Martes, 18 de marzo de 2014

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario para el II domingo de cuaresma y en el aniversario del papa Francisco (16 de marzo de 2014)

II Domingo de Cuaresma - Aniversario del papa Francisco

Queridos hermanos:
Celebramos el segundo domingo de Cuaresma. Tiempo de conversión y de gracia, que durante cuarenta días nos invita a caminar hacia la Pascua, que nos ofrece la esperanza de la salvación.

Ofrecemos especialmente esta misa al conmemorarse el pasado 13 de marzo el primer año de la elección al pontificado del Papa Francisco, y el próximo 19, día de San José, el comienzo de su pontificado.

En el primer año de la elección y del comienzo del pontificado del Papa
Recordar las palabras del Papa en la misa de este día nos permiten ahondar el significado de su misión como sucesor de San Pedro, enseñándonos que “nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad” (hom.19.III.13).

De este modo comenzó su misión pastoral como Supremo Pastor, en la renovada cercanía con cada persona que se acerca a él y con las multitudes que asisten a la plaza de San Pedro al rezo del ángelus y a las audiencias; en su magisterio comenzando con la encíclica Lumen Fidei unido a su predecesor, en sus exhortaciones y homilías; y en sus viajes apostólicos como la Jornada Mundial de la Juventud.

Esta misión también se manifestó desde el comienzo como una predilección por los más pobres, por los más débiles, y los más pequeños; como dice con sus propias palabras: predilección que Mateo hace presente en el juicio final al mencionar al que está hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46).

Por eso pedimos por el Papa, para que nos conduzca y reconforte en la fe y en la esperanza, como Abraham, que “apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza” (Rm 4,18); y ante “tantos cúmulos de cielo gris” del presente y del futuro, comprobemos que Dios siempre nos espera “con una mirada de ternura y de amor.

Tenemos la convicción de que su enseñanza ayuda a la humanidad a volver a Dios, y responder a los motivos de la falta de unidad y de paz, y nos reconforta al mostrarnos el camino que puede ofrecernos la esperanza con mayúsculas y la luz de la caridad; porque “la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, y está fundada sobre la roca que es Dios” (ibídem).

Miramos hacia una felicidad verdadera
En el Evangelio de este segundo domingo, Jesús nos muestra el motivo de la esperanza. Él se queda sólo con Pedro y con los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, para que sean testigos de su gloria en la Transfiguración del Tabor; y les muestra que nuestro horizonte definitivo no es este mundo y que no termina aquí; sino que miramos hacia una felicidad verdadera, un Reino que se inicia entre nosotros pero que solo llega a su plenitud en la gloria.

“Señor que bien estamos aquí, –exclamó Pedro en el monte–, si quieres levantaré tres carpas…” y mientras todavía estaba hablando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Entonces el resplandor de la figura de Jesús fue más allá de lo imaginable, “los discípulos cayeron con el rostro en tierra” (Mt.17, 1-9).

De este modo, así como los tres discípulos contemplaron su gloria en el Tabor, también deberán contemplar la entrega y el sufrimiento del Señor en Getsemaní. Y verán que será humillado, serán testigos de su oración dolorida, y verán cómo su vida pasa por la pasión y la cruz, instrumentos de la salvación.

La gloria y esplendor del Tabor son los que les darán fuerza y les confirmarán que Jesús es el mismo que verán llevando la cruz. Que Jesús es el Hijo de Dios, el mesías, el Señor.

También en nuestra vida la presencia de Jesús nos ayuda a vivir las pruebas y contradicciones que debemos sobrellevar cada día. Dios se nos ha dado para siempre en la entrega de su Hijo, Dios nos muestra el camino que redime en la cruz pascual, y con la fuerza de su Espíritu, nos invita a confiar y vivir su abundante amor.

Para ello nos invita a escucharlo en su Palabra y a encontrarlo en la Eucaristía, muy cerca nuestro, que nos anima y reconforta, porque la fe nos asegura que Él está presente entre nosotros y nos ama. Por este motivo los sufrimientos personales y los males de nuestro mundo –y los de la Iglesia– no deberían ser excusa para reducir nuestra entrega y nuestro fervor" (Evangelii Gaudium 84)

Por esto, mientras recorremos el tiempo de la espera, con la confianza de Abraham, y el esplendor del Tabor, necesitamos recuperar la fe y convertir nuestra vida personal, familiar y social. Esta es la fuente de la esperanza de la que nos habla el Papa, y por eso somos fuertes y estamos confiados en el Señor, porque creemos plenamente en el triunfo de su Pascua.

Se lo confiamos a Virgen, madre de la esperanza para que en esta Cuaresma nos acompañe a todos.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 23:24  | Homil?as
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