Mi?rcoles, 02 de octubre de 2013

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la misa de entrega de las distinciones “Divino Maestro” (27 de septiembre de 2013) (AICA)

La misión educativa: amor que conduce a Dios
La correspondencia de fechas y fiestas asocia hoy nuestro encuentro anual para la entrega de la distinción “Divino Maestro” con la memoria litúrgica de San Vicente de Paúl. Esta circunstancia nos invita a detenernos un momento en la figura de este hombre de Dios, campesino sencillo de las Landas, profundamente humano y muy sensible a las necesidades de la gente, de fácil trato con todos. Fue una personalidad multifacética, pero de sentido eminentemente práctico. Se lo recuerda de modo especial por la organización de las Cofradías de la Caridad, que se extendieron por toda Francia; sobresale, además, por su talento misionero. Vicente consideraba las necesidades materiales de su prójimo, que eran las más visibles; procuró remediarlas con intensa entrega y privilegiando evangélicamente a los pobres. Pensaba, sin embargo, que las necesidades espirituales, que quiso remediar mediante el desarrollo de las misiones, eran más hondas y dolorosas. Podemos decir también que fue un educador nato: de ricos y pobres, de laicos y sacerdotes; poseía espontáneamente el criterio básico de una educación digna del nombre cristiano: referirlo todo a Dios. Sabía admirar los caminos particulares de la Providencia y se ejercitaba en el abandonarse a la conducción del Señor. Esa espiritualidad teocéntrica la formó como discípulo del célebre Cardenal de Bérulle.

En esta breve reseña del alma vicentina he señalado tres notas principales: la orientación misionera, el ejercicio de la caridad y la referencia total a Dios. Estos tres valores inspiraron la obra pastoral, asistencial y educativa de Vicente, y pueden servirnos hoy como pautas para perfilar los rasgos de la educación católica; su vigencia necesaria resulta indiscutible, pero además de máxima actualidad en los tiempos que corren.

Comencemos afirmando que la tarea del educador cristiano es una misión y que se inscribe en la misión de la Iglesia, Madre y Maestra. No hablamos de misión en un sentido genérico, más o menos simbólico, sino en el sentido preciso en que solemos decir que la Iglesia existe para la misión. La fundación de órdenes y congregaciones religiosas dedicadas a la educación a lo largo de los siglos modernos, fue expresión de un fuerte dinamismo misionero y la misma intencionalidad determinó, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, el desarrollo de una extensa red de colegios parroquiales. Por supuesto que no es fácil que todos los responsables de una comunidad educativa asuman y cultiven en plenitud la conciencia de la misionalidad de su profesión, y que la misma pueda vivirse con clara identidad e ímpetu creciente. Pero indudablemente es eso lo que debemos procurar. ¡Estamos empeñados en una misión, en la misión! Como sucede en otras áreas, también la misión educativa conlleva una cuota considerable de riesgo y aventura; nunca conseguimos anticipar con certeza qué frutos se podrán lograr y cómo va a terminar todo. Pero nos empeñamos en el trabajo con inteligencia y corazón, poniendo lo mejor de nosotros mismos y una total confianza en el Señor, en el Divino Maestro, a quien intentamos hacer presente ministerialmente, a pesar de nuestras debilidades y deficiencias. El empeño ha de ser personal, de cada uno, y comunitario, de cada comunidad; debe ser sostenido durablemente, arrostrando con paciencia y fortaleza los contratiempos, las oposiciones, las múltiples dificultades. La gracia de la misión incluye el buen talante, la serenidad y la alegría. No hace falta enumerar ahora los inconvenientes específicos que caracterizan a nuestra época: los problemas de organización y administración, la actitud muchas veces reticente de parte del personal de nuestras instituciones, la peculiar situación de numerosas familias, los influjos sociales y culturales que se ejercen sobre los niños y adolescentes. Que las contrariedades no nos impresionen excesivamente; una justa mirada nos librará tanto de la ingenuidad que no deja ver las dificultades, cuanto del desaliento y el pesimismo. De todo aquello intenta triunfar el servicio del educador cristiano, que es un servicio rendido a Dios, porque es un aspecto de la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. En el caso concreto de la escuela católica se armonizan, según la lógica de la Encarnación, el desarrollado humano que ha de verificarse en el proceso de formación de la persona y su crecimiento en la vocación y la identidad cristiana, su vivencia de la fe. Dicho de otro modo: la tarea del educador en nuestras escuelas, la misión del “maestro” –para decirlo con el título que corresponde– constituye una función pastoral, imprescindible en nuestros días, en las circunstancias exigentes y muchas veces críticas que se imponen a la presencia y a la acción eclesial en el mundo.

La tarea de la educación católica –voy ahora al segundo punto– es un ejercicio superior de caridad. Digo caridad en el sentido propiamente teológico; hablo de la virtud teologal, de la gracia del amor de Dios que transforma nuestra voluntad y la torna capaz de amar a Dios y a todos por Dios y en Dios. La cuestión clave es ésta: que en nuestras comunidades educativas reine el amor de Dios, y que ello se note. No hay nada de romántico ni de sentimental en este propósito (“obras son amores, y no buenas razones”, como dice el refrán). Pero sin duda, esa gracia del amor de caridad, que hace buena la voluntad y la orienta a la búsqueda del bien de todos, tiene también especies visibles y sensibles. Vale la pena insistir en el valor de la caridad como inspiración y forma de la tarea educativa, precisamente en la actualidad. Todos los que están relacionados con el mundo escolar saben muy bien, y sufren, cómo la agresividad y la violencia se introducen en el ámbito otrora tranquilo y protegido de la escuela; la protesta airada, el reclamo, las agresiones, son desgraciadamente muy comunes hoydía: no sólo la violencia entre los alumnos es frecuente, también la de los padres de familia para con los maestros y directivos. Es un reflejo escolar del estado anímico de excitación que reina en tantos sectores de la sociedad y que constituye un clima de tensión permanente, siempre próximo a estallar. ¿Cómo se desarma este peligrosísimo artefacto? Nosotros podemos aplicar el respeto que brota del amor, la circunspección y la templanza que dan lugar a la justicia y que pueden inspirar la respuesta aplomada y tranquila, decisiones y gestos que son poderosos en su sencillez para poner las cosas en orden. ¡Que San Vicente nos ayude con su ejemplo y su intercesión!

La pauta fundamental de la educación católica es la referencia total a Dios. Se trata de hacer presente a Dios en la comunidad educativa y de cultivar en los alumnos el sentido de Dios. Podemos encarar esta finalidad en dos ámbitos complementarios. San Agustín hablaba de dos caminos: el de la erudición y el de la vida.

Por el término clásico erudición hay que entender la instrucción en las ciencias y en las letras que se verifica en la escuela, aun en el nivel más elemental; se trata, desde una perspectiva cristiana, de la transmisión del conocimiento del hombre, del mundo y de Dios. La inclusión del subsistema educativo eclesial en el único sistema nacional de educación pública, con la obligatoriedad de diseños curriculares y contenidos, no puede consentir distracciones o descuidos respecto del carácter eventualmente agnóstico, o contrario a la moral cristiana, del material propuesto y de las publicaciones oficiales. Es preciso poner en juego una reinterpretación de tales contenidos y la difusión de bibliografía que sea seriamente científica –no el macaneo que pretende serlo- y que constituya un elemento apto para promover el diálogo entre la razón y la fe. La enseñanza de las verdades fundamentales de la fe –que la escuela católica no puede descuidar sin faltar gravemente a su misión y a la caridad- ha de desarrollarse en relación con la transmisión de los demás saberes; desde la enseñanza religiosa escolar se intenta una síntesis entre fe y cultura. No basta añadir una rápida catequesis, sino ayudar a niños y jóvenes a pensar cristianamente, a conocer a Dios nuestro Creador y nuestro Padre.

El otro ámbito, o camino, es el de la vida. Se trata en este caso de la dimensión práctica de la existencia, de la formación moral y la práctica de las virtudes humanas y cristianas, del desarrollo de la piedad religiosa y el aprendizaje de la oración, de la relación viva y personal con Dios. Ésta es la finalidad propia de la catequesis –que se distingue de la enseñanza religiosa escolar- con sus momentos sacramentales. La catequesis se inscribe, por su parte, en la acción pastoral que procura poner a los alumnos en comunión íntima con Jesucristo e irlos preparando para la realización personal de una síntesis entre fe y vida. Cito al respecto el Documento de Aparecida:

"Cuando hablamos de educación cristiana, entendemos que el maestro educa hacia un proyecto de ser humano en el que habite Jesucristo con el poder transformador de su vida nueva. Hay muchos aspectos en los que se educa y de los que consta el proyecto educativo. Hay muchos valores, pero estos valores nunca están solos, siempre forman una constelación ordenada explícita o implícitamente. Si la ordenación tiene como fundamento y término a Cristo, entonces esta educación está recapitulando todo en Cristo y es una verdadera educación cristiana; si no, puede hablar de Cristo, pero corre el riesgo de no ser cristiana (332)".                       

Los educadores que hoy reciben un merecido reconocimiento vienen cumpliendo ejemplarmente su misión desde hace muchos años; colaborando desde distintas tareas en la obra educativa eclesial han brindado un testimonio de exquisita caridad; han procurado hacer presente a Dios en la cotidianidad de la vida escolar. Pidamos al Señor que los conserve activos mucho tiempo más, y que les haga gustar desde ahora la recompensa por su generosidad.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 17:40  | Homil?as
 | Enviar