S?bado, 15 de febrero de 2014

Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú para el quinto domingo durante el año (9 de febrero de 2014) (AICA)

“Para el justo resplandece la luz en medio de las tinieblas” (Sal 112, 41)


El domingo pasado leímos el Sermón de la Montaña. Este domingo el Señor muestra la grandeza de sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra”….”Vosotros sois la luz del mundo” (Mt.5, 13-14). Ciertamente el Señor sabe en su corazón que los discípulos llevarán en sus vidas el espíritu de las bienaventuranzas. Son los pobres de espíritu, los mansos de corazón, los misericordiosos y puros, los pacíficos y serenos, los que sienten gozo en el Señor Dios en medio de las persecuciones. Solamente viviendo conforme a estas bienaventuranzas lograrán los discípulos poseer la sabiduría que los hará “sal y luz” para el mundo que vive en tinieblas; de otra forma serán sosos, no tendrán sabor y serán como la luz que se esconde y no alumbra. Que relación maravillosa la del Señor, luz para alumbrar y no la que se enciende y se mete debajo del cajón (v.15) y la sal que da sabor y riqueza a los alimentos. La comida sin sabor es sosa y no nos deja gustar de los alimentos.

Los discípulos están llamados a transformar el mundo, un mundo insulso y necio que se funda sobre la vanidad de las cosas caducas, pero si no son sal y luz no podrán hacerlo pues sólo servirán para ser tirados y pisoteados, que es lo que acontece cuando no tienen espíritu evangélico. El discípulo cuando es sal, también es luz, luz que se compara con la luz verdadera “que ilumina a todo hombre” (Jn.1, 9). Este es Cristo, “luz verdadera”, resplandor del Padre que contagia de su luz a cuantos siguiéndole con fidelidad a Él y a su Evangelio, se convierten en portadores de su luz para los demás.

Cada cristiano, en cuanto portador de la luz y del sabor de Cristo, debe ser transformador del mundo en el que vive y constructor de una sociedad nueva, capaz de hacer brillar en medio de la humanidad, una luz y sabor que se confunden con la verdad y la vida. Cada cristiano debe ser portador de esa luz verdadera y transformadora a través de una vida que se expresa en una conducta que deje transparentar a través de ella a Cristo, Señor y dador de vida. Así las buenas obras del cristiano glorificarán al Padre que está en los Cielos (5,16).

Las obras que se hacen en la verdad y la caridad de Cristo son “luz encendida sobre el candelero, para iluminar a los que están en la casa“ (v. 16) y son capaces de atraerles a la fe y al amor de Cristo. Esta doctrina que desde el Antiguo Testamento era predicada y trataba de ser cumplida, se hace imperiosa para entrar en el Reino de los Cielos: “Si repartes al hambriento tu pan, y sacias al alma afligida, resplandecerá en las tinieblas tu luz” (Is. 58,10). Estamos llamados a la caridad, que es resplandor de la vida de Cristo en nosotros y que ilumina aun a los más alejados de la fe, disipa las tinieblas del pecado y conforta el alma. No olvidemos que la caridad es luz de Cristo que se inclina sobre el corazón doliente y lo conforta. Mirando a Pablo, el cristiano tiene uno de los modelos más claros de su accionar por la vida “no quise saber entre vosotros, sino a Cristo y a Cristo crucificado” (1 Cor. 2,1-2).

Debemos preguntarnos si somos verdaderos cristianos o si sólo nos llamamos tales. ¿Somos sal y luz que iluminan y dan sabor o hemos defeccionado de tal misión? ¿Nos llamamos cristianos por tradición, aceptando las más tremendas aberraciones morales, posturas contrarias a la moral cristiana porque nos mantienen en la tranquilidad de una conciencia deformada, o nos arriesgamos a defender las virtudes cristianas y nos esforzamos por practicarlas? ¿Dejamos “pasar” todas aquellas posturas contrarias a la fe y la moral porque nos resulta más cómodo y nos evita la confrontación, dejando que nuestros jóvenes vivan con una conciencia errónea sobre el sentido de la vida y la pertenencia a una sociedad más limpia y verdadera? Los jóvenes deben ser formados en los valores de la vida cristiana, que los hará respetar en primer lugar la vida de ellos mismos y la vida de su prójimo. Deben ser formados en el respeto a la ley, y a los responsables de hacerla cumplir. El martes tuve la triste coincidencia de encontrarme frente a un grupo de jóvenes y algunos no tan chicos que con su “patineta” en las manos insultaban con las palabras más fuertes a dos policías de tránsito…seguramente les habían indicado algo que no debían hacer, pero además les lanzaban piedras, ¿esto es posible? Sí cuando no tenemos valores que en familia se cultiven. Hay que amar a los jóvenes y cuidarlos, pero no dejemos que vivan en la tiranía de su así llamada juventud, porque ello nos conducirá a vivir una vida sin futuro. Los cristianos hoy debemos tener una conciencia formada a la luz del evangelio. Así seremos “luz del mundo y sal de la tierra”. Así podremos ser testigos de una Patria y una Ciudad donde la caridad a los demás sea un ejercicio cotidiano y nos haga vivir con paz en el corazón y justicia en las calles, de otra manera la “seguridad” y la paz desaparecerán de nuestros hogares y por lógica de nuestras ciudades. Seamos valientes defensores de nuestros hijos inculcándoles los valores de Cristo que incluyen el respeto al prójimo, el amor al trabajo a la Ciudad y que los engrandecerán frente a la vida. De otra forma no serán sino delincuentes. Cristo y la Iglesia espera en nosotros, en nuestra autenticidad como bautizados. Espera que seamos verdaderos heraldos de la fe, comprometidos y capaces de dejar nuestra comodidad de conciencia y comprometernos con el Evangelio de Jesucristo.

Que María, fiel reflejo de la Luz del Mundo, nos ayude a ser verdaderos testigos del Evangelio.


Mons. Marcelo Raúl Martorell, Obispo de Puerto Iguazú.


Publicado por verdenaranja @ 23:12  | Homil?as
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