Viernes, 13 de septiembre de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo veinticuatro del Tiempo Ordinario - C pfrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"           

Domingo 24º  del T. Ordinario C  

Es impresionante constatar que, cuando Dios viene hasta nosotros,  no anda con la gente buena, que la había, ni con la gente de cultura, ni siquiera con la gente más religiosa…, sino que anda con gente de mala fama: publicanos y pecadores de todo tipo… ¡Nunca reflexionaremos bastante sobre este misterio! Es lógico que los fariseos y escribas se extrañen y murmuren entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Pero Jesucristo tiene una misión concreta: viene “a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10). De este modo, nos revela el rostro de Dios Padre, que tiene un corazón bueno, misericordioso, compasivo…, que en el pecado, da lugar siempre al arrepentimiento. ¡Con Él siempre se puede comenzar de nuevo! ¡Comenzar de cero! Viene también a traer y anunciar el Reino de los Cielos, es decir, la forma de ser y de vivir que hay en el Cielo, de modo que la tierra sea una antesala de la Casa del Padre.

El Evangelio de este domingo nos recuerda que el Cielo no está tan lejos de nosotros como a veces pensamos. Que hay una relación entre la tierra y el Cielo. Que lo que pasa en la tierra tiene repercusión en la Casa del Padre: “Os digo que así también habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. La Carta a los Hebreos nos enseña que el Cielo contempla a la tierra:  “Una nube ingente de espectadores nos rodea…” (Hb 12, 1).

Los fariseos y escribas no son capaces de acoger este mensaje del Señor, porque no tienen un corazón de buen pastor ni  de una buena ama de casa, ni de un padre…  Y, sobre todo, no tienen la experiencia de ser perdonados.

¡Qué importante, mis queridos amigos, es tener un corazón agradecido, en deuda permanente con el Señor…!

Sólo así se tiene capacidad para acoger el perdón de Dios y para vivir como verdaderos hijos de Dios, a semejanza de Jesucristo, el Hijo único del Padre: abiertos a la compasión, la misericordia, el perdón…, verdaderos constructores de “la civilización del amor”.

Este es el camino de la Iglesia, que tiene que mostrar, como Jesucristo, el verdadero rostro de Dios, que es rico en misericordia.

Es la enseñanza de la encíclica “Dives in Misericordia” de Juan Pablo II.

 

                                                   ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 21:34  | Espiritualidad
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