Domingo, 16 de marzo de 2014

Reflexión Teológico – Pastoral con motivo del Día del Seminario 2014, publicada por EDICE y recibida en la parroquia con los materiales para su celebración el 15 y 16 de Marzo, 2º domingo de Cuaresma, o el 19 de Marzo, festividad de San José. 

La alegría de anunciar el Evangelio

La imagen se repite cada miércoles en la Audiencia General; cada domingo, a la hora del Ángelus; en las visitas a basílicas o pa­rroquias romanas, a diversos lugares de Italia y a otros países: miles y miles de personas rodean al papa Francisco, rezan con él, escuchan sus palabras. Una de las claves para entender la atención y simpatía que suscita el actual sucesor de Pedro, incluso entre personas aleja­das de la Iglesia, agnósticas o no creyentes, es sin duda su alegría. Salvo en las celebraciones más solemnes o en los actos más proto­colarios, Francisco sonríe siempre. Lo hace espontáneamente, con naturalidad, como quien no puede –ni quiere– contener la expresión externa de un sentimiento íntimo, profundo, contagioso. Francisco es un hombre alegre. Trasparenta alegría, contagia alegría.

La alegría del Evangelio

No podía ser de otro modo. Por su condición de cristiano y por el ministerio especial que el Señor le ha encomendado como sucesor de Pedro en favor de toda la Iglesia, el papa debe «anun­ciar el Evangelio». Y el Evangelio es fuente de alegría. Francisco lo recuerda una y otra vez con su rostro iluminado por la sonrisa, con sus gestos que comunican y contagian alegría. Pero ha querido decirlo además de forma explícita en la reciente exhortación apos­tólica Evangelii gaudium. Lo ha dicho de varias maneras: ante todo, encabezando y titulando al propio tiempo dicha exhortación con la expresión «La alegría del Evangelio», que reúne y traduce la estre­cha vinculación entre ambas realidades; repitiendo tres veces la refe­rencia a la alegría en las seis líneas de que consta el primer número: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son libe­rados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años»1. Lo ha dicho usando cincuenta y ocho veces más dicho término y otros afines (alegrarse, gozo, gozarse) en los dieciocho números que introducen la exhortación.

Muchos de estos usos forman parte de frases bíblicas, reco­gidas principalmente en los nn. 4 y 5 de la Evangelii gaudium. Son frases conocidas, tomadas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Del Antiguo Testamento cita primero los profetas Isaías, Zacarías y So­fonías en pasajes que tienen que ver con la esperanza en el Mesías que tenía que venir; pero no deja de ser significativo que cierre la se­rie refiriendo un texto que contempla la alegría más inmediata, apa­rentemente menos trascendente, del día a día: «Hijo, en cuanto te sea posible, cuida de ti mismo… No te prives de pasar un día feliz»: (Eclo 14, 11.14). En esta especie de traducción inspirada del profano carpe diem horaciano descubre el papa una expresión de la ternura paterna de Dios2. Las citas del Nuevo Testamento están tomadas de los evangelios según san Lucas y según san Juan, y del libro de los Hechos de los Apóstoles; unos se refieren a la alegría por la salva­ción que se hizo presente en el misterio del Hijo de Dios nacido de santa María, mientras que otros contemplan la que manifestaron los primeros receptores y beneficiarios del mensaje de dicha salvación. En cualquier caso, tanto en los textos del Antiguo como en los del Nuevo Testamento, el papa reconoce «un río de alegría» en el que, en la forma retórica de una pregunta, invita a entrar a los destinata­rios de la exhortación: «¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?»3.

Una alegría que nace del amor de Dios

Evidentemente la alegría de la que habla Francisco es la ale­gría cristiana, la alegría del Evangelio. Ello explica que, antes de introducir los textos del Nuevo Testamento, mencione la gloria des­lumbradora de la cruz de Cristo4 e integre así en su exhortación el carácter paradójico del mensaje cristiano sobre la alegría. Por­que es cierto que «el Evangelio (…) invita insistentemente a la ale­gría»; pero también lo es que esta «no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras»5. En esta línea se puede afirmar que hay etapas y circunstancias que suscitan en las personas otros sentimientos más bien contrarios como la tristeza, el desaliento, la añoranza enfermiza, la sensación de abandono…

Ahora bien, cuando los cristianos hablan de alegría lo hacen a sabiendas de que es posible mantenerla incluso cuando atraviesan «por cañadas oscuras», porque la fuente de la alegría es «la certeza personal de ser infinitamente amado» por el Dios del amor, que nos ha mostrado su amor de manera inaudita en su Hijo Jesucristo, el cual compartió nuestras alegrías y también nuestras penas, nuestras ilusiones, pero también nuestros desalientos; murió como un mal­hechor y, en el misterio de la unión íntima de su ser Dios y hombre, dio expresión a la sensación de abandono que invade a veces a los humanos, y que en su caso se envolvió de oscuridad y tinieblas: «Al llegar la hora sexta, toda la región quedó en tinieblas… Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”» (Mc 15, 33-34).

Como es bien sabido, estas palabras están tomadas del co­mienzo del Salmo 22 (21), marcado en buena medida por la des­cripción dramática de la situación por la que atraviesa el orante (vv. 2-4.7-9.13-19), pero a quien el recuerdo del Señor y de sus acciones (vv. 5-6.10-12) va animando poco a poco a reafirmar la confianza en Dios y en su poder (vv. 12) y a traducir esta última en súplica (vv. 12.20-22) y, sobre todo, en alabanza anticipada (vv. 23-32). Porque él, el salmista, y el propio Jesús, que recitaría seguramente estos salmos desde su edad más temprana, estaban seguros de que la mi­sericordia y la fidelidad, la bondad y el amor del Señor duran por siempre (cf. Sal 117 (116), 2).

Anunciar el Evangelio con alegría

Esa seguridad es la única fuente de la alegría cristiana, que debe alentar siempre en el corazón de la persona creyente, ayudán­dole a superar la tendencia natural a poner cara de Viernes Santo en las situaciones adversas. En todo caso, en tales situaciones y en las habituales de la vida, el creyente debe vivir la alegría del Evangelio y contagiar esa alegría. El papa Francisco habla en su exhortación «de cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pas­cua»6. Difícilmente podrán ser así testigos del Evangelio, convencer a nadie de que el mensaje que anuncian es buena noticia y, por ello mismo, fuente de alegría. No podrá hacerlo ningún creyente, tam­poco aquellos que, por la ordenación sacerdotal, han sido constitui­dos ministros del Evangelio. Si quieren ser testigos fieles, ellos y los demás cristianos deben «permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias»7.

Es bueno recordar, en efecto, que la importancia de la ale­gría en la vida cristiana la ha resaltado el papa en la exhortación apostólica en la que ha querido recoger «la riqueza de los trabajos del Sínodo» Ordinario de los Obispos del año 2012 sobre La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, y «expresar además las preocupaciones que» lo mueven personalmente «en este momen­to concreto de la obra evangelizadora de la Iglesia»8. Resulta más que evidente que una de esas preocupaciones es precisamente que la obra de la evangelización se realice con alegría y contagie alegría; que todos los cristianos y, de manera muy particular los ministros de la Nueva Alianza, entren «en el río de alegría» que brota del amor de Dios y se ha manifestado como amor hasta el extremo en la cruz de Cristo.

No extraña que esa preocupación aflore continuamente en labios del papa, tanto en las ocasiones solemnes como en las más ordinarias. A estas últimas pertenecen las siguientes palabras, pro­nunciadas en la homilía diaria del 3 de diciembre de 2013, en la capilla de Santa Marta y dentro del Adviento: «No estamos (…) acostumbrados a pensar en un Jesús sonriente, alegre. Jesús estaba lleno de alegría: lleno de alegría…». Y «ha querido que su esposa, la Iglesia, también fuese alegre». «No se puede pensar en una Iglesia sin alegría y la alegría de la Iglesia es justamente eso: anunciar el nombre de Jesús». El 1 de octubre del mismo año concluía así la homilía que tuvo en ese mismo lugar: «Paz y alegría. Este es el aire de la Iglesia».

Que el Señor nos conceda esta alegría

Parece adecuado cerrar esta reflexión sobre el lema del Día del Seminario de este año de gracia de 2014 haciendo nuestra la sencilla oración con la que el papa Francisco concluía la primera de las dos homilías que acabamos de citar: «Que el Señor nos conce­da a todos esta alegría; la alegría de Jesús alabando al Padre en el Espíritu». Que se la conceda muy especialmente a los sacerdotes y a quienes se preparan a serlo. Es esencial para ser testigos del Evan­gelio de la alegría y «para que el mundo crea».

1 Evangelii gaudium, n. 1.

2 Ibíd., n. 4.

3 Evangelii gaudium, n. 4.

4 Ibíd.

5 Ibíd., n. 5

6 Evangelii gaudium, n. 6.6

7 Evangelii gaudium, n. 6.

8 Ibíd., nn. 14-15.7


Publicado por verdenaranja @ 19:41  | Pastoral Vocacional
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