Jueves, 10 de octubre de 2013

Estudio teológico y pastoral del Delegado Diocesano de Misiones de OMP en Zaragoza, Antonio González-Mohino Espinosa, por la campaña del Domund 2013, publicado en la revista ILUMINARE - OCTUBRE 2013, nº 389, recibida en la parroquia con los materiales para su celebración.


El Espíritu Santo es el alma de la Misión

Dos hechos significativos han marcado la vida eclesial en los primeros meses de este año 2013. El primero, la renuncia al ministerio en la Cátedra de Pedro que hizo pública el papa Benedicto XVI el 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, y que se hizo efectiva el 28 del mismo mes. El segundo, la elección, el 13 de marzo, del primer Papa venido del Sur, el papa Francisco.

Los historiadores calibrarán, a su debido tiempo, la importancia y la repercusión de estos dos acontecimientos. Nosotros nos quedaremos ahora con la sabiduría, la valentía y la humildad del papa Benedicto, y nos admiraremos de la naturalidad, el fino sentido del humor, la sencillez, la humildad, la ternura y la misericordia del papa Francisco.

Vamos, en este pequeño artículo, a extraer las líneas-fuerza del Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2013 que nos ha ofrecido el papa Francisco, siguiendo el documento punto por punto. 

La misión, fruto de la fe

1. El Papa enmarca este Mensaje en el Año de la Fe; una fe que necesita ser acogida, que exige nuestra respuesta personal, la valentía de confiar en Dios, el coraje de vivir su amor.

La fe es un don que no se reserva a unos pocos, sino que debe ser compartido. Si lo guardamos para nosotros mismos, nos convertiremos en cristianos aislados, estériles y enfermos. “El anuncio del Evangelio es parte del ser discípulos de Cristo y es un compromiso constante que anima toda la vida de la Iglesia”, recuerda el Santo Padre.

El papa Francisco recoge una bella frase de Benedicto XVI en Verbum Domini (2010), 95: “El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial”; idea muy semejante a la expresada en Sacramentum caritatis (2007), 84: “Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera”.

La comunidad cristiana debe salir del propio recinto para llevar la fe a las “periferias”, entendidas estas no solamente como las geográficas, sino, sobre todo, las existenciales: sociales, culturales, humanas. Salir (misión) de nosotros mismos, al encuentro de las necesidades, los sufrimientos de la gente; al encuentro de sus inquietudes y sus preguntas. 

Fe personal y comunitaria

2. El Año de la Fe, a los cincuenta años del comienzo del Concilio Vaticano II, es un estímulo para una renovada conciencia de la presencia de la Iglesia en el mundo contemporáneo. La misionariedad no se ciñe solamente a los ámbitos geográficos, no atraviesa solo los lugares y las tradiciones humanas, sino que llega al corazón de cada hombre y de cada mujer (cf. Redemptoris missio [1990], 37).

Ad gentes (1965), 37, nos dice que la tarea de ampliar las fronteras de la fe corresponde no solo a cada bautizado, sino también a las comunidades diocesanas y parroquiales. Me permito en este punto aducir un texto muy rico de la instrucción pastoral Actualidad de la misión “ad gentes” en España (2008), de la XCII Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española: “Las Iglesias particulares son protagonistas fundamentales de la acción misionera. Si la Iglesia existe en y desde ellas, y si cada Iglesia particular existe a imagen de la Iglesia universal, la misión ad gentes no puede ser considerada como una tarea añadida o suplementaria a la pastoral. Se puede decir que cada Iglesia diocesana existe «en estado de misión», es decir, centrada en la comunicación de la fe y en el primer anuncio como signo de su vitalidad y de fidelidad a su propio origen y nacimiento histórico” (n. 55). 

La alegría de ser misionero

3. Reconoce el Papa los obstáculos, fuera y dentro de la comunidad eclesial: la falta de celo y ardor apostólico. Y anima a tener el valor y la alegría de proponer, respetando la libertad de las personas, la verdad límpida del Evangelio (cf. Evangelii nuntiandi [1975], 80).

Es urgente que resplandezca en nuestro tiempo la vida nueva del Evangelio con el anuncio y el testimonio, gestos y palabras, y conviene no olvidar un principio fundamental de todo evangelizador: no se puede anunciar a Cristo sin la Iglesia. Escribía Pablo VI a este respecto: “Cuando el más humilde predicador, catequista o Pastor, en el lugar más apartado, predica el Evangelio, reúne su pequeña comunidad o administra un sacramento, aun cuando se encuentra solo, ejerce un acto de Iglesia”; este no actúa “por una misión que él se atribuye o por inspiración personal, sino en unión con la misión de la Iglesia y en su nombre” (Evangelii nuntiandi, 60).

El misionero y evangelizador nunca está solo, sino que es parte de un único Cuerpo animado por el Espíritu Santo. 

La urgencia de anunciar el evangelio

4. Estamos asistiendo, desde hace algunos años, a cambios profundos en nuestro mundo. Hay mucha movilidad de las poblaciones; los nuevos medios de comunicación facilitan el trasvase de conocimientos y de experiencias entre los pueblos. Los intercambios profesionales y culturales, el turismo y otros fenómenos análogos, empujan a esa movilidad de las personas. Todo esto repercute en la vida de las comunidades cristianas. 

En áreas cada vez más grandes de las regiones tradicionalmente cristianas crece el número de los que son ajenos a la fe, indiferentes a la dimensión religiosa o están animados por otras creencias. Muchos son los que todavía no han sido alcanzados por la buena noticia de Jesucristo.

Existe, además, la crisis, que afecta a muchas áreas de la vida; no solo la economía, las finanzas, la seguridad alimentaria, el medio ambiente, sino también la del sentido profundo de la vida y los valores fundamentales que la animan. El papa Francisco, en un discurso a los embajadores que presentaban sus cartas credenciales, les dijo que “la solidaridad es el tesoro de los pobres”, que “el dinero debe servir y no gobernar”, y que “la ética y la solidaridad deben ir juntas” (16-5-2013).

Ante esta situación tan compleja –continúa el Papa en su Mensaje–, se vuelve más urgente llevar a esta realidad, con valentía, el Evangelio de Cristo, que es anuncio de esperanza, de reconciliación, de comunión, de cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación.

La misionariedad de la Iglesia no es proselitismo, sino testimonio de vida que ilumina el camino, que lleva esperanza y amor. “La Iglesia [...] no es una organización asistencial, una empresa, una ONG, sino que es una comunidad de personas, animadas por la acción del Espíritu Santo, que han vivido y viven la maravilla del encuentro con Jesucristo y desean compartir esta experiencia de profunda alegría” (cf. Porta fidei [2011], 4, 6 y 7). 

Vocaciones misioneras, aquí y allá

5a. El Papa nos invita a todos a ser portadores de la buena noticia de Cristo y da las gracias de manera especial a los misioneros y misioneras (sacerdotes, religiosos y laicos), que, acogiendo la llamada del Señor, dejan su patria para servir al Evangelio en tierras y culturas diversas.

También reconoce y agradece el Papa el inmenso esfuerzo de las Iglesias jóvenes que dan, desde su pobreza, misioneros para compartir la frescura y el entusiasmo con que ellas viven la fe. Afirma: “Vivir en este aliento universal, respondiendo al mandato de Jesús «id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos» (Mt 28,19), es una riqueza para cada una de las Iglesias particulares, para cada comunidad, y donar misioneros y misioneras nunca es una pérdida, sino una ganancia”.

El papa Francisco invita a los obispos, familias religiosas, comunidades y todas las asociaciones cristianas a sostener, con amplitud de miras y discernimiento atento, la llamada misionera ad gentes. Es importante que las Iglesias más ricas en vocaciones ayuden con generosidad a las que sufren de escasez.

Exhorta a los misioneros a vivir con alegría su precioso servicio a las Iglesias a las que son enviados, y a llevar su alegría y experiencia a las Iglesias de las que provienen (cf. Hch 14,27; Porta fidei, 1). Esto puede ser una especie de “restitución” de la fe, de modo que las Iglesias de antigua cristiandad redescubran el entusiasmo y la alegría de compartir la fe en un intercambio de dones que enriquece mutuamente en el camino de seguimiento del Señor. 

Las OMP y algunas consideraciones finales

5b. Las Obras Misionales Pontificias tienen como propósito animar y profundizar la conciencia misionera de cada bautizado y de cada comunidad, recordando la necesidad de una formación misionera de todo el Pueblo de Dios y alimentando la sensibilidad de las comunidades cristianas a ofrecer su ayuda para favorecer la difusión del Evangelio en el mundo.

El Santo Padre tiene un pensamiento de oración y preocupación por todos los cristianos que se encuentran en dificultades para profesar abiertamente su fe y ver reconocido el derecho a vivirla con dignidad. Ellos soportan con perseverancia apostólica las diversas formas de persecución actuales. El Papa les dirige las palabras consoladoras de Jesús: “Tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).

Finalmente, el Papa recuerda a su predecesor, Benedicto XVI, que nos lanzaba esta invitación en Porta fidei, 15: “«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Tes 3,1): que este Año de la Fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues solo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero”. 

Termino esta sencilla presentación del Mensaje del Papa con una cita de Evangelii nuntiandi, 80: “Ojalá que el mundo actual –que busca a veces con angustia, a veces con esperanza– pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo, y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo”.  


Publicado por verdenaranja @ 17:52  | Misiones
 | Enviar