S?bado, 10 de agosto de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo diecinueve del Tiempo Ordinario - C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo 19º del T. Ordinario C 

La Segunda Venida del Señor es un dato fundamental de nuestra fe. Lo profesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”. Cada año lo recordamos y celebramos durante un tiempo largo: en las últimas semanas del Tiempo Ordinario  y en las primeras semanas de Adviento. En diversas ocasiones, a lo largo del año, también el Señor nos recuerda esta verdad.

Sin embargo es este un tema desconocido para grandes sectores del pueblo cristiano. No sucede, por desgracia, como en el tiempo de los primeros cristianos, primera y segunda generación, cuando se vivía con una especial intensidad. ¿Y a qué viene el Señor? A consumar la Historia humana con la manifestación gloriosa de su Victoria, iniciada en su Resurrección y Ascensión. Y toda la Creación renovada y transformada, participará para siempre de la gloria de los hijos de Dios (Rom 8, 19-24). Entonces se acabará el sufrimiento y la muerte. “El último enemigo aniquilado será la muerte” (1 Co 15, 26).

Es también el día del Juicio Universal, en el que esperamos conseguir, por la misericordia de Dios, el premio de tantos trabajos y sufrimientos: los que hayan hecho el bien resucitarán “para una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio” (Jn 5, 28-29).  “Y así, estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4, 18). Porque “su Reino no tendrá fin”. Por todo eso, los cristianos tenemos que vivir a la espera de este acontecimiento como el más importante y definitivo de la Historia.

Y con razón se nos dice que no sólo hemos de esperar sino de anhelar ese acontecimiento. Por eso lo primero que pedimos al Señor cuando viene al altar, en la Consagración de la Misa, es “Ven, Señor Jesús”.

El Evangelio de este domingo nos recuerda la necesidad de estar preparados: “ceñida la cintura y encendidas las lámparas”. Sobre todo, porque no sabemos cuándo será: “ni el día ni la hora”(Mt 25, 13).

                    En medio del verano, encontramos aquí una ocasión privilegiada para reflexión, para recordar las parábolas y demás enseñanzas del Señor y de los apóstoles sobre el tema y para revisar nuestra vida a la luz de esta gran verdad.          Cuentan que S. Antonio Abad recomendaba a sus monjes vivir cada día como si fuera el último día.       

                                                 ¡FELIZ DOMINGO! ¡BUEN VERANO!


Publicado por verdenaranja @ 10:41  | Espiritualidad
 | Enviar