Viernes, 06 de septiembre de 2013

 Reflexión a las lecturas del domingo veintitres del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero   baqjo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"          

Domingo 23º del Tiempo Ordinario C 

Este domingo Jesús habla con toda claridad a la gente de su seguimiento. Si queremos ser discípulos suyos, tenemos que posponer todo lo demás: “No anteponer nada a Cristo”, que diría S. Benito. Podríamos decir que es como el primer mandamiento aplicado a Jesucristo. Nos sorprende la claridad y la franqueza con la que habla. Normalmente, no sucede así.  Los que quieren captar a la gente para su grupo, para su partido, para su líder en una campaña electoral, etc., suelen resaltar las ventajas de sus programas y ocultar o disimular las cosas menos atrayentes o negativas…

Jesucristo no actúa así. Lo hace casi al revés.

Es lo que contemplamos en el Evangelio de este domingo: “Si alguno quiere venir conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.  Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. Y también: “El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”.

Por eso nos invita a pensarlo bien antes de decidirnos a seguirle, como lo hace el que proyecta la construcción de una torre o se ve atacado por un enemigo. Por tanto, seguir a Jesucristo se sitúa después de un proceso de reflexión, estudio, oración…, para ver si somos capaces de afrontar todas las condiciones y exigencias que lleva consigo. Si nos situamos en el contexto del camino hacia Jerusalén –su Pasión y su Gloria- lo entendemos mejor.

Pero no trata el Señor de amargarnos la vida con una serie de exigencias, de dificultades, de negaciones…, sino presentarnos el camino de la verdadera liberación, de la verdadera grandeza, de la verdadera dicha, en el tiempo y en la eternidad.

Y Él ha ido delante para que nosotros sigamos sus pasos (1 Pe 2, 21).

La vida del mismo Jesucristo y de los santos –con su Cruz y su Gloria- avalan la importancia y trascendencia de este camino; su validez permanente.

Si recordamos las parábolas del Reino, nos resulta todo más inteligible.

Nos dice el Señor que su Reino se parece a “un tesoro escondido” en el campo, que el que lo descubre es capaz de vender todo lo que tiene para comprar el campo aquel. O a un comerciante en perlas finas que, al descubrir “una perla de gran valor”, va y vende lo que tiene para conseguirla (Mt, 13, 44 -46).

        El problema está en que nacemos cristianos y, tal vez, a lo largo de nuestra vida, no hemos tenido un verdadero encuentro personal con Jesucristo, un redescubrimiento de su persona y de su mensaje, que nos lleve a una opción real y radical por Él.

        ¿No es verdad que estamos acostumbrados a dejar tantas veces a Cristo y a su Reino para el final o para el último lugar?

El descubrimiento de Jesucristo, por tanto, es fundamental para seguirle de verdad, como nos pide el evangelio de hoy.

Ya escribía el Papa Juan Pablo II a los jóvenes de Santiago: “El descubrimiento de Jesucristo es la aventura más importante de vuestra vida”. 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 23:01  | Espiritualidad
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