesia orante responde a la Palabra de Dios proclamada en las lecturas. En esos cantos, palabra y respuesta se compenetran. Por una parte, están tomados de la Palabra de Dios, pero, por otra, son ya al mismo tiempo la respuesta del hombre a dicha Palabra, respuesta en la que la Palabra misma se comunica y entra en nuestra vida. El más importante de estos textos en la liturgia de hoy es el Salmo 23 — «El Señor es mi pastor»—, en el que el Israel orante acoge la autorrevelación de Dios como pastor, haciendo de esto la orientación para su propia vida. «El Señor es mi pastor, nada me falta». En este primer versículo se expresan alegría y gratitud porque Dios está presente y cuida del hombre. La lectura tomada del Libro de Ezequiel empieza con el mismo tema: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro» (Ez 34, 11). Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la humanidad. No me ha dejado solo, extraviado en el universo y en una sociedad ante la cual uno se siente cada vez más desorientado. Él cuida de mí. No es un Dios lejano, para quien mi vida no cuenta casi nada. Las religiones del mundo, por lo que podemos ver, han sabido siempre que, en definitiva, sólo hay un Dios. Pero este Dios era lejano. Abandonaba aparentemente el mundo a otras potencias y fuerzas, a otras divinidades. Había que llegar a un acuerdo con ellas. El Dios único era bueno, pero lejano. No constituía un peligro, pero tampoco ofrecía ayuda. Por tanto, no era necesario ocuparse de él. Él no dominaba. Extrañamente, esta idea ha resurgido en la Ilustración. Se aceptaba no obstante que el mundo presupone un Creador. Este Dios, sin embargo, habría construido el mundo, para después retirarse de él. Ahora el mundo tiene un conjunto de leyes propias según las cuales se desarrolla, y en las cuales Dios no interviene, no puede intervenir. Dios es sólo un origen remoto. Muchos, quizás, tampoco deseaban que Dios se preocupara de ellos. No querían que Dios los molestara. Pero allí donde la cercanía del amor de Dios se percibe como molestia, el ser humano se siente mal. Es bello y consolador saber que hay una persona que me quiere y cuida de mí. Pero es mucho más decisivo que exista ese Dios que me conoce, me quiere y se preocupa por mí. «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen» (Jn 10, 14), dice la Iglesia antes del Evangelio con una palabra del Señor. Dios me 13 conoce, se preocupa de mí. Este pensamiento debería proporcionarnos realmente alegría. Dejemos que penetre intensamente en nuestro interior. En ese momento comprendemos también qué significa: Dios quiere que nosotros como sacerdotes, en un pequeño punto de la historia, compartamos sus preocupaciones por los hombres. Como sacerdotes, queremos ser personas que, en comunión con su amor por los hombres, cuidemos de ellos, les hagamos experimentar en lo concreto esta atención de Dios. Y, por lo que se refiere al ámbito que se le confía, el sacerdote, junto con el Señor, debería poder decir: «Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen». «Conocer», en el sentido de la Sagrada Escritura, nunca es solamente un saber exterior, igual que se conoce el número telefónico de una persona. «Conocer» significa estar interiormente cerca del otro. Quererle. Nosotros deberíamos tratar de «conocer» a los hombres de parte de Dios y con vistas a Dios; deberíamos tratar de caminar con ellos en la vía de la amistad con Dios.

Volvamos al Salmo. Allí se dice: «Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (23, 3 s). El pastor muestra el camino correcto a quienes le están confiados. Los precede y guía. Digámoslo de otro modo: el Señor nos muestra cómo se realiza de modo justo nuestro ser hombres. Nos enseña el arte de ser persona. ¿Qué debo hacer para no arruinarme, para no desperdiciar mi vida con la falta de sentido? En efecto, esta es la pregunta que todo hombre debe plantearse y que sirve para cualquier período de la vida. ¡Cuánta oscuridad hay alrededor de esta pregunta en nuestro tiempo! Siempre vuelve a nuestra mente la palabra de Jesús, que tenía compasión por los hombres, porque estaban como ovejas sin pastor. Señor, ten piedad también de nosotros. Muéstranos el camino. Sabemos por el Evangelio que él es el camino. Vivir con Cristo, seguirlo, esto significa encontrar el sendero justo, para que nuestra vida tenga sentido y para que un día podamos decir: «Sí, vivir ha sido algo bueno». El pueblo de Israel estaba y está agradecido a Dios, porque ha mostrado en los mandamientos el camino de la vida. El gran Salmo 119 es una expresión de alegría por este hecho: nosotros no andamos a tientas en la oscuridad. Dios nos ha mostrado cuál es el camino, cómo podemos caminar de manera justa. La vida de Jesús es una síntesis y un modelo vivo de lo que afirman los mandamientos. Así comprendemos que estas normas de Dios no son cadenas, sino el camino que él nos indica. Podemos estar alegres por ellas y porque en Cristo están ante nosotros como una realidad vivida. Él mismo nos hace felices. Caminando junto a Cristo tenemos la experiencia de la alegría de la Revelación, y como sacerdotes debemos comunicar a la gente la alegría de que nos haya mostrado el camino justo.

Después viene una palabra referida a la «cañada oscura», a través de la cual el Señor guía al hombre. El camino de cada uno de nosotros nos llevará un día a la cañada oscura de la muerte, a la que ninguno nos puede acompañar. Y él estará allí. Cristo mismo ha descendido a la noche oscura de la muerte. Tampoco allí nos abandona. También allí nos guía. “Si me acuesto en el abismo, allí te encuentro”, dice el Salmo 139. Sí, tú estás presente también en la última fatiga, y así el salmo responsorial puede decir: también allí, en la cañada oscura, nada temo. Sin embargo, hablando de la cañada oscura, podemos pensar también en las cañadas oscuras de las tentaciones del desaliento, de la prueba, que toda persona humana debe atravesar. También en estas cañadas tenebrosas de la vida él está allí. Señor, en la oscuridad de la tentación, en las horas de la oscuridad, en que todas las luces parecen apagarse, muéstrame que tú estás allí. Ayúdanos a nosotros, sacerdotes, para que podamos estar junto a las personas que en esas noches oscuras nos han sido confiadas, para que podamos mostrarles tu luz. 14

 

«Tu vara y tu cayado me sosiegan»: el pastor necesita la vara contra las bestias salvajes que quieren atacar el rebaño; contra los salteadores que buscan su botín. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles. Las dos cosas entran dentro del ministerio de la Iglesia, del ministerio del sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara del pastor, la vara con la que protege la fe contra los farsantes, contra las orientaciones que son, en realidad, desorientaciones. En efecto, el uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe, como si nosotros inventáramos la fe autónomamente. Como si ya no fuese un don de Dios, la perla preciosa que no dejamos que nos arranquen. Al mismo tiempo, sin embargo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado del pastor, cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos difíciles y seguir a Cristo.

Al final del Salmo se habla de la mesa preparada, del perfume con que se unge la cabeza, de la copa que rebosa, del habitar en la casa del Señor. En el Salmo esto muestra sobre todo la perspectiva del gozo por la fiesta de estar con Dios en el templo, de ser hospedados y servidos por él mismo, de poder habitar en su casa. Para nosotros, que rezamos este Salmo con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia, esta perspectiva de esperanza ha adquirido una amplitud y profundidad todavía más grande. Vemos en estas palabras, por así decir, una anticipación profética del misterio de la Eucaristía, en la que Dios mismo nos
invita y se nos ofrece como alimento, como aquel pan y aquel vino exquisito que son la única respuesta última al hambre y a la sed interior del hombre. ¿Cómo no alegrarnos de estar invitados cada día a la misma mesa de Dios y habitar en su casa? ¿Cómo no estar alegres por haber recibido de él este mandato: «Haced esto en memoria mía»? Alegres porque él nos ha permitido preparar la mesa de Dios para los hombres, de ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, de ofrecerles el don precioso de su misma presencia. Sí, podemos rezar juntos con todo el corazón las palabras del Salmo: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida» (23, 6).

Por último, veamos brevemente los dos cantos de comunión sugeridos hoy por la Iglesia en su liturgia. Ante todo, está la palabra con la que san Juan concluye el relato de la crucifixión de Jesús: «Uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua» (Jn 19, 34). El corazón de Jesús es traspasado por la lanza. Se abre, y se convierte en una fuente: el agua y la sangre que manan aluden a los dos sacramentos fundamentales de los que vive la Iglesia: el Bautismo y la Eucaristía. Del costado traspasado del Señor, de su corazón abierto, brota la fuente viva que mana a través de los siglos y edifica la Iglesia. El corazón abierto es fuente de un nuevo río de vida; en este contexto, Juan ciertamente ha pensado también en la profecía de Ezequiel, que ve manar del nuevo templo un río que proporciona fecundidad y vida (Ez 47): Jesús mismo es el nuevo templo, y su corazón abierto es la fuente de la que brota un río de vida nueva, que se nos comunica en el Bautismo y la Eucaristía.

La liturgia de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, sin embargo, prevé como canto de comunión otra palabra, afín a esta, extraída del evangelio de san Juan: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí que beba. Como dice la Escritura: De sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (cfr. Jn 7, 37 s). En la fe bebemos, por así decir, del agua viva de la Palabra de Dios. Así, el creyente se convierte él mismo en una fuente, que da agua viva a la tierra reseca de la historia. Lo vemos en los santos. Lo vemos en María que, como gran mujer de fe y de amor, se ha convertido a lo largo de los siglos en fuente de fe, amor y vida. Cada cristiano y cada sacerdote deberían transformarse, a partir de Cristo, en fuente que comunica vida a los demás. Deberíamos dar el agua de la vida a un mundo sediento. Señor, te damos gracias porque nos has 15 abierto tu corazón; porque en tu muerte y resurrección te has convertido en fuente de vida. Haz que seamos personas vivas, vivas por tu fuente, y danos ser también nosotros fuente, de manera que podamos dar agua viva a nuestro tiempo. Te agradecemos la gracia del ministerio sacerdotal. Señor, bendícenos y bendice a todos los hombres de este tiempo que están sedientos y buscando. Amén.

* * *

Los ritos de reposición eucarística pueden ir precedidos de la Oración universal.

C – Queridos hermanos, unidos en oración como los Apóstoles en el Cenáculo, pedimos a Dios Padre, por medio de su Hijo Jesucristo, que acoja nuestras súplicas, por nosotros, por la santa Iglesia y por el mundo entero. Por esto digamos con fe: Padre, haz que seamos testigos auténticos y solícitos de tu amor.

1. Por el Santo Padre Francisco, nuestro Obispo N. y por todos los Pastores de la Iglesia: para que la guíen con bondad y sabiduría, y firmes en la fe ante todo el mundo den testimonio heroico de fidelidad a la Palabra de salvación que recibieron de los Apóstoles. Oremos.

2. Por todos los sacerdotes: para que las dificultades de su ministerio no los desanimen, sino que los impulsen a mantener la mirada siempre fija en Aquel que hizo de la Cruz el instrumento de amor de la misericordia divina que transforma el corazón de todo hombre. Oremos.

3. Por todos aquellos a quienes Jesús llama a seguirlo para continuar su obra de salvación en el mundo: para que sean fuertes frente a las seducciones del maligno y respondan con generosidad a la invitación del divino Maestro, aprendiendo, como los Apóstoles en el Tabor, a saborear la belleza de estar con Él. Oremos.

4. Por los Rectores de los Seminarios y por quienes son llamados a forman a los candidatos al ministerio sagrado: para que desempeñen siempre su tarea con amor paterno, alentando y ayudando a cada joven a crecer en sabiduría, edad y gracia, y a sacar fruto de los buenos talentos que Dios ha puesto en su corazón en beneficio de todos. Oremos.

5. Por todos los fieles cristianos: para que, en espíritu de comunión y colaboración con todos los ministros, sepan ver en ellos la misteriosa presencia de Jesús Buen Pastor, que llama continuamente a sus ovejas, y los sostengan constantemente con la oración, a fin de que sean para ellos cada día un ejemplo y un punto de referencia seguro para vivir de modo auténtico la fe en el Hijo de Dios. Oremos.

6. La sagrada unción sacramental hace que el sacerdote sea tal eternamente: para que todos los sacerdotes difuntos continúen, junto a Cristo ascendido a la derecha del Padre y en unión con Su santo Sacrificio, la ofrenda de amor de sí mismos, y preparen así un lugar junto a Él en la gloria a todos aquellos que escuchan su voz. Oremos. 

C - Padre, tu obra de salvación, llevada a cabo a través de tu Hijo, por medio del Espíritu, es reflejo del misterio trinitario, que es misterio de amor. Acoge nuestras oraciones y ayúdanos a mantenernos siempre fieles a ti. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén. 16 

Se canta el Tantum ergo, y después, antes de las Aclamaciones habituales, se puede utilizar el esquema de las Letanías de Nuestro Señor Jesucristo, Sacerdote y Víctima (tomadas del libro Don y misterio de Juan Pablo II)

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

Christe, eleison Christe, eleison

Kyrie, eleison Kyrie, eleison

Christe, audi nos Christe, audi nos

Christe, exaudi nos Christe, exaudi nos

Pater de cælis, Deus, miserere nobis

Fili, Redemptor mundi, Deus, miserere nobis

Spiritus Sancte, Deus, miserere nobis

Sancta Trinitas, unus Deus, miserere nobis

Iesu, Sacerdos et Victima, miserere nobis

Iesu, Sacerdos in æternum

secundum ordinem Melchisedech, miserere nobis

Iesu, Sacerdos quem misit

Deus evangelizare pauperibus, miserere nobis

Iesu, Sacerdos qui in novissima cena

formam sacrificii perennis instituisti, miserere nobis

Iesu, Sacerdos semper vivens

ad interpellandum pro nobis, miserere nobis

Iesu, Pontifex quem Pater

unxit Spiritu Sancto et virtute, miserere nobis

Iesu, Pontifex ex hominibus assumpte, miserere nobis

Iesu, Pontifex pro hominibus constitute, miserere nobis

Iesu, Pontifex confessionis nostræ, miserere nobis

Iesu, Pontifex amplioris præ Moysi gloriæ, miserere nobis

Iesu, Pontifex tabernaculi veri, miserere nobis

Iesu, Pontifex futurorum bonorum, miserere nobis

Iesu, Pontifex sancte,

innocens et impollute, miserere nobis

Iesu, Pontifex fidelis et misericors, miserere nobis

Iesu, Pontifex Dei

et animarum zelo succense, miserere nobis

Iesu, Pontifex in æternum perfecte, miserere nobis

Iesu, Pontifex qui per proprium

sanguinem cælos penetrasti, miserere nobis

Iesu, Pontifex qui nobis

viam novam initiasti, miserere nobis

Iesu, Pontifex qui dilexisti nos

et lavisti nos a peccatis in sanguine tuo, miserere nobis

Iesu, Pontifex qui tradidisti temetipsum

Deo oblationem et hostiam, miserere nobis

Iesu, Hostia Dei et hominum, miserere nobis

Iesu, Hostia sancta et immaculata, miserere nobis

Iesu, Hostia placabilis, miserere nobis

Iesu, Hostia pacifica, miserere nobis

Iesu, Hostia propitiationis et laudis, miserere nobis

Iesu, Hostia reconciliationis et pacis, miserere nobis 17 

Iesu, Hostia in qua habemus

fiduciam et accessum ad Deum, miserere nobis

Iesu, Hostia vivens in sæcula sæculorum, miserere nobis

Propitius esto! parce nobis, Iesu

Propitius esto! exaudi nos, Iesu

A temerario in clerum ingressu, libera nos, Iesu

A peccato sacrilegii, libera nos, Iesu

A spiritu incontinentiæ, libera nos, Iesu

A turpi quæstu, libera nos, Iesu

Ab omni simoniæ labe, libera nos, Iesu

Ab indigna opum

ecclesiasticarum dispensatione, libera nos, Iesu

Ab amore mundi eiusque vanitatum, libera nos, Iesu

Ab indigna Mysteriorum

tuorum celebratione, libera nos, Iesu

Per æternum sacerdotium tuum, libera nos, Iesu

Per sanctam unctionem, qua a Deo Patre

in sacerdotem constitutus es, libera nos, Iesu

Per sacerdotalem spiritum tuum, libera nos, Iesu

Per ministerium illud, quo Patrem tuum

super terram clarificasti, libera nos, Iesu

Per cruentam tui ipsius immolationem

semel in cruce factam, libera nos, Iesu

Per illud idem sacrificium

in altari quotidie renovatum, libera nos, Iesu

Per divinam illam potestatem, quam

in sacerdotibus tuis invisibiliter exerces, libera nos, Iesu

Ut universum ordinem sacerdotalem

in sancta religione conservare digneris, Te rogamus, audi nos

Ut pastores secundum cor tuum

populo tuo providere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut illos spiritus sacerdotii tui

implere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut labia sacerdotum scientiam custodiant, Te rogamus, audi nos

Ut in messem tuam operarios

fideles mittere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut fideles mysteriorum tuorum

dispensatores multiplicare digneris, Te rogamus, audi nos

Ut eis perseverantem in tua voluntate

famulatum tribuere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut eis in ministerio mansuetudinem,

in actione sollertiam et

in oratione constantiam concedere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut per eos sanctissimi Sacramenti

cultum ubique promovere digneris, Te rogamus, audi nos

Ut qui tibi bene ministraverunt,

in gaudium tuum suscipere digneris, Te rogamus, audi nos

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, parce nobis, Domine

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, exaudi nos, Domine

Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis, Domine 18 

Iesu, Sacerdos, audi nos

Iesu, Sacerdos, exaudi nos

OREMUS

Ecclesiæ tuæ, Deus, sanctificator et custos, suscita in ea per Spiritum tuum idoneos et fideles sanctorum mysteriorum dispensatores, ut eorum ministerio et exemplo christiana plebs in viam salutis te protegente dirigatur. Per Christum Dominum nostrum. Amen.

Deus, qui ministrantibus et ieiunantibus discipulis segregari iussisti Saulum et Barnabam in opus ad quod assumpseras eos, adesto nunc Ecclesiæ tuæ oranti, et tu, qui omnium corda nosti, ostende quos elegeris in ministerium. Per Christum Dominum nostrum. Amén.

Bendición eucarística, Aclamaciones y reposición del Santísimo. Canto: Laudate Dominum.

Al término de la celebración se reza el Acto de consagración de los sacerdotes a la Santísima Virgen, según la fórmula que utilizó Benedicto XVI en la conclusión del Año Sacerdotal.

Madre Inmaculada, en este lugar de gracia,

convocados por el amor de tu Hijo Jesús,

sumo y eterno Sacerdote,

nosotros, hijos en el Hijo y sacerdotes suyos,

nos consagramos a tu Corazón materno,

para cumplir fielmente la voluntad del Padre.

Somos conscientes de que sin Jesús

no podemos hacer nada (cfr. Jn 15, 5)

y de que, sólo por Él, con Él y en Él,

seremos instrumentos de salvación para el mundo.

Esposa del Espíritu Santo,

alcánzanos el don inestimable

de la transformación en Cristo.

Por la misma potencia del Espíritu que,

extendiendo su sombra sobre ti,

te hizo Madre del Salvador,

ayúdanos para que Cristo, tu Hijo,

nazca también en nosotros,

y, de este modo, la Iglesia

sea renovada por santos sacerdotes,

transfigurados por la gracia de Aquel

que hace nuevas todas las cosas.

Madre de misericordia,

ha sido tu Hijo Jesús

quien nos ha llamado a ser como él:

luz del mundo y sal de la tierra (cfr. Mt 5, 13-14).

Ayúdanos, con tu poderosa intercesión, 19 

a no desmerecer esta vocación sublime,

a no ceder a nuestros egoísmos,

ni a las lisonjas del mundo,

ni a las tentaciones del Maligno.

Presérvanos con tu pureza, custódianos con tu humildad

y rodéanos con tu amor maternal, que se refleja en tantas almas consagradas a ti

y que son para nosotros auténticas madres espirituales.

Madre de la Iglesia, nosotros, los sacerdotes, queremos ser pastores

que no se apacientan a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos,

encontrando en esto la felicidad.

Queremos repetir cada día humildemente

no sólo de palabra sino con la vida, nuestro «aquí estoy».

Guiados por ti, queremos ser apóstoles de la Misericordia divina,

llenos de gozo por poder celebrar diariamente el santo sacrificio del altar

y ofrecer a todos los que nos lo pidan el sacramento de la Reconciliación.

Abogada y Mediadora de la gracia, tú que estás totalmente unida

a la única mediación universal de Cristo, pide a Dios para nosotros

un corazón completamente renovado, que ame a Dios con todas sus fuerzas

y sirva a la humanidad como tú lo hiciste.

Repite al Señor esas eficaces palabras tuyas:

«No tienen vino» (Jn 2, 3), para que el Padre y el Hijo

derramen sobre nosotros, como una nueva efusión, el Espíritu Santo.

Lleno de admiración y de gratitud por tu presencia continua entre nosotros,

en nombre de todos los sacerdotes, también yo quiero exclamar:

«¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? (Lc 1, 43)

Madre nuestra desde siempre, no te canses de «visitarnos», consolarnos y sostenernos.

Ven en nuestra ayuda y líbranos de todos los peligros que nos acechan.

Con este acto de ofrecimiento y consagración,

queremos acogerte de un modo más profundo y radical,

para siempre y totalmente, en nuestra existencia humana y sacerdotal.

Que tu presencia haga reverdecer el desierto de nuestras soledades y brillar el sol

en nuestras tinieblas, y haga que vuelva la calma después de la tempestad,

para que todo hombre vea la salvación del Señor,

que tiene el nombre y el rostro de Jesús, reflejado en nuestros corazones,

unidos para siempre al tuyo. Así sea.

Canto final: Salve Regina


Publicado por verdenaranja @ 23:14  | Espiritualidad
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