S?bado, 11 de enero de 2014

Mensaje de los obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones de la CEE para Jornada Mundial de Migraciones 2014 recibido en la parroquia con los materiales para su celebración el 19 de Enero.


«EMIGRANTES Y REFUGIADOS:HACIA UN MUNDO MEJOR»

1. Cien años al servicio de las migraciones

En el año 1914, durante el pontificado de Benedicto XV, se celebra­ba la primera Jornada Mundial de Migraciones. El papa Francisco, al igual que sus predecesores, nos alumbra y estimula para la Jor­nada de este año 2014, que hace el número cien, con un mensaje de aliento y de esperanza titulado: «Emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor». En España hemos querido resaltar dicha efe­mérides y el servicio que ha prestado y sigue prestando al respecto nuestra Iglesia con la frase: «Con los emigrantes y refugiados: hacia un mundo mejor». Con ellos y al servicio de ellos ha estado nuestra Iglesia durante estos cien años. Y con ellos queremos seguir estan­do, compartiendo sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias, aco­giendo sus dones, ofreciéndoles el amor y el dinamismo liberador que nacen de Jesucristo y de su Evangelio.

El papa Francisco va delante y nos estimula en nuestro empeño no solo con sus luminosas palabras, sino con el testimonio de su vida. Fue muy significativo que una de sus primeras salidas del Vaticano fuera para visitar la isla de Lampedusa, ese lugar que es el icono más expresivo de la reiterada tragedia de tantos emigrantes que dejan su vida en el mar o en los caminos. A la vez que elevaba su oración por los fallecidos, quiso, con su palabra y sus gestos, tan significativos, sacudir la conciencia de Europa y de toda la huma­nidad.

Las costas del sur de España saben también de esas tragedias, como lo saben el desierto del Sahara, Arizona y tantos otros lugares don­de van quedando enterradas tantas esperanzas, las esperanzas de los más pobres y sus luchas por la supervivencia. No es extraño que la compasión y la misericordia se convierta, con frecuencia, en gri­tos de indignación y vergüenza ante tales tragedias. En un mundo rico, que se defiende impidiendo la entrada de los pobres, se necesi­tan, más que las “vallas”, la solidaridad, la acogida, la fraternidad y la comprensión. «Emigrantes y refugiados no son peones sobre el tablero de la humanidad. Se trata de niños, mujeres y hombres que abandonan o son obligados a abandonar sus casas por muchas razones, que comparten el mismo deseo legítimo de conocer, de tener, pero sobre todo de ser “algo más”».

2. La emigración, realidad global y dinámica

La transformación de nuestra tierra en la “aldea global” tendría que ser la manifestación más elocuente del avance de los pueblos en camino para constituir, más allá de sus múltiples identidades y riquezas culturales, la gran familia de los hijos de Dios: «Todos uni­dos formando un solo pueblo, el pueblo que en la Pascua nació», dice la canción. Pero para ello nuestro mundo tendría que estruc­turarse en claves de solidaridad y de bien común. La lógica egoísta del interés tendría que ir dejando paso a la lógica de la comunión y del don. Sin embargo, las cosas no discurren así. A los inmigrantes les abrimos las puertas cuando los necesitamos y se las cerramos cuando su presencia choca con nuestros intereses. Da la impresión de que incluso en la Unión Europea, la adelantada de los derechos humanos, las políticas migratorias ponen el acento en el control de fronteras con medidas de protección y seguridad cada vez más duras y costosas. Las vallas cortantes, que en otros gobiernos fue­ron presentadas como elementos disuasorios para la inmigración ilegal, han vuelto a estar de actualidad. En este mundo de la globa­lización, ¿caeremos en «la globalización de la indiferencia», como dijo el papa en Lampedusa?

No estamos por una inmigración incontrolada. Pero las solas me­didas de control no están dando resultados. Como decía un inmi­grante rescatado de las aguas, «el hambre no conoce fronteras». Sabemos que la solución al fenómeno migratorio es muy compleja. Permítasenos abogar por las medidas más generosas posibles y, so­bre todo, por un compromiso de los países desarrollados en favor de los países pobres, con los que, en no pocos casos, ha habido vínculos históricos fuertes.

3. Las migraciones y las nuevas formas de esclavitud

Es un hecho evidente la relación de la emigración con la pobreza en sus múltiples manifestaciones. El santo padre, al hacerse eco de esta realidad, manifiesta la relación con las nuevas formas de escla­vitud humana, que empujan especialmente a mujeres y niños a la prosti­tución y al trabajo ilegal. La emigración no tendría por qué discurrir en ningún caso por estos derroteros, pero la pobreza y los engaños de quienes aprovechan la pobreza para traficar con las personas son hoy, como dice el papa, «moneda corriente». Es este otro frente ante el que ha de sensibilizarse la sociedad. Nuestra Iglesia, pre­sente en este campo mediante diversas congregaciones religiosas y otras instituciones, como Cáritas, Justicia y Paz , etc., reitera la denuncia de esta indigna explotación de las personas e invita a sus fieles y a sus organizaciones a seguir trabajando en este empeño y denunciando estas lamentables situaciones. Publicaciones como la reciente guía pedagógica para la educación y prevención de esta esclavitud el siglo XXI que es la prostitución pueden ser un buen medio para sensibilizar y prevenir.

4. Del recelo a la acogida

Se ha avanzado mucho en las actitudes de los ciudadanos ante la inmigración. Cada vez son más numerosas las personas conscientes de la aportación que los inmigrantes han supuesto y siguen suponiendo para nuestro país. Bastaría fijarse en quiénes son los cuidadores de muchos de nuestros ancianos. Sin embargo, en situa­ciones como la actual, de un paro tan fuerte, no es raro que haya ciudadanos que vean a los inmigrantes como un problema, «los que nos quitan el trabajo», y que ello pueda dar lugar a que afloren actitudes racistas o xenófobas. La misma denominación de “ile­gales” no favorece una actitud positiva hacia los inmigrantes . La Doctrina Social de la Iglesia, que nos recuerda los múltiples rostros de la emigración, refugiados, familias, menores, nos invita a ir más allá de una visión puramente economicista de la persona humana. «Se necesita —en palabras del papa—, el paso de una actitud de­fensiva y recelosa, de desinterés o de marginación —que, al final, corresponde a la “cultura del rechazo”— a una actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno, un mundo mejor».

5. La emigración, ocasión para la nueva evangelización

«Las migraciones —dice el papa Francisco—, pueden dar lugar a posibilidades de nueva evangelización, a abrir espacios para que crezca una nueva humanidad, preanunciada en el misterio pascual, una humanidad para la cual cada tierra extranjera es patria y cada patria es tierra extranjera».

Este año, de nuevo, un buen número de agentes pastorales, reli­giosos y obispos pudimos hacer una “Peregrinación entre las dos orillas del Estrecho”. En Marruecos pudimos comprobar el ejem­plar trabajo de la Iglesia con muchos de los hermanos migrantes que sueñan con venir a España a pesar de nuestra crisis. El testi­monio de estas Iglesias fortalece nuestros empeños y nuestras es­peranzas para —como quiere el papa— «ayudar a los otros a ver en el emigrante y en el refugiado no solo un problema que debe ser afrontado, sino un hermano y una hermana que deben ser aco­gidos, respetados y amados, una ocasión que la Providencia nos ofrece para contribuir a la construcción de una sociedad más justa, una democracia más plena, un país más solidario, un mundo más fraterno y una comunidad cristiana más abierta, de acuerdo con el Evangelio».

Lo mejor que puede ofrecer nuestra Iglesia a los hombres es Jesu­cristo y su Evangelio. En unas ocasiones lo hará con un lenguaje explícito. En otras, tendrá que dejar que hable el amor, que, cuando es verdadero, habla siempre de Dios, y, por eso, es evangelizador.

El plan de Dios para la humanidad es un plan de comunión. De­seamos que palabras como integración o comunión no sean unas pa­labras más. Ofrecemos, por eso, algunas sugerencias para avanzar por este surco prometedor.

6. Vías de comunión

- Que nuestras parroquias procuren la existencia de grupos in­terculturales para que el que viene de fuera pueda ser acompa­ñado respetuosamente en su proceso de adaptación, primero, y de comunión e integración, después. Una comunidad iden­tificada con Cristo, misionera y creativa, no excluye a nadie; es más cercana a los que tienen más difícil la integración. Los espacios comunes como la escuela, el barrio o las asociaciones son unos ámbitos cotidianos que ningún cristiano debe desa­provechar.

- El ámbito parroquial, el de la vida religiosa, el de los movi­mientos y cofradías son ámbitos muy adecuados para la aco­gida de personas —incluso dentro de sus propios espacios— y para la integración armónica no solo de expresiones devocionales nuevas, sino sobre todo para la fraternidad. El conoci­miento de la Doctrina Social de la Iglesia es un medio muy importante para afinar la sensibilidad, promover la corres­ponsabilidad y velar por la protección de los derechos de las personas (trabajo, sanidad, vivienda , etc.), así como para de­nunciar, si fuera necesario, la violación de los mismos. Como dijo el beato Juan Pablo II: «La catolicidad no se manifiesta solamente en la comunión fraterna de los bautizados, sino también en la hospitalidad brindada al extranjero, cualquiera que sea su pertenencia religiosa, en el rechazo de toda exclusión o discriminación racial, y en el reconocimiento de la dignidad personal de cada uno, con el consiguiente compromiso de promover sus derechos inalienables»1.

• Que la sociedad española contribuya con el Gobierno a la pro­moción de acciones de cooperación y desarrollo, de paz y de democracia, en los países de donde provienen muchos de nues­tros inmigrantes. La solidaridad de Europa puede ser decisiva para la mejora social y política en los países de origen de los inmigrantes.

• Construir una sociedad mejor en nuestro territorio es solo una parte de la solución. Se ha de trabajar por un orden económico internacional que no genere pobreza sobre pobreza, sino que ayude a superarla. Ello implica invertir con sentido social en el sur, especialmente en África, para crear medios de vida allí, y no solo para lograr beneficios a su costa aquí.

• Seguir abogando para que no se niegue el auxilio y la asisten­cia a los inmigrantes en situaciones de peligro para la vida, para que no se llegue a penalizar la asistencia humanitaria a los mismos, para que sean tratados siempre con el debido respeto, para que nunca se den detenciones arbitrarias, para que se bus­quen alternativas más dignas a los Centros de Internamiento, y para que los internos gocen de la atención social y religiosa necesaria.

Que aquellos españoles, que ahora se ven obligados a emigrar por la falta de trabajo, sepan que encontrarán siempre abiertas las puertas de nuestras misiones católicas en Europa, como lo hicieron en otros momentos.  

6. Con María, nuestra Madre

Reconozcamos en los emigrantes, aunque hablen otro idioma, sean de otro color o tengan otros rasgos faciales, el rostro de Cristo, el rostro de un hermano. Que la pluralidad de sus identidades cultu­rales no sea motivo de división, sino de enriquecimiento para nues­tra sociedad y para nuestra Iglesia, que deseamos que sea, cada vez más, lugar de acogida y comunión para los mil rostros de Cristo. Y que María, emigrante forzosa en Egipto, nos ayude a hacerlo realidad e interceda por nosotros.

1 Juan Pablo II, Mensaje en la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 1999 (2 de febrero de 1999), 6.

Los obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones


Publicado por verdenaranja @ 23:35  | Migraciones
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