Mi?rcoles, 26 de marzo de 2014

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la celebración de la Anunciación del Señor (25 de marzo de 2014) (AICA)

Anunciación del Señor - Día del niño por nacer


Celebramos la Anunciación del Señor: "Él eligió a la madre que había creado; creó a la madre que había elegido" (Sermón 69, 3, 4). Esta frase de San Agustín nos lleva al corazón del misterio de la Anunciación del Señor, en la que narración de San Lucas se hace real e insertada en la historia, estableciendo el tiempo y el lugar de la encarnación. En una fecha concreta, a los seis meses de la concepción de su prima Isabel, y en Nazaret, en un lugar lejano del centro que es Jerusalén, es anunciado el nacimiento de un niño, el Verbo de Dios y el autor de la vida.

María, la mujer joven elegida por Dios, y la Palabra de Dios
La anunciación del ángel tiene dos protagonistas: María, la mujer joven elegida por Dios, y la Palabra. María que confía, espera y acepta el querer de Dios; y la Palabra, hecha carne, en el misterio de la pequeñez, de la docilidad, del abajamiento por amor (cfr. Biblia, com. Luis A. Schökel, p.1948).

Este es el acontecimiento de la vida de Dios en medio nuestro, es el cumplimiento de su plan revelado en el Antiguo Testamento, particularmente por el profeta Isaías, que acabamos de escuchar en la primera lectura, que nos habla de una señal: “la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel" (Is 7, 14).

Fue por el "sí" de María, que pronunció en Nazaret, "por quien la luz brilló en el mundo" (h. Ave Regina), fue por Ella por quien la Encarnación del Hijo de Dios se hizo realidad, cumpliéndose la promesa esperada.

De este modo, “Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; y permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos» (Ev. Gaudium, nº 285).

De allí que María es quien nos puede enseñar del modo mejor, como mujer elegida y como madre, lo que significa el inmenso valor de su Hijo por nacer, que es el mismo Dios con nosotros.

Por eso celebramos de una manera sublime y con profunda alegría la vida de Dios hecho carne en medio nuestro; que también nos enseña a agradecer toda vida humana, como un don de Dios.

Valoramos y anunciamos el valor de la vida desde el seno materno
Nosotros valoramos la vida desde el seno materno, porque es un don de Dios; y la Iglesia nos invita a defender al ser humano en todos los niveles de la existencia, y se preocupa por la amenaza que éste sufre en el mundo de hoy; tanto por el modo que se trata a los embriones y a los niños por nacer, como a los niños ya nacidos; a los niños abandonados y en situación de calle; a los que sufren la explotación; y sin tener una mirada cercana y sensible a los que no tienen una familia que los cobije, o sufren la desnutrición y la falta de alimentos en lugares donde no debería faltar el pan.

La protección de la vida debe ser tarea de todos nosotros, y esta meta debe estar presente con todas nuestras posibilidades; especialmente ante la vida de los más pequeños, de los indefensos, de los que están últimos, tanto del niño por nacer, como los ya nacidos; y por sus madres.

La defensa de la vida, que debe ser tan extensa como la vida misma, puede hacernos descubrir a veces una realidad oscura y muy difícil de sobrellevar; sorprendidos por la forma adversa de valorarla, desde el seno materno, hasta la muerte natural.

Por ello, anunciar el Evangelio de la vida con perseverancia a veces nos puede costar, inclusive hasta sentir “aridez, ocultamiento y hasta cierta fatiga” aplicando a la defensa de la vida las palabras de la Exhortación del Papa Francisco “Evangelii Gaudium”; es posible sentir muchas veces en este camino “una particular fatiga del corazón, unida a una especie de “noche de la fe” (E.G. 287).

La educación y la catequesis deben estar al servicio del valor y la defensa de la vida.
Pero como María, que durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, siempre avanzó en su itinerario de fe (217). (ibídem); así también debemos emprender nosotros este camino evangelizador.

En este sentido, la educación y la catequesis deben estar al servicio del valor y la defensa de la vida. Cuidar la vida, y anunciar el Evangelio de la Vida en forma permanente son un modo de proclamar y el misterio que ella contiene, como un don y signo del amor de Dios.

Protejamos la vida del más pequeño, que apenas se puede visualizar en una ecografía, cuidemos la vida del niño y del joven, cuidemos la vida de las familias y del anciano. Y cuidémonos entre nosotros como frecuentemente nos recuerda el Papa.

El amor hacia todos, tiende espontáneamente a convertirse en atención preferencial por los más débiles. En esta línea se debe comprender la solicitud materna que tiene Iglesia por la vida del que va a nacer, y confiamos que todos lo puedan hacer todos, porque esta es la vida más frágil, y la más amenazada. Por ello, como expresó el Concilio Vaticano II: “La vida, una vez concebida, debe ser protegida con el máximo cuidado" (GS. n. 51) (cfr. Benedicto XVI, 27.X.2010), y el seno materno debe ser el lugar más precioso y seguro para la vida del niño que va a nacer.

En este día de la Anunciación del Señor, le pedimos a Nuestra Madre que recibió al autor de la vida en su seno virginal, que proteja la vida humana y nos cuide a cada uno de nosotros.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 22:38  | Homil?as
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