Lunes, 12 de agosto de 2013

Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, Obispo de Puerto Iguazú para el XVIII Domingo durante el año (4 de agosto de 2013) (AICA)

“Vengan y aclamen al Señor, que es la roca que nos salva”


Hoy la liturgia nos sitúa en el tema de las realidades terrenas: vida, trabajo, dolor, alegrías, pobreza, riquezas y otras y frente al comportamiento del cristiano frente a ellas. En la primera lectura (Eclo.1,2; 2,21-23) el Señor declara que las realidades terrenas son “vanidad”. Estas son inconsistentes y pasan con la fugacidad del viento: ”vanidad de vanidades y todo es vanidad”. La vida es breve, su trabajo y sabiduría pueden a lo más procurarle un buen pasar, especialmente si se trata de gozos y riquezas, pero un día todo esto pasará ya que la vida del hombre es breve y está destinada a la muerte. Nadie puede quedarse en la tierra eternamente y por eso los bienes terrenos deben ser considerados como pasajeros, como pasajera es nuestra vida.

El hombre está destinado a trabajar, a esforzarse por crecer y hacer de su vida una vida más digna. Su trabajo y su patrimonio pueden a lo más procurarle un buen pasar en la tierra; pero un día se verá obligado a abandonarlo todo. Cabe preguntarnos entonces ¿Para qué sirven el agobio, las preocupaciones y el dolor, que conlleva el trabajo? El libro del Eclesiástico nos hace observar que la vida terrena vivida sin Dios y sin estar dirigida a un fin superior es totalmente vana e inútil. Tengamos presente que el Antiguo Testamento nos habla de la inmortalidad del hombre. Sobre todo el Libro de la Sabiduría nos da una respuesta a este problema. Pero sólo el Nuevo Testamento nos da la respuesta definitiva: todas las realidades terrenas tienen un valor en relación a Dios y por lo tanto deben ser empleadas según el orden querido por Él.

San Pablo nos dice: “ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba…aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra” (Col 3,1-2). El cristiano sabe que su destino no está solamente en esta tierra, que todas las cosas de la tierra tienen un valor en relación a Dios y que aún atendiendo a los deberes de la vida presente, su corazón debe estar dirigido al fin último: la vida eterna en la eterna comunión con Dios. Los bienes terrenos no pueden darle al hombre la felicidad eterna y que sólo en Dios puede hallar. Por consiguiente en el uso de los bienes terrenos deberá ser moderado, caritativo y sabrá mortificarse en sus pasiones, en sus deseos desordenados, en su codicia, (Ib. 5). Esto ciertamente es necesario para morir al pecado que lo aparta de Dios y para vivir “con Cristo en Dios.

El Evangelio (Lc.12,13-21) nos aclara el sentido de la vida cristiana, cuando Cristo rechaza intervenir en la partición de una herencia. El ha venido a dar la Vida Eterna y no a ocuparse de bienes transitorios que no pueden dar el sentido definitivo a la existencia del hombre. “Mirad, dice Jesús, guardaos de toda clase de codicia, porque aun en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas” (Ib. 15). Y propone la parábola acerca de un hombre necio que tuvo tan buena cosecha que ya no tenía silos para almacenarla y se propuso construir nuevos graneros y gozar de sus bienes. En ese momento es llamado por Dios y oye que le dice: “¿lo que has almacenado, para quien será?. El hombre se había dicho a sí mismo: ”hombre túmbate, come bebe, y date buena vida”. Se puede apreciar claramente que Dios está ausente completamente de su vida y de sus planes y lejos de depender de Él pone toda su seguridad en sus bienes. El pecado de este hombre está en haber acumulado riquezas con el objeto único de gozarlas egoístamente, sin pensar en las necesidades del prójimo, ni en sus deberes para con Dios. Se decía a si mismo: “tienes bienes acumulados para muchos años” (Ib. 19), pero aquella misma noche le fue quitada la vida y se encontró ante Dios con las manos vacías, carente de obras buenas, válidas para la eternidad. Y la parábola concluye: “así sucederá con el que amasa riquezas para sí y no es rico ante los ojos de Dios” (Ib. 21).

La vida cristiana nos enseña que todo lo que tenemos le pertenece en alguna medida a Dios, pues por su intermedio se consiguen los bienes tanto de la tierra como los del cielo. Pero todo lo que se consigue en esta tierra está destinado al servicio de la caridad y del bien común. La codicia de bienes terrenos y el egoísmo en su utilización no entran en los planes de Dios. Dios da y Dios quita según sus planes. Pero no olvidemos que cuando Dios da lo hace para que tengamos siempre presente la caridad en nuestra relación con el prójimo y el amor desinteresado frente a las necesidades del hermano.

María, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, danos sabiduría para saber utilizar bien los bienes de la tierra y así poder gozar de los bienes del cielo.


Mons. Marcelo Raúl Martorell, Obispo de Puerto Iguazú


Publicado por verdenaranja @ 23:13  | Homil?as
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