Viernes, 04 de octubre de 2013

Reflexión a las lecturas del domingo veintisiete del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"  

Domingo 27º del T. Ordinario C

Se establece así una diferencia fundamental entre tener o no tener fe. Muchas veces no nos damos cuenta de esa diferencia, porque estamos acostumbrados, desde pequeños, a escuchar y vivir los misterios de la fe; pero nos dicen los misioneros que, cuando algunos conocen el cristianismo en una edad un tanto avanzada - 40, 50, 60 años - comentan: “¡Qué tarde hemos conocido estas cosas!. ¡Dichosos los cristianos de Europa que, desde niños, conocen estas maravillas…!”

Se habla algunas veces de la relación entre fe y razón, que no son dos realidades contrapuestas sino complementarias. En efecto, cuando una persona se hace creyente, no quiere decir que use menos la inteligencia, que tenga que admitir cosas absurdas que contradicen la razón, que sufra como “un lavado de cerebro…” Tener fe es como poseer unos potentísimos anteojos por los que podemos acceder a unas realidades que no son accesibles a nuestros sentidos ni a nuestra razón natural, o como poseer un moderno microscopio que descubre en el agua o en cualquier sustancia, unas realidades que escapan a una simple mirada.

La fe no se basa en los descubrimientos de los científicos, aunque éstos sean importantes y valiosos; no, en el consenso democrático de mucha gente; no, en las deliberaciones de los sabios, ni siquiera en una revelación personal… Se basa en lo que Dios nos ha ido manifestando a través de los siglos, especialmente, a través de su Hijo, Jesucristo. Dice S. Juan: “A Dios nadie lo ha visto nunca. El Hijo, que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer” (Jn 1, 18). Por eso el Papa Juan Pablo II decía en una Jornada Mundial de la Juventud que, en algunas cuestiones, “Jesucristo es el único interlocutor competente”. Es el único que conoce y entiende las realidades a las que accedemos por la fe.

“Cuando Dios revela, nos enseña el Concilio, el hombre tiene que prestarle la obediencia de la fe” (D.V. 5). Eso  supone una adhesión personal al Dios que se nos manifiesta. Y cuando esto se hace, comienza un modo nuevo de vida: “El justo vivirá por su fe”, escuchamos hoy en la primera lectura. Y también nos hace decir en algunas ocasiones como escuchamos en el Evangelio: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Por tanto, tenemos que llevar una vida acorde con aquellas cosas que creemos. No vale creer y actuar de modo contrario. Ni siquiera merece la pena. ¡La incoherencia entre fe y vida el es drama del mundo cristiano de nuestro tiempo!

La fe es una virtud que llega a nosotros como un don que se recibe en el Bautismo. Luego hay que conservarla, acrecentarla, vivirla y transmitirla. Y eso supone un trabajo arduo de estudio, consulta, reflexión…, y la ayuda de Dios. Por eso tenemos que decir muchas veces al Señor, como los apóstoles en Evangelio de hoy: “Auméntanos la fe”.

En la segunda lectura se nos urge a tomar parte en los “duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios, y a vivir con fe y amor cristiano.

Hoy es un día apropiado para saborear “la dicha de creer” y para darle gracias al Señor, con todo el corazón, por el don inefable de la fe…

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 22:57  | Espiritualidad
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