Mi?rcoles, 11 de diciembre de 2013

Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú, en la solemnidad de la Inmaculda Concepción (8 de diciembre de 2013) (AICA)

Solemnidad de la Inmaculada Concepción

La liturgia de hoy no propone de lleno la contemplación del misterio de Dios que viene, de Dios que quiere hacerse don para la humanidad entera y que elige para ello a una jovencita a quien le confía el gran misterio de la plenitud de los tiempos: que sería madre, permaneciendo virgen, y que sería la portadora de Dios. Este texto de la Anunciación de la Encarnación del Verbo Eterno de Dios por medio del ángel Gabriel (Lc. 1, 26-38), nos pone en clima espiritual de Navidad. En efecto, navidad es el tiempo para contemplar a aquella que fue madre virginal y que hizo posible con su asentimiento en la fe, que viniera el Salvador del mundo. Hoy la iglesia quiere contemplar a la Madre a través de la cual hemos recibido al mismo autor de la vida, al que nos trae la vida y nos la trae en abundancia, Jesucristo, nuestro Señor, el Salvador del mundo.

La primera lectura del Génesis (Gén 3, 9-15.20) nos habla del plan de Dios para la humanidad, salida de su mano creadora, humanidad que no sólo estaba en armonía con su Dios sino también con la creación toda hasta la aparición del pecado del hombre -fruto de su libertad- poniéndose así en contra de Dios, al pretender vivir según sus propios criterios y construir su destino fuera del plan divino. Este relato nos muestra que la desobediencia y el pecado tienen como consecuencias la ruptura, no sólo de la amistad con Dios, sino también la ruptura entre los seres humanos y con la misma creación. El pecado trae la muerte, la división y la separación. En claro contraste con esto, observamos la actitud de María, esta joven humilde que con su obediencia, con su confianza en los designios casi inescrutables de Dios, hace posible que venga el Salvador del mundo a subsanar aquella realidad de enemistad y de separación de la que nos el primer libro de la Escritura. Con su Sí, María permitió que de algún modo en la persona de Jesús se volviera a unir el cielo y la tierra. Su fe y su obediencia repararon la pretensión de autonomía y la soberbia de los primeros padres.

El cristiano tiene en María un modelo cierto de inspiración, tiene a una madre que le enseña con cariño el camino de la oración, del silencio y la aceptación de la voluntad de Dios. Los cristianos, como María en la Anunciación, también recibimos la Palabra, la recordamos, la guardamos, la meditamos y vamos haciendo el camino de fe a lo largo de nuestra vida. Como ella debemos observar cuidadosamente qué es lo que va haciendo Dios en nuestras existencias, observar qué signos nos presenta y cómo va manifestando Dios su voluntad sobre nosotros.

El cristiano siempre encontrará en María un modelo de oración y de fe. Ella oraba y en la oración se le manifestó el ángel Gabriel anunciándole el misterio de la maternidad divina. María es ejemplo de humildad y entrega a la Voluntad de Dios. Ella se reconoce esclava del Señor, servidora del Señor, a tal punto que exclama rendida en amor: “hágase en mí según tu palabra”. María es ejemplo de fe a toda prueba, pues ella creyó por encima de las apariencias, ella creyó aun cuando no terminaba de comprender, ella creyó que Dios podía realizar lo imposible en ella. Nos hace falta una fe como la de María para caminar en la vida, para encaminar nuestros esfuerzos de evangelización. La fe es la base de todo compromiso y de todo apostolado.

La venida de Dios, el hecho de que la Palabra se haya hecho carne en el seno purísimo y virginal de María, nos lleva a la consideración de ese Dios que nos busca, que se hace cercano a nosotros y a nuestra vida, si nosotros queremos y le abrimos nuestro corazón para que Él haga su obra. No es casual que la Virgen después de haberle dicho Sí a la cercanía de Dios, ella misma salió a servir a su prima Isabel que estaba ya en su sexto mes. Imitando la actitud de fe de María, muchos se han convertido en ejemplos de fe y servicio a Dios, a la iglesia y a cada uno de sus hermanos. La fe y el servicio nos ayudan a ser discípulos y misioneros de este mundo que cada día necesita más de Dios y del testimonio de hombres y mujeres que con fe muestren un camino diferente.

Que María, Inmaculada Concepción, nos ayude a crecer en la fe y en la aceptación de los designios de Dios sobre nosotros.

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú


Publicado por verdenaranja @ 19:44  | Homil?as
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