Lunes, 31 de marzo de 2014

El Santo Padre ha rezado mañana del 30 de Marzo de 2014 el ángelus, como cada domingo, desde la ventana del estudio en el Palacio Apostólico Vaticano junto con los numerosos fieles reunidos en la plaza de San Pedro (Zenit.org) :

 

Queridos hermanos y hermanas,

el Evangelio de hoy nos presenta el episodio del hombre ciego de nacimiento, al cual Jesús dona la vista. El largo pasaje, es largo, se abre con un ciego que comienza a ver y se cierra -curioso esto- con los presuntos videntes que continúan a permanecer ciegos en el alma. El milagro es narrado por Juan en apenas dos versos, porque el evangelista quiere atraer la atención no sobre el milagro en sí, sino sobre lo que sucede después, sobre las discusiones que suscita. También sobre los chismeríos, muchas veces una obra buena, una obra de caridad, suscita chismeríos, discusiones, porque hay algunos que no quieren ver la verdad. El evangelista Juan quiere llamar la tentación sobre esto que sucede también en nuestros días cuando se hace una obra buena.

El ciego sanado es primero interrogado por la multitud sorprendida, han visto el milagro y le preguntan. Después por los doctores de la ley y estos interrogan también a sus padres. Al final el ciego sanado llega a la fe, y esta es la gracia más grande que le hace Jesús: no solo ver, sino conocerle, que es "la luz del mundo" (Jn, 9,5).

Mientras el ciego se acerca gradualmente a la luz, los doctores de la ley al contrario; se hunden cada vez más profundamente en la ceguera interior. Cerrados en su presunción, creen tener ya la luz; por esto no se abren a la verdad de Jesús. Hacen de todo para negar la evidencia. Ponen en duda la identidad del hombre sanado, después niegan la acción de Dios en la sanación, toman como escusa que Dios no cura el sábado; llegan incluso a dudar que el hombre hubiera nacido ciego. Su clausura a la luz se vuelve agresiva y acaba con la expulsión del templo del hombre sanado, expulsado del templo.

El camino del ciego sin embargo es un recorrido a etapas, que comienza en el conocimiento del nombre de Jesús. No conoce a otro que Él, de hecho dice: "El hombre que se llama Jesús me puso barro en los ojos" (v.11). A continuación de las preguntas apremiantes de los doctores, lo considera primero un profeta (v. 17) y después un hombre cerca de Dios (v. 31). Después que fuera alejado del templo, excluido de la sociedad, Jesús lo encuentra de nuevo y le "abre los ojos" por segunda vez, revelándole la propia identidad. "Yo soy el Mesías", le dice. A este punto el que había sido ciego exclama: "¡Creo, Señor! (v. 38), y se postra delante del Señor. Pero esto es un fragmento del Evangelio que hace ver el drama de la ceguera interior de tanta gente, también la nuestra, porque nosotros a veces tenemos momentos de ceguera interior.

Nuestra vida a veces es parecida a la del ciego que se ha abierto a la luz, a Dios y a su gracia. A veces lamentablemente es un poco como la de los doctores de la ley: desde lo alto de nuestro orgullo juzgamos a los otros, ¡e incluso al Señor! Hoy, somos invitados a abrirnos a la luz de Cristo para llevar fruto en nuestra vida, para eliminar los comportamientos que no son cristianos; todos nosotros somos cristianos, pero todos nosotros, todos,tenemos comportamientos algunas veces no cristianos. Comportamientos que son pecados, y debemos arrepentirnos de esto. Y eliminar este comportamiento para caminar decididamente sobre la vía de la santidad que tiene su origen en el Bautismo. Y en el Bautismo hemos sido "iluminados" para que, como nos recuerda san Pablo, podamos comportarnos como "hijos de la luz" (Ef 5, 8), con humildad, paciencia y misericordia. Estos doctores de la ley no tenían ni humildad, ni paciencia, ni misericordia. Yo os sugiero hoy, cuando volváis a casa, tomar el Evangelio de Juan, leed el pasaje del capítulo 9, que es este. Os hará bien porque así veis este camino de la ceguera a la luz, y el otro camino malo hacia una ceguera más profunda. Y preguntémonos cómo es nuestro corazón, ¿cómo es mi corazón? ¿cómo es tu corazón? ¿Yo tengo un corazón abierto o un corazón cerrado? ¿Abierto o cerrado hacia Dios? ¿Abierto o cerrado hacia el prójimo? Siempre tenemos en nosotros alguna clausura que nace del pecado, nacida de las equivocaciones, de los errores. No tengamos miedo, no tengamos miedo. Abrámonos a luz del Señor, Él nos espera siempre, Él nos espera siempre para hacernos ver mejor, para darnos más luz, para perdonarnos. No olvidéis esto. Él nos espera siempre.

A la Virgen María confiamos el camino de la cuaresma, para que también nosotros, como el ciego curado, con la gracia de Cristo podamos "venir a la luz", renacer a la vida nueva.

Tras la oración del ángelus el Santo Padre ha realizado los saludos:

Saludo cordialmente a las familias, los grupos parroquiales, las asociaciones y los fieles particulares procedentes de Italia y de tantos países, en particular a los de Ponferrada y Valladolid; los estudiantes y los profesores de los colegios de Murcia, Castelfranco de Córdoba y Laganés; los alumnos de los colegios de París y los emigrantes portugueses de Londres.

Saludo al Movimiento Juvenil Lasalliano, el grupo "Jóvenes, arte y fe de Santa Paola Frassinetti", los universitarios de Venecia.

Dirijo un saludo particular a los militares italianos que han realizado un peregrinaje a pie desde Loreto a Roma, rezando por la pacífica y justa resolución de las controversias. Y esto es muy bonito, Jesús en las bienaventuranzas dice que son bienaventurados aquellos que trabajan por la paz.

Un pensamiento va a los grupos de fieles de Potenza, Atella, Sulmona, Lomagna, Conegliano, Locara, Nápoles, Afragola, Ercolano y Torre del Greco; a los jóvenes de confirmación de Gardone Valtrompia, Ostia, Reggio Emilia, Fane, Serramazzoni y Parma; a los estudiantes de Massa Carrara y Génova-Pegli.

Saludo finalmente a la Coral de Brembo, la Polisportiva Laurentino de Roma, los motoristas de Terni-Narni; los representantes del WWF-Italia, animándoles en su compromiso a favor del ambiente.

Y no olvidéis hoy en casa tomar el Evangelio de Juan, capítulo 9 y leer esta historia del ciego que se ha convertido en vidente y de los presuntos videntes que han caído más en su ceguera. Capítulo 9 del Evangelio de Juan.

A todos os deseo feliz domingo y buena comida. ¡Hasta la vista!


Publicado por verdenaranja @ 23:07  | Habla el Papa
 | Enviar

Tercera predicación de Cuaresma 2014 del padre Raniero Cantalamessa, O.F.M., predicador de la Casa Pontificia, en la Capilla "Redemptoris Mater" en el Vaticano. (Zenit.org)

San Ambrosio y la fe en la Eucaristía

 

1. La reflexión sobre los sacramentos

Junto al tema de la Iglesia, otro tema en el que se nota un progreso en el paso de los Padres griegos a los latinos es el de los sacramentos. En los primeros había faltado una reflexión sobre los sacramentos en sí, es decir, sobre la idea de sacramento, aun habiendo tratado de manera excelente cada uno de los misterios: bautismo, unción, Eucaristía[1] .

El iniciador de la teología sacramentaria —es decir, de lo que, a partir del siglo XII, será el De sacramentis— es nuevamente Agustín. San Ambrosio, con sus dos series de discursos «Sobre los sacramentos» y «Sobre los misterios», anticipa el nombre del tratado, pero no su contenido. También él, en efecto, se ocupa de cada uno de los sacramentos y no, todavía, de los principios comunes a todos los sacramentos: ministro, materia, forma, modo de producir la gracia…

¿Por qué, entonces, elegir a Ambrosio como maestro de fe de un tema sacramentario como es el de la Eucaristía sobre el cual queremos meditar hoy? El motivo es que Ambrosio, más que ningún otro, contribuyó a la afirmación de la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y puso las bases de la futura doctrina de la transustanciación. En el De sacramentis escribe:

«Este pan es pan antes de las palabras sacramentales; cuando interviene la consagración, de pan pasa a ser carne de Cristo [...] ¿Con qué palabras se realiza la consagración y de quién son estas palabras? [...] Cuando se realiza el venerable sacramento, el sacerdote ya no usa sus palabras, sino que utiliza las palabras de Cristo. Es la palabra de Cristo la que realiza este sacramento»[2].

En el otro escrito, Sobre los misterios, el realismo eucarístico es todavía más explícito. Dice:

«La palabra de Cristo que pudo crear de la nada lo que no existía, ¿no puede transformar en algo diferente lo que existe? No es menos dar a las cosas una naturaleza del todo nueva que cambiar lo que tienen [...]. Este cuerpo que producimos (conficimus) sobre el altar es el cuerpo nacido de la Virgen. [...] Es, ciertamente, la verdadera carne de Cristo que fue crucificada, que fue sepultada; es, pues, verdaderamente el sacramento de su carne [...]. El mismo Señor Jesús proclama: “Esto es mi cuerpo”. Antes de la bendición de las palabras celestes se usa el nombre de otro objeto, después de la consagración se entiende cuerpo»[3].

Sobre este punto la autoridad de Ambrosio, en el desarrollo posterior de la doctrina eucarística, prevaleció sobre la de Agustín. Éste cree ciertamente en la realidad de la presencia de Cristo en la Eucaristía pero, como hemos visto en la anterior meditación, acentúa todavía más fuertemente su significado simbólico y eclesial. Algunos de sus discípulos llegarán a afirmar no sólo que la Eucaristía hace la Iglesia, sino que la Eucaristía es la Iglesia: «Comer el cuerpo de Cristo no es otra cosa que hacerse cuerpo de Cristo»[4]. La reacción a la herejía de Berengario de Tours que reducía la presencia de Jesús en la Eucaristía a una presencia sólo dinámica y simbólica, suscitó una reacción coral en la que las palabras de Ambrosio desempeñaron una parte importante. Él es la primera autoridad que aduce santo Tomás de Aquino en su Suma en favor de la tesis de la presencia real[5] .

La expresión «cuerpo místico» de Cristo, que hasta entonces había servido para designar a la Eucaristía, pasó poco a poco a indicar la Iglesia, mientras que la expresión «cuerpo verdadero» se reservó ya sólo a la Eucaristía[6]. Esta singular inversión marca, en cierto sentido, el triunfo de la herencia de Ambrosio sobre la de Agustín. Expresiones como las del himno Ave verum, en el que el cuerpo eucarístico de Cristo es saludado como «el verdadero cuerpo, nacido de María Virgen, que fue inmolado en la cruz y de cuyo costado brotaron agua y sangre», parecen casi copiadas de las palabras arriba recordadas de Ambrosio.

Podemos resumir así la diferencia entre las dos perspectivas. De los tres cuerpos de Cristo —el cuerpo verdadero o histórico de Jesús nacido de María, el cuerpo eucarístico y el cuerpo eclesial— Agustín une entre sí estrechamente el segundo y el tercero, el cuerpo eucarístico y el de la Iglesia, distinguiéndolos del cuerpo real e histórico de Jesús; Ambrosio une, más aún, identifica el primero y el segundo, es decir, el cuerpo histórico de Cristo y el eucarístico, distinguiéndolos del tercero, es decir, del cuerpo eclesial.

En esta dirección se podía ir demasiado lejos, cayendo en un realismo exagerado, casi que —como decía una fórmula contrapuesta a la herejía de Berengario— el cuerpo y la sangre de Cristo estuvieran presentes sobre el altar «sensiblemente y fueran, en verdad, tocados y partidos por las manos del sacerdote y masticados por los dientes de los fieles»[7]. Pero el remedio a tal peligro estaba en la noción misma de sacramento ya clara en teología. La eucarística no es una presencia física, sino sacramental, mediada por signos que son, precisamente, el pan y el vino.

2. La Eucaristía y la beraká judía

Si hay un límite en la visión de Ambrosio, es la ausencia de cualquier referencia a la acción del Espíritu Santo en la producción del cuerpo de Cristo sobre el altar. Toda la eficacia reside en las palabras de la consagración. Ellas son para él palabras creativas, es decir, palabras que no se limitan a afirmar una realidad existente, sino que producen la realidad que significan, como la frase «Fiat lux» de la creación. Esto ha influido en el escaso relieve que ha tenido en la liturgia latina la epíclesis del Espíritu Santo, que, como sabemos, desempeña en las liturgias orientales un papel tan esencial como el de las palabras de la consagración. Las nuevas Plegarias eucarísticas, con la invocación del Espíritu Santo que precede a la consagración, han querido llenar precisamente esta laguna.

Pero hay una laguna mayor de la que se empieza a tener en cuenta y que no se refiere sólo a Ambrosio y ni siquiera sólo a los Padres latinos, sino a la explicación del misterio eucarístico en su conjunto. Más que nunca se ve aquí cómo el estudio de los Padres no nos ayuda sólo a recuperar riquezas antiguas, sino también a abrirnos a lo nuevo que aparece en la historia; a imitarlos no sólo en los contenidos, sino también en el método que era el de poner al servicio de la palabra de Dios todos los recursos y los conocimientos disponibles en su contexto cultural.

El recurso nuevo que hoy disponemos para comprender la Eucaristía es el acercamiento entre cristianos y judíos. Desde los primeros días de la Iglesia, varios factores históricos llevaron a acentuar la diferencia entre el cristianismo y el judaísmo, hasta contraponerlos entre sí, como hace ya Ignacio de Antioquía[8]. Distinguirse de los judíos —en la fecha de la Pascua, en los días de ayuno y en muchas otras cosas— se convierte en una especie de consigna. Una acusación a menudo dirigida a sus adversarios y a los herejes es la de «judaizar».

En relación con la Eucaristía, el nuevo clima de diálogo con el judaísmo ha hecho posible un mejor conocimiento de su matriz judía. Igual que no se entiende la Pascua cristiana si no se considera como el cumplimiento de lo que preanunció la Pascua judía, así no se entiende a fondo la Eucaristía si no se la ve como el cumplimiento de lo que los judíos hacían y decían a lo largo de su comida ritual. El nombre mismo, Eucaristía, no es otra cosa que la traducción de Beraká, la oración de bendición y acción de gracias hecha durante esa comida. Un primer resultado importante de este cambio ha sido que hoy ningún estudioso serio sostiene ya la hipótesis de que la Eucaristía cristiana se explique a la luz de la cena en boga según algunos cultos mistéricos del helenismo, como se ha intentado hacer durante más de un siglo.

Los Padres de la Iglesia mantuvieron las Escrituras del pueblo judío, pero no su liturgia, a la cual ya no tenían forma de acceder, tras la separación de la Iglesia respecto de la Sinagoga. Así, para la Eucaristía, utilizaron las figuras contenidas en las Escrituras —el cordero pascual, el sacrificio de Isaac, el de Melquisedec, el maná—, pero no el contexto litúrgico concreto en el que el pueblo judío celebraba todos estos recuerdos, que era la comida ritual celebrada una vez al año en la cena pascual (el Seder) y semanalmente en el culto sinagogal. El primer nombre con el que es designada la Eucaristía en el Nuevo Testamento por Pablo es el de «comida del Señor» (kuriakon deipnon) (1 Cor 11,20), con referencia evidente a la comida judía de la que se distingue ahora por la fe en Jesucristo.

Es la perspectiva en la que se sitúa también Benedicto XVI en el capítulo dedicado a la institución de la Eucaristía en su segundo volumen sobre Jesús de Nazaret. Siguiendo la opinión ya prevalente entre los estudiosos, él acepta la cronología joánica según la cual la última cena de Jesús no fue una cena pascual, sino que fue una solemne comida de despedida; con Louis Bouyer, sostiene, además, que se pueda «trazar el desarrollo de la eucaristía cristiana, es decir del canon, desde la beraká judía»[9].

Por diversas razones culturales e históricas, desde la escolástica en adelante, se ha tratado de explicar la Eucaristía a la luz de la filosofía, en particular de las nociones aristotélicas de sustancia y de accidente. Esto también era un poner al servicio de la fe los nuevos conocimientos del momento y, por tanto, una imitación del método de los Padres. En nuestros días, debemos hacer lo mismo con los nuevos conocimientos de orden, esta vez, históricos y litúrgicos más que filosóficos.

Sobre la base de algunos estudios ya iniciados en esta dirección, sobre todo el de L. Bouyer[10], quisiera tratar de mostrar la luz viva que cae sobre la Eucaristía cristiana cuando situamos los relatos evangélicos de la institución sobre el trasfondo de lo que sabemos de la comida ritual judía. La novedad del gesto de Jesús no resultará disminuida, sino engrandecida al máximo.

3. ¿Qué ocurrió esa noche?

Un texto que muestra el estrecho vínculo entre la liturgia judía y la cena cristiana es la Didaché. Dicho texto no es otra cosa que una colección de oraciones de la sinagoga, con la adición, aquí y allá, de las palabras «por tu servidor Jesucristo»; por lo demás, es idéntico a la liturgia de la sinagoga. El rito sinagogal estaba compuesto por una serie de oraciones llamadas «berakah» que en griego se tradujo con «Eucaristía». La beraká resume la espiritualidad de la Antigua Alianza y es la respuesta de bendición y de agradecimiento que Israel da a la palabra de amor que su Dios le había dirigido.

El ritual seguido por Jesús al dar la forma definitiva de la Eucaristía acompañaba todas las comidas de los judíos, pero asumía una importancia particular en las comidas en familia o en comunidad el sábado y los días festivos. Es suficiente un primer vistazo sobre el rito para ambientar adecuadamente la última Cena. Al comienzo de la comida, cada uno por turno tomaba en la mano una copa de vino y, antes de llevarla a los labios, repetía una bendición que la liturgia actual nos hace repetir casi literalmente en el momento del ofertorio: «Bendito seas, Señor, Dios nuestro, Rey de los siglos, que nos has dado este fruto de la vid». Es el primer cáliz de vino.

Pero la comida comenzaba oficialmente sólo cuando el padre de familia, o el jefe de la comunidad, había partido el pan que debía ser distribuido entre los comensales. Y, en efecto, Jesús, inmediatamente después de la frase, toma el pan, recita la bendición, lo parte y lo distribuye diciendo: «Esto es mi cuerpo...». Y aquí el ritual, que era sólo una preparación, se convierte en la realidad. Después de la bendición del pan, que era considerada como una bendición general para toda la comida, se servían los platos habituales.

Si los precedentes de la Eucaristía se encuentran en la comida ritual de los judíos, entonces ya no tiene significado especial saber si la fiesta de Pascua coincidía con el Jueves Santo o con el Viernes Santo. Jesús no vinculó la Eucaristía con ningún detalle propio de la comida de Pascua (aparte del desajuste de la fecha, falta toda referencia a la manducación del cordero y de las hierbas amargas), sino sólo con aquellos elementos que forman parte del rito de cada día: es decir, la fracción del pan al comienzo y con la gran oración de acción de gracias al final. El carácter pascual de la última cena es innegable, pero es independiente de estas discusiones y se explica con el nexo que Jesús plantea entre la Eucaristía («mi sangre derramada por vosotros») y su muerte de cruz. Es allí donde se realiza la figura del cordero pascual al que «no se le quiebra ningún hueso» (Jn 19,36).

Pero volvamos al ritual judío. Cuando la comida está a punto de terminar y las viandas se han consumido, los comensales están listos para el gran acto ritual que concluye la celebración y le confiere el significado más profundo. Todos se lavan las manos, como al comienzo. Estaba prescrito que el presidente recibiera el agua del más joven de los presentes y es quizá Juan quien se la da a Jesús. Pero el maestro, en lugar de dejarse servir, da una lección de humildad, al lavarles los pies. Acabado esto, teniendo delante de sí una copa de vino mezclado con agua, invita a hacer las tres oraciones de agradecimiento: la primera, por Dios creador; la segunda, por la liberación de Egipto; la tercera, porque su obra continua en el presente. Concluida la oración, la copa pasaba de mano en mano y cada uno bebía. Este es el rito antiguo, realizado por Jesús muchas veces durante su vida.

Luca dice que, después de haber cenado, Jesús tomó el cáliz diciendo: «Este cáliz es la nueva Alianza en mi sangre que se derrama por vosotros». Algo decisivo ocurre en el momento en que Jesús añade estas palabras a la fórmula de las oraciones de agradecimiento, es decir, a la beraká judía. Ese rito era un banquete sagrado en el que se celebraba y se daban las gracias a un Dios salvador, que había redimido a su pueblo para estrechar con él una alianza de amor, sellada con la sangre de un cordero. La comida diaria bendecía a Dios por esa alianza, pero ahora, es decir, en el momento en que Jesús decide dar la vida por los suyos como el verdadero cordero, él declara concluida esa antigua Alianza que todos juntos estaban celebrando litúrgicamente.

En ese momento, con unas pocas y simples palabras, él abre, ofrece y estrecha con los suyos la nueva y eterna Alianza en su Sangre. Cuando Jesús ofrece ese cáliz es como si dijera: «Hasta aquí, cada vez que habéis celebrado esta comida ritual habéis conmemorado el amor de Dios salvador que os ha redimido de Egipto. De ahora en adelante, cada vez que repitáis lo que hemos hecho hoy, lo haréis no ya en conmemoración de una salvación de la esclavitud material en la sangre de un animal; lo haréis en memoria de mí, Hijo de Dios que da su Sangre para redimiros de vuestros pecados. Hasta aquí habéis comido un alimento normal para celebrar una liberación material. Ahora me comeréis a mí, alimento divino sacrificado por vosotros, para haceros una sola cosa conmigo. Y me comeréis y beberéis mi sangre en el acto mismo en que yo me sacrifico por vosotros. Esta es la nueva y eterna Alianza en mi amor».

Al añadir las palabras: «Haced esto en memoria de mí», Jesús confiere un alcance ilimitado a su don. Desde el pasado, la mirada se proyecta hacia el futuro. Todo lo que él ha hecho hasta ahora en la cena es puesto en nuestras manos. Al repetir lo que él hizo, se renueva ese acto central de la historia humana que es su muerte por el mundo. La figura del cordero pascual sobre la cruz se convierte en acontecimiento, en la cena se nos da como sacramento, es decir, como memorial perenne del acontecimiento. El acontecimiento sucede una sola vez (semel) (Heb 10,12); el sacramento, cada vez que lo queremos (quotiescumque) (1 Cor 11,26).

La idea del «memorial» que Jesús retoma del ritual judío del sábado y de los días festivos, referida en Ex 12, 14, encierra la esencia misma de la Misa, su teología, su significado íntimo para la salvación. El memorial bíblico es mucho más que una simple conmemoración, que un simple recuerdo subjetivo del pasado. Gracias a él, interviene, fuera de la mente del orante, una realidad que tiene una existencia propia, que no pertenece al pasado, sino que existe y actúa en el presente y seguirá obrando en el futuro. El memorial que hasta ahora era la prenda de la fidelidad de Dios con Israel, es ahora el cuerpo partido y la sangre derramada del Hijo de Dios, el sacrificio del Calvario «re-presentado» (es decir, hecho nuevamente presente) en la Eucaristía de la Iglesia.

Aquí se descubre el sentido y la preciosidad de la insistencia de Ambrosio, y tras él, en forma más evolucionada, de los teólogos escolásticos y del Concilio de Trento, sobre la presencia «verdadera, real y sustancial de Cristo» en la Eucaristía[11]. En efecto, sólo así es posible conservar en el «memorial» instituido por Jesús su carácter objetivo de don absoluto, sin condiciones, independiente de todo, incluso de la fe de quien lo recibe, como lo había sido su encarnación.

4. Nuestra firma sobre el don

¿Cuál es nuestro lugar en el drama humano-divino que hemos recordado? Nuestra reflexión sobre la Eucaristía debe conducirnos precisamente a descubrir esto. Por nosotros, en efecto, para implicarnos en su acción, Jesús ha hecho de su don un «sacramento».

En la Eucaristía tienen lugar dos milagros: uno es el que hace del pan y del vino el cuerpo y la sangre de Cristo; el otro es el que hace de nosotros «un sacrificio vivo agradable a Dios», que nos une al sacrificio de Cristo, como actores, y no sólo como espectadores. En el ofertorio hemos ofrecido pan y vino, que para Dios no tenían, obviamente, ni valor ni significado por sí mismos. Ahora, en la consagración, es Cristo quien pone ese valor que yo no puedo poner en mi ofrenda. En este momento pan y vino se convierten en cuerpo y sangre de Cristo que se entrega a la muerte en un supremo acto de amor al Padre.

He aquí, entonces, lo que ha ocurrido: mi pobre don, carente de valor, se ha convertido en el don perfecto para el Padre. Jesús, no se da solo en el pan y el vino, nos toma también a nosotros y nos cambia (místicamente, no realmente) en sí mismo, nos da también a nosotros el valor que tiene su don de amor al Padre. En ese pan y en ese vino estamos también nosotros: «En lo que ofrece, la Iglesia se ofrece sí misma», escribe Agustín[12].

Quisiera resumir, con la ayuda de un ejemplo humano, lo que sucede en la celebración eucarística. Pensemos en una familia numerosa en la que hay un hijo, el primogénito, que admira y ama desmedidamente a su padre. Por su cumpleaños quiere hacerle un regalo valioso. Pero antes de presentárselo pide, en secreto, a todos sus hermanos y hermanas que estampen su firma sobre el regalo. Éste llega, pues, a manos del padre como signo del amor de todos sus hijos, indistintamente, aunque, en realidad, uno sólo ha pagado el precio del mismo.

Eso es lo que ocurre en el sacrificio eucarístico. Jesús admira y ama ilimitadamente al Padre celeste. A él le quiere hacer cada día, hasta el final del mundo, el regalo más valioso que se pueda pensar, el de su propia vida. En la Misa él invita a todos sus «hermanos» a que estampen su firma sobre el don, de manera que llegue a Dios Padre como el don indiferenciado de todos sus hijos, aunque uno sólo ya ha pagado el precio de dicho don. ¡Y qué precio!

Nuestra firma son las pocas gotas de agua que se mezclan con el vino en el cáliz; nuestra firma, explica Agustín, es sobre todo el «amén» que los fieles pronuncian en el momento de la comunión: «A lo que sois respondéis: Amén y al responder lo suscribís. Se te dice, en efecto: El cuerpo de Cristo, y tú respondes: Amén. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que sea verídico tu Amén… Sed lo que veis y recibid lo que sois»[13]. Toda la eclesiología eucarística de Agustín que hemos recordado la vez pasada encuentra aquí su campo de aplicación. Si no se puede decir que la Eucaristía es la Iglesia (como llevaron a afirmar algunos de sus discípulos), se puede y se debe decir que la Eucaristía hace ala Iglesia.

Sabemos que quien ha firmado un compromiso tiene luego el deber de honrar la propia firma. Esto quiere decir que, al salir de la Misa, debemos hacer también nosotros de nuestra vida un regalo de amor al Padre y para los hermanos. Debemos decir también nosotros, mentalmente, a los hermanos: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo». Tomad mi tiempo, mis capacidades, mi atención. Tomad también mi sangre, es decir, mis sufrimientos, todo lo que me humilla, me mortifica, limita mis fuerzas, mi propia muerte física. Quiero que toda mi vida sea, como la de Cristo, pan partido y vino derramado por los otros. Quiero hacer de toda mi vida una Eucaristía.

He mencionado al comienzo la Didaché, como el documento que marca el tránsito desde la liturgia judía a la cristiana. Terminamos con una de sus oraciones que ha inspirado muchas plegarias eucarísticas posteriores de la Iglesia:

«Como este pan fue repartido sobre los montes, y, recogido, se hizo

uno,

así sea recogida tu Iglesia desde los límites de la tierra en tu Reino

porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, en los siglos. Amén»[14].

_____________________________________________

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] Cf. J. Kelly, Il pensiero cristiano degli origini (Bolonia 1972) 415ss.

[2] Ambrosio, De sacramentis, IV,14-16 [trad. esp. San Ambrosio de Milán, Explicación del símbolo; Los sacramentos; Los misterios (Introd., trad. y notas de P. Cervera) (Editorial Ciudad Nueva, Madrid 2005)].

[3] Ambrosio, De mysteriis, 52-53 [trad. esp. San Ambrosio de Milán, Explicación del símbolo; Los sacramentos; Los misterios (Introd., trad. y notas de P. Cervera) (Editorial Ciudad Nueva, Madrid 2005)].

[4] Guillermo de Saint-Thierry: PL 184, 403.

[5] Cf. S. Th., III, q. 75, aa. 1ss.

[6] Es el proceso reconstruido por H. de Lubac, en Corpus Mysticum. L’Eucharistie et l’Eglise au Maoyen Age (Aubier, París 1949) [trad. ital. Corpus Mysticum. L’Eucaristia e la Chiesa nel Medioevo (Jaka Book, Milán 1996).

[7] Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum, n. 690.

[8] Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios, 10,3.

[9] J. Ratzinger – Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, vol. II (LEV, Roma 2011) 132-163 [trad. esp. Jesús de Nazaret (La Esfera de los Libros, Madrid 22011)]; cf. L. Bouyer, Eucharistie. Théologie et spiritualité de la prière eucharistique (Desclée, Tournai 1966) [trad. esp. Eucaristía. Teología y espiritualidad de la Plegaria eucarística (Herder, Barcelona 1969)].

[10] Además del libro citado de L. Bouyer, cf. A. Baumstark, Liturgie comparée (Chevetogne 1953); L. Alonso Schökel, Meditaciones biblicas sobre la Eucaristía (Sal Terrae, Santander 1986); Seung Ai Yang, Les repas sacrés dans le Judaisme de l'époque hellénistique, en Encyclopedie de l’Eucaristie (Du Cerf, París 2000) 55-59 [trad. esp. Enciclopedia de la Eucaristía (Desclée de Brouwer, Bilbao 2004)].

[11] Cf. Conc. Tridentino, Canon 1 de SS. Eucharistiae sacramento: DS 1651.

[12] Agustín, De civitate Dei, X, 6: CCL 47, 279 («In ea re quam offert, ipsa offertur»).

[13] Agustín, Sermo 272: PL 38,1247s.

[14] Didache, IX,4.


Publicado por verdenaranja @ 23:03  | Espiritualidad
 | Enviar
Domingo, 30 de marzo de 2014

Reflexión de Mons. Enrique Díaz Diaz sobre el IV Domingo de Cuaresma (SAN CRISTóBAL DE LAS CASAS, 28 de marzo de 2014) (Zenit.org)

Contrastantes cegueras

I Samuel 16, 1. 6-7. 10-13: “David es ungido como rey de Israel”

Salmo 22: “El Señor es mi pastor, nada me faltará”

Efesios 5, 8-14: “Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz”

San Juan 9, 1-41: “Fue, se lavó y volvió con vista”

Doña María suspira y deja volar su imaginación hasta donde se encuentran sus hijos. Sentada en el quicio de su humilde vivienda pasa las horas en oscuridad y silencio. Ella, como muchos de los indígenas que habitan la zona de los Altos de Chiapas, se ha quedado completamente ciega a causa del tracoma, “enfermedad de la extrema pobreza”. Si bien la cifra de enfermos ha disminuido en la última década, continúa siendo un problema de salud pública, como lo afirma el investigador Héctor Ochoa. ¿Vivir en la oscuridad por olvido, descuido e irresponsabilidad? Parece la condena de muchos de ellos. Doña María no vive con amargura su ceguera: “le he dado mucha luz a mis siete hijos, que ahora son maestros y se dedican a enseñar allá, en las ciudades”. La visitan muy de vez en cuando, pero ella tiene iluminado su corazón porque ha sabido dar luz. Entonces comprendemos que puede haber mucha luz en el interior de un ciego y mucha oscuridad en el corazón del orgulloso.

Nuevamente nos sorprende san Juan con una escena, penosa y ridícula al mismo tiempo, presentándonos cegueras contrastantes. Tras la curación del ciego de nacimiento se esconde una irónica realidad que descubre el camino del ciego hacia la luz y de los “sabios” hacía la oscuridad. No narra los detalles de una mera curación, nos revela un camino lleno de signos y simbolismos encubierto en los personajes, sus actitudes y sus palabras. Aparece Cristo como la verdadera luz y los demás personajes representando las diferentes actitudes y propuestas que se pueden adoptar frente a la luz. Si miráramos el lado “oscuro” de la narración, tendríamos que presentar diferentes tipos de ciegos de aquel y de nuestro tiempo.

Los primeros ciegos que aparecen son los discípulos buscando el pecado en la enfermedad. ¿Por qué juzgar siempre de pecado todo lo que no entendemos? ¿Por qué echar pesadas cargas sobre quien ya de por sí está sumido en la miseria? El Antiguo Testamento presentaba la enfermedad siempre ligada al pecado; el bienestar o la desgracia se estimaban como signo de una conducta buena o mala. Los discípulos de Jesús, hijos de su tiempo, también tienen esta concepción y de ahí brotan sus preguntas. Jesús rechaza radicalmente esta visión. Presenta a un Dios misericordioso y compasivo, lejos de las venganzas y revanchas. Hoy también tenemos distorsiones de la imagen de Dios y aun hay quienes, abusando de la fe o credulidad de los sencillos, se aprovechan y medran con supuestas amenazas, con curaciones fabricadas o con miedos contagiosos. Nada más lejano del Dios que nos presenta Jesús: Dios amor, Dios misericordia, Dios padre. Quizás nuestro gran pecado sea haber distorsionado la imagen de Dios.

Ciegos son los padres cuando se desentienden del hijo: “edad tiene”. Pecado de los padres es no responder por los hijos, pecado de los padres, abandonarlos a su suerte. Y no me refiero al natural crecimiento de los hijos y a la progresiva enseñanza para asumir sus propias responsabilidades. Grave deber la educación de los hijos. En el relato no se aprecia que quieran que el hijo asuma la responsabilidad, sino el temor de los padres a asumir su propia responsabilidad ante el peligro de las consecuencias. ¿No será un retrato de nuestro tiempo? ¿No tendremos que acusarnos de negligencia y omisión frente a muchas responsabilidades que tenemos en la formación de los niños y adolescentes? ¡Cuántos jóvenes caminan en soledad y no porque ya tengan edad, sino por descuido de los padres! En el campo de la fe, no se pueden imponer ritos y preceptos sin haber enseñado el camino de la fe. Pero un camino sólo se puede transmitir si se ha andado. ¿Cómo se educa en la fe en nuestras familias? ¿No nos quedamos sólo en normas y recomendaciones? ¿No faltará un encuentro profundo con Jesús?

Como ciegos también aparecen los vecinos y los testigos del acontecimiento: ven “pero no ven”; saben “pero de lejos y sin compromiso”. Su reacción es desconcertante y extraña. Conocen desde afuera, están mal informados, tienen juicios poco sólidos y no se interrogan más allá. La respuesta del ciego: “Ese hombre que se llama Jesús…”, su testimonio y el signo que han visto, los deja maravillados externamente, pero no se cuestionan en su interior. Así se convierten (o nos convertimos) en ciegos a los que no les interesa ver, ni en profundidad ni en extensión, porque desconcierta o porque, al aceptar el signo, uno tiene que mirarse a sí mismo en profundidad. Muchos católicos así caminamos: junto a Jesús, admirándolo, queriéndolo, pero no dejando que llegue a loprofundo de nuestro corazón y así permanecemos en nuestras tinieblas. Abandonamos a su suerte a los que sufren enfermedad, agresión o discriminación. ¿Para qué meternos en problemas? ¡Viva la santa indiferencia!

Ceguera, oscuridad y obstinación de los fariseos, de los sabios, ven la realidad y la deforman deliberadamente; ciegos que con actitudes inamovibles rechazan a los otros y atan a las personas; ciegos que utilizando su poder, su sabiduría o sus medios, confunden, engañan y cautivan a los más pequeños. Ciegos que llaman al mal, bien; y al bien, mal. Ciegos, amigos de las tinieblas, que esconden la luz, que impiden ver a los demás, que prefieren la ignorancia del pueblo, que someten, que confunden, que distorsionan la luz. A veces los montajes de nuestra sociedad, su organización y su estructura, sus propias luces, nos impiden ver con hondura los acontecimientos de la historia, es una ceguera estructural que disfraza los problemas sociales, políticos, económicos y religiosos. No hay peor ciego que el que no quiere ver, pero no hay ciego más perverso que el que roba la luz al otro. ¿No seremos de estos ciegos?

Juan nos presenta también un lado luminoso en su narración: por una parte Jesús, verdadera Luz, y por otra el camino de fe seguido por el “ciego”, el único que parece ver en toda la narración. El ciego de nacimiento personifica el proceso de fe de cualquier creyente. No hay conversión auténtica sin un encuentro personal con Cristo. Ser cristiano significa experimentar vivamente a Jesús, luz del mundo, y por medio de Él entrar en comunión con Dios Padre. Para llegar a conocer Cristo se impone un camino no exento de dificultades. Los católicos nos hemos acostumbrado a una fe de tradición y se requiere una experiencia fuerte de Jesús en nuestras vidas. ¿Por qué no arriesgarnos a encontrarnos con Jesús? ¿Por qué no librarnos de todas las ataduras y prejuicios y dejarnos iluminar en lo más profundo por su luz? Nada perdemos: solamente se iluminará nuestro interior. Hoy también a nosotros Jesús nos dice: “Ve a lavarte”. Tenemos que quitarnos las cataratas que nos impiden mirar a Jesús y mirar el rostro de Jesús en los hermanos.

Gracias Padre por tu Hijo Jesús que ilumina toda nuestra vida. Condúcenos por el camino de la luz para, dejando nuestra ceguera, lleguemos a la iluminación de Cristo y caminemos como hijos de la luz. Amén.


Publicado por verdenaranja @ 21:10  | Espiritualidad
 | Enviar

Homilí­a del Santo Padre en la celebración penitencial en la basílica de San Pedro que da inicio a la jornada convocada para acercar a los fieles al sacramento de la reconciliación. (28 de marzo de 2014) (Zenit.org)

En el periodo de Cuaresma la Iglesia, en nombre de Dios, renueva la llamada a la conversión. Es la llamada a cambiar de vida. Convertirse no es cuestión de un momento o de un periodo del año, es un compromiso que dura toda la vida. ¿Quién entre nosotros puede presumir de no ser pecador? Ninguno. Todos lo somos. Escribe el apóstol Juan: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y purificarnos de toda maldad" (1Jn, 1, 8-9). Es esto lo que sucede también en esta celebración y en toda este jornada penitencial. La Palabra de Dios que hemos escuchado nos introduce en dos elementos esenciales de la vida cristiana.

El primero: Revestirnos del hombre nuevo. El hombre nuevo, "creado según Dios" (Ef 4, 24), nace en el Bautismo, donde se recibe la vida misma de Dios, que nos hace sus hijos y nos incorpora a Cristo y a su Iglesia. Esta vida nueva permite mirar a la realidad con ojos diferentes, sin estar distraído por las cosas que no cuentan y no pueden durar mucho, las cosas que terminan con el tiempo. Por esto estamos llamados a abandonar los comportamientos del pecado y fijar la mirada en lo esencial. Fijar la mirada en lo esencial. "El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene" (Gaudium et spes, 35). Fijar la mirada en lo esencial del mundo. Esta es la diferencia entre la vida deformada por el pecado y la iluminada por la gracia. Del corazón del hombre renovado según Dios provienen los comportamientos buenos: hablar siempre con verdad y evitar toda mentira; no robar, sino más bien compartir cuanto se posee con los otros, especialmente con quien más lo necesita; no ceder a la ira, al rencor y a la venganza, sino ser amables, buenos y preparados para perdonar; no caer en la maledicencia que estropea la buena fama de las personas, sino mirar más al lado positivo de cada uno. Y esto es revestirse del hombre nuevo, con estas actitudes nuevas.

El segundo elemento: Permanecer en el amor. El amor de Jesucristo dura siempre, nunca tendrá fin porque es la vida misma de Dios. Este amor vence al pecado y dona la fuerza de levantarse y comenzar de nuevo, porque con el perdón el corazón se renueva y rejuvenece. todos lo sabemos: nuestro Padre no se cansa nunca de amar y sus ojos no se cansan de mirar el camino a casa, para ver si el hijo que se ha ido y se ha perdido, vuelve. Podemos hablar de la esperanza de Dios. Nuestro Padre nos espera siempre. No solo nos deja la puerta abierta, nos espera, Él esta implicado en esto. Esperar a los hijos. Y este Padre no se cansa tampoco de amar al otro hijo que, aún permaneciendo siempre en casa con él, todavía no es partícipe de su misericordia, de su compasión. Dios no solo está en el origen del amor, sino en Jesucristo nos llama a imitar su misma forma de amar: "como yo os he amado así os améis también vosotros los unos a los otros" (Jn, 13, 34). En la medida en la que los cristianos viven este amor, se convierten en el mundo en discípulos creíbles de Cristo. El amor no puede soportar permanecer encerrado en uno mismo. Por su misma naturaleza está abierto, se difunde y es fecundo, genera siempre nuevo amor.

Queridos hermanos y hermanas, después de esta celebración, muchos de vosotros se harán misioneros para proponer a otros la experiencia de la reconciliación con Dios. "24 horas para el Señor" es la iniciativa a la que se han unido muchas diócesis de todas partes del mundo. A los que encontréis, podréis comunicar la alegría de recibir el perdón del Padre y reencontrar la amistad llena con Él. Y decirle que nuestro Padre nos espera, nuestro Padre nos perdona. Y es más, hace fiesta. Si tú vienes con toda tu vida, con muchos pecados, Él en vez de regañarte hace fiesta. Este es nuestro Padre. Y esto lo tenéis que decir vosotros, decírselo a mucha gente hoy. Quien experimenta la misericordia divina, es empujado a hacerse artífice de misericordia entre los últimos y los pobres. En estos "hermanos más pequeños" Jesús nos espera (cfr Mt 25,40), ¡vayamos a su encuentro! ¡Y celebremos la Pascua en la alegría de Dios!


Publicado por verdenaranja @ 21:05  | Habla el Papa
 | Enviar
S?bado, 29 de marzo de 2014

Reflexiones de Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas (Zenit.org)

Corazones narcotizados

Por Felipe Arizmendi Esquivel

VER

Hay personas cuya máxima aspiración es conocer el más reciente centro de diversiones, el “antro” más nuevo, el restaurante más sofisticado, la playa más bonita, el paseo más atractivo, la diversión más novedosa, y en ello invierten su tiempo y su dinero. Pero no se preocupan de quienes no tienen ni lo más indispensable para vivir y comer. No les interesan. Quisieran que no existieran; los ignoran por completo; no los ven; voltean la cara hacia otro lado.

Otros anhelan tener la ropa más elegante, la menos común, la que más llame la atención, aunque sea inmoral, para atraer las miradas y sentirse importantes. O adquirir el último modelo de celular (móvil) y la nueva aplicación digital, o lograr más contactos en las redes sociales, o tener al momento la información instantánea de cuanto pasa, o presumir de estar muy enterados de deportes, canciones o artistas de moda. Esta es su vanagloria ante los demás, lo que les hace sentir que valen más que otros. Pero no se preocupan por sus propios padres, por sus abuelos, sus vecinos, los pobres, los enfermos, los migrantes, los presos, los ancianos abandonados. No tienen tiempo ni dinero para ellos; no entran en sus esquemas mentales, menos en su corazón. Los descartan definitivamente.

¡Qué decir de los esclavos del alcohol y de la droga, de los narcotraficantes, de cuantos se dedican a robar, secuestrar, extorsionar y matar! Lo único que les importa es sentirse grandes, para esconder sus graves complejos y frustraciones. Piensan que con tener dinero fácil, con traer grandes vehículos, con lucir lujosas joyas, con beber vinos importados, ya con eso son la gran cosa. ¡Cuánto vacío llevan en su interior! Pasan de un placer a otro, con una sed insaciable de algo nuevo, sin sentirse felices de corazón. En el fondo, no se sienten realizados como personas y se autoengañan. No les importan los demás, ni se conmueven al hacer sufrir a otros; lo que anhelan es tener, gozar y disfrutar, aunque sea destruyendo a su alrededor. Ya no piensan. Ya no sienten. Ya no son personas.

PENSAR

El Papa Francisco, el miércoles de ceniza, dijo: “Vivir en profundidad el bautismo significa no acostumbrarnos a las situaciones de degradación y de miseria que encontramos caminando por las calles de nuestras ciudades y de nuestros países. Existe el riesgo de aceptar pasivamente ciertos comportamientos y no asombrarnos ante las tristes realidades que nos rodean. Nos acostumbramos a la violencia, como si fuese una noticia cotidiana descontada; nos acostumbramos a los hermanos y hermanas que duermen en la calle, que no tienen un techo para cobijarse. Nos acostumbramos a los refugiados en busca de libertad y dignidad, que no son acogidos como se debiera. Nos acostumbramos a vivir en una sociedad que pretende dejar de lado a Dios, donde los padres ya no enseñan a los hijos a rezar ni a santiguarse. Este habituarse a comportamientos no cristianos y de comodidad nos narcotiza el corazón.

La Cuaresma llega a nosotros como tiempo providencial para cambiar de rumbo, para recuperar la capacidad de reaccionar ante la realidad del mal que siempre nos desafía. La Cuaresma es para vivirla como tiempo de conversión, de renovación personal y comunitaria mediante el acercamiento a Dios y la adhesión confiada al Evangelio. De este modo nos permite también mirar con ojos nuevos a los hermanos y sus necesidades” (5-III-2014).

ACTUAR

Seremos felices en la medida en que hagamos felices a los demás, en que hagamos algo por remediar sus carencias, en que compartamos nuestro tiempo y nuestros recursos para que salgan de su pena, en platicar con quienes sufren y escucharles pacientemente, para comprender su situación y no se sientan solos. Como afirma San Pablo que decía Jesús: “Hay más felicidad en dar que en recibir” (Hech 20,35). ¡Haga usted la prueba!

Para que no te aburras, al no saber cómo usar bien tu tiempo, convence a dos o tres personas y juntos vayan a visitar enfermos y ancianos, en sus casas o en los asilos; lleven algo a los presos; barran las calles y limpien las carreteras de basuras; pregunta en tu parroquia qué puedes hacer para ayudar.

 


Publicado por verdenaranja @ 21:52  | Hablan los obispos
 | Enviar

Comentario a la Liturgia dominical - Cuarto domingo de cuaresma por el  P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). (Zenit.org)

Ciclo A - Textos: 1 Samuel 16, 1. 6-7.10-13; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1-41

Idea principal: La ceguera del cuerpo y la ceguera del alma. Cristo es la luz para ver.

Resumen del mensaje: En su encuentro con la samaritana, Jesús nos habló del misterio de la vida sobrenatural por medio del símbolo del agua (domingo pasado). Hoy nos habla de la victoria de la luz divina sobre las tinieblas del pecado por medio del símbolo de la enfermedad y de la ceguera (evangelio). Sólo así, curados de la ceguera, viviremos como hijos de la luz y daremos frutos de luz: bondad, justicia, pureza, caridad y verdad (segunda lectura). Sólo así conservaremos la unción de nuestro bautismo donde Dios nos hizo partícipe de su gracia y nos abrió los ojos a su luz, librándonos de la ceguera (primera lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la Cuaresma es un llamado a hacer una buena confesión de nuestros pecados, pues ellos son la causa de nuestra ceguera espiritual. El pecado nubla y ofusca nuestra mente, mancha y prostituye nuestra afectividad, y debilita nuestra voluntad. Y así enfermamos de ceguera espiritual, de apatía anímica y de depresión, como ese ciego de nacimiento (evangelio), que estaba tirado afuera del templo pidiendo limosna. Jesús exige acercarnos a Él con fe, gritar con confianza y obedecerle cuando nos manda bajar a bañarnos en la piscina de Siloé de la confesión. Este ciego, ya curado de la ceguera, tiene un proceso de visión impresionante: primero confiesa a Jesús como “ese hombre”; después lo reconoce como “profeta”; y finalmente, como Dios. Se abrió al don de la fe que Jesús le ofreció.

En segundo lugar, Jesús presenta su misión salvífica como un dramático conflicto entre la luz y las tinieblas. El mundo malvado se esfuerza por apagar la Luz de Cristo, porque los hombres que lo integran prefieren las tinieblas a la luz, ya que sus obras son malas. La hora de la pasión que viviremos en la Semana Santa es la “hora de las tinieblas” por antonomasia. Nosotros tenemos que ser hijos de la luz y por ello caminar en la luz (segunda lectura). Tenemos que acudir a esa piscina de Siloé que es la confesión, para que Cristo nos cure de la ceguera espiritual, que nos impide ver las cosas desde Dios y como Dios. Sólo los fariseos de corazón seguirán ciegos, porque no quieren aceptar a Jesús. Engreídos, no quisieron dejarse iluminar por Jesús. Creían ver, poseer el recto conocimiento de Dios; pero en realidad, al cerrar los ojos a la luz, que es Cristo, van a su perdición. En cambio, el ciego, imagen del hombre sencillo y recto, se abre a la fe, recuperando la vista; así reconoce a Jesús como salvador, y se salva.

Finalmente, cada uno de nosotros debemos acercarnos a Cristo Luz que quiere iluminar nuestra vida, nuestra alma, nuestros proyectos, nuestras empresas. Cristo quiere curarme de mi hipermetropía, de mi presbicia, de mi miopía, de mi daltonismo. Sólo debo acercarme a la confesión, confesar mis pecados, aceptar su perdón y salir con una vida nueva, con ojos curados. “No hay peor ciego que el que no quiere ver”.

Para reflexionar: ¿nos dejamos penetrar por la luz de Cristo? ¿Nos reconocemos ciegos de nacimiento, por culpa del pecado? ¿Cada cuanto nos confesamos? ¿Llevamos la luz de Cristo a nuestros hermanos que están todavía ciegos? ¿Qué frutos de luz estamos dando a nuestro alrededor?

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 21:46  | Espiritualidad
 | Enviar
Viernes, 28 de marzo de 2014

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de Cuaresma - A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR" 

Domingo 4º de Cuaresma A 

El Evangelio de hoy no dice que el ciego llamara ni pidiera nada. Es Jesús el que se acerca, le unta los ojos, lo manda a lavarse en la piscina de Siloé y vuelve con vista. Y, según el pensamiento de San Juan, si Jesucristo abre los ojos de aquel ciego, es porque Él es “la Luz del mundo”.

La segunda lectura nos dice en qué consiste esa luz: “Toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz”.

No podemos olvidar que Jesucristo abre a aquel ciego a la luz dos veces: la primera, cuando cura su ceguera física, y la segunda, cuando le abre los ojos a la fe: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?

La curación del ciego desata una lucha apasionada entre la luz y las tinieblas, que comprende todo el largo relato de hoy. Aquí se manifiesta el ciego curado con una lucidez y una valentía admirables.

Pero no quiero pasar por alto que aquella ceguera no era castigo del pecado de aquel hombre ni de sus padres, como creían los discípulos, influidos por la mentalidad de la época, “sino para que se manifiesten en él las obras de Dios”. Y la Obra de Dios es, fundamentalmente, la salvación, “la iluminación” del mundo entero, que realiza Jesús con su Muerte y Resurrección. Es lo que celebramos en el Triduo Pascual, que se acerca.  Y, porque está cerca la Pascua, es éste, desde antiguo, el “Domingo Laetare”, el “Domingo de la alegría”, dentro del espíritu austero de la Cuaresma.

Y esta acción maravillosa la resume el prefacio de la Misa, diciendo: “Que se hizo hombre (Jesucristo) para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el Bautismo, transformándolos en hijos adoptivos”.

Aquí recordamos la importancia y trascendencia del pecado original: ¡Hemos nacido “ciegos”! Muchos cristianos no le dan importancia a esta verdad de fe, o, incluso, la desprecian; pero si no hay pecado, no hace falta Redención; si no hay tinieblas, no hace falta la luz. Y, por el Bautismo, pasamos de las tinieblas del pecado (original y personal, si lo hay) a la luz de la gracia, de la vida de Dios, que brota, como de un torrente, de la Pascua. Por eso llamamos al Bautismo el Sacramento de “nuestra iluminación”. Y por eso, decía el Apóstol: “En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz”. (2ª lect.).

Hoy, a la luz de la Palabra de Dios,  tendríamos que preguntarnos muchas cosas: Si reconocemos a Jesucristo como Luz del mundo; si nos interesa el Bautismo que recibimos recién nacidos; si estamos dispuestos a renovarlo de verdad e intensamente la Noche Santa de la Pascua; si queremos vivir como hijos de la luz; si queremos ser testigos de la luz  con palabras y obras, en todas partes y hasta el fin. Y ya sabemos que la mejor forma de renovar el Bautismo,  es recibir el Sacramento de la Reconciliación o de la Penitencia, que es también un Sacramento de “luz pascual”, de paz y de alegría.

 Hoy tendríamos que preguntarnos, en definitiva, qué hay en nosotros de tinieblas, en mucho o en poco, porque ¿quién puede decir que todo en él es luz, que no hay nada de tinieblas?

La conversión que se nos exige este domingo consiste en “volvernos a la Luz”.

                                                                              

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 17:28  | Espiritualidad
 | Enviar

DOMINGO 4º DE CUARESMA A     

 MONICIONES

 

 

PRIMERA LECTURA

        Un momento importante de la Historia de la salvación es la unción de David como rey de Israel, que prefigura a Jesucristo, el Mesías, es decir, el ungido para ser guía y luz de toda la humanidad. Escuchemos con atención.     

 

SEGUNDA LECTURA

        S. Pablo, en la segunda lectura nos exhorta a vivir como auténticos bautizados, es decir, a vivir en la luz de Cristo y no en las tinieblas del pecado.

 

TERCERA LECTURA

        “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Jesús se presenta hoy a nosotros y se nos acerca como se acercó al ciego de nacimiento. Dejemos que cure nuestra ceguera. Acojámosle cantando.

 

COMUNIÓN

        Acudamos a Jesucristo en la Comunión, sintiéndonos necesitados de su luz. Que Él ilumine nuestra ceguera, que ponga al descubierto las oscuridades de nuestro corazón, que nos ayude a caminar como hijos de la luz. “Toda bondad, justicia y verdad son frutos de la luz”.


Publicado por verdenaranja @ 17:24  | Liturgia
 | Enviar
Jueves, 27 de marzo de 2014

Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Igauzú, para el tercer domingo de Cuaresma (23 de marzo de 2014) (AICA)

“Moisés golpeó la piedra y de ella salió agua en abundancia” (Ex.17,2)

El pueblo de Israel que caminaba por el desierto (Ex. 17, 3-7) y torturado por la sed, decía a Moisés: dános agua para beber. Y Moisés -siguiendo las órdenes de Dios- golpeó la roca y salió de ella agua pura y en abundancia. Sobre este acontecimiento dirá siglos después San Pablo: “la roca era Cristo” (1 Cor. 10,4), quien da a su pueblo no agua material, sino “agua viva”, espiritual, ofrecida no a un solo pueblo, sino a todos los pueblos, para que todo hombre pueda apagar su sed, tal como lo afirma San Juan: “quien tenga sed, venga a mí y beba…y nunca más tendrá sed” (Jn. 4, 14).

En el evangelio (Jn. 4 5-42) se refleja esta realidad cuando Jesús, junto al pozo, le dice a la Samaritana: “si conocieras el don de Dios y quien te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva” (Ib.10). O bien más adelante cuando le aclara aún más: “el que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo daré se convertirá dentro de él en un manantial de agua que salta hasta la vida eterna (Ib.14). Esta agua no es otra cosa que la gracia santificante que Cristo comunica a cuantos creen en Él y Él es la fuente que no se acaba. Esta es la gracia que recibimos en el bautismo que nos da la fe. Para sacar y beber de esta agua viva y vivificante es necesario creer. Jesús en este pasaje conduce a la Samaritana a la decisión de la fe. Si bien ella desconfiaba al principio, al descubrir con quién estaba hablando, vuelve llena de alegría a la ciudad para anunciar al Maestro.

El bautismo y la fe son dos dones conexos: quien cree puede ser bautizado y el bautismo produce la fe. El hombre que se bautiza se sumerge en el corazón de Cristo, fuente de agua viva, agua que quita la sed y purifica el corazón, convirtiendo el corazón del creyente, asimismo en una fuente de agua viva, un corazón lleno de gracia, que lleva al hombre a la vida eterna.

La gracia -participación de la naturaleza divina- no se puede separar del amor de Dios, que es la esencia de su vida. Este amor se derrama con la gracia en el bautizado y no es un amor abstracto, sino un amor que se siente y se vive, que compromete a todo hombre con la vida de Cristo y que lo impulsa a seguirle y a comunicarle. Es un amor irresistible y que compromete al hombre con la verdad de tal forma, que es capaz de dar la vida por ella. Es la gracia que llevó al Apóstol Pablo a insertarse en este amor de Dios de tal manera que no pudo sino darse totalmente a Cristo hasta dar la vida por Él.

Así nos tenemos que sentir los bautizados, llenos del agua viva que nace de la gracia, sentir la fuerza del amor de Dios de tal manera, que nos comprometa con Cristo en esta vida, cambiando las estructuras de pecado en estructuras de vida, luchando por la vida desde su concepción hasta su muerte natural, amando y protegiendo los valores de la verdad y la justicia, luchando por la inclusión de todos los hombres en una sociedad más justa y equitativa, dando la vida por la esperanza y la ilusión cristiana de la niñez y juventud, gritando al mundo que el misterio pascual de Cristo es el centro de la vida, de la historia y de la dignidad del hombre.

Que María, Madre de la Fe, nos acerque a Cristo y nos haga beber del manantial de agua pura y así nos llene el corazón de gracia transformante y transformadora.

Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú


Publicado por verdenaranja @ 23:32  | Homil?as
 | Enviar

Reflexión de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en el programa radial Compartiendo el Evangelio (Tercer Domingo de Cuaresma, 23 de marzo de de 2014) (AICA)

Somos viajeros que buscamos a Dios

Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía. Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: "Dame de beber". Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: "¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?". Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva". "Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?". Jesús le respondió: "El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna". "Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla". () Después agregó: "Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar". Jesús le respondió: "Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad". La mujer le dijo: "Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando él venga, nos anunciará todo". Jesús le respondió: "Soy yo, el que habla contigo". () Muchos samaritanos de esta ciudad habían creído en él () por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo. (San Juan 4, 5-42)


El Evangelio de San Juan habla mucho de los símbolos: el agua no es el agua material, tiene algo que ver pero se trata del agua eterna, del agua profunda, el agua de Dios. Reconozcamos que todos tenemos una exigencia profunda de conversión, a través de estos símbolos que se usan en la liturgia catecumenal y especialmente en el tiempo de Pascua. El agua, la luz y la vida son signos vitales.

El hombre, en búsqueda permanente, está sediento de esa “agua viva”, sediento de valores y de amor. Todos tenemos necesidad de la verdad, anhelamos vivir la justicia, tener libertad, vivir en comunión y en paz. También sabemos que siempre hay deseos insatisfechos ¿verdad? Tenemos un apetito infinito y eterno, inagotable, que debe insertarse en nuestra vida de todos los días.

San Agustín decía “nos has hecho para ti Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que no repose en ti”; somos peregrinos de lo absoluto, somos viajeros que buscamos a Dios y desde Él lo encontramos y expresamos en la vida cotidiana. Por eso decimos que para estar allá, hay que amasarlo acá, y para poder amasarlo acá tenemos que vivir en la presencia de Dios. Reconozcamos que el ser humano necesita trascenderse y buscar a Dios; cuando se abre a Dios se equilibra a sí mismo y equilibra sus vínculos con los demás. Reconozcamos nuestro apetito de Dios, que no nos empobrece sino que, al contrario, nos fortalece para seguir viviendo con dignidad.

Queridos hermanos: busquemos el “agua viva”, que es Cristo, el Señor.

Les dejo mi bendición: en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 23:28  | Hablan los obispos
 | Enviar

Texto completo de la catequesis de Francisco en la audiencia del miércoles 26 de Marzo de 2014 (Zenit.org)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Ya hemos tenido ocasión de señalar que los tres sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía forman juntos el misterio de la "iniciación cristiana", un único gran acontecimiento de gracia que regenera en Cristo y nos abre a su salvación. Esta es la vocación fundamental que une a todos en la Iglesia, como discípulos del Señor Jesús. Hay a continuación dos sacramentos que corresponden a dos vocaciones específicas: se trata del Orden y del Matrimonio. Constituyen dos grandes vías por las que el cristiano puede hacer de su vida un don de amor, siguiendo el ejemplo y en el nombre de Cristo, y así colaborar en la edificación de la Iglesia.

El Orden, marcado en los tres grados de episcopado, presbiterado y diaconado, es el Sacramento que permite el ejercicio del ministerio, confiado por el Señor Jesús a los Apóstoles, para apacentar su rebaño, en la potencia de su Espíritu y de acuerdo a su corazón. Apacentar el rebaño de Jesús con la potencia, no con la fuerza humana o con la propia potencia, sino con la del Espíritu y de acuerdo a su corazón, el corazón de Jesús, que es un corazón de amor. El sacerdote, el obispo, el diácono debe apacentar el rebaño del Señor con amor. Si no lo hace con amor, no sirve. Y, en este sentido, los ministros que son elegidos y consagrados para este servicio prolongan en el tiempo la presencia de Jesús, si lo hacen con el poder del Espíritu Santo, en el nombre de Dios y con amor.

1. Un primer aspecto. Aquellos que son ordenados se colocan a la cabeza de la comunidad. ¡Ah! ¿Están a la cabeza? Sí. Sin embargo, para Jesús significa poner la propia autoridad al servicio, como Él mismo lo ha mostrado y enseñado a sus discípulos con estas palabras : "Sabéis que los gobernantes de las naciones las dominan, y los jefes las oprimen. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20, 25-28 // Mc 10, 42-45). Un obispo que no está al servicio de la comunidad: no está bien. Un sacerdote, un cura, que no está al servicio de su comunidad: no está bien. Está equivocado.

2. Otra característica que siempre se deriva de esta unión sacramental con Cristo es el amor apasionado por la Iglesia. Pensemos en aquel pasaje de la Carta a los Efesios, en el que san Pablo dice que Cristo "ha amado a la Iglesia. Él se ha entregado a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocar ante sí a la Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada" (5, 25-27). En virtud del Orden el ministro dedica todo su ser a su propia comunidad y la ama con todo el corazón: es su familia. El obispo y el sacerdote aman a la Iglesia en su comunidad. Y la aman fuertemente. ¿Cómo? Como Cristo ama a la Iglesia. Lo mismo dirá san Pablo del matrimonio. El marido ama a su mujer como Cristo ama a la Iglesia. ¡Es un misterio grande de amor, este del ministerio y aquel del matrimonio! Los dos sacramentos que son el camino por el cual las personas van habitualmente al Señor. 

3. Un último aspecto. El apóstol Pablo aconseja a su discípulo Timoteo no descuidar, más bien, reavivar siempre el don que está en él, el don que le ha sido dado por la imposición de las manos. Cuando no se nutre el ministerio con la oración, la escucha de la Palabra de Dios, la celebración diaria de la Eucaristía y también la asistencia al Sacramento de la Penitencia, se termina inevitablemente perdiendo de vista el significado autentico del propio servicio y la alegría que nace de una profunda comunión con Jesús. El obispo que no reza, el obispo que no vive y escucha la Palabra de Dios, que no celebra todos los días, que no va a confesarse regularmente… y lo mismo el sacerdote que no hace estas cosas, a la larga, pierden la unión con Jesús y adquieren una mediocridad que no hace bien a la Iglesia. Por eso tenemos que ayudar a los obispos y a los sacerdotes a rezar, a escuchar la Palabra de Dios, que es el alimento diario, a celebrar cada día la Eucaristía y a ir a confesarse habitualmente. Y esto es tan importante, porque está en juego la santificación propia de los obispos y los sacerdotes. Quisiera terminar también con una cosa que me viene a la cabeza. ¿Pero qué hay que hacer para convertirse en sacerdote? ¿Dónde se venden las entradas? No, no se venden. Ésta es una cosa donde la iniciativa la toma el Señor. El Señor llama, llama a cada uno de los que quiere que se conviertan en sacerdote. Y quizás haya algunos jóvenes aquí que han sentido en su corazón esta llamada: el deseo de convertirse en sacerdotes, el deseo de servir a los demás en las cosas que vienen de Dios, el deseo de estar toda la vida al servicio para catequizar, bautizar, perdonar, celebrar la Eucaristía, cuidar a los enfermos… Pero toda la vida así. Si alguno de vosotros ha sentido esto en el corazón, es Jesús que se lo ha puesto ahí, ¿eh? Cuidad esta invitación y rezad para que esto crezca y dé fruto en toda la Iglesia. ¡Gracias!

(RED/IV)


Publicado por verdenaranja @ 23:13  | Habla el Papa
 | Enviar
Mi?rcoles, 26 de marzo de 2014

Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo cuarto de Cuaresma - A

PARA EXCLUÍDOS       

       

        Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.

        Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto, solo piensa en rescatarlo de aquella vida desgraciada de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.

        Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.

        Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si

puede ser aceptado en la comunidad religiosa.

        El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y lo ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: “Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: “Empecatado naciste de pies a cabeza y, ¿tú nos vas a dar lecciones a nosotros?”.

        El evangelista dice que, “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él”. El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: “Y, ¿quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le responde conmovido: No esta lejos de ti. “Lo estás viendo; el que te está hablando, ese es”. El mendigo le dice: “Creo, Señor”.

        Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.

        ¿Quien llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo.

       José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
30 de Marzo de 2014
4º domingo sw Cuaresma - A
Jn 9, 1-41


Publicado por verdenaranja @ 22:44  | Espiritualidad
 | Enviar

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario, en la celebración de la Anunciación del Señor (25 de marzo de 2014) (AICA)

Anunciación del Señor - Día del niño por nacer


Celebramos la Anunciación del Señor: "Él eligió a la madre que había creado; creó a la madre que había elegido" (Sermón 69, 3, 4). Esta frase de San Agustín nos lleva al corazón del misterio de la Anunciación del Señor, en la que narración de San Lucas se hace real e insertada en la historia, estableciendo el tiempo y el lugar de la encarnación. En una fecha concreta, a los seis meses de la concepción de su prima Isabel, y en Nazaret, en un lugar lejano del centro que es Jerusalén, es anunciado el nacimiento de un niño, el Verbo de Dios y el autor de la vida.

María, la mujer joven elegida por Dios, y la Palabra de Dios
La anunciación del ángel tiene dos protagonistas: María, la mujer joven elegida por Dios, y la Palabra. María que confía, espera y acepta el querer de Dios; y la Palabra, hecha carne, en el misterio de la pequeñez, de la docilidad, del abajamiento por amor (cfr. Biblia, com. Luis A. Schökel, p.1948).

Este es el acontecimiento de la vida de Dios en medio nuestro, es el cumplimiento de su plan revelado en el Antiguo Testamento, particularmente por el profeta Isaías, que acabamos de escuchar en la primera lectura, que nos habla de una señal: “la virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel" (Is 7, 14).

Fue por el "sí" de María, que pronunció en Nazaret, "por quien la luz brilló en el mundo" (h. Ave Regina), fue por Ella por quien la Encarnación del Hijo de Dios se hizo realidad, cumpliéndose la promesa esperada.

De este modo, “Cristo permaneció nueve meses en el seno de María; y permanecerá en el tabernáculo de la fe de la Iglesia hasta la consumación de los siglos; y en el conocimiento y en el amor del alma fiel por los siglos de los siglos» (Ev. Gaudium, nº 285).

De allí que María es quien nos puede enseñar del modo mejor, como mujer elegida y como madre, lo que significa el inmenso valor de su Hijo por nacer, que es el mismo Dios con nosotros.

Por eso celebramos de una manera sublime y con profunda alegría la vida de Dios hecho carne en medio nuestro; que también nos enseña a agradecer toda vida humana, como un don de Dios.

Valoramos y anunciamos el valor de la vida desde el seno materno
Nosotros valoramos la vida desde el seno materno, porque es un don de Dios; y la Iglesia nos invita a defender al ser humano en todos los niveles de la existencia, y se preocupa por la amenaza que éste sufre en el mundo de hoy; tanto por el modo que se trata a los embriones y a los niños por nacer, como a los niños ya nacidos; a los niños abandonados y en situación de calle; a los que sufren la explotación; y sin tener una mirada cercana y sensible a los que no tienen una familia que los cobije, o sufren la desnutrición y la falta de alimentos en lugares donde no debería faltar el pan.

La protección de la vida debe ser tarea de todos nosotros, y esta meta debe estar presente con todas nuestras posibilidades; especialmente ante la vida de los más pequeños, de los indefensos, de los que están últimos, tanto del niño por nacer, como los ya nacidos; y por sus madres.

La defensa de la vida, que debe ser tan extensa como la vida misma, puede hacernos descubrir a veces una realidad oscura y muy difícil de sobrellevar; sorprendidos por la forma adversa de valorarla, desde el seno materno, hasta la muerte natural.

Por ello, anunciar el Evangelio de la vida con perseverancia a veces nos puede costar, inclusive hasta sentir “aridez, ocultamiento y hasta cierta fatiga” aplicando a la defensa de la vida las palabras de la Exhortación del Papa Francisco “Evangelii Gaudium”; es posible sentir muchas veces en este camino “una particular fatiga del corazón, unida a una especie de “noche de la fe” (E.G. 287).

La educación y la catequesis deben estar al servicio del valor y la defensa de la vida.
Pero como María, que durante muchos años, permaneció en intimidad con el misterio de su Hijo, siempre avanzó en su itinerario de fe (217). (ibídem); así también debemos emprender nosotros este camino evangelizador.

En este sentido, la educación y la catequesis deben estar al servicio del valor y la defensa de la vida. Cuidar la vida, y anunciar el Evangelio de la Vida en forma permanente son un modo de proclamar y el misterio que ella contiene, como un don y signo del amor de Dios.

Protejamos la vida del más pequeño, que apenas se puede visualizar en una ecografía, cuidemos la vida del niño y del joven, cuidemos la vida de las familias y del anciano. Y cuidémonos entre nosotros como frecuentemente nos recuerda el Papa.

El amor hacia todos, tiende espontáneamente a convertirse en atención preferencial por los más débiles. En esta línea se debe comprender la solicitud materna que tiene Iglesia por la vida del que va a nacer, y confiamos que todos lo puedan hacer todos, porque esta es la vida más frágil, y la más amenazada. Por ello, como expresó el Concilio Vaticano II: “La vida, una vez concebida, debe ser protegida con el máximo cuidado" (GS. n. 51) (cfr. Benedicto XVI, 27.X.2010), y el seno materno debe ser el lugar más precioso y seguro para la vida del niño que va a nacer.

En este día de la Anunciación del Señor, le pedimos a Nuestra Madre que recibió al autor de la vida en su seno virginal, que proteja la vida humana y nos cuide a cada uno de nosotros.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 22:38  | Homil?as
 | Enviar
Lunes, 24 de marzo de 2014

Texto el micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT9 (22 de marzo de 2014) (AICA)

El agua viva, don y compromiso

En este tercer domingo de Cuaresma la Iglesia nos presenta el relato del encuentro de Jesús con la Samaritana. Este hecho nos habla de la centralidad de Jesucristo como don de Dios en la figura del “agua viva”, que él ha venido a traernos y de la que nos dice: “el que beba del agua que yo le daré, nunca más volverá a tener sed, y agrega, (ella) se convertirá en él en manantial que brotará hasta la vida eterna” (Jn. 4, 14).

Notamos tres aspectos: la iniciativa de Dios, la sed del hombre como apertura espiritual y la dimensión misionera. Estos elementos que hacen a una antropología cristiana dan el marco a toda tarea espiritual y misionera en la vida de la Iglesia. Jesucristo no es un agregado para el hombre, sino la presencia de Dios que le responde y no lo abandona. Jesucristo es, por lo tanto, un derecho y necesidad que tiene el hombre, como una obligación de la Iglesia de predicarlo.

No es posible entender la iniciativa de Dios sino partimos del hombre en cuanto ser racional y espiritual, es decir, de alguien con una capacidad de pregunta y de búsqueda. Esta condición es expresión de esa sana indigencia del hombre que lo lleva a decirle al Señor: “dame de beber de esa agua”. Hay una sed que es signo de apertura y camino. Hay, en cambio, un estar satisfecho que nos cierra y es signo de pobreza.

El valorar la inteligencia, la dignidad humana como la apertura espiritual del hombre como hijo de Dios, es la condición que supone el Evangelio. Esta “agua viva”, que es don y presencia de Jesucristo, lo convertirá al hombre, además: “en manantial que brotará hasta la vida eterna”. La vida de Dios es comunicativa y nos convierte en manantiales; es más, sólo la conservamos cuando la comunicamos. A esta dimensión comunicativa del “agua viva” la llamamos en la Iglesia compromiso misionero. Comprender esta dimensión de la vida cristiana es vivir con madurez la condición de “discípulo y misionero” de Jesucristo.

A esta rica imagen del agua viva como don recibido y tarea que nos compromete los Padres de la Iglesia la utilizan, incluso, para explicar el sentido de la riqueza como un bien llamado a ser compartido (cfr. Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, 328-329): “Los bienes, afirman, aún cuando son poseídos legítimamente conservan un destino universal. Toda forma de acumulación indebida es inmoral, porque se halla en abierta contradicción con el destino universal que Dios creador asignó a todos los bienes”.

El agua que no corre se estanca y se pudre, dirán, el hacerla correr la mantiene limpia. Así lo explica San Basilio: “La riqueza es como el agua que brota cada vez más pura de la fuente si se bebe de ella con frecuencia, mientras que se pudre si la fuente permanece inutilizada”. Esta conciencia del destino universal de los bienes lo lleva a San Gregorio Magno a decir: “El rico es un administrador de lo que posee; dar lo necesario a quien carece de ello es una obra que hay que cumplir con humildad, porque los bienes no pertenecen a quien los distribuye”.

La fe en Dios creador y Padre de todos los hombres es el principio que da fundamento a la equidad social. La Doctrina Social de la Iglesia se nos presenta, en este sentido, como la resonancia temporal del Evangelio. Cuando falta conciencia del don como algo recibido, es difícil comprender el significado de la vida como tarea y compromiso.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Publicado por verdenaranja @ 21:04  | Hablan los obispos
 | Enviar

En este tercer domingo de cuaresma, 23 de Marzo de 2014, el papa Francisco rezó en ángelus desde la ventana de su estudio que da hacia la plaza de San Pedro, ante miles de fieles allí reunidos. A continuación presentamos el texto completo de la palabras del Santo Padre.(Zenit.org)


“El evangelio de hoy nos presenta el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, que sucedió en Sicar, junto a un antiguo pozo en el que la mujer iba cada día para buscar agua. Aquel día Jesús, sentado y cansado por el viaje la encontró.

Él enseguida le dijo: 'Dadme de beber'. De esta manera superó la barrera de hostilidad que existía entre los judíos y samaritanos y rompió el esquema de prejuicios contra las mujeres. El simple pedido de Jesús es el inicio de un diálogo franco mediante el cual él, con gran delicadeza entra en el mundo interior de una persona a la cual, según los esquemas sociales, no debía ni siquiera dirigirle la palabra.

Entretanto Jesús lo hace. Jesús no tiene miedo y cuando ve a una persona no se queda atrás porque la ama, nos ama a todos, non se detiene nunca delante de una persona por prejuicios.

Jesús la pone delante a su situación, no juzgándola sino haciéndola sentir considerada, reconocida y suscitando así en ella el deseo de ir más allá de la rutina cotidiana.

Aquella sed de Jesús no era tanto sed de agua, sino de encontrar un alma que se había vuelto árida. Jesús tenía necesidad de encontrar a la Samaritana para abrirle el corazón: le pide de beber, para poner en evidencia la sed que había en ella misma. La mujer queda tocada por este encuentro: le dirige a Jesús aquellas preguntas profundas que todos tenemos adentro, pero que con frecuencia ignoramos.

También nosotros tenemos tantas preguntas para plantear y que no encontramos el coraje de dirigírselas a Jesús. La cuaresma es el tiempo oportuno para mirarnos adentro, hacer emerger nuestras necesidades espirituales mas verdaderas y pedir la ayuda del Señor con la oración. El ejemplo de la Samaritana no invita a expresarnos así: “Dadme aquella agua que me quitará la sed por la eternidad”.

El evangelio nos dice que los discípulos se quedaron maravillados de que su Maestro hablara con aquella mujer. Pero el Señor es más grande que los prejuicios y no tuvo temor de detenerse con la Samaritana. La misericordia es más grande del prejuicio. Y Jesús es enormemente misericordioso.

El resultado de aquel encuentro junto al pozo fue que la mujer quedó transformada: 'Dejó su ánfora' con la cual iba a buscar el agua y corrió a la ciudad a contar su experiencia extraordinaria: 'He encontrado un hombre que me ha dicho todas las cosas que he hecho. Ojalá sea el mesías'. Está entusiasmada. Fue a buscar el agua del pozo y encontró otra agua, el agua de la vida de la misericordia que salpica vida eterna.

Ha encontrado el agua que siempre había buscado. Corre al pueblo, a aquella población que la juzgaba, condenaba y la repudiaba. Y anuncia que había encontrado al mesías. Uno que le ha cambiado la vida, porque cada encuentro con Jesús nos cambia la vida: siempre es un paso más cerca de Dios. Así cada encuentro con Jesús nos cambia la vida. Siempre es así.

En este evangelio encontramos también nosotros el estímulo de 'dejar nuestra ánfora', símbolo de todo lo que aparentemente es importante, pero que pierde el valor delante del “Amor de Dios”.

Todos tenemos una, o más de una. Yo les pregunto y me lo pregunto también a mi: ¿Cúal es esa ánfora que nos pesa. Esa que los aleja de Dios, dejémosla aparte y con el corazón escuchemos la voz de Jesús que nos ofrece otra agua: el agua que nos acerca al Señor. Estamos llamados a descubrir la importancia y el sentido de nuestra vida cristiana iniciada en el bautismo.

Y como la Samaritana debemos dar testimonio a nuestros hermanos de la alegría, la alegría del encuentro con Jesús. Porque como les he dicho, cada encuentro con Jesús nos cambia la vida, y también cada encuentro con Jesús nos llena de alegría, esa alegría interior que viene. Así es el Señor. Y contar cuantas cosas maravillosas sabe hacer el Señor en nuestros corazones cuando nosotros tenemos el coraje de dejar aparte nuestra ánfora".

A continuación el papa Francisco rezó el ángelus

Después el Santo Padre dijo:

"Ahora recordemos las dos frases: 'Cada encuentro con Jesús nos cambia la vida y cada encuentro con Jesús nos llena de alegría'. ¿La decimos juntos?: 'Cada encuentro con Jesús nos cambia la vida; cada encuentro con Jesús nos colma de alegría'. Es así.

Mañana es la Jornada Mundial de la Tuberculososis. Recemos por todas las personas afectadas por esta enfermedad y por quienes en diversos modos les apoyan.

El próximo viernes y sábado viviremos un momento especial llamado “24 horas por el Señor”. Iniciará con una celebración en la basílica de San Pedro, el viernes por la tarde, y después por la noche algunas iglesias del centro de Roma quedarán abiertas para la oración y las confesiones. Será -podemos llamarla así- será la fiesta del perdón, que se realizará también en muchas diócesis y parroquias del mundo. El perdón que nos da el Señor se tiene que festejar, como lo hizo el padre de la parábola del hijo pródigo, que cuando el hijo volvió al hogar el padre hizo fiesta, olvidándose de todos sus pecados. Será la fiesta del perdón.

Y ahora saludo de corazón a todos los fieles de Roma y peregrinos de tantos países, en particular de Zagreb y Zadara en Coracia, y de Bocholt en Alemania; a la escuela 'Capitanio' de Seto-Shi, en Japón; a los estudiantes del Illinois (Estados Unidos) y los de Ferro (España).

Un saludo particular dirijo a los maratonetas y a los organizadores de este hermoso evento deportivo de nuestra ciudad.

Saludo a la comunidad del Pontificio Colegio Germánico-Húngaro, a los responsables nacionales de la FUCI, a los catequistas que vinieron para el curso de 'Arge visual y catequesis' y a los participantes al congreso que lleva el título: “En la concepción el rostro de Jesús”.

Mi pensamiento se dirige a los fieles de Altamura, Matera, Treviglio, Florencia, Salerno Venecia, Santa Severina y Verdellino; a los jóvenes de Cembra y Lavis y a los de Conversano; a los niños de Vallemare (Pescara); a los scouts de Castel San Pietro; a los estudiantes de Cagliari y de Gioia Tauro; al grupo de jóvenes de 14 años de Milán. Saludo al concluir, al Centro de Servicio de Voluntarios de Sardegna; al círuclo ACLI de Masate, a la Asociación Familias Murialdo, de Nápoles.

Y el Santo padre concluyó con su ya famoso: “A todos les deseo “¡Una buona domenica e buon pranzo. Arrivederci! 

(Traducido del Italiano y ampliado con las improvisaciones por H. Sergio Mora)


Publicado por verdenaranja @ 21:00  | Habla el Papa
 | Enviar
Domingo, 23 de marzo de 2014

Segunda predicación de Cuaresma 2014 por el Padre Raniero Cantalamessa, ofmcap.- San Agustín, «Creo en la Iglesia una y santa» (Zenit.org)


«Creo en la Iglesia una y santa»

Desde Oriente a Occidente

En la meditación introductoria de la semana pasada hemos reflexionado sobre el sentido de la Cuaresma como un tiempo en el que ir con Jesús al desierto, ayunar de alimentos y de imágenes, aprender a vencer las tentaciones y, sobre todo, crecer en la intimidad con Dios.

En las cuatro predicaciones que nos quedan, prosiguiendo la reflexión iniciada en la Cuaresma del año 2012 con los padres griegos, entramos en la escuela de cuatro grandes doctores de la Iglesia latina —Agustín, Ambrosio, León Magno y Gregorio Magno— para ver qué nos dice a nosotros hoy cada uno de ellos, a propósito de la verdad de fe de la que ha sido especialmente defensor es decir, respectivamente, la naturaleza de la Iglesia, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, el dogma cristológico de Calcedonia y la inteligencia espiritual de las Escrituras.

El objetivo es redescubrir, tras estos grandes Padres, la riqueza, la belleza y la felicidad de creer, pasar, como dice Pablo, «de fe en fe» (Rom 1,17), de una fe creída a una fe vivida. Un mayor «volumen» de fe dentro de la Iglesia será precisamente lo que construya luego la fuerza mayor de su anuncio al mundo.

El título del ciclo está tomado de un pensamiento querido para los teólogos medievales: «Nosotros –decían- somos como enanos que se sientan sobre las espaldas de los gigantes, de modo que podemos ver más cosas y más lejos que ellos, no por la agudeza de nuestra mirada o por la altura del cuerpo, sino porque somos llevados más arriba y somos alzados por ellos a una altura gigantesca»[1]. Este pensamiento ha encontrado expresión artística en algunas estatuas y ventanas de las catedrales góticas de la Edad Media, donde están representados personajes de estatura imponente que sostienen, sentados a hombros, hombres pequeños, casi enanos. Los gigantes eran para ellos, como son para nosotros, los Padres de la Iglesia.

Después de las lecciones de Atanasio, de Basilio de Cesarea, de Gregorio Nacianceno y de Gregorio de Nisa, respectivamente sobre la divinidad de Cristo, sobre el Espíritu Santo, sobre la Trinidad y sobre el conocimiento de Dios, se podía tener la impresión de que quedaba muy poco por hacer a los padres latinos en la edificación del dogma cristiano. Una mirada sumaria a la historia de la teología nos convence enseguida de lo contrario.

Empujados por la cultura de la que formaban parte, favorecidos por su fuerte temple especulativo y condicionados por las herejías que estaban obligados a combatir (arrianismo, apolinarismo, nestorianismo, monofisismo), los padres griegos se habían concentrado principalmente en los aspectos ontológicos del dogma: la divinidad de Cristo, sus dos naturalezas y el modo de su unión, la unidad y la trinidad de Dios. Los temas más queridos a Pablo —la justificación, la relación ley-evangelio, la Iglesia cuerpo de Cristo— habían quedado al margen de su atención, o tratados de paso. A su objetivo respondía bastante mejor Juan con su énfasis sobre la encarnación, y no Pablo que plantea el misterio pascual en el centro de todo, es decir, el obrar más que ser de Cristo.

La índole de los latinos más inclinada (Agustín aparte) a ocuparse de problemas concretos, jurídicos y organizativos, que de los especulativos, unido a la aparición de nuevas herejías, como el donatismo y el pelagianismo, estimularán una reflexión nueva y original sobre los temas paulinos de la gracia, de la Iglesia, de los sacramentos y de la Escritura. Son los asuntos sobre los que quisiéramos reflexionar en la presente predicación cuaresmal.

2. ¿Qué es la Iglesia?

Comenzamos nuestro análisis por el más grande de los padres latinos, Agustín. El doctor de Hipona ha dejado su huella en casi todos los ámbitos de la teología, pero sobre todo en dos de ellos: el de la gracia y el de la Iglesia; el primero, fruto de su lucha contra el pelagianismo; el segundo, de su lucha contra el donatismo. El interés por la doctrina de Agustín sobre la gracia ha prevalecido, desde el siglo XVI en adelante, tanto en el ámbito protestante (a él se vinculan Lutero, con la doctrina de la justificación, y Calvino, con la de la predestinación), como en el ámbito católico a causa de las controversias suscitadas por Jansenio y Bayo1. En cambio, el interés por sus doctrinas eclesiales es predominante en nuestros días, debido al Concilio Vaticano II que ha hecho de la Iglesia su tema central, y a causa del movimiento ecuménico en el que la idea de Iglesia es el nudo crucial que hay que desatar. Al buscar en los padres ayuda e inspiración para el hoy de la fe, nos ocuparemos de este segundo ámbito de interés de Agustín que es la Iglesia.

La Iglesia no había sido un tema desconocido para los padres griegos y para los escritores latinos anteriores a Agustín (Cipriano, Hilario, Ambrosio), pero sus afirmaciones se limitaban la mayoría de las veces a repetir y comentar afirmaciones e imágenes de la Escritura. La Iglesia es el nuevo pueblo de Dios; a ella se le promete la indefectibilidad; es «la columna y la base de la verdad»; el Espíritu Santo es su supremo maestro; la Iglesia es «católica» porque se extiende a todos los pueblos, enseña todos los dogmas y posee todos los carismas; siguiendo la estela de Pablo, se habla de la Iglesia como del misterio de nuestra incorporación a Cristo mediante el bautizo y el don del Espíritu Santo; ella ha nacido del costado traspasado de Cristo en la cruz, como Eva por del costado de Adán dormido. 2

Pero todo esto se decía ocasionalmente; la Iglesia no es aún tratada como tema. Quien estará obligado a hacerlo es precisamente Agustín que durante casi toda su vida tuvo que luchar contra el cisma de los donatistas. Nadie quizás hoy se acordaría de esta secta norteafricana, si no fuera por el hecho de que ella fue la ocasión de la que nació lo que hoy llamamos eclesiología, es decir, una reflexión sobre lo que es la Iglesia en el designio de Dios, su naturaleza y su funcionamiento.

Alrededor del año311, un cierto Donato, obispo de Numidia se negó a readmitir en lacomunióneclesialaaquellos que durante lapersecución de Dioclecianohabían entregado los Libros Sagrados a las autoridades estatales, renegando de lafepara salvar la vida. Enel año311fue elegido obispo de Cartago un cierto Ceciliano, acusado (según los católicos, injustamente) de haber traicionado la fedurante la persecución de Diocleciano. Un grupo desetentaobispos norte-africanos, liderados por Donato, se opuso contra este nombramiento. Ellos destituyeron Ceciliano y eligieron a Donato en su lugar. Excomulgado por el papaMilcíadesenel año313, permaneció en su puesto, produciendo uncisma, que creó en el Norte de África una Iglesia paralela a la católica hasta la invasión de los vándalos que tuvo lugar un siglo después.

Durante la polémica, habían intentado justificar su posición con argumentos teológicos y, al refutarlos, Agustín va elaborando, poco a poco, su doctrina de la Iglesia. Esto ocurre en dos contextos diferentes: en las obras escritas directamente contra los donatistas y en sus comentarios a la Escritura y discursos al pueblo. Es importante distinguir estos dos contextos, porque dependiendo de ellos, Agustín insistirá más en algunos aspectos o en otros de la Iglesia y sólo del conjunto se puede obtener su doctrina completa. Veamos pues, siempre someramente, cuáles son las conclusiones a las que el santo llega en cada uno de los dos contextos, empezando por el directamente antidonatista.

A. La Iglesia, comunión de los sacramentos y sociedad de los santos.El cisma donatista había partido de una convicción: no puede transmitir la gracia un ministro que no la posee; los sacramentos administrados de este modo carecen, pues, de cualquier efecto. Este tema, aplicado al principio a la ordenación del obispo Ceciliano, se extenderá pronto a los demás sacramentos y en particular al bautismo. Con él los donatistas justifican su separación de los católicos y la práctica de volver a bautizar a quién se incorporaba a sus filas.

En respuesta, Agustín elabora un principio que se convertirá en una conquista para siempre de la teología y crea las bases del futuro tratado De sacramentis: la distinción entre potestas y ministerium, es decir, entre la causa de la gracia y su ministro. La gracia conferida por los sacramentos es obra exclusiva de Dios y de Cristo; el ministro sólo es un instrumento: «Pedro bautiza, es Cristo quien bautiza; Juan bautiza, es Cristo quien bautiza; Judas bautiza, es Cristo quien bautiza». 3  La validez y la eficacia de los sacramentos no es impedida por el ministro indigno: una verdad que, se sabe, el pueblo cristiano necesita también hoy recordar...

De este modo, neutralizada la principal arma de sus adversarios, Agustín puede elaborar su grandiosa visión de la Iglesia, mediante algunas distinciones fundamentales. La primera es aquella entre Iglesia presente o terrestre, e Iglesia futura o celeste. Sólo esta segunda será una Iglesia de todos y de sólo santos; la Iglesia del tiempo presente siempre será el ámbito en el que estén mezclados trigo y cizaña, la red que recoge peces buenos y peces malos, es decir santos y pecadores.

Dentro de la Iglesia, en su fase terrena, Agustín opera otra distinción: entre la comunión de los sacramentos (communio sacramentorum ) y la sociedad de los santos (societas sanctorum). La primera une entre sí visiblemente a todos los que participan de los mismos signos externos: los sacramentos, las Escrituras, la autoridad; la segunda une entre sí a todos y sólo a aquellos que, más allá de los signos, tienen en común también la realidad escondida en los signos (la res sacramentorum), es decir, el Espíritu Santo, la gracia, la caridad.

Puesto que aquí abajo siempre será imposible saber con certeza quién posee el Espíritu Santo y la gracia —y más todavía si persevera hasta el final en este estado—, Agustín termina para identificar la verdadera y definitiva comunidad de los santos con la Iglesia celeste de los predestinados. «¡Cuántas ovejas que hoy están dentro, estarán fuera, y cuántos lobos que ahora están fuera, entonces estarán dentro!»4.

La novedad, sobre este punto, también respecto de Cipriano, es que, mientras éste hacía consistir la unidad de la Iglesia en algo exterior y visible —la concordia de todos los obispos entre sí— Agustín la hace consistir en algo interior: el Espíritu Santo. La unidad de la Iglesia se efectúa, así, por el mismo que opera la unidad en Trinidad. «El Padre y el Hijo han querido que nosotros estuviéramos unidos entre nosotros y con ellos, por medio de ese mismo vínculo que les une a ellos, es decir, el amor que es el Espíritu Santo»5. Él desempeña en la Iglesia la misma función que el alma ejerce en nuestro cuerpo natural: es decir, es su principio animador y unificador. «Lo que alma es para el cuerpo humano, el Espíritu Santo lo es para el cuerpo de Cristo que es la Iglesia»6.

La pertenencia plena a la Iglesia exige las dos cosas juntas: la comunión visible de los signos sacramentales y la comunión invisible de la gracia. Pero ésta admite grados, por lo que nada dice que se debe estar por fuerza dentro o fuera. Se puede estar en parte dentro y en parte fuera. Hay una pertenencia exterior, o de los signos sacramentales, en la que se sitúan los cismáticos donatistas y los malos católicos mismos y una comunión plena y total. La primera consiste en tener el signo exterior de la gracia (sacramentum), pero sin recibir la realidad interior producida por ellos (res sacramenti), o en recibirla, pero para la propia condena, no para la propia salvación, como en el caso del bautismo administrado por los cismáticos o de la Eucaristía recibida indignamente por los católicos.

B. La Iglesia cuerpo de Cristo animado por el Espíritu Santo. En los escritos exegéticos y en los discursos al pueblo encontramos estos mismos principios basilares de la eclesiología; pero menos presionado por la polémica y hablando, por así decirlo, en familia, Agustín puede insistir más en aspectos interiores y espirituales de la Iglesia que aprecia mucho. En ellos, la Iglesia es presentada, con tonos a menudo elevados y conmovidos, como el cuerpo de Cristo (falta todavía el adjetivo místico que será añadido a continuación), animado por el Espíritu Santo, hasta tal punto afín al cuerpo eucarístico que coincide en rasgos casi totalmente con él. Escuchemos lo que escucharon, en una fiesta de Pentecostés, sus fieles sobre este tema:

«Si quieres comprender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol lo que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Cor 12,27). Por tanto, si sois el cuerpo y los miembros de Cristo, en la mesa del Señor se coloca vuestro misterio: recibid vuestro misterio. A lo que sois respondéis: Amén y respondiendo los suscribís. Se te dice, en efecto: El cuerpo de Cristo, y tu respondes: Amén. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que sea verídico tu Amén… Sed lo que veis y recibid lo que sois»7.

El nexo entre los dos cuerpos de Cristo se basa, para Agustín, en la singular correspondencia simbólica entre el devenir del uno y el formarse de la otra. El pan de la Eucaristía es obtenido al amasar muchos granos de trigo y el vino de una multitud de granos de uva, así la Iglesia está formada por muchas personas, reunidas y fusionadas por la caridad, que es el Espíritu Santo8 . Como el trigo disperso sobre las colinas fue primero cosechado, luego molido, amasado en agua y cocido al horno, así los fieles diseminados por el mundo han sido reunidos por la palabra de Dios, molidos por las penitencias y los exorcismos que preceden al bautizo, sumergidos en el agua del bautismo y pasados al fuego del Espíritu. También en referencia a la Iglesia se debe decir que el sacramento «significando causat»: significando la unión de muchas personas en una, la Eucaristía la realiza, la causa. En este sentido, se puede decir que «la Eucaristía hace la Iglesia».

3. Actualidad de la eclesiología de Agustín

Tratamos ahora de ver cómo las ideas de Agustín sobre la Iglesia pueden contribuir a iluminar los problemas que ésta debe afrontar en nuestro tiempo. Quisiera detenerme, en particular, sobre la importancia de la eclesiología de Agustín para el diálogo ecuménico. Una circunstancia hace que esta elección sea particularmente actual. El mundo cristiano se está preparando para celebrar el quinto centenario de la Reforma protestante. Ya empiezan a circular declaraciones y documentos conjuntos de cara al acontecimiento9. Es vital para toda la Iglesia, que no se eche a perder esta ocasión, permaneciendo prisioneros del pasado, tratando de verificar, quizá con mayor objetividad e irenismo que en el pasado, las razones y las culpas de unos y otros, sino que se haga un salto de calidad, como ocurre en la «exclusa» de un río o de un canal, que permite luego a los naves proseguir su navegación a un nivel más alto.

La situación del mundo, de la Iglesia y de la teología ha cambiado respecto de entonces. Se trata de partir nuevamente desde la persona de Jesús, de ayudar humildemente a nuestros contemporáneos a descubrir la persona de Cristo. Debemos referirnos al tiempo de los apóstoles. Ellos tenían delante un mundo pre-cristiano; nosotros tenemos delante un mundo en gran parte post-cristiano. Cuando Pablo quiere resumir en una frase la esencia del mensaje cristiano no dice: «Os anunciamos esta o aquella doctrina»; dice: «Anunciamos a Cristo y Cristo crucificado» (1 Cor 1,23) y también: «Anunciamos a Cristo Jesús Señor» (cf. 2 Cor 4,5).

Esto no significa ignorar el gran enriquecimiento teológico y espiritual producido por la Reforma, o querer volver al punto anterior; significa permitir a toda la cristiandad que se beneficie de sus logros, una vez liberados de algunos forzamientos debidos al clima acalorado del momento y a las sucesivas polémicas. La justificación gratuita mediante la fe, por ejemplo, debería ser predicada hoy —y con más fuerza que nunca—, pero no en oposición a las buenas obras, que es ya una cuestión superada, sino en oposición a la pretensión del hombre moderno de salvarse por sí solo, sin necesidad ni de Dios ni de Cristo. Estoy convencido de que si viviera hoy esta sería la manera con que el mismo Lutero predicaría la justificación por la fe.

Veamos cómo la teología de Agustín nos puede ayudar en esta empresa de superar los obstáculos seculares. El camino a recorrer hoy es, en cierto sentido, en dirección opuesta al seguido por él con respecto a los donatistas. Entonces se debía partir de la comunión de los sacramentos hacia la comunión en la gracia del Espíritu Santo y en la caridad; hoy debemos partir desde la comunión espiritual de la caridad hacia la plena comunión en los sacramentos, entre los cuales está, en primer lugar, la Eucaristía.

La distinción de los dos niveles de realización de la verdadera Iglesia —el externo, de los signos, y el interno, de la gracia— permite a Agustín formular un principio, que habría sido impensable antes de él: «Puede, por lo tanto, haber en la Iglesia católica algo que no es católico, como puede haber fuera de la Iglesia católica algo que es católico»10. Los dos aspectos de la Iglesia —el visible e institucional y el invisible y espiritual— no pueden ser separados. Esto es cierto y lo confirmó Pío XII en la Mystici Corporis y el Vaticano II en la Lumen Gentium, pero mientras ellos, a causa de separaciones históricas y del pecado de los hombres, por desgracia no coincidan, no se puede dar mayor importancia a la comunión institucional que a la espiritual.

Para mí, esto plantea un interrogante serio. ¿Puedo yo, como católico, sentirme más en comunión con la multitud de los que, bautizados en mi misma Iglesia, se despreocupan, sin embargo, completamente de Cristo y de la Iglesia, o sólo se interesan de ella para decir de ella lo malo, de lo que me siento en comunión con el grupo de aquellos que, aun perteneciendo a otras confesiones cristianas, creen en las mismas verdades fundamentales en las que creo yo, aman a Jesucristo hasta dar la vida por él, difunden su Evangelio, se ocupan de aliviar la pobreza del mundo y poseen los mismos dones del Espíritu Santo que tenemos nosotros? Las persecuciones, tan frecuentes hoy en ciertas partes del mundo, no hacen distinción: no arden iglesias y matan personas porque sean católicos o protestantes, sino porque son cristianos. ¡Para ellos somos ya «una sola cosa»!

Esta es, naturalmente, una pregunta que deberían plantearse también los cristianos de otras Iglesias respecto de los católicos, y, gracias a Dios, es precisamente lo que está sucediendo en medida oculta pero superior a lo que las noticias corrientes dejan adivinar. Un día, estoy convencido, nos sorprenderemos, u otros se sorprenderán, de no haberse dado cuenta antes de que el Espíritu Santo estaba actuando entre los cristianos en nuestro tiempo al abrigo de la oficialidad. Fuera de la Iglesia católica hay muchísimos cristianos que miran a ella con ojos nuevos y empiezan a reconocer en ella sus propias raíces.

La intuición más nueva y más fecunda de Agustín sobre la Iglesia, como hemos visto, ha sido individuar el principio esencial de su unidad en el Espíritu, más que en la comunión horizontal de los obispos entre sí y los obispos con el Papa de Roma. Igual que la unidad del cuerpo humano la da el alma que vivifica y mueve todos los miembros, así es la unidad del cuerpo de Cristo. Es un hecho místico, antes incluso que una realidad que se expresa social y visiblemente hacia el exterior. Es el reflejo de la unidad perfecta que existe entre el Padre y el Hijo por obra del Espíritu. Jesús fijó una vez para siempre este fundamento místico de la unidad cuando dijo: «Que sean uno como nosotros somos uno» (Jn 17,22). La unidad esencial en la doctrina y en la disciplina será el fruto de esta unidad mística y espiritual, nunca podrá ser la causa.

Los pasos más concretos hacia la unidad no son, por ello, los que se hacen alrededor de una mesa o en las declaraciones conjuntas (por importante que sea todo esto); son los que se hacen cuando creyentes de distintas confesiones se encuentran para proclamar juntos, en fraternal acuerdo, Jesús es Señor, compartiendo cada uno su carisma y reconociéndose hermanos en Cristo. Vale para la unidad de los cristianos lo que la Iglesia proclamó en sus diversos mensajes para la jornada mundial de la paz, incluido el último de este año: la paz empieza por el corazón de las personas, el fundamento de la paz es la fraternidad.

4. ¡Miembros del cuerpo de Cristo, movidos por el Espíritu!

En sus discursos al pueblo, Agustín nunca expone sus ideas sobre la Iglesia, sin sacar enseguida consecuencias prácticas para la vida cotidiana de los fieles. Y es lo que queremos hacer también nosotros, antes de concluir nuestra meditación, casi colocándonos entre las filas de sus oyentes de entonces.

La imagen de la Iglesia cuerpo de Cristo no es nueva de Agustín. Lo que es nuevo en él son las conclusiones prácticas que deduce de ella para la vida de los creyentes. Una es que ya no tenemos más razón de mirarnos con envidia y celos los unos a los otros. Lo que yo no tengo y los otros, en cambio, sí tienen es también mío. Escuchas al Apóstol enumerar todos esos maravillosos carismas: apostolado, profecía, sanaciones…, y quizás te entristeces pensando que no tienes ninguno de ellos. Pero, atento, advierte Agustín: «Si amas, no es poco lo que posees. En efecto, si amas la unidad, todo lo que de ella es poseído por alguien, ¡lo posees tú también! Destierra la envidia y será tuyo lo que es mío, y si yo destierro la envidia, es mío lo que tú posees»11.

Sólo el ojo en el cuerpo tiene la capacidad de ver. Pero, ¿Acaso ve el ojo solamente para sí mismo? ¿No es todo el cuerpo el que se beneficia de su capacidad de ver? Sólo la mano actúa, pero ¿acaso ella actúa sólo para sí misma? Si un piedra está a punto de golpear el ojo, ¿acaso la mano permanece inmóvil, diciendo que el golpe no se dirige contra ella? Lo mismo ocurre en el cuerpo de Cristo: lo que cada miembro es y hace, ¡lo es y lo hace para todos!

He aquí desvelado el secreto por el que la caridad es «el camino mejor de todos» (1 Cor 12,31): me hace amar a la Iglesia, o a la comunidad en la que vivo, y en la unidad todos los carismas, no sólo algunos, son míos. Pero hay todavía más. Si amas la unidad más de lo que yo la amo, el carisma que yo poseo es más tuyo que mío. Supongamos que yo tenga el carisma de evangelizar; yo puedo complacerme o presumir de él, entonces me convierto en «un címbalo que rechina» (1 Cor 13,1); mi carisma «no sirve para nada», mientras que a ti que escuchas, no dejará de beneficiarte, a pesar de mi pecado. Para la caridad, tú posees sin peligro lo que otro posee con peligro. La caridad multiplica realmente los carismas; hace del carisma de uno el carisma de todos.

¿Formas parte del único cuerpo de Cristo? ¿Amas la unidad de la Iglesia?, preguntaba Agustín a sus fieles. Entonces, si un pagano te pregunta por qué no hablas todas las lenguas, ya que está escrito que aquellos que recibieron el Espíritu Santo hablaban todas las lenguas, respóndele también sin dudar: ¡Cierto que hablo todas las lenguas! Pertenezco, efectivamente, a ese cuerpo, la Iglesia, que habla todas las lenguas y en todas las lenguas anuncia las grandes obras de Dios12.

Cuando seamos capaces de aplicar esta verdad no sólo a las relaciones internas, a la comunidad en que vivimos y a nuestra Iglesia, sino también a las relaciones entre una Iglesia cristiana y otra, ese día la unidad de los cristianos será prácticamente un hecho consumado.

Recojamos la exhortación con que Agustín cierra muchos de sus discursos sobre Iglesia: «Por tanto, si queréis vivir del Espíritu Santo, conservad la caridad, amad la verdad, y alcanzaréis la eternidad. Amén»13.

© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco

[1] Bernardo de Chartres, en Juan de Salisbury, Metalogicon, III, 4: CCCM 98, 116.

1 A este ámbito de influencia de Agustín está dedicado el libro de H. de Lubac, Augustinisme et théologie moderne (Aubier, París 1965) [trad. it.: Agostinismo e teologia moderna (Il Mulino Bolonia 1968).

2 Cf. J.N.D. Kelly, Early Christian Doctrines (London 1968) cap. 15 [trad. it.: Il pensiero cristiano delle origini (Bolonia 1972) 490-500].

3 Agustín, Contra epist. Parmeniani II,15,34; cf. todo el Sermo 266.

4 Agustín, In Ioh. Evang. 45,12: «Quam multae oves foris, quam multi lupi intus!».

5 Agustín, Discursos, 71, 12, 18: PL 38,454.

6 Agustín, Sermo 267, 4: PL 38,1231.

7 Agustín, Sermo 272: PL 38,1247s.

8 Ib.

9 Cf. el documento conjunto católico-luterano «Del conflicto a la comunión», http://www.lutheranworld.org/sites/default/files/FCTC_ES-Del_conflicto_a_la_comunion.pdf

10 Agustín, De Baptismo , VII, 39, 77 .

11 Agustín, Tratados sobre Juan, 32,8.

12 Agustín, Discursos, 269, 1.2: PL 38,1235s.

13 Agustín, Sermo 267, 4: PL 38, 1231.


Publicado por verdenaranja @ 18:58  | Espiritualidad
 | Enviar
S?bado, 22 de marzo de 2014

Mensaje de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús para la Cuaresma 2014 (AICA)

La Cuaresma, tiempo de gracia para volver a Dios

El Santo Padre Francisco nos propone algunas reflexiones, tomadas de la Palabra de Dios, que nos sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. “Mirar a Cristo, que siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza”, (cfr 2 Cor 8,9). Se nos invita a ser generosos y ayudar a los necesitados.

Nos indica también, que “Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre, descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros, se desnudó, se vació, para ser en todo semejante a nosotros” (cfr Flp 2,7).

Nosotros, también, debemos entrar en el espíritu de la Pascua, victoria, de Cristo sobre el pecado y la muerte. Debemos dirigirnos y prepararnos convenientemente para que el pecado no resida en nosotros y para que no tengamos obras de muerte.

El concepto “pobre” tiene diversas acepciones y, a veces, puede suceder que lo reduzcamos equívocamente, sólo a un plano material externo. El verdadero “pobre” depende de Dios. Confía, cree, acepta, obedece y ama. Cristo pudo haber obrado de otras maneras, pero se sometió y se hizo igual a nosotros en todo, menos en el pecado. (cfr. Hb. 4, 15)

El depender es confiar, y es pedir que se haga su voluntad siempre. Pues Él es Padre y el Padre ama a sus hijos. No los abandona, no nos abandona jamás. Nos da la gracia para que obremos como hijos. Los hijos debemos saber que hay que buscar su voluntad. Es lo mejor. Muchas veces su voluntad, no coincide con la nuestra. Con nuestra mentalidad, con nuestro modo de obrar, con nuestros criterios, opiniones, posturas, emociones, sensibilidades: ¡Cuántas veces hemos forzado la verdad torciéndola según nuestro provecho! ¡Cuántas veces hemos mirado y juzgado la realidad con intenciones mezquinas y egoístas! ¡Cuantas veces hemos justificado nuestras conductas sin hacer caso a la verdad objetiva de los acontecimientos! ¡Cuántas veces no hemos respetado el ritmo de la naturaleza y tantas otras cosas en los vínculos humanos! Ser pobres significa depender de Dios en todo, pero haciendo todo lo que está a nuestro alcance y bajo nuestra responsabilidad.

Aceptar a los otros. Darles un lugar en la vida nuestra. No empujarlos, no excluirlos, no negarlos, no destruirlos. Todos somos parte y cada uno se merece el reconocimiento. El pobre acepta y ama al otro. El que se pinta de pobre, lo usa y lo manipula al otro, para obtener su propio beneficio.

Cuaresma es un tiempo especial de gracia. Para vivir la conversión personal pero, a la vez, que incida en lo comunitario. Seamos conscientes que para una conversión comunitaria debemos pasar antes por la personal. No puede haber dicotomía.

La Iglesia necesita nuestra conversión. El mundo político, social, educativo, profesional, familiar y personal también lo necesita. ¿O queremos permanecer en la ignorancia negando las realidades, sus incidencias y consecuencias? Si permanecemos en esta voluntad negadora vamos a ir cada vez peor. Acuérdense: “si sembramos vientos, cosecharemos tempestades”. La Cuaresma no la podemos reducir a ciertas acciones. No es una fachada ni una postura externa, debe ser una verdadera transformación que tiene en cuenta sobre todo a Dios, a los demás y a uno mismo.

Les deseo de corazón una Santa Cuaresma para que, en este itinerario penitencial, todos podamos alcanzar la madurez y la plenitud.

Los bendigo de corazón.

Mons. Rubén O. Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
Avellaneda, 12 de marzo de 2014.


Publicado por verdenaranja @ 21:36  | Hablan los obispos
 | Enviar
Comentario a la Liturgia dominical - Tercer domingo de cuaresma por el  P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil).  (Zenit.org)
Ciclo A - Textos: Éxodo 17, 3-7; Romanos 5, 1-2.5-8; Juan 4, 5-42

Idea principal: la Cuaresma es tiempo para tener sed del Dios viviente. Dios nos ofrece agua restauradora y vivificante en el Costado abierto del Salvador. Y en la Pascua quedaremos saciados sin necesidad de ir a otras fuentes del mundo.

Resumen del mensaje: el domingo pasado Jesús nos invitaba a subir al Tabor. Hoy nos ofrece su agua viva, que es Él. Pero tenemos que pedírsela, como hizo el pueblo de Israel con Moisés (primera lectura) y la samaritana (evangelio). Y pedirla con fe y esperanza (segunda lectura). Su agua, que brotará del Costado abierto en la Pascua, sacia nuestros anhelos de felicidad completa (evangelio).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, el agua es uno de los símbolos que con más frecuencia aparece en la Sagrada Escritura, cuyo correlato en el hombre es la sed. Símbolo algo difícil de percibir en toda su fuerza para nosotros, que habitamos un país en el que, por lo general, el agua abunda. No nos cuesta trabajo. Basta abrir el grifo. En Palestina, en cambio, cuando había escasez era uno de los elementos más apreciados, el primero y fundamental para la supervivencia del hombre. El agua es también condición de fecundidad de la tierra. Sin ella, tenemos desierto árido, zona de hambre y de sed, y la consecuencia, si no hay pozos o cisternas, muerte de hombres, animales y vegetales. Poseer fuentes de agua en Palestina es signo de riqueza y de bendición divina.

En segundo lugar, la Biblia recurre con frecuencia a la imagen del agua para expresar el misterio de la relación entre Dios y el hombre. Dios es la fuente de la vida para el hombre y le da la fuerza de florecer en el amor y la fidelidad. Apartarse de él es morir de sed. Preguntemos a la samaritana del evangelio de hoy. Lejos de Dios, el hombre no es sino tierra árida, sin agua, destinado a la muerte. El alma siente la nostalgia de Dios porque tiene el cántaro del corazón vacío (evangelio). Pero si Dios está con el hombre, éste se transforma en un huerto, poseyendo en sí la fuente misma que lo hace vivir. El agua es así símbolo del Espíritu de Dios, capaz de transformar un desierto en floreciente vergel y un pueblo infiel en verdadero Israel (primera lectura). Y con esa agua podremos abrevar también a nuestra familia y nuestros sueños.

Finalmente, Jesús ha venido a traernos sus aguas vivificantes, como a la samaritana. Él es la roca de donde sale esa agua. Lo que tenemos que hacer nosotros es golpear con la fe y la esperanza esa roca (primera lectura). Esa roca para nosotros es el Costado abierto de Jesús que destila agua viva y sanadora en los sacramentos. Necesitamos llevar el balde de nuestra vida, aunque esté agujereado y seco, y Jesús lo arreglará, como hizo con la samaritana (evangelio). Jesús, con ternura y tiento, fue elevando poco a poco a esta mujer al nivel de fe, para que pudiera auparse hasta su Costado abierto y beber.

Para reflexionar: ¿Dónde encuentro a Jesús hoy como aguaviva? ¿Tengo el balde preparado ya para recibir esa agua vivificante, santificadora y sanadora? ¿Dónde suelo ir a saciar mi sed: a los pozos contaminados de este mundo o a la fuente de Cristo que la Iglesia conserva intacta y viva en los sacramentos y en la piedad popular?

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 21:22  | Espiritualidad
 | Enviar
Viernes, 21 de marzo de 2014

Reflexión a las lecturas del domingo tercero de Cuaresma - A ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe  "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 3º de Cuaresma A

 

¡Agua, luz y vida! Estas tres realidades centrarán nuestra atención los tres domingos de Cuaresma que faltan. Son signos que nos hablan del Bautismo, de Jesucristo, de nuestra condición de bautizados. Agua, luz y vida corresponden al Domingo de la Samaritana –el agua- al Domingo del Ciego de Nacimiento –la luz- y al Domingo de la Resurrección de Lázaro – la vida-.

Por tanto, después de los Evangelios comunes a todos los años (1º y 2º domingos), la Cuaresma da un giro, y se centra en estos textos del Evangelio de S. Juan, que han servido, durante siglos, para guiar a los adultos que se preparan al Bautismo –los catecúmenos-, que intensifican su preparación durante la Cuaresma, para la Noche Santa de Pascua, que es la noche de los sacramentos de Iniciación Cristiana:  El Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

Este domingo centra nuestra atención en el agua,  el principal signo bautismal, y que constituye la materia del Sacramento del Bautismo.

Donde se experimenta el rigor de la sed y la necesidad del agua es, sobre todo, en el desierto. La primera lectura nos presenta al pueblo de Israel, liberado de la esclavitud de Egipto, que, en su marcha por el desierto, se queda sin agua y se desespera… Y protesta contra Moisés y contra Dios… En medio del desierto, el  Señor le ofrece agua abundante, que le salva de la muerte y que garantiza la vida y la limpieza, la alegría.

El agua salía de una roca. “Y la roca era Cristo”, dirá S. Pablo. (1Co 10, 4). El agua del desierto prefigura el agua del Bautismo, que nos libera de la muerte eterna y nos da la vida de Dios, el amor que mana del Espíritu Santo. Éste llega a nosotros por los méritos de la Cruz del Señor (2ª lectura).

Y de agua nos habla, sobre todo, el Evangelio. La samaritana, “el icono de este Domingo”, era una “mujer sedienta”. Y no sólo del agua del pozo de Jacob, sino de una vida  más feliz. Había tratado de saciar su sed por el camino del sexo desordenado -eran ya seis los maridos- pero no lo había conseguido. Junto al pozo de Jacob, Jesús, “cansado del camino”, la espera. También Él tiene “sed de la fe de aquella mujer” (Prefacio), a la que revela su condición de Mesías. En una conversación impresionante, Jesucristo le ofrece un agua nueva, “un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”, de modo que el que tome de esa agua “nunca más tendrá sed”. Es el don del Espíritu Santo,  que se nos da, de un modo inicial, en el Bautismo y, en plenitud, en la Confirmación.

El Espíritu Santo es el que crea en nosotros una vida nueva, la vida de Dios, la vida de la gracia, que implica una forma nueva de ser y de vivir: “El ser cristiano”. Hay que nacer del agua y del Espíritu le había dicho Jesús a Nicodemo. (Jn 3, 2-6).

Nosotros, los ya bautizados, nos preparamos para la Pascua, recordando nuestro Bautismo, mirando a ver si seremos capaces de renovarlo esa “Noche Santa”, como si esa noche fuéramos a ser bautizados de nuevo, como si comenzáramos de nuevo a ser cristianos. Por eso, a la luz de los textos de este domingo, tendríamos que preguntarnos hoy muchas cosas: Si nos interesa el agua que Cristo nos ofrece, si nos interesa el Bautismo que hemos recibido, si estamos dispuestos a renovarlo la Noche Santa de la Pascua y si, en definitiva, queremos seguir siendo cristianos, más cristianos, mejores cristianos...

Y ya sabemos que la mejor forma de renovar el Bautismo, es recibir el Sacramento de la Reconciliación o Penitencia, al que los Santos Padres llamaban “el segundo bautismo”. Por eso, este sacramento es muy importante, fundamental, en la Cuaresma.

 Acojamos, por tanto, este domingo, el agua viva que nos ofrece el Señor. ¡Él es el Dios de la vida y de la alegría!

                                                           ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 20:35  | Espiritualidad
 | Enviar

DOMINGO 3º DE CUARESMA A    

 

   MONICIONES

  

PRIMERA LECTURA

          En esta primera Lectura, recordamos otro de los acontecimientos más importantes de la Historia de la Salvación: El pueblo de Israel, liberado de Egipto, se encuentra en el desierto. Y una vez más se rebela contra Dios. Pero el Señor, a través de Moisés, mantiene su fidelidad y les da el agua que necesitaban para calmar su sed.

 

SALMO

          La palabra de Dios es la que trae la salvación para el pueblo. Por eso, como respuesta a la primera lectura, decimos todos: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor. No endurezcáis vuestro corazón”.

 

SEGUNDA LECTURA

          Recordemos ahora, con las palabras de S. Pablo, que el perdón y la justificación nos vienen del gran amor que Dios nos tiene, que se ha manifestado en Jesucristo, muerto y resucitado por nosotros,   y que se nos da en primer lugar, en el Bautismo, el sacramento del agua y del Espíritu Santo. Escuchemos.

 

TERCERA LECTURA

          Dispongámonos a escuchar a Jesús, que se acerca a nosotros, como se acercó a la mujer samaritana. Él es la fuente del agua de la vida. Recibámoslo con corazón abierto. Pongámonos de pie.

 

COMUNIÓN

          En la Comunión nos acercamos a Jesucristo, fuente de agua viva para todos. Démosle gracias por el agua del Bautismo que nos liberó del pecado y nos dio una nueva vida. Que la Eucaristía que recibimos nos ayude a vivir siempre y en cada momento, como verdaderos bautizados en Cristo, como auténticos cristianos.

 

 


Publicado por verdenaranja @ 20:32  | Liturgia
 | Enviar

Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo tercero de Cuaresma- A

A GUSTO CON DIOS   

       

        La escena es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. “Mujer, dame de beber”.

        La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿cómo se rebaja a hablar con una mujer desconocida?. Las palabras de Jesús la sorprenderán todavía más: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría del agua de la vida”.

        Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios, sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un “ser extraño”. Todo lo que está relacionado con él, les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil, cada vez más lejano.

        Los entiendo. Sé lo que pueden sentir. También yo me he ido alejando poco a poco de aquel “Dios de mi infancia” que despertaba dentro de mí tantos miedos desazón y malestar. Probablemente, sin Jesús nunca me hubiera encontrado con un Dios que hoy es para mí un Misterio de bondad: una presencia amistosa y acogedora en quien puedo confiar siempre.

        Nunca me ha atraído la tarea de verificar mi fe con pruebas científicas: creo que es un error tratar el misterio de Dios como si fuera un objeto de laboratorio. Tampoco los dogmas religiosos me han ayudado a encontrarme con Dios. Sencillamente me he dejado conducir por una confianza en Jesús que ha ido creciendo con los años.

        No sabría decir exactamente cómo se sostiene hoy mi fe en medio de una crisis religiosa que me sacude también a mí como a todos. Solo diría que Jesús me ha traído a vivir la fe en Dios de manera sencilla desde el fondo de mi ser. Si yo escucho, Dios no se calla. Si yo me abro, él no se encierra. Si yo me confío, él me acoge. Si yo me entrego, él me sostiene. Si yo me hundo, él me levanta.

        Creo que la experiencia primera y más importante es encontrarnos a gusto con Dios porque lo percibimos como una “presencia salvadora”. Cuando una persona sabe lo que es vivir a gusto con Dios porque, a pesar de nuestra mediocridad, nuestros errores y egoísmos, él nos acoge tal como somos, y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, difícilmente abandonará la fe. Muchas personas están hoy abandonando a Dios antes de haberlo conocido. Si conocieran la experiencia de Dios que Jesús contagia, lo buscarían.

       

José Antonio Pagola

Red Evangelizaadora BUENAS NUEVAS
23 de Marzo de 2014
3 de Cuaresma - A
Jn 4, 5-42


Publicado por verdenaranja @ 20:29  | Espiritualidad
 | Enviar
Jueves, 20 de marzo de 2014

Homilía de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la solemnidad patronal del Seminario Arquidiocesano (19 de marzo de 2014) (AICA)

San José: la paternidad, el trabajo, la contemplación

Celebrar a San José en esta casa que lleva su nombre es siempre, cada vez, un motivo singular de alegría. La circunstancia nos invita, además, a profundizar las razones por las cuales lo hacemos; es decir, se trata de una ocasión privilegiada para “sentir con la Iglesia” e intentar con ella contemplar mejor la personalidad y la misión del santo patriarca a la luz del misterio de Cristo. En 1989 Juan Pablo II publicó la exhortación apostólica Redemptoris custos, “Custodio del Redentor”, para que el pueblo cristiano pueda tener siempre ante los ojos su modo humilde y maduro de servir a la economía de la salvación y participar en ella. Estaba persuadido el pontífice de que en esa consideración de la figura de José, la Iglesia procede encontrar continuamente su propia identidad en el ámbito del designio redentor, que tiene su fundamento en el misterio de la encarnación. Si esto es posible a toda la Iglesia, lo es también para nosotros, personalmente como miembros eclesiales que somos, y para la comunidad del Seminario, de donde ustedes, queridos muchachos, se están formando como ministros de la redención.

En el Evangelio que hemos escuchado, el mensaje que el Ángel del Señor le dirige a José, cuyo linaje davídico es invocado, sintetiza la misión que se le confía: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque ciertamente lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo a quien tú pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados (Mt. 1, 20-21). José debe imponerle al niño el nombre que significa “Yahvé es salvador”, “Dios salva”; se le atribuye la misión que correspondía todo padre en el pueblo de Israel. Al asumir a María y a su Hijo hace un acto de purísima obediencia de fe, expresa la total disponibilidad de su voluntad, como lo había hecho su esposa al concebir a Cristo por obra del Espíritu Santo; es constituido junto con ella, depositario del misterio de Dios. En el matrimonio virginal de María y José, en el mutuo don esponsal se verificó plenamente en la unión de los corazones. San Agustín comentaba al respecto: Con motivo de aquel matrimonio fiel ambos merecieron ser llamados padres de Cristo; no sólo la madre, sino también aquel padre en cuanto cónyuge de ella; ambos por medio del espíritu, no de la carne… En aquellos padres de Cristo se verificaron todos los bienes de las nupcias: la prole, la fidelidad, el sacramento.

José sirvió a Jesús mediante el ejercicio de su paternidad. San Lucas dice del niño, que ya había cumplido doce años: regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos (Lc. 2, 51). La vida de José fue un servicio al misterio de la encarnación y a la misión redentora de Cristo. Pablo VI lo explicó bellamente: de la autoridad que le correspondía en la sagrada familia hizo un don total de sí, de su vida, de su trabajo; su vocación humana al amor doméstico la convirtió en sobrehumana oblación de sí mismo, de su corazón y de toda su capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías que germinó en su casa. Me parece que, sin exageración alguna, podemos considerar la paternidad virginal de San José como un modelo de la paternidad sacerdotal que se recibe en la ordenación como una dote fundamental del ministerio del presbítero, don que se encarna en el sustrato afectivo y espiritual de la consagración al celibato. El tiempo del Seminario es un largo período nazaretano para configurar la personalidad del futuro sacerdote en orden a la vivencia y al ejercicio futuro de aquella paternidad. Será esencialmente amor puesto al servicio del Mesías, del pueblo cristiano y de la obra de salvación universal.

Deseo referirme ahora a otro aspecto de la personalidad josefina: la armonía del trabajo y la contemplación. Nos es bien familiar la figura tradicional del carpintero José. Este dato acerca de su oficio procede indirectamente del Evangelio, donde se llama a Jesús “hijo del carpintero” (cf. Mt. 13, 55). Digamos de paso que la obediencia de Jesús implicaba participar también del trabajo de su padre, por eso se lo llama “carpintero” a él mismo (Mc. 6, 3). Con ese empleo sencillo, popular, José sostenía la noble pobreza de la Sagrada Familia. Es notable que en los Evangelios –sobre todo en las respectivas secciones sobre la infancia de Cristo en Mateo y Lucas– se nos hable de lo que hizo José, pero no se recojan palabras suyas. Obviamente eso no significa que no hablara como todo el mundo, como habla un esposo y un padre; pero pareciera que sus acciones están rodeadas de una atmósfera de silencio, envueltas en un fecundo silencio. Juan Pablo II sugería que a partir de ese rasgo como antecedente se puede pensar que vivía en un clima de profunda contemplación; con la lógica y la fuerza propia de las almas simples y transparentes permanecía afianzado en el misterio de la encarnación, al que servía con inalterable fidelidad. Su singular relación con María y con Jesús alimentaba día a día su vida interior; tendríamos que asumir este hecho como un objeto frecuente de meditación. Copio el consejo bellamente formulado por José María Cabodevilla: lo que hace falta es adorar en silencio, ponernos al lado de San José y callar. Semejante testimonio del patrono de nuestro Seminario invita a subrayar lo que la Iglesia ha expresado en tantos documentos sobre la formación sacerdotal y sobre el ministerio propio del presbítero: la entrega generosa al trabajo apostólico sostenida por una intensa vida interior. Por otra parte, es ese doble fundamento el que explica la riqueza espiritual y la abundancia fecundísima de frutos que reconocemos en los santos pastores que jalonan la historia católica. La acción y la contemplación no se armonizan sin la superación de fuertes tensiones, pero la gracia humildemente suplicada y la perseverancia de una voluntad impregnada de amor hacen posible el triunfo sobre las dificultades y el logro de una personalidad sacerdotal concertada y feliz. En este campo San José es también nuestro modelo y nuestro intercesor.

Concluyo con una cita de San Francisco de Sales, que en una plática sobre las virtudes de San José invitaba a recurrir a él. Decía: Él nos obtendrá, si tenemos confianza en él, crecer en todas las virtudes, pero especialmente en aquellas que poseía en el más alto grado: la pureza de cuerpo y espíritu, la amable virtud de la humildad, la constancia, el coraje y la perseverancia, virtudes que en esta vida nos darán la victoria sobre nuestros enemigos y nos harán merecer la gracia de ir a gozar en la vida eterna de la recompensa preparada para los que imitaren el ejemplo que San José les ha dado; nada menos que la felicidad eterna en la que gozaremos de la clara visión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

A esa lista de virtudes josefinas podemos añadir el espíritu de la paternidad, la plena dedicación al trabajo y la oración contemplativa. ¡Que San José nos valga!

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 23:35  | Hablan los obispos
 | Enviar

Reflexiones de Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas  (Zenit.org)

Diáconos por la nueva evangelización

Por Felipe Arizmendi Esquivel

VER

Durante cuatro días, llevamos a cabo en nuestra diócesis el XXV Encuentro de Diáconos Permanentes. Participaron 749 personas, pues a los más de 300 diáconos permanentes que tenemos, les acompañan su esposa, sus agentes de animación y coordinación pastoral, sus asesores y algunos catequistas. El tema central fue la nueva evangelización, con este objetivo: A la luz de las enseñanzas del Concilio Vaticano II y de nuestro III Sínodo Diocesano, seguir profundizando en el aprendizaje y vivencia del Evangelio, dando nuevo impulso y esperanza a los hombres y mujeres de nuestro mundo, para que tengamos nueva vida.

Se hizo un trabajo previo por parroquias y zonas pastorales, preguntando cómo era la vida de la Iglesia en las comunidades antes de que hubiera catequistas y servidores; quiénes evangelizaron y cómo lo hacían; quiénes fueron los primeros catequistas y qué hacían; y ahora, cómo es la vida de los servidores, qué ministerios hay, con qué métodos evangelizan, qué grupos religiosos hay y cómo expresan su fe. Fue muy rico el aporte de los pueblos, para valorar la historia concreta de la evangelización en esta región.

Hubo una profunda iluminación doctrinal, con las siguientes exposiciones: La Buena Nueva de Jesús: cómo evangelizó; cuáles fueron sus métodos. ¿Cómo fue la evangelización en los primeros siglos de la Iglesia, y cómo fue en América? Según el Concilio Vaticano II, ¿qué es la evangelización y qué métodos propone? ¿Qué nuevas luces nos presenta el Documento de Aparecida para continuar la evangelización en nuestra diócesis? A la luz del Magisterio de la Iglesia y de nuestro Sínodo, ¿cómo podemos hacer nueva nuestra evangelización?

Propusieron como tema, para el encuentro del año 2015, seguir profundizando nuestra fe en Jesucristo, fuente de alegría y de esperanza; reflexionar en Jesús, para valorar nuestras culturas originarias y enfrentar las actuales. Con esta visión cristológica, nuestros diáconos permanentes quieren encontrar caminos para llevar a cabo una nueva etapa de la evangelización, como nos propone el Papa Francisco. Quieren conocer más a Jesús, que inspire su vida y su ministerio.

PENSAR

En el Documento de Aparecida, se dice de los diáconos permanentes: “Ellos son ordenados para el servicio de la Palabra, de la caridad y de la Liturgia, especialmente para los sacramentos del Bautismo y del Matrimonio; también para acompañar la formación de nuevas comunidades eclesiales, especialmente en las fronteras geográficas y culturales, donde ordinariamente no llega la acción evangelizadora de la Iglesia…, dando testimonio, así, de Cristo servidor al lado de los enfermos, de los que sufren, de los migrantes y refugiados, de los excluidos y de las víctimas de la violencia y encarcelados. La V Conferencia espera de los diáconos un testimonio evangélico y un impulso misionero para que sean apóstoles en sus familias, en sus trabajos, en sus comunidades y en las nuevas fronteras de la misión” (DA 205, 207-208).

ACTUAR

Nuestros diáconos permanentes quieren profundizar más en la persona de Jesús, como una fuente que inspira alegría en tantos momentos difíciles que vive nuestro mundo, y también que genera esperanza, para la transformación de la realidad tan excluyente de los pobres. Desde Jesús, quieren enfrentar también los nuevos retos de la cultura actual tan cambiante en sus comunidades, en particular la nueva vida de los jóvenes y los problemas que enfrenta la madre tierra. Su visión es integral, ni exclusivamente religiosa, ni preponderantemente social, sino que quieren que la evangelización sea englobante de todos los aspectos de la vida. Acompañémosles en esta su sed de Jesucristo, y no reduzcamos su formación a otras dimensiones menos trascendentes.

Empeñémonos todos en buscar caminos de nueva evangelización, y no nos conformemos con lo que siempre hacemos. Hay fronteras y periferias a las que casi no llegamos, y el Señor nos lanza a llevar su mensaje a esos rincones, nos saca de nuestra comodidad, nos reta a la creatividad misionera. No nos quedemos en lamentos estériles.


Publicado por verdenaranja @ 23:26  | Hablan los obispos
 | Enviar

Texto completo de la catequesis del Papa en la solemnidad de san José, 19 de marzo de 2014 (Zenit.org)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, 19 de marzo, celebramos la fiesta solemne de san José, Esposo de María y Patrono de la Iglesia Universal. Así que dedicamos esta catequesis a él, que se merece toda nuestra gratitud y devoción por como ha sabido custodiar a la Virgen Santa y al Hijo Jesús. Ser custodio es la característica de José, su gran misión, ser custodio.

Hoy quisiera retomar el tema de la custodia con una perspectiva particular: la perspectiva educativa. Miremos a José como el modelo de educador, que custodia y acompaña a Jesús en su camino de crecimiento "en sabiduría, edad y gracia", como dice el Evangelio. Él no era el padre de Jesús. El padre de Jesús era Dios, pero él hacia las veces de papá de Jesús. Hacia de padre de Jesús para ayudarle a crecer. ¿Y cómo le ha ayudado a crecer? En sabiduría, edad y gracia.

Empecemos por la edad, que es la dimensión más natural, el crecimiento físico y psicológico. José, junto con María, se ha encargado de Jesús, en primer lugar, desde este punto de vista, es decir, que lo ha "criado", preocupándose de que no le faltara lo necesario para un desarrollo saludable. No olvidemos que la custodia atenta de la vida del Niño también ha implicado la huida a Egipto, la dura experiencia de vivir como refugiados -José ha sido un refugiado, con María y Jesús- para escapar de la amenaza de Herodes. Luego, una vez de vuelta a la patria y establecidos en Nazaret, hay un largo período de la vida oculta de Jesús en el seno de su familia. En aquellos años, José enseñó a Jesús también su trabajo. Jesús ha aprendido a ser carpintero con su padre José. Así, José ha criado a Jesús.

Pasemos a la segunda dimensión de la educación, la de la "sabiduría". José ha sido para Jesús ejemplo y maestro de esta sabiduría, que se nutre de la Palabra de Dios. Podemos pensar en cómo José ha educado al pequeño Jesús a escuchar las Sagradas Escrituras, sobre todo, acompañándole el sábado a la sinagoga de Nazaret. Y José le acompañaba, para que Jesús escuchase la Palabra de Dios en la sinagoga.

Y, por último, la dimensión de la "gracia". Dice siempre san Lucas, refiriéndose a Jesús: "La gracia de Dios estaba sobre él". Aquí, ciertamente, la parte reservada a san José es más limitada con respecto a los ámbitos de la edad y la sabiduría. Pero sería un grave error pensar que un padre y una madre no pueden hacer nada para educar a sus hijos a crecer en la gracia de Dios. Crecer en edad, crecer en sabiduría, crecer en gracia. Este es el trabajo que ha hecho José con Jesús: hacerle crecer en estas tres dimensiones. Ayudarle a crecer.

Queridos hermanos y hermanas, la misión de san José es ciertamente única e irrepetible, porque Jesús es absolutamente único. Y, sin embargo, en su custodiar a Jesús, educándole a crecer en edad, sabiduría y gracia, él es un modelo para cada educador, en particular para cada padre. San José es el modelo de educador del papá, del padre. Así que encomiendo a su protección a todos los padres, sacerdotes, que son padres ¿eh?, y aquellos que tienen una tarea educativa en la Iglesia y en la sociedad. 

De manera especial quisiera saludar hoy, día del papá, a todos los padres, a todos los papás. Os saludo de corazón (aplausos). Esperad ¿Hay algunos papás en la plaza? Levantad la mano los papás. ¡Pero cuantos papás! ¡Felicidades! ¡Felicidades en vuestro día! (aplausos) Pido para vosotros la gracia de estar siempre muy cerca de vuestros hijos. Dejándoles crecer, pero estando muy cerca. Cerca, ¿eh? Ellos os necesitan. (Necesitan) de vuestra presencia, de vuestra cercanía, de vuestro amor... ¡Sed para ellos como san José! Custodios de su crecimiento en edad, sabiduría y gracia. Custodios de su camino. Educadores y caminantes con ellos. Y desde esta cercanía, sed verdaderos educadores. Gracias por todo lo que hacéis por vuestros hijos. ¡Gracias! A vosotros: ¡Muchas felicidades y buena fiesta del papá! A todos lo papás que están aquí (aplausos). A todos los papás (aplausos): ¡Qué san José os bendiga y acompañe! Y también, algunos de nosotros, hemos perdido al papá. Se ha ido, el Señor le ha llamado. Muchos de los que están en la plaza no tienen a su papá ahora. Podemos rezar por todos los papás del mundo: por los papás vivos y también por los difuntos... y por los nuestros (aplausos). Y podemos... (aplausos) podemos hacerlo juntos. Cada uno acordándose de su papá, esté vivo o muerto. Y rezamos al grande papá de todos nosotros, al Padre, un Padrenuestro por nuestros papás (toda la plaza acompaña al Papa en el rezo del Padrenuestro). ¡Y muchas felicidades a los papás! (aplausos)

(RED/IV)


Publicado por verdenaranja @ 23:22  | Habla el Papa
 | Enviar
Mi?rcoles, 19 de marzo de 2014

Manifiesto del Área de Pastoral Social de la Diócesis de Tenerife,con motivo del XI Encuentro de Agentes de Pastoral Caritativa-Social

LA PERSONA ES LO PRIMERO

Creyentes en el Dios que oye el clamor de su pueblo y, que en Jesucristo se ha identificado con las personas empobrecidas y, convocados como Iglesia a la construcción de un mundo más humano y habitable,

CONSTATAMOS el dolor de tantas familias que en nuestra Diócesis están sufriendo los efectos de una situación contraria al proyecto de Dios.

Una realidad dramática que tiene sus raíces en una economía de exclusión y en una estructura social basada en el afán de lucro, en el acaparamiento de los bienes por parte de unos pocos, que ven crecer exponencialmente sus ganancias, en una política confrecuencia al servicio de una economía sin rostro humano y al margen del concepto de

persona.

Este sistema social y económico injusto trae como consecuencia:

- Un nivel de pobreza lacerante.

- Un alto nivel de desempleo, especialmente juvenil, y la precariedad de los puestos de trabajo y las condiciones laborales alarmantes.

- El drama de las personas en situación de sin hogar y de las familias que ven peligrar sus hogares quedando sin perspectivas de un futuro mejor.

- El aumento del número de niños y niñas en riesgo de exclusión social.

- Las personas mayores ven mermadas sus pensiones, que en ocasiones son la única fuente de sustento de la familia.

- Las personas inmigrantes han visto recortados sus derechos.

- Las gentes del mar muchas veces ignoradas y en ocasiones explotadas.

- Continúa la explotación y violencia contra la mujer.

Con los recortes de las Administraciones:

- Nuestro sistema socio-sanitario y educativo ha sufrido un doloroso retroceso.

- Nuestro sistema penitenciario no ayuda a la inserción.

- Nuestro medio ambiente queda indefenso frente a los intereses del mercado.

- Se cercenan las ayudas a las organizaciones que apoyan a las personas más necesitadas, especialmente a las ONG`s de desarrollo.

Frente a esta situación, hacemos un LLAMAMIENTO:

- A nuestra Iglesia, para que, siguiendo los pasos de Jesús, esté aún más con los últimos, acompañando, denunciando y generando dinámicas de cambio social.

- A los agentes económicos, para que pongan en el centro de la economía a la persona, propiciando oportunidades económicas para todos y todas y un trabajo digno, justo y adecuado.

- A la clase política que se ponga al servicio del bien común, articulando políticas que promuevan un justo reparto de la riqueza y espacios que propicien el diálogo social y el consenso en la toma decisiones.

- A nuestra gente, siempre solidaria, que no se deje anestesiar por la cultura del bienestar y el consumismo y que fortalezca el tejido comunitario de Asociaciones de Vecinos, Ampas, sindicatos y organizaciones que luchan por una sociedad más justa y solidaria.

- Y a la sociedad civil organizada, que propicie la creación de espacios de participación y coordinación entre Entidades, que diseñen y propongan acciones que generen justicia social.

¡Que María de Nazaret, mujer de la escucha de la Palabra, modelo de servicio y

de amor a las personas empobrecidas, nos ayude en nuestro caminar!

La Laguna, 5 de abril de 2014


 | Enviar
Martes, 18 de marzo de 2014

Homilía de monseñor José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario para el II domingo de cuaresma y en el aniversario del papa Francisco (16 de marzo de 2014)

II Domingo de Cuaresma - Aniversario del papa Francisco

Queridos hermanos:
Celebramos el segundo domingo de Cuaresma. Tiempo de conversión y de gracia, que durante cuarenta días nos invita a caminar hacia la Pascua, que nos ofrece la esperanza de la salvación.

Ofrecemos especialmente esta misa al conmemorarse el pasado 13 de marzo el primer año de la elección al pontificado del Papa Francisco, y el próximo 19, día de San José, el comienzo de su pontificado.

En el primer año de la elección y del comienzo del pontificado del Papa
Recordar las palabras del Papa en la misa de este día nos permiten ahondar el significado de su misión como sucesor de San Pedro, enseñándonos que “nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad” (hom.19.III.13).

De este modo comenzó su misión pastoral como Supremo Pastor, en la renovada cercanía con cada persona que se acerca a él y con las multitudes que asisten a la plaza de San Pedro al rezo del ángelus y a las audiencias; en su magisterio comenzando con la encíclica Lumen Fidei unido a su predecesor, en sus exhortaciones y homilías; y en sus viajes apostólicos como la Jornada Mundial de la Juventud.

Esta misión también se manifestó desde el comienzo como una predilección por los más pobres, por los más débiles, y los más pequeños; como dice con sus propias palabras: predilección que Mateo hace presente en el juicio final al mencionar al que está hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46).

Por eso pedimos por el Papa, para que nos conduzca y reconforte en la fe y en la esperanza, como Abraham, que “apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza” (Rm 4,18); y ante “tantos cúmulos de cielo gris” del presente y del futuro, comprobemos que Dios siempre nos espera “con una mirada de ternura y de amor.

Tenemos la convicción de que su enseñanza ayuda a la humanidad a volver a Dios, y responder a los motivos de la falta de unidad y de paz, y nos reconforta al mostrarnos el camino que puede ofrecernos la esperanza con mayúsculas y la luz de la caridad; porque “la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, y está fundada sobre la roca que es Dios” (ibídem).

Miramos hacia una felicidad verdadera
En el Evangelio de este segundo domingo, Jesús nos muestra el motivo de la esperanza. Él se queda sólo con Pedro y con los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, para que sean testigos de su gloria en la Transfiguración del Tabor; y les muestra que nuestro horizonte definitivo no es este mundo y que no termina aquí; sino que miramos hacia una felicidad verdadera, un Reino que se inicia entre nosotros pero que solo llega a su plenitud en la gloria.

“Señor que bien estamos aquí, –exclamó Pedro en el monte–, si quieres levantaré tres carpas…” y mientras todavía estaba hablando una nube luminosa los cubrió con su sombra. Entonces el resplandor de la figura de Jesús fue más allá de lo imaginable, “los discípulos cayeron con el rostro en tierra” (Mt.17, 1-9).

De este modo, así como los tres discípulos contemplaron su gloria en el Tabor, también deberán contemplar la entrega y el sufrimiento del Señor en Getsemaní. Y verán que será humillado, serán testigos de su oración dolorida, y verán cómo su vida pasa por la pasión y la cruz, instrumentos de la salvación.

La gloria y esplendor del Tabor son los que les darán fuerza y les confirmarán que Jesús es el mismo que verán llevando la cruz. Que Jesús es el Hijo de Dios, el mesías, el Señor.

También en nuestra vida la presencia de Jesús nos ayuda a vivir las pruebas y contradicciones que debemos sobrellevar cada día. Dios se nos ha dado para siempre en la entrega de su Hijo, Dios nos muestra el camino que redime en la cruz pascual, y con la fuerza de su Espíritu, nos invita a confiar y vivir su abundante amor.

Para ello nos invita a escucharlo en su Palabra y a encontrarlo en la Eucaristía, muy cerca nuestro, que nos anima y reconforta, porque la fe nos asegura que Él está presente entre nosotros y nos ama. Por este motivo los sufrimientos personales y los males de nuestro mundo –y los de la Iglesia– no deberían ser excusa para reducir nuestra entrega y nuestro fervor" (Evangelii Gaudium 84)

Por esto, mientras recorremos el tiempo de la espera, con la confianza de Abraham, y el esplendor del Tabor, necesitamos recuperar la fe y convertir nuestra vida personal, familiar y social. Esta es la fuente de la esperanza de la que nos habla el Papa, y por eso somos fuertes y estamos confiados en el Señor, porque creemos plenamente en el triunfo de su Pascua.

Se lo confiamos a Virgen, madre de la esperanza para que en esta Cuaresma nos acompañe a todos.

Mons. José Luis Mollaghan, arzobispo de Rosario


Publicado por verdenaranja @ 23:24  | Homil?as
 | Enviar
Lunes, 17 de marzo de 2014

Estas son las palabras del Papa para introducir la oración mariana del Angelus el domingo, 16 de Marzo de 2014: (Zenit.org)

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

hoy el Evangelio nos presenta el evento de la Transfiguración. Es la segunda etapa del camino cuaresmal: la primera, las tentaciones en el desierto el domingo pasado; la segunda: la Transfiguración. Jesús "tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte, sobre el monte" (Mt17,1). La montaña en la Biblia representa el lugar de la cercanía con Dios y del encuentro íntimo con Él; el lugar de la oración, donde estar en la presencia del Señor. Allí arriba en el monte, Jesús se muestra a los tres discípulos transfigurado, luminoso, preciso; y después aparecen Moisés y Elías, que conversan con Él. Su rostro es tan resplandeciente y sus ropas tan cándidas, que Pedro se queda estupefacto, tanto que quisiera quedarse así, casi parar ese momento. Pero enseguida resuena de lo alto la voz del Padre que proclama a Jesús su Hijo predilecto, diciendo: "Escuchadlo" (v.5). Esta palabra es importante ¿eh? nuestro Padre que ha dicho a estos apóstoles y también nos dice a nosotros 'escuchad a Jesús, porque es mi Hijo predilecto'.  Tengamos esta semana esta palabra en la cabeza y en el corazón. Escuchad a Jesús. Y esto no lo dice el Papa, lo dice Dios Padre, a todos, a mí, a vosotros, a todos, a todos. Es como una ayuda para ir adelante en el camino de la cuaresma. Escuchad a Jesús, no lo olvidéis.

Es muy importante esta invitación del Padre. Nosotros, discípulos de Jesús, estamos llamados a ser personas que escuchan su voz y se toman en serio sus palabras. Para escuchar a Jesús, es necesario estar cerca de Él, seguirlo, como hacían las multitudes del Evangelio que le perseguían por las calles de Palestina. Jesús no hacía una cátedra o un púlpito fijo, sino que era un maestro itinerante, que proponía sus enseñanzas, que eran las enseñanzas que le había dado el Padre, a lo largo de las calles, recorriendo viajes no siempre predecibles y a veces poco fáciles. Seguir a Jesús para escucharlo, pero también escuchamos a Jesús  en su palabra escrita, en el Evangelio. Os hago una pregunta, ¿vosotros leéis todos los días un paso del Evangelio? ¡Sí, no, sí, no! ¡Mitad y mitad! ¿Eh? Algunos sí, algunos no. Pero es importante. ¿Vosotros leéis el Evangelio? Es bueno, es algo bueno, tener un pequeño Evangelio, pequeño, y llevarlo con nosotros en el bolsillo, en el bolso y leer un pequeño paso en cualquier momento del día, tomar del bolsillo el Evangelio y leer algo, un pequeño paso. Y ahí es Jesús que nos habla, en el Evangelio. Pensad esto, no es difícil ni tampoco necesario que sean los cuatro, uno de los Evangelios, pequeñito, con nosotros siempre el Evangelio, porque es la Palabra de Jesús, para poder escucharlo. 

De este episodio de la Transfiguración quisiera coger dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y bajada. Nosotros necesitamos ir aparte, ir sobre la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz de Señor. ¡Pero no podemos quedarnos ahí! El encuentro con Dios en la oración nos empuja nuevamente a "bajar de la montaña" y volver a lo bajo, en la llanura, donde encontramos a tantos hermanos cansados de fatigas, enfermedades, injusticias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que están en dificultad, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos hecho con Dios, compartiendo con ellos los tesoros de gracias recibidas. Y esto es curioso ¿eh? Cuando nosotros escuchamos la Palabra de Jesús y la tenemos en el corazón, esa palabra crece, y ¿sabéis cómo crece? Dándola al otro, la Palabra de Cristo en nosotros crece cuando nosotros la proclamamos, cuando nosotros la damos a los otros. Y esta es la vida cristiana, es una misión para toda la Iglesia, para todos los bautizados, para todos nosotros. Escuchar a Jesús y ofrecerlo a los otros. No olvidar esta semana escuchar a Jesús. Y pensad en eso del Evangelio. ¿Lo haréis? ¿Haréis eso? ¿eh? Después el próximo domingo me diréis si habéis hecho esto de llevar un pequeño Evangelio en el bolsillo o el bolso para leer un pequeño paso en el día.

Y ahora dirijámonos a nuestra Madre María y confiémonos a su guía para proseguir con fe y generosidad el itinerario de la Cuaresma, aprendiendo un poco más a "subir" con la oración y a "bajar" con la caridad fraterna.

Tras la oración del ángelus el Santo Padre ha añadido:

Hermanos, hermanas, ¡Os saludo a todos vosotros, queridos fieles de Roma y peregrinos!

Saludo a los peregrinos de Valencia, España; como también a los grupos procedentes de Mannheim (Alemania) y Skara (Suecia).

Saludo y doy gracias a las bandas y corales venidos de Piomonte, Liguria, Emilia y Toscana con algunas Autoridades civiles.

Una palabra va a la Comunidad Papa Juan XXIII, fundada por Don Oreste Benzi, que el próximo viernes, por la noche, guiará por las calles del centro de Roma un "Vía Crucis" especial para las mujeres víctimas de la trata. ¡Son buenos estos!

Os invito a recordar en la oración a los pasajeros y tripulación de avión de Malasia y sus familiares. Estamos cerca de ellos en este difícil momento.

Saludo a los grupos parroquiales, en particular a los fieles de Giave, Liedolo, San Prospero, Sorrento, Codogno y Nuestra Señora de Czestochowa en Roma; y las Hermanas Franciscanas Mínimas del Sacro Corazón.

Saludo las numerosas escuelas de tantas partes de Italia y de otros países - ¡no puedo nombrarlas todas!- ; pero recordamos juntos la escuela católica “Mar Qardakh” de Erbil, en Kurdistán, ¡recordamos juntos, está lejos, pero con el corazón la recordamos! Y la diócesis de London in Ontario – Canadá.

Saludo a los jóvenes de la Sociedad de San Vincenzo De Paoli, el Rotary Club de Massafra-Mottola, los niños de Calcio y los de None, los niños de Soliera y San Felice sul Panaro.

A todos os deseo un feliz domingo y buena comida. ¡Hasta la vista!


Publicado por verdenaranja @ 20:30  | Habla el Papa
 | Enviar
Domingo, 16 de marzo de 2014

Reflexión Teológico – Pastoral con motivo del Día del Seminario 2014, publicada por EDICE y recibida en la parroquia con los materiales para su celebración el 15 y 16 de Marzo, 2º domingo de Cuaresma, o el 19 de Marzo, festividad de San José. 

La alegría de anunciar el Evangelio

La imagen se repite cada miércoles en la Audiencia General; cada domingo, a la hora del Ángelus; en las visitas a basílicas o pa­rroquias romanas, a diversos lugares de Italia y a otros países: miles y miles de personas rodean al papa Francisco, rezan con él, escuchan sus palabras. Una de las claves para entender la atención y simpatía que suscita el actual sucesor de Pedro, incluso entre personas aleja­das de la Iglesia, agnósticas o no creyentes, es sin duda su alegría. Salvo en las celebraciones más solemnes o en los actos más proto­colarios, Francisco sonríe siempre. Lo hace espontáneamente, con naturalidad, como quien no puede –ni quiere– contener la expresión externa de un sentimiento íntimo, profundo, contagioso. Francisco es un hombre alegre. Trasparenta alegría, contagia alegría.

La alegría del Evangelio

No podía ser de otro modo. Por su condición de cristiano y por el ministerio especial que el Señor le ha encomendado como sucesor de Pedro en favor de toda la Iglesia, el papa debe «anun­ciar el Evangelio». Y el Evangelio es fuente de alegría. Francisco lo recuerda una y otra vez con su rostro iluminado por la sonrisa, con sus gestos que comunican y contagian alegría. Pero ha querido decirlo además de forma explícita en la reciente exhortación apos­tólica Evangelii gaudium. Lo ha dicho de varias maneras: ante todo, encabezando y titulando al propio tiempo dicha exhortación con la expresión «La alegría del Evangelio», que reúne y traduce la estre­cha vinculación entre ambas realidades; repitiendo tres veces la refe­rencia a la alegría en las seis líneas de que consta el primer número: «La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son libe­rados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría. En esta exhortación quiero dirigirme a los fieles cristianos para invitarlos a una nueva etapa evangelizadora marcada por esa alegría, e indicar caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años»1. Lo ha dicho usando cincuenta y ocho veces más dicho término y otros afines (alegrarse, gozo, gozarse) en los dieciocho números que introducen la exhortación.

Muchos de estos usos forman parte de frases bíblicas, reco­gidas principalmente en los nn. 4 y 5 de la Evangelii gaudium. Son frases conocidas, tomadas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Del Antiguo Testamento cita primero los profetas Isaías, Zacarías y So­fonías en pasajes que tienen que ver con la esperanza en el Mesías que tenía que venir; pero no deja de ser significativo que cierre la se­rie refiriendo un texto que contempla la alegría más inmediata, apa­rentemente menos trascendente, del día a día: «Hijo, en cuanto te sea posible, cuida de ti mismo… No te prives de pasar un día feliz»: (Eclo 14, 11.14). En esta especie de traducción inspirada del profano carpe diem horaciano descubre el papa una expresión de la ternura paterna de Dios2. Las citas del Nuevo Testamento están tomadas de los evangelios según san Lucas y según san Juan, y del libro de los Hechos de los Apóstoles; unos se refieren a la alegría por la salva­ción que se hizo presente en el misterio del Hijo de Dios nacido de santa María, mientras que otros contemplan la que manifestaron los primeros receptores y beneficiarios del mensaje de dicha salvación. En cualquier caso, tanto en los textos del Antiguo como en los del Nuevo Testamento, el papa reconoce «un río de alegría» en el que, en la forma retórica de una pregunta, invita a entrar a los destinata­rios de la exhortación: «¿Por qué no entrar también nosotros en ese río de alegría?»3.

Una alegría que nace del amor de Dios

Evidentemente la alegría de la que habla Francisco es la ale­gría cristiana, la alegría del Evangelio. Ello explica que, antes de introducir los textos del Nuevo Testamento, mencione la gloria des­lumbradora de la cruz de Cristo4 e integre así en su exhortación el carácter paradójico del mensaje cristiano sobre la alegría. Por­que es cierto que «el Evangelio (…) invita insistentemente a la ale­gría»; pero también lo es que esta «no se vive del mismo modo en todas las etapas y circunstancias de la vida, a veces muy duras»5. En esta línea se puede afirmar que hay etapas y circunstancias que suscitan en las personas otros sentimientos más bien contrarios como la tristeza, el desaliento, la añoranza enfermiza, la sensación de abandono…

Ahora bien, cuando los cristianos hablan de alegría lo hacen a sabiendas de que es posible mantenerla incluso cuando atraviesan «por cañadas oscuras», porque la fuente de la alegría es «la certeza personal de ser infinitamente amado» por el Dios del amor, que nos ha mostrado su amor de manera inaudita en su Hijo Jesucristo, el cual compartió nuestras alegrías y también nuestras penas, nuestras ilusiones, pero también nuestros desalientos; murió como un mal­hechor y, en el misterio de la unión íntima de su ser Dios y hombre, dio expresión a la sensación de abandono que invade a veces a los humanos, y que en su caso se envolvió de oscuridad y tinieblas: «Al llegar la hora sexta, toda la región quedó en tinieblas… Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”» (Mc 15, 33-34).

Como es bien sabido, estas palabras están tomadas del co­mienzo del Salmo 22 (21), marcado en buena medida por la des­cripción dramática de la situación por la que atraviesa el orante (vv. 2-4.7-9.13-19), pero a quien el recuerdo del Señor y de sus acciones (vv. 5-6.10-12) va animando poco a poco a reafirmar la confianza en Dios y en su poder (vv. 12) y a traducir esta última en súplica (vv. 12.20-22) y, sobre todo, en alabanza anticipada (vv. 23-32). Porque él, el salmista, y el propio Jesús, que recitaría seguramente estos salmos desde su edad más temprana, estaban seguros de que la mi­sericordia y la fidelidad, la bondad y el amor del Señor duran por siempre (cf. Sal 117 (116), 2).

Anunciar el Evangelio con alegría

Esa seguridad es la única fuente de la alegría cristiana, que debe alentar siempre en el corazón de la persona creyente, ayudán­dole a superar la tendencia natural a poner cara de Viernes Santo en las situaciones adversas. En todo caso, en tales situaciones y en las habituales de la vida, el creyente debe vivir la alegría del Evangelio y contagiar esa alegría. El papa Francisco habla en su exhortación «de cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pas­cua»6. Difícilmente podrán ser así testigos del Evangelio, convencer a nadie de que el mensaje que anuncian es buena noticia y, por ello mismo, fuente de alegría. No podrá hacerlo ningún creyente, tam­poco aquellos que, por la ordenación sacerdotal, han sido constitui­dos ministros del Evangelio. Si quieren ser testigos fieles, ellos y los demás cristianos deben «permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias»7.

Es bueno recordar, en efecto, que la importancia de la ale­gría en la vida cristiana la ha resaltado el papa en la exhortación apostólica en la que ha querido recoger «la riqueza de los trabajos del Sínodo» Ordinario de los Obispos del año 2012 sobre La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana, y «expresar además las preocupaciones que» lo mueven personalmente «en este momen­to concreto de la obra evangelizadora de la Iglesia»8. Resulta más que evidente que una de esas preocupaciones es precisamente que la obra de la evangelización se realice con alegría y contagie alegría; que todos los cristianos y, de manera muy particular los ministros de la Nueva Alianza, entren «en el río de alegría» que brota del amor de Dios y se ha manifestado como amor hasta el extremo en la cruz de Cristo.

No extraña que esa preocupación aflore continuamente en labios del papa, tanto en las ocasiones solemnes como en las más ordinarias. A estas últimas pertenecen las siguientes palabras, pro­nunciadas en la homilía diaria del 3 de diciembre de 2013, en la capilla de Santa Marta y dentro del Adviento: «No estamos (…) acostumbrados a pensar en un Jesús sonriente, alegre. Jesús estaba lleno de alegría: lleno de alegría…». Y «ha querido que su esposa, la Iglesia, también fuese alegre». «No se puede pensar en una Iglesia sin alegría y la alegría de la Iglesia es justamente eso: anunciar el nombre de Jesús». El 1 de octubre del mismo año concluía así la homilía que tuvo en ese mismo lugar: «Paz y alegría. Este es el aire de la Iglesia».

Que el Señor nos conceda esta alegría

Parece adecuado cerrar esta reflexión sobre el lema del Día del Seminario de este año de gracia de 2014 haciendo nuestra la sencilla oración con la que el papa Francisco concluía la primera de las dos homilías que acabamos de citar: «Que el Señor nos conce­da a todos esta alegría; la alegría de Jesús alabando al Padre en el Espíritu». Que se la conceda muy especialmente a los sacerdotes y a quienes se preparan a serlo. Es esencial para ser testigos del Evan­gelio de la alegría y «para que el mundo crea».

1 Evangelii gaudium, n. 1.

2 Ibíd., n. 4.

3 Evangelii gaudium, n. 4.

4 Ibíd.

5 Ibíd., n. 5

6 Evangelii gaudium, n. 6.6

7 Evangelii gaudium, n. 6.

8 Ibíd., nn. 14-15.7


Publicado por verdenaranja @ 19:41  | Pastoral Vocacional
 | Enviar

Carta Pastoral de monseñor Bernardo Álvarez AFonso, obispo de Tenerife,  con motivo del Día del Seminario 2014

“La alegría de anunciar el Evangelio”                                                  

Queridos diocesanos:

La celebración anual del “Día del Seminario”, en esta ocasión el 15 y 16 de marzo, nos invita a poner la atención en esta institución diocesana en la que se forman los futuros sacerdotes que han servir al pueblo de Dios en las parroquias y otros ámbitos de la misión de la Iglesia como los hospitales, servicios de Cáritas, centros educativos, tanatorios, los centros penitenciarios, etc.

Poner nuestra atención en el Seminario diocesano es valorar su tarea y apoyarlo con la oración y la ayuda económica. Hay Seminario porque hay seminaristas, es decir, adolescentes y jóvenes que sintiendo la llamada de Dios al sacerdocio dan un paso adelante y deciden ponerse a punto para vivir “conforme a la vocación a la que han sido llamados”.

Lo primero es la iniciativa de Dios que elige a las personas, por eso hemos de orar para que los jóvenes cristianos se abran a la llamada de Dios, le respondan con generosidad y encentren apoyo en su familia y en la comunidad cristiana. El Seminario está al servicio de la vocación al sacerdocio y, dada su misión formativa, necesita medios materiales para el mantenimiento del edificio, la estancia de los seminaristas, el profesorado y los demás medios educativos. De los frutos que produce el Seminario se beneficia la Diócesis entera, por eso, todos debemos participar en la promoción de las vocaciones y en la tarea de la formación de los sacerdotes.

Este año, teniendo como referencia la sencillez y alegría del Papa Francisco, así como su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, el lema elegido es “La alegría de anunciar el Evangelio”, es decir, que “alegría” y “evangelio” son dos realidades que van juntas y se alimentan mutuamente: el Evangelio nos produce alegría y, a su vez, esta alegría nos impulsa a evangelizar. Por eso, la vocación sacerdotal, que nace del Evangelio y para su anuncio, está directamente relacionada con la alegría y el deseo de ser feliz que anida en el corazón de cada uno. Sentir la vocación sacerdotal y responder a ella colma el corazón de alegría (gozo y paz interior, satisfacción, dicha y contento). Esa es la señal de que se está en el buen camino.

El anhelo de ser feliz está arraigado en lo más profundo del corazón humano. La felicidad se experimenta como una necesidad fundamental. Entre los elementos que configuran “una vida feliz”, la alegría ocupa un lugar preeminente. “La persona humana está hecha para la alegría, no se puede vivir largo tiempo sin alegría” (Aristóteles). La alegría es un bien del que todos debemos disfrutar constantemente, debe ser una cualidad permanente de nuestra vida. “Estad siempre alegres” nos dice San Pablo.

Por otra parte, la alegría posee un dinamismo vital que activa las actitudes y comportamientos más nobles del ser humano. "La alegría de vivir es el más grande poder cósmico”, decía Theilhard de Chardin. Y el propio Beethoven, en el cuarto movimiento de su Novena Sinfonía, proclama los excelentes frutos que produce la alegría: “¡Alegría!,… Tu hechizo vuelve a unir lo que el mundo había separado, todos los hombres se vuelven hermanos allí donde se posa tu ala suave”.

Sin embargo, experimentar la alegría constituye un desafío en la sociedad moderna. A pesar de todas las posibilidades de “bien-estar” que se nos ofrecen, no es fácil encontrar la alegría profunda y duradera. De hecho se ha convertido en un bien escaso. Vivimos en un mundo lacerado por profundas divisiones y rupturas, donde la abundancia de rostros sombríos son elocuente testimonio de la profunda tristeza que marca la vida de muchos. La falta de alegría es señal de enfermedad, de que algo no va bien en la vida de la persona.

El Papa Pablo VI, en un documento dedicado a la alegría, “Gaudete in Domino” (Alegraos en el Señor), hacía notar que “La sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría. Porque la alegría tienen otro origen. Es espiritual. El dinero, el confort, la higiene, la seguridad material no faltan con frecuencia; sin embargo, el tedio, la aflicción, la tristeza forman parte, por desgracia, de la vida de muchos”. La alegría puramente mundana es superficial, transitoria, vacía e incapaz de colmar de verdadero gozo el corazón humano. Y no puede ser de otra manera, pues está fundada en aspiraciones de poder, de tener y de placer, las cuales apartan al ser humano de lo más profundo de sí mismo y del recto sentido de su vida y, por tanto, de su plena realización personal.

“Estar siempre alegres”no es algo que surge por casualidad, ni es un puro sentimiento sensible, ni puede estar supeditado a “eventos placenteros” que vendrán o no. “Estar siempre alegres” supone una tarea, un ponerse manos a la obra para buscar, elegir y realizar aquello que realmente produce alegría. No se trata del entusiasmo pasajero, sino del gozo íntimo y profundo que, más allá de las circunstancias, nos acompaña en nuestro camino y nos permite estar siempre alegres, incluso en los momentos difíciles. La alegría no se impone desde fuera sino que brota de dentro, de un alma que, consciente de la propia trascendencia, se deja iluminar por los valores espirituales y los convierte en el faro que guía su existencia.

Para la fe cristiana, ese faro es Jesucristo. Para nosotros, Él es “la causa” de la plena alegría de los hombres. Por eso, San Pablo no dice simplemente “estad siempre alegres”, sino “estad siempre alegres en el Señor”. Cristo es la alegría del mundo y, consecuentemente, la alegría cristiana nace de la opción fundamental por el Señor Jesús, es fruto de una experiencia de fe en Él y de comunión con Aquel que es “el Camino que nos conduce al Padre, la Verdad que nos hace libres y la Vida que nos colma de alegría (Cf. Jn 14,6 y Plegaria Eucarística 5/b).

Es muy difícil que una persona se encuentre con Cristo, experimente la salvación y descubra el amor de Dios, sin que su vida pase de la tristeza y el sin sentido al gozo pleno de descubrir la belleza de ser hijo de Dios. Diría que es imposible. Por eso, “para que nuestra alegría sea completa”, quienes hemos recibido esta experiencia como un don inmerecido, no podemos dejar de anunciarlo a los demás. Nos "arde en los huesos" el deseo de que todas las personas puedan disfrutar la grandeza de la Misericordia y del Amor de Dios que nosotros hemos conocido, creído y experimentado. Ese anuncio, lleno de coraje apostólico, de parresía y ardor interior, nace de la alegría que produce el Evangelio, se realiza con alegría y tiene como objeto el bien y la alegría del prójimo. Por naturaleza, los evangelizadores son "discípulos alegres" del Señor.

Para muchos de nuestros seminaristas, de ayer y de hoy, para la mayoría de los sacerdotes, el medio a través del que descubrieron el misterio de su vocación fue el testimonio de un sacerdote que vivía su ministerio con alegría y entusiasmo. La mejor campaña vocacional posible es el testimonio verdadero y gozoso de los sacerdotes. Gozo y alegría sostenida fielmente a pesar de las durezas del camino. Hermanos sacerdotes, supliquemos a Cristo, el Señor, el gozo pleno y verdadero de servirle en su presencia.

Queridos jóvenes diocesanos, especialmente aquellos que ya están confirmados o se preparan para la Confirmación: Todos somos conscientes de las dificultades que tienen para vivir fielmente el Evangelio. Pero, merece la pena conocer a Cristo y seguirlo. Él les necesita para amar al mundo y salvarlo de la profunda desesperanza y tristeza por la cual atraviesan muchos hombres y mujeres de hoy. Hacen falta sacerdotes, mensajeros de la paz y la alegría que nos da el Evangelio. No dejes de preguntar, ¿Señor que quieres que haga? ¿No estará pidiéndote un compromiso de mayor entrega y servicio a los demás? Pido a Dios por cada uno de ustedes para que conozcan y sigan la vocación a la que Dios les llama.

Queridos seminaristas: Hemos de ser muy humildes; si han sentido la llamada de Cristo y están en el Seminario no es por mérito propio. La iniciativa ha sido de Dios. La obra de la salvación es obra de Dios. Es una alegría sentirnos invitados a reproducir con nuestro ministerio, en medio de la gente, las palabras y la obra de Cristo. Mostrad a todos que, al ser llamados por Dios, “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Es precisamente ese gozo interior en la respuesta lo que nos empuja a anunciarle. “Estad siempre alegres en el Señor”.

La Diócesis debe mirar siempre al Seminario con esperanza y alegría. Cada fiel cristiano laico, consagrado o sacerdote, debe sentir el gozo de contemplar cómo Dios nos sigue amando en cada vocación al ministerio que se forma en el Seminario. Debemos apoyarlos con nuestro compromiso, con nuestra oración, con nuestra ayuda económica; porque Dios nos sigue manifestando su fidelidad a través del testimonio alegre de jóvenes que, obedientes a la voz de Dios, dejándolo todo, han comprometido su existencia en el seguimiento de Cristo. Una vocación sacerdotal es un tesoro. Es una semilla de la alegría del Evangelio que entre todos debemos cultivar para que produzca fruto abundante.

Dios les bendiga y les conceda gustar la alegría del Evangelio,

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense


S?bado, 15 de marzo de 2014

En el Vaticano del padre Raniero Cantalamessa realiza el primer sermón del período penitencial: Jesús nos espera en el desierto. No lo dejemos solo (Zenit)

                                                      ***

'Con Jesús en el desierto'

La Cuaresma comienza cada año con el relato de Jesús que se retira al desierto durante cuarenta días. En esta meditación introductoria queremos tratar de descubrir qué hizo Jesús en este tiempo, qué temas están presentes en elrelato evangélico, para aplicarlos a nuestra vida.

1. «El Espíritu empujó a Jesús al desierto»

El primer tema es el del desierto. Jesús acaba de recibir, en el Jordán, la investidura mesiánica para llevar la buena noticia a los pobres, sanar los corazones afligidos, predicar el reino (cf. Lc 4,18s). Pero no se apresura a hacer ninguna de estas cosas. Al contrario, obedeciendo a un impulso del Espíritu Santo, se retira al desierto donde permanece cuarenta días. El desierto en cuestión es el desierto de Judá que se extiende desde el exterior de los muros de Jerusalén hasta Jericó, en el valle del Jordán. La tradición identifica el lugar con el llamado Monte de la Cuarentena que da al valle del Jordán.

En la historia ha habido grupos de hombres y mujeres que han optado por imitar a este Jesús que se retira al desierto. En Oriente, empezando por san Antonio abad, se retiraban a los desiertos de Egipto o de Palestina; en Occidente, donde no existían desiertos de arena, se retiraban a lugares solitarios, montes y valles remotos. Pero la invitación a seguir Jesús en el desierto no se dirige sólo a los monjes y a los eremitas. En forma distinta, se dirige a todos. Los monjes y los eremitas han elegido un espacio de desierto; nosotros debemos elegir al menos un tiempo de desierto. 

La Cuaresma es la ocasión que la Iglesia ofrece a todos, sin distinción, para vivir un tiempo de desierto sin tener que abandonar, por ello, las actividades cotidianas. San Agustín lanzó este ardiente llamamiento: 

«¡Volved a entrar en vuestro corazón! ¿Dónde queréis ir lejos de vosotros? Volved a entrar desde vuestro vagabundeo que os ha llevado fuera del camino; volved al Señor. Él está listo. Primero entra en tu corazón, tú que te ha hecho ajeno a ti mismo, a fuerza de vagabundear fuera: ¡no te conoces a ti mismo, y busca a quien te ha creado! Vuelve, vuelve al corazón, sepárate del cuerpo... Entra en el corazón: examina allí lo que quizá percibes de Dios, porque allí se encuentra la imagen de Dios; en la interioridad del hombre habita Cristo»[i].

¡Volver a entrar en el propio corazón! Pero, ¿qué es y qué representa el corazón, del que se habla tan a menudo en la Biblia y en el lenguaje humano? Fuera del ámbito de la fisiología humana, donde no es más que un órgano del cuerpo por vital que sea, el corazón es el lugar metafísico más profundo de una persona; es lo íntimo de cada hombre, donde cada uno vive su ser persona, es decir, su subsistir en sí, en relación con Dios, del que procede y en el que encuentra su fin, con otros hombres y con la creación entera. También en el lenguaje común, el corazón designa la parte esencial de una realidad. «Ir al corazón de un problema» quiere decir ir a la parte esencial del mismo, del que depende la explicación de todas las demás partes del problema. 

Así, el corazón de una persona indica el lugar espiritual, donde uno puede contemplar a la persona en su realidad más profunda y auténtica, sin velos y sin detenerse a sus lados marginales. Es en el corazón donde tiene lugar el juicio de cada persona, sobre lo que lleva dentro de sí, y que es la fuente de su bondad o de su malicia. Conocer el corazón de una persona quiere decir haber penetrado en el santuario íntimo de su personalidad, en el que se conoce a esa persona por lo que realmente es y vale.

Volver al corazón significa, pues, volver a lo que hay de más personal e interior en nosotros. Lamentablemente la interioridad es un valor en crisis. Algunas causas de esta crisis son antiguas e inherentes a nuestra propia naturaleza. Nuestra «composición», es decir el estar constituidos de carne y espíritu, hace que seamos como un plano inclinado, pero inclinado hacia lo exterior, lo visible y lo múltiple. Como universo, tras la explosión inicial (el famoso Big Bang), también nosotros estamos en fase de expansión y de alejamiento del centro. Estamos constantemente «saliendo», a través de esas cinco puertas o ventanas que son nuestros sentidos. 

Santa Teresa de Jesús escribió una obra titulada El castillo interior que es, ciertamente, uno de los frutos más maduros de la doctrina cristiana de la interioridad. Pero existe, por desgracia, también un «castillo exterior» y hoy constatamos que es posible estar encerrados también en este castillo. Encerrados fuera de casa, incapaces de volver a entrar. ¡Presos de la exterioridad! Cuántos de nosotros deberían hacer propia la amarga constatación que Agustín hacía a propósito de su vida antes de la conversión: «Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Sí, porque tú estabas dentro de mí y yo fuera. Allí te buscaba. Deforme, me arrojaba sobre las bellas formas de tus criaturas. Estabas conmigo, y yo no estaba contigo. Me tenían lejos de ti tus criaturas, inexistentes si no existieran en te»[i].

Lo que se hace en el exterior está expuesto al peligro casi inevitable de la hipocresía. La mirada de otras personas tiene el poder de hacer desviar nuestra intención, como algunos campos magnéticos hacen desviar las ondas. La acción pierde su autenticidad y su recompensa. El parecer toma la ventaja sobre el ser. Por eso Jesús invita a ayunar, a hacer limosna a escondidas y a rezar al Padre «en lo secreto» (cf. Mt 6,1-4). 

La interioridad es la vía para una vida auténtica. Se habla hoy mucho de autenticidad y se hace de ello el criterio de éxito o fracaso de la vida. Pero, ¿dónde está, para el cristiano, la autenticidad? ¿Cuándo una persona es realmente ella misma? Sólo cuando acoge, como medida, a Dios. «Se habla mucho —escribe el filósofo Kierkegaard— de vidas desperdiciadas. Pero sólo es desperdiciada la vida de ese hombre que nunca se dio cuenta, porque no la tuvo nunca, en el sentido más profundo, la impresión de que existe un Dios y que él, precisamente él, su yo, está ante este Dios»[iii].

De una vuelta a la interioridad necesitan sobre todo las personas consagradas al servicio de Dios. En un discurso dirigido a los superiores de una orden religiosa contemplativa, Pablo VI dijo: 

«Hoy estamos en un mundo que parece enfrascado en una fiebre que se infiltra incluso en el santuario y en la soledad. Ruido y estridencia han invadido casi cada cosa. Las personas ya no logran recogerse. Víctimas de mil distracciones, disipan habitualmente sus energías detrás de las distintas formas de la cultura moderna. Periódicos, revistas, libros invaden la intimidad de nuestras casas y de nuestros corazones. Es más difícil que en otro tiempo encontrar la oportunidad para ese recogimiento en el cual el alma consigue estar plenamente ocupada en Dios».

Pero tratemos de ver también cómo hacer, concretamente, para encontrar y conservar la costumbre de la interioridad. Moisés era un hombre muy activo. Pero se lee que se había hecho construir una tienda portátil y en cada etapa del éxodo fijaba la tienda fuera del campamento y regularmente entraba en ella para consultar al Señor. Allí, el Señor hablaba con Moisés «cara a cara, como un hombre habla con otro» (Ex 33,11).

Pero tampoco esto se puede hacer siempre. No siempre se puede uno retirar a una capilla o a un lugar solitario para recuperar el contacto con Dios. San Francisco de Asís sugiere por ello otro medio más al alcance de la mano. Al mandar a sus frailes por las carreteras del mundo, decía: Tenemos un eremitorio siempre con nosotros dondequiera que vayamos y cada vez que lo queramos podemos, como eremitas, entrar en este eremo. «El hermano cuerpo es el eremo y el alma la ermita que habita allí dentro para rezar a Dios y meditar». Es como tener un desierto siempre «debajo de casa» o mejor «dentro casa», en el que poderse retirar con el pensamiento en cada momento, incluso yendo por la calle.

Terminamos esta primera parte de nuestra meditación escuchando, como dirigida a nosotros, la exhortación que san Anselmo de Aosta dirige al lector en una obra famosa suya: 

«Ay de mí, miserable mortal, huye durante breve tiempo de tus ocupaciones, deja un poco tus pensamientos tumultuosos. Aleja en este momento los graves afanes y deja de lado tus agotadoras actividades. Atiende un poco a Dios y reposa en él. Entra en lo íntimo de tu alma, excluye todo, excepto a Dios y a quien te ayuda a buscarlo, y, cerrada la puerta, di a Dios: Busco tu rostro. Tu rostro yo busco, Señor»[iv].

2. Los ayunos agradables a Dios

El segundo gran tema presente en el relato de Jesús en el desierto es el ayuno. «Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al final tuvo hambre» (Mt 4,1). ¿Qué significa para nosotros hoy imitar el ayuno de Jesús? Una vez, con la palabra ayuno se pretendía sólo limitarse en los alimentos y en las bebidas, y abstenerse de carne. Este ayuno alimenticio conserva todavía su validez y es altamente recomendado, naturalmente cuando su motivación es religiosa y no sólo higiénica o estética, pero ya no es el único y ni siquiera el más necesario. 

La forma más necesaria y significativa de ayuno se llama hoy sobriedad. Privarse voluntariamente de pequeñas o grandes comodidades, de lo que es inútil y a veces incluso perjudicial para la salud. Este ayuno es solidaridad con la pobreza de muchos. ¿Quién no recuerda las palabras de Isaías que la liturgia nos hace escuchar al comienzo de cada Cuaresma?

«¿Acaso el ayuno que quiero no es éste:

que compartas tu pan con quien tiene hambre,

que lleves a tu casa a los desafortunados privados de techo,

que cuando veas a uno desnudo tú lo cubras

y que no te escondas a quien es carne de tu carne?» (Is 58, 6-7).

Semejante ayuno es también contestación a una mentalidad consumista. En un mundo que ha hecho de la comodidad superflua e inútil uno de los fines de su propia actividad, renunciar a lo superfluo, saber prescindir de algo, abstenerse de recurrir siempre a la solución más cómoda, de elegir lo más fácil, el objeto de mayor lujo, vivir, en definitiva, con sobriedad, es más eficaz que imponerse penitencias artificiales. Además, es justicia hacia las generaciones que sigan a la nuestra que no deben ser reducidas a vivir de las cenizas de lo que nosotros hemos consumido y desperdiciado. La sobriedad también tiene un valor ecológico, de respeto de la creación.

Más necesario que el ayuno de los alimentos es hoy también el ayuno de imágenes. Vivimos en una civilización de la imagen; nos hemos convertido en devoradores de imágenes. Mediante la televisión, la prensa, la publicidad, dejamos entrar imágenes en abundancia dentro de nosotros. Muchas de ellas son insanas, propagan violencia y maldad, no hacen más que incitar los peores instintos que llevamos dentro. Son producidas expresamente para seducir. Pero quizá lo peor es que dan una idea falsa e irreal de la vida, con todas las consecuencias que se derivan de ello a continuación en el impacto con la realidad, sobre todo para los jóvenes. Se pretende, inconscientemente, que la vida ofrezca todo lo que la publicidad presenta.

Si no creamos un filtro, una barrera, reducimos en breve tiempo nuestra imaginación y nuestra alma a vertedero. Las imágenes malas no mueren en cuanto llegan dentro de nosotros, sino que fermentan. Se transforman en impulsos para la imitación, condicionan terriblemente nuestra libertad. Un filósofo materialista, Feuerbach, dijo: «El hombre es lo que come»; hoy quizá habría que decir: «El hombre es lo que mira».

Otro de estos ayunos alternativos, que podemos hacer durante la Cuaresma, es el de las palabras malas. San Pablo recomienda: «Ninguna palabra mala salga ya de vuestra boca, sino más bien palabras buenas que puedan servir para la necesaria edificación y provecho de los que escuchan» (Ef4,29). 

Palabras malas no son sólo las palabrotas; son también las palabras cortantes, negativas que ponen de manifiesto sistemáticamente el lado débil del hermano, palabras que siembran discordia y sospechas. En la vida de una familia o de una comunidad, estas palabras tienen el poder de cerrar a cada uno en sí mismo, de congelar, creando amargura y resentimiento. Literalmente, «mortifican», es decir, producen la muerte. Santiago decía que la lengua está llena de veneno mortal; con ella podemos bendecir a Dios o maldecirlo, resucitar a un hermano o matarle (cf. Sant 3,1-12). Una palabra puede hacer peor mal que un puñetazo.

En el Evangelio de Mateo figura una palabra de Jesús que ha hecho temblar a los lectores del Evangelio de todos los tiempos: «Pero yo os digo que de cada palabra inútil los hombres darán cuenta en el día del juicio» (Mt 12,36). Jesús, ciertamente, no tiene la intención de condenar cada palabra inútil, en el sentido de no «estrictamente necesaria». Tomado en sentido pasivo, el término argon (a = sin, ergon = obra) utilizado en el Evangelio indica la palabra carente de fundamento, por lo tanto, la calumnia; tomado en sentido activo, significa la palabra que no fundamenta nada, que no sirve ni siquiera para la necesaria distensión. San Pablo recomendaba al discípulo Timoteo: «Evita las charlas profanas, porque los que las hacen avanzan cada vez más en la impiedad» (2 Tim 2,16). Una recomendación que el papa Francisco nos ha repetido más de una vez. 

La palabra inútil (argon) es lo contrario de la palabra de Dios que se define en efecto, por contraste, energes, (1 Tes 2,13; Heb 4,12), es decir eficaz, creativa, llena de energía y útil para todo. En este sentido, aquello de lo que los hombres deberán rendir cuentas en el día del juicio es, en primer lugar, la palabra vacía, sin fe y sin fervor, pronunciada por quien debería en cambio pronunciar las palabras de Dios que son «espíritu y vida», sobre todo en el momento en que ejerce el ministerio de la Palabra. 

3. Tentado por Satán

Pasemos al tercer elemento del relato recogido sobre el que queremos reflexionar: la lucha de Jesús contra el demonio, las tentaciones. En primer lugar, una pregunta: ¿Existe el demonio? Es decir, ¿indica la palabra demonio realmente alguna realidad personal, dotada de inteligencia y voluntad, o es simplemente un símbolo, un modo de hablar para indicar la suma del mal moral del mundo, el inconsciente colectivo, la alienación colectiva, etc.? 

La prueba principal de la existencia del demonio en los evangelios no está en los numerosos episodios de liberación de obsesos, porque al interpretar estos hechos pueden haber influido las creencias antiguas sobre el origen de ciertas enfermedades. Jesús, que es tentado en el desierto por el demonio: ésta es la prueba. La prueba son también los múltiples santos que han luchado en la vida con el príncipe de las tinieblas. Ellos no son «quijotes» que han luchado contra molinos de viento. Al contrario, eran hombres muy concretos y de psicología muy sana. San Francisco de Asís confió una vez a un compañero: «Si los frailes supieran cuántas y qué tribulaciones recibo de los demonios, no habría uno que no se pusiera a llorar por mí»[v].

Si muchos encuentran absurdo creer en el demonio es porque se basan en los libros, pasan la vida en las bibliotecas o en el despacho, mientras que al demonio no le interesan los libros, sino las personas, especial y precisamente, los santos. ¿Qué puede saber sobre Satanás quien no ha tenido nada que ver con la realidad de Satanás, sino sólo con su idea, es decir, con las tradiciones culturales, religiosas, etnológicas sobre Satanás? Esos tratan normalmente este tema con gran seguridad y superioridad, liquidando todo como «oscurantismo medieval». Pero es una falsa seguridad. Como quien presumiera de no tener miedo alguno del león, alegando como prueba el hecho de que lo ha visto muchas veces pintado, o en fotografía y nunca se ha asustado. 

Es totalmente normal y coherente que no crea en el diablo quien no cree en Dios. ¡Incluso sería trágico si alguien que no cree en Dios creyese en el diablo! Sin embargo, pensándolo bien, es lo que sucede en nuestra sociedad. El demonio, el satanismo y otros fenómenos conexos están hoy de gran actualidad. Nuestro mundo tecnológico e industrializado pulula de magos, brujos de ciudad, ocultismo, espiritismo, adivinadores de horóscopos, vendedores de mal de ojo, de amuletos, así como de auténticas sectas satánicas. Expulsado por la puerta, el diablo ha vuelto por la ventana. Es decir, expulsado por la fe, ha regresado con la superstición. 

Lo más importante que la fe cristiana tiene que decirnos no es, sin embargo, que el demonio existe, sino que Cristo ha vencido al demonio. Cristo y el demonio no son, para los cristianos, dos principios iguales y contrarios, como en ciertas religiones dualistas. Jesús es el único Señor; Satán no es más que una criatura «que ha ido mal». Si se le concede poder sobre los hombres es para que los hombres tengan la posibilidad de elegir libremente de qué parte están, y también para que «no se alcen en soberbia» (cf. 2 Cor 12,7), creyéndose autosuficientes y sin necesidad de ningún redentor. «El viejo Satán está loco», dice un canto espiritualnegro. «Ha disparado un golpe para destruir mi alma, pero ha fallado la puntería y, en cambio, ha destruido mi pecado».

Con Cristo no tenemos nada que temer. Nada ni nadie puede hacernos mal, si nosotros mismos no lo queremos. Satanás, decía un antiguo padre de la Iglesia, tras la venida de Cristo, es como un perro atado al palo: puede ladrar y lanzarse lo quiera; pero, si no somos nosotros los que nos acercamos, no puede morder. ¡Jesús en el desierto se ha liberado de Satanás para liberarnos de Satanás! 

Los evangelios nos hablan de tres tentaciones: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan»; «Si eres Hijo de Dios, arrójate abajo»; «Todas estas cosas te daré, si, postrándote, me adoras». Tienen un fin único y común a todas: desviar a Jesús de su misión, distraerlo del objetivo para el que ha venido a la tierra; sustituir el plan del Padre con un plan distinto. En el bautismo, el Padre había mostrado a Cristo la vía del Siervo obediente que salva con la humilad y el sufrimiento; Satanás le propone una vía de gloria y de triunfo, la vía que todos entonces se esperaban del Mesías.

También hoy todo el esfuerzo del demonio es el de desviar al hombre del objetivo para el que está en el mundo que es el de conocer, amar y servir a Dios en esta vida para gozarlo luego en la otra. Desviarlo, es decir, llevarlo de una parte a otra, en otra dirección. Sin embargo, Satanás también es astuto; no aparece en persona con cuernos y olor a azufre (sería demasiado fácil reconocerlo); se sirve de las cosas llevándolas al extremo, absolutizándolas y convirtiéndolas en ídolos. El dinero es una cosa buena, como lo son el placer, el sexo, la comida, la bebida. Pero si se convierten en lo más importante de la vida, en el fin, y no ya en medios, entonces llegan a ser destructivos para alma y a menudo también para el cuerpo.

Un ejemplo especialmente referido al tema es la diversión, la distracción. El juego es una dimensión noble del ser humano; Dios mismo ha mandado el descanso. El mal es hacer del juego el objetivo de la vida, vivir la semana como espera del sábado noche o de la ida al estadio el domingo, por no hablar de otros pasatiempos mucho menos inocentes. En este caso la diversión cambia el signo y, en lugar de servir al crecimiento humano y aliviar el estrés y la fatiga, los aumenta. 

Un himno litúrgico de la Cuaresma exhorta a utilizar más parcamente, en este tiempo, «palabras, alimentos, bebidas, sueño y diversiones». Éste es un tiempo para redescubrir para qué hemos venido al mundo, de dónde venimos, a dónde vamos, que ruta estamos siguiendo. De lo contrario, nos puede ocurrir lo que sucedió al Titanic o, más cerca de nosotros en el tiempo y en el espacio, al Costa Concordia. 

4. Porque Jesús se retiró en el desierto

He intentado sacar a la luz las enseñanzas y ejemplos que nos vienen de Jesús para este tiempo de Cuaresma, pero debo decir que he omitido hasta ahora hablar de lo más importante de todo. ¿Por qué Jesús, después de su bautismo, se acercó al desierto? ¿Para ser tentado por Satanás? No, ni siquiera lo pensaba; nadie va a propósito en busca de tentaciones, y él mismo nos ha enseñado a pedir que no caigamos en la tentación. Las tentaciones fueron una iniciativa del demonio, permitida por el Padre, para la gloria de su Hijo y como enseñanza para nosotros. 

¿Fue al desierto para ayunar? También, pero no principalmente para esto. ¡Fue allí para orar! Siempre, cuando Jesús se retiraba en lugares solitarios era para orar. Fue en el desierto para sintonizar, como hombre, con la voluntad de Dios, para profundizar la misión que la voz del Padre, en el bautismo, le había hecho vislumbrar: la misión del Siervo obediente llamado a redimir al mundo con el sufrimiento y la humillación. En definitiva, fue allí para rezar, para estar en intimidad con su Padre. Y este es también el objetivo principal de nuestra Cuaresma. Fue al desierto por el mismo motivo por el que, según Lucas, un día, más tarde, subió al Monte Tabor, es decir, para rezar (Lc 9,28).

No se va al desierto sólo para dejar algo —bullicio, el mundo, las ocupaciones—; se va allí sobre todo para encontrar algo, más aún, a Alguien. No se va allí sólo para reencontrarse a uno mismo, para ponerse en contacto con el propio yo profundo, como en muchas formas de meditación no cristianas. Estar a solas con uno mismo puede significar encontrarse con la peor de las compañías. El creyente va al desierto, desciende a su corazón, para reanudar su contacto con Dios, porque sabe que «en el hombre interior habita la Verdad». 

Es el secreto de la felicidad y la paz en esta vida. ¿Qué más desea un enamorado que estar a solas, en intimidad, con la persona amada? Dios está enamorado de nosotros y desea que nosotros nos enamoremos de él. Al hablar de su pueblo como de una novia, Dios dice: «La llevaré al desierto y hablaré a su corazón» (Os 2,16). Se sabe cuál es el efecto del enamoramiento: todas las cosas y todas las demás personas se retiran, se sitúan como en el trasfondo. Hay una presencia que llena todo y hace «secundario» a todo el resto. No aísla de los demás, sino que incluso hace aún más atentos y disponibles hacia los otros, pero indirectamente, por redundancia de amor. ¡Oh, si nosotros, los hombres y mujeres de Iglesia descubriéramos lo cerca que está de nosotros, al alcance de la mano, la felicidad y la paz que buscamos en este mundo! 

Jesús nos espera en el desierto.  No lo dejemos solo todo este tiempo.

[i] San Agustín, In Ioh. Ev., 18 , 10: CCL 36, 186.

[ii] San Agustín, Confesiones, X, 27.

[iii] San Kierkegaard, La malattia mortale, II: Opere (C. Fabro, ed.) (Florencia 1972) 663 [trad. esp.: Enfermedad mortal (Madrid 2005)].

[iv] San Anselmo, Proslogion, 1: Opera omnia, 1 (Edimburgo 1946) 97 [Ed. lat./esp.: Obras completas de San Anselmo, I (BAC, Madrid 2008)].

[v] Cf. Speculum perfectionis, 99: FF 1798.

 


Publicado por verdenaranja @ 23:34  | Espiritualidad
 | Enviar

Comentario a la Liturgia dominical - Segundo domingo de cuaresma por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil). (Zenit.org)

Ciclo A - textos: Génesis 12, 1-4; 2 Timoteo 1, 8-10; Mateo 17, 1-9

Tema: La fe es necesaria para comprender los misterios de Dios.

Idea principal: pedagogía de la fe, es decir, el modo como Dios nos comunica sus misterios durante nuestro peregrinar terreno.

Resumen del mensaje: en esta Cuaresma, Cristo nos invita a subir con Él al monte Tabor donde nos revelará su gloria y su belleza, y nos dará ánimo antes de subir la escalada del Calvario (evangelio). Sólo a través de la fe podemos descubrir, sin escandalizarnos, la divinidad de Jesús a través de su humanidad sufriente (segunda lectura). Como sólo gracias a la fe, Moisés se fió de Dios y salió de su tierra cómoda y fértil para comunicarle el Señor sus misterios y su plan (primera lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la cuaresma es una invitación de Dios para dejar, como Abraham, nuestro “modus vivendi” tranquilo, cómodo y sosegado, y echarnos al camino guiados por la luz de la fe y subir al monte santo de la Pascua, no sin antes pasar por el doloroso sendero de la cruz de Cristo. Esa luz de la fe es suficientemente clara como para guiarnos por el recto camino que Jesús nos ha trazado para llegar a la vida eterna. Y es, asimismo, suficientemente oscura para que tengamos mérito en el creer, para que podamos desplegar libremente nuestra confianza en su palabra, aun cuando aquello que Dios nos pida nos resulte humanamente incomprensible.

En segundo lugar, sólo desde la fe tendré en este domingo un encuentro místico con Cristo en el Tabor donde Él se me revelará en todo su esplendor y encanto, como lo tuvieron estos tres apóstoles íntimos, Pedro Santiago y Juan. Montemos el cuadro escénico: una montaña y una noche, luz y sonido, tres espectadores, dos actores y un protagonista, Jesús. Argumento de la obra: la divinidad de Dios. Título de la obra: Jesús es Dios. Cayó el telón. Esta experiencia mística también la tuvo Ignacio de Loyola: “Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con los ojos interiores la humanidad de Cristo y la figura, que le parecía era como cuerpo blanco” (Autobiografía III,29), “como sol” (ib. XI,99). “Si no hubiese Escritura que nos enseñase estas cosas de la fe, él –Ignacio- se determinaría a morir por ellas, solamente por lo que ha visto” (ib.).

Finalmente, necesitamos este encuentro místico con Cristo, como Pedro, Santiago, Juan, Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús, Teresa de Calcuta. Desde la fe, claro. Lo necesitó Moisés para acaudillar al pueblo de Israel de Egipto a Palestina por cuarenta años de desastres, batallas, crisis religiosas, castigos de Dios, fidelidades de Dios…Lo necesitó Ignacio de Loyola para fundar la Compañía de Jesús contra viento y marea de príncipes, teólogos y Papas. Lo necesitaban esos tres apóstoles que en unos meses entrarían con Jesús en Getsemaní y se escandalizarían de Él y lo dejarían solo. Y sólo después de la Resurrección renovaron esta fe en Cristo Dios que brilló en el Tabor. Y yo necesito de este encuentro místico para no descafeinar la religión buscando achicorias, malta y demás sucedáneos de la fe.

Para reflexionar: ¿Cómo está mi fe en Cristo? ¿Mi fesigue firme también cuando vea a Jesús ultrajado y colgado en la cruz? ¿Me espantan los silencios de Dios? Sube a la mística de la oración, no te quedes en el llano. Y después baja al llano, lleno del resplandor místico de Cristo, hecho caridad y ternura, como ama dice el papa Francisco.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 23:21  | Espiritualidad
 | Enviar
Viernes, 14 de marzo de 2014

Reflexión a las lecturas dcel domingo segundo de cuaresma - A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR" 

Domingo 2º de Cuaresma A 

Después que el hombre y la mujer fueron arrojados del Paraíso, la vida del hombre es una lucha, a veces desesperada, por alcanzar la felicidad perdida.

Lo fundamental es descubrir el camino por donde se puede encontrar… ¡Y son tantos los que no lo encuentran! Por supuesto, que, enseguida, se descarta el camino que nos ha señalado el Señor, “el camino del Evangelio”. Y, en realidad y a primera vista, parece que  es todo lo contrario a un camino de dicha y alegría.

De ahí la importancia del Mensaje de este domingo. El prefacio de la Misa lo resume y lo expresa de un modo precioso: “(Jesucristo) después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la Ley y los Profetas, que la Pasión es el camino de la Resurrección”.

Los discípulos, imbuidos de la mentalidad de un Mesías-Rey, no podían entender que Jesucristo tuviera que padecer:  Ser detenido, despreciado…, y morir en una cruz. Y era lógico. Si esperaban del Mesías la liberación y el Reino, ¿cómo iban a comprender y a aceptar que  todo terminara en un fracaso, en una cruz, en nada? Porque lo de resucitar, ellos no lo entendían.

Por eso Jesús les lleva a lo alto de una montaña y se transfigura, es decir, les concede vislumbrar  la grandeza divina, que ocultaba su Humanidad, y les hace esta gran revelación: “Que la pasión es el camino de la resurrección”, es decir, que aquellos sufrimientos y la misma muerte, que les había anunciado, no iban a ser el fin de todo. Sólo serían camino, paso, Pascua.

Y allí aparecieron Moisés y Elías como testigos de que todo eso estaba anunciado en la Ley (Moisés), y en los Profetas (Elías), es decir, en todo el Antiguo Testamento.  Por eso Jesús la tarde de la Resurrección, les reprocha a los discípulos de Emaús: "¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria? Y, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a Él en todas las Escrituras”. (Lc 24,26-28).

En efecto, siguiendo el camino del sufrimiento y de la cruz, Jesús consigue su perfecta glorificación como hombre y la salvación del mundo entero. Jamás nadie ha extraído del mal un bien más grande. Y esto es un reto para nosotros (Rom. 8, 28).

Y a seguir este camino nos invita Él, cuando dice: “El que quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”(Mc 8, 34).

Y el Padre, desde la nube, también nos urge a aceptarlo y a seguirlo: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle”.

Y este ha sido siempre el camino de todo verdadero creyente, como contemplamos este domingo, en Abrahán y en Pablo.

¡He ahí el camino! ¡Lo hemos encontrado! ¡Nos lo ha revelado el Señor en la Montaña de la Transfiguración! ¡Por aquí se llega a la alegría desbordante de la Pascua, que es temporal y eterna, a la dicha sin fin…!

¿Y por qué todos los años, en el segundo domingo de Cuaresma, se nos presenta el Misterio de la Transfiguración?

Porque el camino de la verdadera Cuaresma es difícil; y puede venir el desánimo y podemos entrar en crisis… Y entonces necesitamos, como los discípulos, la experiencia del Tabor, que prefigura la vida del Cielo, donde estaremos, por toda la eternidad, repitiendo lo que Pedro, el rudo pescador de Galilea, balbucía en lo alto de la Montaña: “Señor, ¡qué hermoso es estar aquí!”.

                                                                               ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 17:50  | Espiritualidad
 | Enviar

DOMINGO 2º DE CUARESMA A  

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

Continuando con la narración de los principales hechos de la Historia de la Salvación que iniciábamos el domingo pasado, hoy se nos narra la llamada de Dios y la respuesta de Abrahán, nuestro padre en la fe. Es ésta una llamada y una respuesta que son modelo para todos los creyentes de todos los tiempos. Escuchemos con atención.

 

SEGUNDA LECTURA

          S. Pablo, desde la cárcel, urge a su discípulo Timoteo a comprometerse  en los duros trabajos del Evangelio. Este texto se dirige hoy a nosotros, como segunda lectura de Palabra de Dios de este domingo, y debe animarnos en nuestro esfuerzo de anunciar el Evangelio de Jesucristo con palabras y obras.

 

TERCERA LECTURA

          En el Evangelio acompañaremos a Jesucristo  a lo alto de la Montaña de la Transfiguración como los discípulos predilectos. En nuestro camino cuaresmal, también nosotros necesitamos la experiencia del Tabor. Pero antes, aclamémosle con fe a Dios.

 

COMUNIÓN

          En la Comunión Jesucristo, el Señor, nos ofrece fuerza sobreabundante para seguirle, con prontitud y generosidad, por el camino de la vida cristiana, con la certeza de haber encontrado la senda que nos conduce a la vida, a la auténtica felicidad: Por la cruz a la gloria de la Resurrección.


Publicado por verdenaranja @ 17:47  | Liturgia
 | Enviar
Jueves, 13 de marzo de 2014

Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo segundo de Cuaresma - A.

Escuchar a Jesús

El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente “La transfiguración de Jesús”, lo ocupa una Voz que viene de una extraña “nube luminosa”, símbolo que se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta. La Voz dice estas palabras: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés y Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro “resplandeciente como el sol”.

Pero la Voz añade algo más: “Escuchadlo”. En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los “diez mandatos” de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: escuchad a Jesús. La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.

Al oír esto, los discípulos caen por los suelos “llenos de espanto”. Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios?

Entonces, Jesús “se acerca y, tocándolos, les dice: Levantaos. No tengáis miedo”. Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: Levántate, no tengas miedo.

Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre les resulta, tal vez, familiar, pero lo que saben de él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Y, sin esa experiencia, no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida.

Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia, escucha siempre algo como esto: “No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios. Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto, tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón”.

En el libro del Apocalipsis se puede leer así: “Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa”. Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Le podemos abrir la puerta o lo podemos rechazar. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.

José Antonio Pagola

16 de marzo de 2014
2. Cuaresma (A)
Mateo 17, 1-9

 


Publicado por verdenaranja @ 23:35  | Espiritualidad
 | Enviar
Mi?rcoles, 12 de marzo de 2014

Reflexiones de Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de Las Casas (Zenit.org)

Mártires de la unidad

Por Felipe Arizmendi Esquivel

VER

En varias familias y comunidades hay divisiones, problemas, conflictos, hasta golpes y asesinatos. Ante esto, hay personas prudentes y generosas que se esfuerzan por construir la paz, por tender puentes de armonía entre las partes, por reconciliar a los enemigos, por caminar hacia la unidad; pero con frecuencia se les malinterpreta, se les ofende y se les confronta: “¿Con quién estás: con ellos o con nosotros? ¿De qué línea eres? Defínete, pues parece que quieres quedar bien con todos”. Quienes tratamos de servir como puente para unir dos orillas, somos pisoteados por una y otra parte, nos martirizan unos y otros, pero sólo así podemos ayudar a restablecer la comunicación entre los opuestos.

Es muy triste que haya divisiones entre grupos, partidos y organizaciones, no sólo por ideologías diversas, sino por la posesión de la misma tierra, por intereses económicos, por luchas de poder. Cuando insistimos en un diálogo reconciliador, cada uno nos quiere jalar a su lado. ¡Qué difícil es mantener la serenidad de juicio, la imparcialidad, la independencia! Sólo así se puede servir a la paz. De lo contrario, abonamos al conflicto y nos radicalizamos.

Es doloroso que en la misma comunidad eclesial las distintas formas de vivir la fe no se puedan aceptar con respeto y amor. Por ejemplo, en unos lugares, las comunidades eclesiales de base no toleran que unos creyentes sigan el estilo de la renovación católica en el Espíritu Santo. Cada quien se considera la única opción válida para creer en Jesús y vivir su Evangelio, siendo que los mismos evangelios son distintos entre sí: Marcos, sobrio y directo, no se parece a Juan, simbólico y contemplativo; Lucas tiene sus diferencias con Mateo; sin embargo, los cuatro nos llevan a Jesús. Aún más, los estilos de vida de Juan Bautista y de Jesús son muy contrastantes; los dos trabajan por el Reino de Dios, cada cual a su manera. Pero si insistimos en que los diversos caminos de seguimiento de Jesús convivan, se valoren, se enriquezcan unos a otros y juntos trabajen por una nueva evangelización, nos califican de no ser fieles a una opción eclesial determinada. ¡Cuánto se sufre por construir la unidad en la diversidad!

PENSAR

El Papa Francisco nos advierte que no se puede imponer una rígida uniformidad en la vivencia de la fe. Lo que dice sobre la legitimidad de diversas formas culturales en la Iglesia, vale también para los distintos caminos que hay para ser católicos: “Como podemos ver en la historia de la Iglesia, el cristianismo no tiene un único modo cultural, sino que, permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado. En los distintos pueblos, que experimentan el don de Dios según su propia cultura, la Iglesia expresa su genuina catolicidad y muestra la belleza de este rostro pluriforme” (EG 116).

“Bien entendida, la diversidad cultural no amenaza la unidad de la Iglesia. El Espíritu Santo construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios. Él es quien suscita una múltiple y diversa riqueza de dones y, al mismo tiempo, construye una unidad que nunca es uniformidad, sino multiforme armonía que atrae. La evangelización reconoce gozosamente estas múltiples riquezas que el Espíritu engendra en la Iglesia. No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde. En la evangelización no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador” (EG 117). “Es indiscutible que una sola cultura no agota el misterio de la redención de Cristo” (EG 118).

ACTUAR

Pidamos al Espíritu Santo que nos abra la mente y el corazón para aceptarnos en nuestras legítimas diversidades, dando los pasos necesarios para construir la unidad que Jesús pidió al Padre.


Publicado por verdenaranja @ 20:05  | Hablan los obispos
 | Enviar

Homilía monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 1º domingo de cuaresma (9 de marzo 2014) (AICA)

El amor nos hace creíbles

Nos disponemos a celebrar el tiempo cuaresmal, como tiempo de gracia y penitencia, que nos prepara a celebrar el misterio central de nuestra fe que es la pascua. En la pascua celebramos el misterio del Amor de Dios, de un Dios cercano que se hizo hombre: “ y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como hijo único lleno de gracia y de verdad” (Jn. 1,14). El Amor de Dios se hizo hombre en la persona de Jesucristo, el Señor, que por nosotros murió y resucitó. El se reveló y nos contó que nuestra vida está cargada de sentido, que el Amor es lo único que nos humaniza y plenifica, y nos permite decir como María en el magníficat: “Mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador” (Lc. 1,47).

Durante varias semanas cuaresmales nos prepararemos a celebrar la Pascua. La pascua es celebrar la caridad… la reconciliación realizada por el amor de Dios. En la celebración del jueves Santo, se anticipa sacramentalmente la Pascua, “la Misa” actualizada en cada misa que celebramos, la institución del sacerdocio ministerial y la caridad. La misa que celebramos nos reclama el amor donado en nuestra vida, y aquello que es la razón de ser de la iglesia que es evangelizar. El Papa Francisco nos dice que practicar de hecho la caridad nos saca del exceso de deformaciones y egoísmos, sanándonos de enfermedades de insatisfacciones personales, comunitarias y eclesiales. La liturgia cuaresmal que prepara la Pascua vivida con intensidad es la mejor fuente de espiritualidad que implica nuestra vida y cotidianidad, y reordena y convierte nuestras estructuras y formas de organización para ser una Iglesia abierta y misionera. La Caridad vivida plenifica nuestra condición humana, y es el mejor aporte a nuestro inicio del siglo XXI, que a veces es demasiado mercantil y deshumanizado.

En muchas oportunidades hablamos que uno de los flagelos de nuestro tiempo es “el secularismo”, la omisión de Dios. Es lo que observamos de tantos hermanos nuestros que viven una orfandad, y la vida se reduce a situaciones solo coyunturales sin pasado ni futuro. La experiencia errónea de un Dios que es algo y no alguien, termina dañando la misma dignidad humana como imagen y semejanza de Dios, cosificándonos como algo más de un todo. Para los cristianos “Dios es Amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16). “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en Él tengan vida eterna” (Jn. 3,16). En el Dios hecho hombre, en la encarnación y la Pascua, entendemos que amar es dar la vida.

La palabra amor es cierto que habitualmente designa gran cantidad de cosas y muchas de ellas válidas, aspectos carnales o espirituales, pasionales o pensados, graves o ligeros, que llevan a la plenitud humana o desdibujan su dignidad. Se ama una cosa agradable, una amistad, a un compañero de trabajo, a un amigo, a los padres, el amor de un hombre y una mujer, el amor a los hijos. El Papa Benedicto en su primera encíclica “Dios es Amor”, nos dice que toda forma de amor “requiere” de un proceso de purificación y maduración, que incluye también la renuncia”. Esto no implica un rechazo al amor que aparece en nuestro corazón, sino encaminar la fuerza del amor a su verdadera plenitud y grandeza.

La conversión al amor, requerirá revisarnos si somos constructores de la comunión. El Señor condiciona la evangelización a que nos amemos los unos a los otros. Lamentablemente observamos en estos días con dolor que se multiplican expresiones de cristianos sin conciencia del pecado de difamación y calumnia, omitiendo la corrección fraterna del Evangelio y dañándose desde el chisme, o bien desde las redes sociales mal usadas y sin ningún sentido ético.

Un saludo cercano, y hasta el próximo domingo.

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas


Publicado por verdenaranja @ 19:57  | Hablan los obispos
 | Enviar
Martes, 11 de marzo de 2014

Texto el micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT9 (8 de marzo de 2014) (AICA)

Significado del pecado y necesidad de la gracia

En este primer domingo de Cuaresma la liturgia nos presenta el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Ellas nos enseñan que todo lo que acontece en él es consecuencia de haber asumido nuestra naturaleza humana. El hombre junto a su dignidad y libertad, en cuanto creado a imagen y semejanza de Dios, aparece en su fragilidad interior que lo divide y limita. Estamos ante el tema del mal, del pecado, que forma parte de esa humanidad que Jesucristo ha asumido y redimido.

¿De dónde viene el mal?, se preguntaba san Agustín: “buscaba el origen del mal, decía, y no hallaba su solución” (Conf. 7, 7.11). San Pablo reconoce que: “el pecado estaba en el mundo” (Rom. 5, 13), y lo experimentaba en esa desarmonía entre el bien que deseaba y el mal que hacía, y concluía: “cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que reside en mí” (Rom. 7, 20). El pecado existe, no hay que negarlo, pero ha sido vencido. Esto es fruto y don de la Pascua de Cristo.

Sin la luz de la fe, que se apoya en la Revelación, no se puede conocer plenamente la realidad del pecado y sus consecuencias, como tampoco su respuesta liberadora. Podemos tener la tentación: “de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una realidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada…” (C.I.C. 387). La comprensión del pecado es un tema teológico, que tiene a Jesucristo como revelador de la situación del hombre y, sobre todo, como su liberador.
Por ello el Catecismo de la Iglesia Católica, concluye: “Es preciso conocer a Cristo como fuente de la gracia para conocer a Adán como fuente del pecado” (C.I.C 388). Jesucristo ilumina y sana la vida del hombre. No se trata de algo mágico, del camino del amor de Dios que busca al hombre en Jesucristo: “no para juzgarlo sino para que el mundo se salve por él” (Jn. 3, 17). Jesucristo asume y redime la herida de la condición humana, causada por el pecado original, para que el hombre recupere su libertad de hijo de Dios y viva el gozo de una Vida Nueva, ya desde este mundo.

Este marco nos ayuda a comprender el alcance de la fuerza del pecado, que se expresa en las tentaciones que Jesús padece como hombre. Las tentaciones buscan apartar a Jesucristo de su relación con Dios, su Padre, y alejarlo de su misión. También, en nosotros, todo pecado dice referencia a Dios en cuanto nos aparta de él y de nuestros hermanos. Por ello, el triunfo de Jesucristo en su Pascua es también el triunfo de cada uno de nosotros, porque él nos asumió al encarnarse y nos ha liberado de la esclavitud del pecado.
Este triunfo de Cristo es definitivo y actual como ofrecimiento de una Vida Nueva al hombre. Esto es lo que la Iglesia ha recibido, nos predica y comunica a través de los medios que el mismo Jesucristo nos dejó: su Palabra y los Sacramentos. Cuaresma es un tiempo propicio para pensarnos desde Dios, y de retomar ese camino siempre nuevo que nos lleva a encontrarnos en la verdad profunda de lo que somos y con la posibilidad real de vivirlo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


Publicado por verdenaranja @ 20:10  | Hablan los obispos
 | Enviar

El Papa  El papa Francisco recitó en el Vaticano en este domingo de sol, la oración del ángelus, delante de una plaza de San Pedro abarrotada de fieles y peregrinos. 09 de marzo de 2014 (Zenit.org) Al iniciar dirigió las siguientes palabras:

«Queridos hermanos y hermanas el evangelio del primer domingo de cuaresma presenta cada año el episodio de la tentación de Jesús, cuando el Espíritu Santo descendió sobre él después del Bautismo en el Jordán, y lo llevó a enfrentar abiertamente a Satanás en el desierto por 40 días antes de iniciar su misión pública.

El tentador intenta desviar a Jesús del proyecto del Padre, o sea de la vía del sacrificio, del amor que ofrece a sí mismo en expiación, para hacerle tomar un camino fácil, de éxito y de potencia. El duelo entre Jesús y Satanás se realiza a fuerza de citaciones de la sagrada escritura. El diablo de hecho, para desviar a Jesús de la vía de la cruz le propone falsas experiencias mesiánicas: el bienestar económico, indicado por la posibilidad de transformar las piedras en pan; el estilo espectacular y milagrero, con la idea de arrojarse al vacío desde el punto más alto del templo de Jerusalén para hacerse salvar por los ángeles; y al final el atajo del poder y del dominio en cambio de adorar a Satanás.

Son tres grupos de tentaciones, también nosotros las conocemos bien. Jesús rechaza con decisión todas estas tentaciones y reitera la firme voluntad de seguir el camino establecido por el Padre, sin ningún compromiso con el pecado y con la lógica del mundo.

Noten bien como responde Jesús. Él no dialoga con Satanás como había hecho Eva en el paraíso terrenal. Jesús sabe bien que con Satanás no se puede dialogar, como había hecho Eva, y elige refugiarse en la palabra de Dios, y responde con la fuerza de esta palabra.

Recordémos ésto en el momento de la tentación, de nuestras tentaciones. No argumentar con Satanás, sino defendersesiempre non la palabra de Dios, y ésto nos salvará.

En sus respuestas a Satanás, el Señor usando la palabras de Dios nos recuerda antes todo que “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca del Dios”.

Esto nos da fuerza y nos sostiene en la lucha contra la mentalidad mundana que reduce al hombre al nivel de necesidades primarias, haciéndole perder el hambre de lo que es verdadero, bueno y bello: el hambre de Dios y de su amor.

Recuerda además que está escrito también: 'No tentarás a tu Dios y Señor”. Porque el camino de la fe pasa también a través de la oscuridad, de la duda, y se nutre de paciencia y de espera perseverante. El Señor Jesús al final recuerda que está escrito: 'Adorarás al Señor, tu Dios: a él solamente rendirás culto'. O sea, tenemos que deshacernos de los ídolos, de las cosas vanas y construir nuestra vida sobre lo esencial.

Estas palabras de Jesús encontrarán después confirmación en sus acciones. Su absoluta fidelidad al diseño del amor del Padre lo conducirá después de aproximadamente tres años al enfrentamiento final con el 'príncipe de este mundo' en la hora de la pasión de la cruz, y allí Jesús tendrá su victoria definitiva, ¡la victoria del amor!

Queridos hermanos, el tiempo de la cuaresma es una ocasión propicia para todos nosotros, para realizar un camino de conversión, interrogándonos sinceramente ante esta página del evangelio.

Renovemos las promesas de nuestro bautismo: renunciamos a Satanás y a todas sus obras y seducciones -porque él es un seductor-, para caminar en los senderos de Dios y 'llegar a la pascua en la alegría del Espíritu'».

El papa Francisco entonces rezó el ángelus y al concluir dirigió los siguientes saludos:

«Dirijo un cordial saludo a los fieles de Roma y a todos los peregrinos. Saludo a los grupos parroquiales que llegan de Biella y Vercelli, de Laura Paestum, San Marziano, Aosta Latina, Avellino y Pachino. Saludo al “Colegio Santa María” de Elche, España.

Un pensamiento especial dirijo a los jóvenes de Rosolina, que el próximo domingo recibirán la Confirmación, y a los de Toscana que harán en Roma la 'promesa' de seguir a Jesús; y a los de Paderno Duragnano, Seregno, Bellaria y Curno. Saludo también a los papás y niños de Cabiate.

Durante esta cuaresma tengamos presentes la invitación de la Caritas Internacional contra el hambre en el mundo.

Les deseo a todos que el camino de la cuaresma iniciado hace poco sea fructífero, y les pido a ustedes que se acuerden de mi en la oración y de mis colaboradores de la curia romana, que esta tarde iniciaremos la semana de ejercicios espirituales. Gracias».

«Y concluyó con su ya famoso saludo: “¡Buona domenica e buon pranzo. Arrivederci!»


Publicado por verdenaranja @ 20:01  | Habla el Papa
 | Enviar
Lunes, 10 de marzo de 2014

 El papa Francisco ha enviado un mensaje a los participantes en el Simposio Internacional sobre "La gestión de los bienes eclesiásticos de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica al servicio de la humanidad y de la misión de la Iglesia", que está teniendo lugar este fin de semana en la Pontificia Universidad Antonianum de Roma. (08 de marzo de 2014) (Zenit.org)

 

Al venerado hermano cardenal João Braz de Aviz, prefecto de la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica

Envío mi cordial saludo a usted y a todos los participantes en el Simposio Internacional sobre "La gestión de los bienes eclesiásticos de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica al servicio de la humanidad y de la misión de la Iglesia".

Nuestro tiempo se caracteriza por cambios y avances significativos en numerosos campos, con importantes consecuencias para la vida de los hombres. Sin embargo, a pesar de haber reducido la pobreza, los logros alcanzados han ayudado a menudo a construir una economía de la exclusión y de la iniquidad: "Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil" (cfr. Evangelii gaudium, 53). Frente a la precariedad en la que viven la mayor parte de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, y también frente a las fragilidades espirituales y morales de tantas personas, en particular los jóvenes, nos sentimos interpelados como comunidad cristiana.

Los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica pueden y deben ser sujetos protagonistas y activos al vivir y testimoniar que el principio de gratuidad y la lógica del don encuentran su lugar en la actividad económica. El carisma fundacional de cada Instituto se inscribe plenamente en esta "lógica": en el ser-don, como consagrados, dais vuestra verdadera contribución al desarrollo económico, social y político. La fidelidad al carisma fundacional y al consiguiente patrimonio espiritual, junto a los fines propios de cada Instituto, siguen siendo el primer criterio de evaluación de la administración, gestión y de todas las intervenciones realizadas en los Institutos a cualquier nivel: "La naturaleza del carisma encauza las energías, sostiene la fidelidad y orienta el trabajo apostólico de todos hacia la única misión" (Vita consecrata, 45).

Se debe vigilar atentamente para que los bienes de los Institutos sean administrados con cautela y transparencia, sean tutelados y preservados, combinando la prioritaria dimensión carismático-espiritual a la dimensión económica y la eficiencia, que tiene su propio humus en la tradición administrativa de los Institutos que no tolera desperdicios y está atenta al buen uso de los recursos.

Tras la clausura del Concilio Vaticano II, el Siervo de Dios Pablo VI llamaba a "una nueva y auténtica mentalidad cristiana" y a un "nuevo estilo de vida eclesial": "Observamos con atención vigilante como en un periodo como el nuestro, todo absorto en la conquista, la posesión, el disfrute de los bienes económicos, se advierta en la opinión pública dentro y fuera de la Iglesia, el deseo, casi la necesidad, de ver la pobreza del Evangelio y quererla reconocer principalmente allí donde el Evangelio es predicado, está representado" (Audiencia general del 24 de junio de 1970).

He querido recordar tal necesidad en el Mensaje para la Cuaresma de este año. Los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica han sido siempre la voz profética y testimonio vivaz de la novedad que es Cristo, de la conformación a Aquél que se ha hecho pobre enriqueciéndonos con su pobreza. Esta pobreza amorosa es la solidaridad, el compartir y la caridad, y se expresa en la sobriedad, en la búsqueda de la justicia y en la alegría de lo esencial, para poner en guardia frente a los ídolos materiales que oscurecen el verdadero sentido de la vida. No sirve una pobreza teórica, sino la pobreza que se aprende al tocar la carne de Cristo pobre, en los humildes, los pobres, los enfermos, los niños. Sed todavía hoy, para la Iglesia y para el mundo, la avanzada de la atención a todos los pobres y todas las miserias, materiales, morales y espirituales, como superación de todo egoísmo en la lógica del Evangelio, que nos enseña a confiar en la Providencia de Dios.

Mientras expreso mi gratitud a la Congregación para los Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica, que ha promovido y preparado el Simposio, espero que traiga los frutos deseados. Invoco la intercesión de la Bienaventurada Virgen María y os bendigo a todos.

Desde el Vaticano, el 8 de marzo de 2014

Francisco

Traducción del original italiano por Iván de Vargas


Publicado por verdenaranja @ 20:07  | Habla el Papa
 | Enviar

Reflexión del arzobispo castrense de España, Juan del Río Martín, sobre el Mensaje del papa Francisco para la Cuaresma (Zenit.org)

Recuperar el estilo de Dios

 

El Mensaje del santo padre Francisco para la Cuaresma de este año (en adelante MC 2014), lleva por título: Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Cor 8, 9). Iniciamos un tiempo privilegiado que nos conduce a la celebración del Misterio Pascual. Ello nos exige crecer interiormente y purificarnos de los pecados que nos esclavizan. La penitencia liberadora, el desprendimiento mediante la limosna, el ayuno solidario y la constante e intensa oración, no son algo pasado de moda, sino que tienen máxima actualidad.

Estas semanas cuaresmales tienen como objetivo intensificar la vida del Espíritu. Ello nos va configurando con la pobreza del Dios crucificado que enriqueció a la humanidad con su resurrección. Recorrer este camino nos exige en primer lugar, entrar en la “bodega interior” de nosotros mismos, para no ser dependientes de los ídolos y de los afectos que nos dominan. Es necesario descubrir que la verdadera miseria del hombre está “en no vivir como hijos de Dios y hermanos de los hombres” (MC 2014). Sucede que, si el interior de la persona está corrompido, toda la sociedad está enferma y no puede dar respuesta a las necesidades materiales y sociales de los individuos, y sobre todo a las profundas necesidades del corazón humano.

También, en un segundo momento, este tiempo cuaresmal nos ayuda a desprendernos de la condición mundana y revestirnos del estilo de Dios que “siendo rico, se hizo pobre por vosotros…”. El gran misterio de la encarnación de Dios, marca una manera de pensar, sentir, hablar y vivir muy distinta a la de los hombres de este mundo, que buscan en la riqueza y en el poder la seguridad de sus vidas.

La dinámica de la revelación cristiana es el despojamiento (kenosis). Lo primero que hace el Dios humanado es despojarse de su grandeza, vaciar su amor hacia los hombres, hacerse uno más de nosotros, excepto en el pecado. ¿Todo esto por qué lo hizo? El Papa responde: “la razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama” (MC 2014).

Contemplando esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” del Hijo de Dios crucificado y abandonado, el Obispo de Roma hace una aclaración muy importante: “la miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza” (MC 2014). Esta miseria profunda se manifiesta a tres niveles: material, moral y espiritual. Es necesario abrir el horizonte penitencial de nuestros ayunos, sacrificios y abstinencias, con objeto de ayudar a aquellos que se encuentran esclavizados por las nuevas lacras sociales, donde es tan palpable esa triple y brutal miseria humana de la que habla el Papa. Todo estas carencias nos deben interpelar continuamente, llevándonos “a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas; además nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza” (MC 2014).

Cuanto más auténtica sea la Cuaresma que celebremos, más nos asemejaremos a Jesús, que “al ver a las gentes se compadecía de ellas” (Mt 9, 36). Compadecerse quiere decir ponerse en el lugar del otro: de ese hombre o de esa mujer, que no le encuentra sentido a su vida, que se percibe a sí mismo como abandonado a su propia suerte; de la muchedumbre de solitarios de nuestra sociedad del bienestar, que no necesitan tanto el pan de cada día, como el alimento de la amistad y de la compañía. Pero también de la multitud de los pueblos que viven en la hambruna y en el olvido del poder político y económico, lo que impide un auténtico desarrollo de esos países.

Al mismo tiempo que realizamos esta caridad en la dimensión de la cruz, debemos alimentarnos de esa “otra pobreza” de Cristo que se hace realidad “en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia” (MC 2014). Únicamente los humildes y sencillos de corazón, descubren la importancia de ponerse en paz con Dios y con los hermanos, de manera especial mediante los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía.

Pues bien, renovando nuestra confianza en la victoria de Cristo sobre cualquier mal que oprima al hombre, la Cuaresma nos enseña a acoger la salvación integral que viene del Misterio Pascual. A la vez, por medio de las prácticas cuaresmales, aprendamos a mirar la realidad del mundo y de nosotros mismos con ojos de compasión, como los que tuvo Jesús para con los pobres y para con todos aquellos que se arrepintieron de sus pecados. Francisco, termina su Mensaje invitándonos a que “seamos misericordiosos y agentes de misericordia”.


 | Enviar
S?bado, 08 de marzo de 2014

Discurso del Santo Padre a los párrocos de Roma, el 6 de Marzo de 2014. 
(Zenit.org)

Buen día. Antes de todo tengo que decir que me sentí muy impresionado y compartí el dolor de algunos de ustedes y de todo el presbiterio, por las acusaciones hechas contra un grupo de ustedes, he hablado con algunos de ustedes que fueron acusados y vi el dolor de estas heridas injustas. Una locura, y quiero decirlo públicamente que estoy cerca del presbiterio, porque no son 8 o 15, sino es todo el presbiterio en la persona de estos 7, 8 o 15.

También quiero pedirles disculpas no tanto como obispo vuestro, pero como encargado del servicio diplomático del Papa, porque uno de los acusadores es del servicio diplomático, pero esto no fue olvidado y se estudia el problema, porque esta persona sea alejada de allí, se está buscando la vía. Es un acto grave de injusticia y les pido perdón por esto también.

Cuando junto al cardenal vicario hemos pensado a este encuentro, le dije que habría podido hacer una meditación sobre el tema de la misericordia. Al inicio de la Cuaresma reflexionar juntos, como sacerdotes, sobre la misericordia nos hace bien. Todos nosotros tenemos necesidad y también los fieles, porque como pastores tenemos que darles tanta misericordia, tanta.

La estrofa del Evangelio de Mateo que hemos escuchado nos hace dirigir la mirada a Jesús que camina por la ciudad y los pueblos. Esto es curioso, ¿cuál es el lugar en donde se podía encontrar a Jesús con más frecuencia, con más facilidad? En las calles, podría parecer un 'sin techo' porque siempre en la calle, la vida de Jesús era por la calle.
Sobre todo nos invita a entender la profundidad de su corazón, sea lo que él probaba por las multitudes, por la gente que encuentra: esa actitud interior de 'compasión', viendo las multitudes sintió compasión, porque ve a las personas “cansadas y agotadas, como ovejas sin pastor”. Hemos escuchado tanto estas palabras que a veces no nos entran con fuerza, pero son fuertes. Un poco como a tantas personas que se encuentran hoy por las calles de nuestros barrios. 
Después el horizonte se amplia y vemos que estas ciudades y estas poblaciones no son solamente Roma e Italia, pero son el mundo y esas multitudes enormes son poblaciones de tantos países que están sufriendo situaciones aún más difíciles.

Por tanto, comprendemos que nosotros no estamos aquí para hacer un bonito ejercicio espiritual al inicio de la Cuaresma, sino para escuchar la voz del Espíritu que habla a toda la Iglesia en este nuestro tiempo, que es precisamente el tiempo de la misericordia. También en este tiempo estoy seguro, y no solamente en la cuaresma, nosotros estamos viviendo un tiempo de la misericordia. Desde hace treinta años o más hasta ahora.
En toda la Iglesia es el tiempo de la misericordia. Esta ha sido la intuición del beato Juan Pablo II. Él ha tenido la intuición que este es el tiempo de la misericordia. Pensemos en la beatificación y en la canonización de sor Faustina Kowalska, después introdujo la fiesta de la Divina Misericordia. Y poco a poco ha ido adelante con esto. En la homilía de la canonización que tuvo lugar en el 2000, Juan Pablo II subrayó que el mensaje de Jesucristo a sor Faustina se coloca temporalmente entre dos guerras mundiales y está muy unido a la historia del siglo XX. Y mirando al futuro dijo: "¿Qué nos depararán los próximos años? ¿Cómo será el futuro del hombre en la tierra? No podemos saberlo. Sin embargo, es cierto que, además de los nuevos progresos, no faltarán, por desgracia, experiencias dolorosas. Pero la luz de la misericordia divina, que el Señor quiso volver a entregar al mundo mediante el carisma de sor Faustina, iluminará el camino de los hombres del tercer milenio".

Aquí especifica en el 2000 pero en su corazón maduraba desde hacia tiempo, en su oración, toda esta intuición. Hoy olvidamos todo demasiado rápido, ¡también el Magisterio de la Iglesia! En parte es inevitable, pero los grandes contenidos, las grandes intuiciones y las indicaciones dejadas al Pueblo de Dios no podemos olvidarlas. Y la de la divina misericordia es una de estas. Es una indicación que él nos ha dado. Está en nosotros como ministros de la Iglesia, tener vivo este mensaje sobre todo en la predicación en los gestos, en los signos, en las elecciones pastorales, y por ejemplo la elección de restituir prioridad al sacramento de la reconciliación, y al mismo tiempo a las obras de misericordia. Reconciliar, hacer la paz, con el sacramento, con las palabras pero también con las obras de misericordia.

¿Qué significa misericordia para los sacerdotes?
Me vienen a la mente algunos de vosotros que me han llamado o hablado por teléfonos, o escrito una carta, pero Papa, ¿por qué usted la tiene con los sacerdotes? (ríe) decían que yo regaño a los sacerdotes... No quiero regañar aquí.
¿Qué significa misericordia para los sacerdotes? Preguntémonos qué significa misericordia para un sacerdote, permitidme decir para nosotros sacerdotes. Los sacerdotes se conmueven delante de las ovejas, como Jesús, que veía a la gente cansada y agotada como ovejas sin pastor. Jesús tiene las "vísceras" de Dios. Isaías lo dice mucho, está lleno de ternura hacia la gente, especialmente hacia las personas excluidas, hacia los pecadores, hacia los enfermos que nadie cuida... Así a imagen del Buen Pastor, el sacerdote es un hombre de misericordia y de compasión, cerca de su gente y servidor de todos.

Este es un criterio pastoral que quisiera subrayar mucho, la cercanía, la proximidad. Es el servicio, pero la proximidad, la cercanía. Quien se encuentre herido en la propia vida, en cualquier modo, puede encontrar en él atención y escucha... En particular el sacerdote demuestra entrañas de misericordia en el administrar el sacramento de la reconciliación; lo demuestra en toda su actitud, en la forma de acoger, de escuchar, de aconsejar, de absolver... Pero esto deriva de como él mismo vive el sacramento en primera persona, de como se deja abrazar por Dios Padre en la confesión, y permanecer dentro de este abrazo... Si uno vive esto sobre él en el propio corazón, puede también donarlo a los otros en el ministerio.

Yo os dejo una pregunta: ¿cómo me confieso, me dejo abrazar? Me viene a la mente un gran sacerdote de Buenos Aires, tiene algunos años menos que yo, un gran confesor, tenía siempre cola. Los sacerdotes, la mayoría van confesarse con él, un gran confesor. Una vez vino donde mí, "'tengo un poco' de escrúpulo porque perdono, yo sé que perdono mucho", y hemos hablado de la misericordia, y a un cierto punto me ha dicho: "tú sabes que cuando siento fuerte este escrúpulo después voy a la capilla delante del tabernáculo y digo, tú tienes la culpa porque me has dado un mal ejemplo, y me voy tranquilo". Es una bella oración, es la misericordia. Y si uno en la confesión vive esto sobre él en el propio corazón lo puede dar a los otros.

El sacerdote está llamado a aprender esto, a tener un corazón que se conmueve. Los sacerdotes, me permito la palabra, "asépticos" no ayudan a la Iglesia, los sacerdotes "de laboratorio". La Iglesia hoy podemos pensarla como un "hospital de campo", perdonadme si lo repito pero lo veo así, lo siento así, es necesario curar las heridas. Hay mucha gente herida, por los problemas materiales, por los escándalos, también en la Iglesia... Gente herida de las ilusiones del mundo... Nosotros sacerdotes debemos estar allí, cerca a esta gente. Misericordia significa antes que nada curar las heridas. Cuando uno está herido, necesita en seguida esto, no los análisis; como el nivel de colesterol, el azúcar en sangre, primero la herida, después se harán las curas especializadas, pero primero se deben curar las heridas abiertas. Para mí en este momento es muy importante, también las heridas escondidas ¿eh? porque hay gente que se aleja por no dejar ver las heridas escondidas. Y me viene a la mente la costumbre por la ley mosaica, los leprosos en la época de Jesús que eran siempre alejados. Sientes que se alejan por vergüenza, y se alejan quizá un poco con la cara torcida contra la Iglesia. Pero en fondo, dentro está la herida, quieren una caricia y vosotros queridos hermanos, os pregunto, ¿conocéis las heridas de vuestros parroquianos? ¿Las intuís, estáis cerca de ellos? Es la única pregunta. Misericordia significa: ni manga ancha ni rigidez. Volvemos al sacramento de la reconciliación. Nos sucede a menudo a nosotros sacerdotes, escuchar experiencias de nuestros fieles que nos cuentan que han encontrado en la confesión a un sacerdote muy "estrecho", o muy "largo", laxista o rigorista. Esto no va bien.

Que entre los confesores haya diferencias de estilos es normal, pero estas diferencias no pueden afectar a la sustancia, es decir, la sana doctrina moral y la misericordia. Ni el laxista ni el rigorista da testimonio de Jesucristo, porque ni el uno ni el otro se hace cargo de la persona que encuentra. El rigorista se lava las manos... De hecho la ata a la ley entendida de forma fría y rígida; el laxista se lava las manos, solo aparentemente es misericordioso, pero en realidad no se toma en serio el problema de esa conciencia, minimizando el pecado. La verdadera misericordia se hace cargo de la persona, la escucha atentamente, lo enfoca con respeto y con verdad a la situación, y la acompaña en el camino de la reconciliación. Y esto es cansando sí, realmente. El sacerdote realmente misericordioso se comporta como el Buen Samaritano... pero ¿por qué lo hace? Porque su corazón es capaz de compasión, ¡es el corazón de Cristo!
Sabemos bien que ni el laxismo ni el rigorismo hacen crecer la santidad. Quizá algunos rigoristas parecen santos, santos, pero pensad en Pelagio, después lo hablamos.
No santifican al sacerdote y no santifican al fiel. Ni el laxismo ni el rigorismo. La misericordia sin embargo acompaña al camino de la santidad, la hace crecer... Es demasiado trabajo para un párroco, es verdad, es demasiado trabajo. ¿De qué forma? A través del sufrimiento pastoral, que es una forma de la misericordia. ¿Qué significa sufrimiento pastoral? Quiere decir sufrir para y con las personas, y esto no es fácil, sufrir como un padre y una madre sufren por los hijos. Y me permito decir, también con ansiedad.
Para explicarme os hago también algunas preguntas que me ayudan cuando un sacerdote viene donde mí, y que me ayudan cuando estoy solo delante del Santísimo. Dime, ¿tú lloras? ¿O hemos perdido las lágrimas?
Recuerdo en los misales antiguos, esos de los otros tiempos, había una oración bellísima para pedir el don de las lágrimas, iniciaba así: 'Señor tú que has dado a Moisés el mandato de golpear la piedra para que llegara el agua, golpea la piedra de mi corazón para que vengan las lágrimas' era algo así.

Pero ¿cuántos de nosotros lloramos delante del sufrimiento de un niño, delante de la destrucción de una familia, delante de tanta gente que no encuentra el camino?
Y el llanto de un sacerdote. ¿Tú lloras? ¿O en este presbiterio hemos perdido las lágrimas? ¿Lloras por tu pueblo? ¿Haces la oración de intercesión delante del tabernáculo? ¿Tú luchas con el Señor por tu pueblo, como Abraham ha luchado: Y si fueran menos, si fueran 25, 20. Una oración valiente de intercesión. Nosotros hablamos de parresía de valentía apostólica, pensamos en los planes pastorales, pero la misma parresía es necesaria en la oración. ¿Luchas con el Señor? ¿Discutes con el Señor como hizo Moisés? Cuando el Señor estaba cansado, agotado de su pueblo y decía: 'a estos les destruiré a todos y te haré jefe de otro pueblo' ¿no? 'Si tú destruyes el pueblo destrúyeme también a mí'. Pero estos tenían pantalones y yo hago la pregunta: ¿tenemos los pantalones para luchar con Dios por nuestro pueblo? Y hago otra pregunta: la noche, ¿cómo concluye tu jornada? ¿Con el Señor? ¿O con la televisión? Y veo muchas sonrisas aquí, también yo sonrío. ¿Cómo es tu relación con los que ayudan a ser más misericordiosos? Es decir, ¿cómo es tu relación con los niños, con los ancianos, con los enfermos? ¿Sabes acariciarles o te avergüenzas de acariciar un anciano? No tener vergüenza de la carne de tu hermano. Al final, seremos juzgados sobre cómo hemos sabido acercarnos a "cada carne". Isaías... no os avergoncéis de la carne de vuestro hermano. "Hacerse prójimo", la proximidad, cercanía. Hacerse prójimo a la carne del hermano. El sacerdote y el levita que pasaron antes que el buen samaritano no supieron acercarse a esa persona abatida por los bandidos. Su corazón estaba cerrado, y tenían sus justificaciones. Sin embargo aquel samaritano abre su corazón, quizá el sacerdote ha mirado el reloj y ha dicho 'no puedo llegar tarde a misa...' Muchas veces tomamos las justificaciones para dar la vuelta al problema, a la persona. El otro levita, el doctor de la ley ha dicho 'no puedo hacer esto porque si hago esto mañana tendré que ir con un testigo, perderé tiempo'. Las excusas... Tendrán un corazón cerrado, pero el corazón cerrado se justifica siempre de lo que no hace... Sin embargo el samaritano se deja co_nMover en las entrañas y este movimiento interior se traduce en acción práctica, en una intervención concreta y eficaz para ayudar a esa persona. Al final de los tiempos, será admitido a contemplar la carne glorificada de Cristo solo quien no haya tenido vergüenza de la carne de su hermano herido y excluido.

A mí me hace bien algunas veces leer la lista sobre la cuál seré juzgado, que es Mateo 25. Estas son las cosas que me han venido a la mente para compartir con vosotros. Un poco 'a la buena' como me han venido.

En Buenos Aires, hablo de otro sacerdote que era un confesor famoso, este era sacramentino, casi todo el clero se confesaba con él. Una de las dos veces que fue Juan Pablo II pidió un confesor y fue él. Era anciano, muy anciano, fue el provincial de su orden, profesor, pero siempre confesor. Tenía siempre cola en la Iglesia del Santísimo Sacramento. En aquel tiempo yo era vicario general y vivía en la curia. Cada mañana pronto bajaba al fax para ver si había algo. Era una mañana de Pascua cuando leí el fax del superior de la comunidad: ayer, antes de la vigilia de Pascua falleció el padre Aristi, el funeral será tal día.
Y la mañana de Pascua tenía que ir a comer a la casa de ancianos con los sacerdotes, y después de la comida fui a la Iglesia. Es una iglesia muy grande, con una cripta muy bonita, había solamente dos ancianas y ninguna flor y pensaba: este hombre que ha perdonado tantos pecados al clero de Buenos Aires, incluido yo. Subí y fui a una floristería porque en Buenos Aires hay cruces con floristerías por la calle y compré flores, rosas y volví y comencé a preparar el ataúd con las flores. Y miré el rosario que tenía en la mano, y ese ladrón que tenemos dentro, mientras preparaba las flores tomé la cruz del rosario, una cruz así y con un poco de fuerza la he arrancado, y en ese momento le he mirado y le he dicho: 'dame la mitad de tu misericordia'.
Sentí una cosa fuerte, que me ha dado la valentía de hacer esto y esto. Oración. Y después esa cruz me la metí aquí en el bolsillo. Pero las camisas del Papa no tienen bolsillo, y yo siempre llevo conmigo una bolsa de tela pequeña, y desde ese día y hasta hoy esa cruz está conmigo. Y cuando me viene un mal pensamiento contra alguna persona, la mano se viene aquí siempre, y siento la gracia, y me hace bien. Pero cuánto bien hace el ejemplo de un sacerdote misericordioso, de un sacerdote que se acerca a las heridas.
Si pensáis en vosotros, seguramente habéis conocido muchos sacerdotes, porque los sacerdotes de Italia son buenos, y pienso que si Italia es todavía tan fuerte, no es tanto por nosotros los obispos, sino por los párrocos, los sacerdotes. Y no es un poco de incienso para vosotros sino porque lo siento así. Y la misericordia.
Pensad en tantos sacerdotes que están en el cielo y pedid esta gracia, que os den esa misericordia que han tenido con sus fieles. Y os agradezco mucho por la escucha y por haber venido aquí, y ahora me despido. Debemos rezar el ángelus.

Y después de la oración ha añadido:

Y rezad por mí, por favor, no lo olvidéis.


Publicado por verdenaranja @ 20:52  | Habla el Papa
 | Enviar
Viernes, 07 de marzo de 2014

Reflexión a las lecturas del domingo primero de Cuaresma - A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"

Domingo 1º de Cuaresma A

 En todos los trabajos, ocupaciones, realidades de la vida,  hay épocas de mayor esfuerzo, preocupación, intensidad... Pensemos, por ejemplo, en la agricultura o en los estudios. Lo mismo pasa en la vida cristiana. Ahora, por ejemplo, en este tiempo de Cuaresma: Dentro de unos 40 días celebraremos la Pascua, la fiesta más importante de los cristianos. Y si es la más importante, será la que más y mejor se prepara. ¡Cuánto nos ayudan las lecturas de la Palabra de Dios de este domingo! Podríamos decir que la Liturgia de hoy nos presenta dos hechos de la Historia y un comentario.

En la primera lectura contemplamos cómo nuestros primeros padres sucumben ante la tentación, que se presenta como una trampa, un engaño: “Seréis como Dios”. Es la tentación fundamental del hombre de todos los tiempos: Ocupar en la vida el lugar de Dios. Ser grande y feliz, al margen de Dios o en contra de Dios…

¿Y qué es lo que consiguen nuestros primeros padres? Su desgracia… Meterse en un callejón sin salida: Pudieron alejarse de Dios libremente, con todas sus consecuencias, pero ahora, por si mismos, no pueden volver a Él. Tendrá que venir Dios mismo a salvarlos.

El segundo hecho histórico es la “Tentación del Desierto”. Jesucristo es llevado al desierto por el Espíritu, y allí es tentado por el diablo. La tentación aparece de nuevo como una trampa, un engaño… El diablo tiene un conocimiento perfecto de Jesucristo y de la Sagrada Escritura. Y se atreve a acercarse a Jesús para tentarle.  

Hay comentarios interesantes sobre cada una de las tentaciones. A mí me gusta ir a lo fundamental: El diablo no se anda por las ramas. Va a la raíz de la misión de Jesucristo. Ahora, que va a comenzar su Vida Pública, le presenta, con todos sus halagos, otro tipo de mesianismo, otra forma de ser Mesías. Distinta, por supuesto, de la que el Padre le había encomendado. Es un mesianismo más brillante y más atrayente que el otro, un mesianismo espectacular. Como llegar a convertir las piedras en pan o tirarse por el alero del templo sin  miedo a ningún daño, porque lo recogerían los ángeles; un mesianismo de poder y de gloria, que quedaría garantizado con un pacto con el mismo diablo: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”.

Pero Jesucristo no se deja engañar. Es más fuerte y más sabio que el diablo. Y sale vencedor en la tentación. El enemigo queda derrotado.

La segunda lectura, decíamos, es como un comentario a las otras dos, y nos presenta las consecuencias tan graves que  tuvo el primer pecado y la grandeza de la Redención, por la que hemos conseguido más bienes que los que habíamos perdido por la envidia del diablo. S. Pablo se nos presenta así, como testigo de la existencia de un pecado que no es personal y que se conoce en la Fe de la
Iglesia como “el pecado original”.

Son, pues, muchas las cosas que nos enseñan estas lecturas. Retengamos esa imagen de “Cristo Vencedor”. La Cuaresma es tiempo de lucha y de esfuerzo y, por tanto, de tentación. El Señor nos ofrece en la oración y en los sacramentos, especialmente, en la Eucaristía, alimento y fortaleza sobreabundante para luchar y vencer. Él nos ha dado su Espíritu que nos acompaña, nos impulsa y nos guía. ¡Él es la garantía de nuestra victoria!

 

¡BUENA CUARESMA! ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 19:56  | Espiritualidad
 | Enviar

DOMINGO 1º  DE CUARESMA A   

   MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

        En el camino hacia la Pascua que hemos iniciado, la primera lectura de cada domingo nos irá haciendo recordar los principales acontecimientos de la Historia de la salvación. Comenzamos hoy por la Creación y el pecado original. Recordaremos así como apareció entre los hombres la primera semilla del pecado y del mal.

 

SALMO RESPONSORIAL

        También nosotros somos pecadores; herederos y continuadores de este mal que entró desde el principio en el mundo por el pecado… Expresemos en el salmo nuestro arrepentimiento y pidamos el auxilio de Dios.

 

SEGUNDA LECTURA

        Escuchemos ahora en la segunda Lectura la respuesta salvadora de Dios ante el pecado de los hombres.

 

TERCERA LECTURA

        Jesús sale vencedor de las tentaciones, que tratan de conducirle por el camino de un mesianismo terreno y triunfalista, que tanto atraía a sus discípulos y contemporáneos… Pero Jesús quiere seguir el camino que el Padre le ha trazado y que lleva consigo la contradicción, la persecución y la cruz.

 

COMUNIÓN

        La Comunión es el alimento de los que se esfuerzan y luchan por llevar a la práctica el mensaje de la Palabra de Dios. Al ofrecernos su Cuerpo y su Sangre, Jesucristo nos ofrece auxilio sobreabundante para luchar y vencer como Él.

Decía S. Juan Crisóstomo: “Salimos de esa Mesa como leones espirando llamas, haciéndonos temibles hasta al mismo diablo”.


Publicado por verdenaranja @ 19:51  | Liturgia
 | Enviar

Comentario a la Liturgia dominical - Primer domingo de Cuaresma por el  P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiae de são Paulo (Brasil).  (Zenit.org)

Ciclo A - Textos: Génesis 2, 7-9; 3, 1-7: Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11

Tema: la tentación.

Idea principal: la tentación es compañera de viaje aquí en la tierra.

Resumen del mensaje: Dios por amor crea al hombre y a la mujer para hacerles partícipes de su amor. El enemigo, envidioso del amor que Dios tenía a estas primeras creaturas humanas, les asedió con la más terrible de las tentaciones, la soberbia, “seréis como dioses”, invitándoles a que se desligaran de Dios como él había hecho. Ellos cayeron. Y las consecuencias fueron desastrosas, no sólo para ellos, sino para toda la humanidad, pues de ellos heredamos el pecado original, y los frutos del mismo: pecado y más pecado (primera lectura). Si creció el pecado, más abundante fue la gracia en Cristo Jesús que nos justificó (segunda lectura), venciendo al enemigo y haciéndonos partícipes de su victoria (evangelio).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la tentación de nuestros primeros padres, Adán y Eva, fue diabólica. Nada menos que desterrar a Dios de sus vidas para ser como Dios, sin depender de nadie ni obedecer a nadie. Es el pecado de la soberbia que el enemigo inoculó en las facultades nobles que Dios había puesto en sus primeras creaturas para hacerles partícipes de su amor y ternura: mente para conocer a Dios, voluntad para elegir a Dios y servirle, y corazón para amarlo. La tristeza y la decepción de Dios Padre fue inmensa. No se esperaba eso. No se merecía eso.

En segundo lugar, menos mal que vino Jesús para enseñarnos a luchar contra las tentaciones y para darnos la fuerza para vencerlas. Las tres tentaciones de Jesús abarcan los tres campos atractivos para todos: el ansia de disfrutar, el deseo de vanidad y la ambición del poder. Tentaciones que atentaban su misión como Mesías y Salvador: llevarle a un mesianismo triunfal, fácil, favorable a sí mismo, con prestigio y poder. De todas estas tentaciones Jesús sale vencedor y se mantiene fiel y totalmente disponible al plan salvador de Dios, dándonos el ejemplo a seguir y la gracia para vencer, que pasará por la oración, el sacrificio y los sacramentos.

Finalmente, la Cuaresma es tiempo propicio para ir con Jesús al desierto y fortalecer los músculos de nuestra alma y así estar preparados para los embates de las tentaciones de nuestro enemigo. Nuestras tentaciones tienen el mismo sabor que las de Jesús, pues el enemigo conoce muy bien nuestro talón de Aquiles. ¿Queremos vencer las tentaciones? Aliémonos, como Jesús, a la Palabra de Dios que es espada bien afilada, hagamos ayuno de todo aquello que nos corrompe la voluntad y mancha la afectividad; alimentémonos con los sacramento, y no hagamos caso a las mentiras y propuestas del enemigo.

Para reflexionar: Dice san Agustín: “¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas que venció la tentación? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete a ti mismo victorioso en él”. ¿Cuáles son tus tentaciones más frecuentes? ¿Qué medios pones para vencerlas?

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 19:47  | Espiritualidad
 | Enviar

Reflexiones de Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de San Cristóbal de Las Casas (Zenit.org)

Conversión por los pobres

Por Felipe Arizmendi Esquivel

 VER

Este miércoles 5 de marzo empezamos la Cuaresma, que son 40 días de preparación para celebrar con provecho la muerte y resurrección de Jesús, victoria suya y nuestra sobre el pecado y el mal. La Cuaresma inicia con un símbolo, la ceniza, que nos recuerda que somos polvo, que nuestra vida es frágil y que en cualquier momento puede terminar. Dios nos regala este tiempo, como una gracia y una oportunidad, para reflexionar si vamos por el camino derecho, o por senderos torcidos. Recibir la ceniza es un signo de humildad, porque reconocemos que somos pecadores; por ello, los orgullosos, los engreídos, los autosuficientes, los libertinos, no se acercan; no quieren cambiar de vida.

Algunos hacen consistir su Cuaresma sólo en abstenerse de algún alimento, una golosina, una bebida, en hacer algún pequeño sacrificio, en preparar las escenificaciones del Viernes Santo. Eso es bueno, pero insuficiente. Lo importante es enderezar la vida, es centrarnos en el amor a Dios y al prójimo. El amor a Dios se expresa en la oración, en meditar su Palabra, en recibir los sacramentos, en particular la Eucaristía, y hacer una buena confesión. Esto puede ser más fácil. Lo más difícil es el amor a los demás, empezando por la propia familia; amar a todo ser humano, en especial a los pobres y a cuantos sufren. Si los marginados no experimentan el amor misericordioso de Dios a través de nosotros, quizá nuestra Cuaresma sea mocha, o falsa.

PENSAR

El Papa Francisco nos ha enviado un oportuno mensaje para este tiempo. A partir de las palabras de san Pablo: «Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9), nos alienta a “ser generosos y ayudar a los que pasan necesidad”, para parecernos al amor de Jesús, “un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros”. Por tanto, ser cristiano es seguir el camino de Cristo, es amar. “A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas”.

El Papa distingue tres clases de miserias: la material, la moral y la espiritual. La material es la carencia de lo indispensable para una vida digna. ¿Cuál ha de ser nuestra actitud? “En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir”.

Más preocupante es la miseria moral, “que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente”.

El Papa nos hace caer en la cuenta del peligro de la miseria espiritual, “que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera”.

ACTUAR

Escuchemos la voz de Dios por medio de su Iglesia. Vivir la Cuaresma es enriquecernos de Dios, en la oración, la Palabra y los sacramentos, para contagiarnos de su amor y enriquecer a los pobres con nuestro amor, haciendo cuanto podamos por su felicidad física, moral y espiritual.


Publicado por verdenaranja @ 19:39  | Hablan los obispos
 | Enviar
Jueves, 06 de marzo de 2014

Homilía del Papa en el Miércoles de Ceniza.  05 de marzo de 2014 (Zenit.org)

 

 «Rasgad los corazones y no las vestiduras» 

Con estas penetrantes palabras del profeta Joel, la liturgia nos introduce en la Cuaresma, indicando en la conversión del corazón la característica de este tiempo de gracia. El llamamiento profético constituye un desafío para todos nosotros, ninguno excluido, y nos recuerda que la conversión no se reduce a formas exteriores o a propósitos vagos, sino que implica y transforma toda la existencia a partir del centro de la persona, de la conciencia. Estamos invitados a emprender un camino en el cual, desafiando la rutina, nos esforzamos en abrir los ojos y los oídos, pero sobre todo el corazón, para ir más allá de nuestro pequeño huerto.

Abrirse a Dios y a los hermanos. Sabemos que en un mundo cada vez más artificial, nos hace vivir en una cultura del "hacer", del "útil", donde sin darnos cuentas excluimos a Dios de nuestro horizonte. Y excluímos el horizonte mismo.

La Cuaresma nos llama a "despertarnos", a recordarnos que somos criaturas, simplemente que no somos Dios. Cuando yo miro el pequeño ambiente cotidiano y veo una lucha de poder por espacios pienso: esta gente juega a Dios creador, y aún no se han dado cuenta que no son Dios.

Y también hacia los otros arriesgamos cerrarnos, olvidarlos. Pero solo cuando las dificultades y los sufrimientos de nuestros hermanos nos interpelan, solamente entonces podemos iniciar nuestro camino de conversión hacia la Pascua.

Es un itinerario que incluye la cruz y la renuncia. El Evangelio de hoy indica los elementos de este camino espiritual: la oración, el ayuno y la limosna. Los tres implican la necesidad de no dejarse dominar de las cosas que aparecen: lo que cuenta no es la apariencia; el valor de la vida no depende de la aprobación de los otros o del éxito, sino de lo que tenemos dentro.

El primer elemento es la oración. La oración es la fuerza del cristiano y de cada persona creyente. En la debilidad y en la fragilidad de nuestra vida, podemos dirigirnos a Dios con confianza de hijos y entrar en comunión con Él.

Delante de tantas heridas que nos hacen mal y que nos podrían endurecer el corazón, estamos llamados a zambullirnos en el mar de la oración, que es el mar del amor sin límites de Dios, para disfrutar de su ternura.

La Cuaresma es tiempo de oración, de una oración más intensa, más asidua, más capaz de hacerse cargo de las necesidades de los hermanos, de interceder delante de Dios por tantas situaciones de pobreza y de sufrimiento.

El segundo elemento calificador del camino cuaresmal es el ayuno. Debemos estar atentos para no practicar un ayuno formal, o que en verdad nos "sacia" porque nos hace sentir bien. El ayuno tiene sentido si verdaderamente afecta a nuestra seguridad, y también si se consigue un beneficio para los otros, si nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se arrodilla ante su hermano en dificultad y se encarga de él. El ayuno implica la elección de una vida sobria, que no desecha, que no "descarta". Ayunar nos ayuda a entrenar el corazón en la esencialidad y el compartir. Es un signo de toma de conciencia y de responsabilidad frente a las injusticias, a los acosos, especialmente en lo relacionado con los pobres y los pequeños, y es signo de la confianza que ponemos en Dios y en su providencia.

El tercer elemento es la limosna: ésta indica la gratuidad, porque en la limosna se da a alguien del que no se espera recibir nada a cambio. La gratuidad debería ser una de las características del cristiano, que consciente de haber recibido todo de Dios gratuitamente, es decir sin ningún mérito, aprende a donar a los otros gratuitamente.

Hoy a menudo la gratuidad no forma parte de la vida cotidiana, donde todo se vende y se compra. Todo es calculado y medido. La limosna nos ayuda a vivir la gratuidad del don, que es libertad de la obsesión de posesión, del miedo a perder lo que se tiene, de la tristeza de quien no quiere compartir con los otros el propio bienestar.

Con sus invitaciones a la conversión, la Cuaresma viene providencialmente a despertarnos, a sacudirnos del letargo, del riesgo de ir adelante por inercia. La exhortación que el Señor nos dirige por medio del profeta Joel es fuerte y clara: "Volved a mí con todo el corazón".

¿Por qué debemos volver a Dios? ¡Porque algo no va bien en nosotros, no va bien en la sociedad, en la Iglesia y necesitamos cambiar, dar un cambio, y esto se llama tener necesidad de convertirnos! Una vez más la Cuaresma viene a dirigir su llamada profética, para recordarnos que es posible realizar algo nuevo en nosotros mismos y en torno a nosotros, sencillamente porque Dios es fiel, Él es siempre fiel porque no puede renegar de sí mismo, y porque es fiel continúa a ser rico en bondad y misericordia, y está siempre preparado para perdonar y comenzar de nuevo. ¡Con esta confianza filial, pongámonos en camino!


Publicado por verdenaranja @ 16:41  | Habla el Papa
 | Enviar

Reflexión de josé Antonio Pagola al evangelio del domingo primero de Cuaresma - A

NUESTRA GRAN TENTACIÓN        

         La escena de “las tentaciones de Jesús” es un relato que no hemos de interpretar ligeramente. Las tentaciones que se nos describen no son propiamente de orden moral. El relato nos está advirtiendo de que podemos arruinar nuestra vida, si nos desviamos del camino que sigue Jesús.

         La primera tentación es de importancia decisiva, pues puede pervertir y corromper nuestra vida de raíz. Aparentemente, a Jesús se le ofrece algo bien inocente y bueno: poner a Dios al servicio de su hambre. “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.

         Sin embargo, Jesús reacciona de manera rápida y sorprendente: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de boca de Dios”. No hará de su propio pan un absoluto. No pondrá a Dios al servicio de su propio interés, olvidando el proyecto del Padre. Siempre buscará primero el reino de Dios y su justicia. En todo momento escuchará su Palabra.

         Nuestra necesidades no quedan satisfechas solo con tener asegurado nuestro pan. El ser humano necesita y anhela mucho más. Incluso, para rescatar del hambre y la miseria a quienes no tienen pan, hemos de escuchar a Dios, nuestro Padre, y despertar en nuestra conciencia el hambre de justicia, la compasión y la solidaridad.

         Nuestra gran tentación es hoy convertirlo todo en pan. Reducir cada vez más el horizonte de nuestra vida a la mera satisfacción de nuestros deseos; hacer de la obsesión por un bienestar siempre mayor o del consumismo indiscriminado y sin límites el ideal casi único de nuestras vidas.

         Nos engañamos si pensamos que ese es el camino a seguir hacia el progreso y la liberación. ¿No estamos viendo que una sociedad que arrastra a las personas hacia el consumismo sin límites y hacia la autosatisfacción, no hace sino generar vacío y sinsentido en las personas, y egoísmo, insolidaridad e irresponsabilidad en la convivencia?

         ¿Por qué nos estremecemos de que vaya aumentando de manera trágica el número de personas que se suicidan cada día? ¿Por qué seguimos encerrados en nuestro falso bienestar, levantando barreras cada vez más inhumanas para que los hambrientos no entren en nuestros países, no lleguen hasta nuestras residencias ni llamen a nuestra puerta?

         La llamada de Jesús nos puede ayudar a tomar más conciencia de que no sólo de bienestar vive el hombre. El ser humano necesita también cultivar el espíritu, conocer el amor y la amistad, desarrollar la solidaridad con los que sufren, escuchar su conciencia con responsabilidad, abrirse al Misterio último de la vida con esperanza.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora NUEVAS NOTICIAS
9 de Marzo 2014
1º de Curesma - A
Mt 4, 1-11


Publicado por verdenaranja @ 16:32  | Espiritualidad
 | Enviar
Mi?rcoles, 05 de marzo de 2014

Texto de la catequesis del Papa en la audiencia del miércoles de Ceniza, 5 de Marzo de 2014. (AICA)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Comienza hoy, miércoles de Ceniza, el camino cuaresmal de cuarenta días que nos llevará al Triduo Pascual, recuerdo de la pasión, muerte y resurrección del Señor, corazón, centro, del misterio de nuestra salvación. La Cuaresma nos prepara a este momento tan importante, y por eso la Cuaresma es un tiempo "fuerte", un punto de inflexión que puede favorecer en cada uno de nosotros el cambio, la conversión. Todos nosotros necesitamos mejorar, cambiar a mejor, y la Cuaresma nos ayuda a salir de las costumbres cansadas y de la perezosa adicción al mal que nos insidia. En el tiempo cuaresmal, la Iglesia nos dirige dos importantes invitaciones: tomar conciencia más viva de la obra redentora de Cristo; vivir con mayor compromiso el propio Bautismo.

La conciencia de las maravillas que el Señor ha obrado por nuestra salvación dispone nuestra mente y nuestro corazón a una actitud de gratitud a Dios por lo que Él nos dio, por todo lo que realiza a favor de su Pueblo y de la entera el humanidad. Desde aquí comienza nuestra conversión: ésta es la respuesta agradecida al misterio estupendo del amor de Dios. Cuando nosotros vemos este amor que Dios tiene por nosotros, sentimos el deseo de acercarnos a Él y ésta es la conversión.

Vivir a fondo el Bautismo –aquí está la segunda invitación– significa no acostumbrarnos a las situaciones de degradación y miseria que nos encontramos caminando por las calles de nuestras ciudades y nuestros países. Existe el riesgo de aceptar pasivamente ciertos comportamientos y de no asombrarnos ante las tristes realidades que nos rodean. Nos acostumbramos a la violencia, como si se tratara de una noticia diaria asumida; nos acostumbramos a los hermanos y hermanas que duermen en la calle, que no tienen un techo donde refugiarse. Nos acostumbramos a los prófugos en busca de libertad y dignidad, que no son acogidos como se debería. Nos acostumbramos a vivir en una sociedad que pretende prescindir de Dios, en la que los padres ya no enseñan a sus hijos a orar ni a hacerse la señal de la cruz. Y yo les pregunto: sus hijos, sus niños, ¿saben hacerse el signo de la cruz? Piensen: ¿sus nietos saben hacerse el signo de la cruz? ¿Les enseñaron a hacerlo? Piensen y contesten en su corazón. ¿Saben rezar el Padrenuestro? ¿Saben rezar a la Virgen con el Avemaría? Piensen y respóndanse a ustedes mismos. ¡Este acostumbrarnos a comportamientos no cristianos y cómodos nos narcotiza el corazón!

La Cuaresma llega a nosotros como un tiempo providencial para cambiar de rumbo, para recuperar la capacidad de reaccionar frente a la realidad del mal que siempre nos desafía. La Cuaresma se vive como un tiempo de conversión, de renovación personal y comunitaria mediante el acercamiento a Dios y la adhesión confiada al Evangelio. De este modo nos permite mirar con ojos nuevos a los hermanos y a sus necesidades. Por esto la Cuaresma es un momento favorable para convertirse al amor a Dios y al prójimo; un amor que sepa hacer propio la actitud de gratuidad y de misericordia del Señor, el cual “se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza”. Meditando los misterios centrales de la fe, la pasión, la cruz y la resurrección de Cristo, nos daremos cuenta de que el don sin medida de la Redención se nos dio por la iniciativa gratuita de Dios.

Acción de gracias a Dios por el misterio de su amor crucificado; fe auténtica, conversión y apertura del corazón a los hermanos: estos son los elementos esenciales para vivir el tiempo de Cuaresma. En este camino, queremos invocar con particular confianza la protección y la ayuda de la Virgen María: que sea Ella, la primera creyente en Cristo, la que nos acompañe en los días de oración intensa y penitencia, para llegar a celebrar purificados y renovados en el espíritu, el gran misterio de la Pascua de su Hijo. ¡Gracias! +


Publicado por verdenaranja @ 22:10  | Habla el Papa
 | Enviar

Homilía monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 8º domingo durante el año (2 de marzo 2014) (AICA)

La avaricia y el trabajo esclavo

El texto de este domingo (Mt. 6, 24-34) nos plantea que nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. “No se puede servir a Dios y al dinero”. En realidad, el texto hace una reflexión sobre un tema que a veces queda marginado de nuestro estilo de vida que es la providencia, o bien, el sabernos cuidados por Dios, el tenerlo a Él como absoluto en nuestra vida. En general, cuando Dios no está en nuestro corazón corremos el riesgo de poner otros absolutos como es el caso del tener o el poder. En la misma Palabra de Dios se nos enseña a no equivocarnos poniendo todo nuestro esfuerzo en “acumular bienes”, porque nadie sabe si estará al día siguiente: “¿Quién de Ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un sólo instante al tiempo de su vida?” (Mt. 6, 27).

Es importante señalar que en la perspectiva cristiana, a diferencia de otras creencias religiosas, no hay un desprecio de los bienes materiales, ni del uso de los mismos. Sí se nos enseña que no debemos poner nuestro corazón en el tener y en el poder, sino que debemos entenderlos como “dones” de Dios, que los podamos multiplicar y usar para servir, y administrarlos teniendo en cuenta a los demás. En este contexto es clave entender la comunión de bienes, el ejercicio de la caridad cristiana, y el valor de la justicia.

Muchas de las desproporciones sociales y situaciones de injusticia son dadas porque algunos acaparan riquezas sin considerar a los demás, e incluso dañando a otros en su dignidad. Es escandaloso que en pleno siglo XXI tengamos tantas situaciones de aquello que hoy es llamado “trabajo esclavo”. Sabemos que en nuestra patria se dan muchas de estas situaciones de diversas maneras, y fundamentalmente en nuestros jóvenes explotados sobre todo en zonas rurales. Situaciones de explotación que quedan en profundos pozos de silencio donde la justicia, el sindicalismo y el Estado no están presentes.

Este no es un tema exclusivo de nuestra patria, por eso, el documento de Aparecida hace algunas referencias que lamentablemente se dan en nuestro continente en relación a estos desequilibrios sociales. Dicho documento señala algunos beneficios que comportan el fenómeno de la globalización, pero también se señalan algunos riesgos: si bien la globalización es un logro para la familia humana, no obstante estos avances también la globalización comporta el riesgo de los grandes monopolios convirtiendo el lucro en valor supremo”… “como en todos los campos de la actividad humana, la globalización debe dirigirse también por la ética, poniendo todo al servicio de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios. Conducida por una tendencia que estimula el lucro y la competencia, la globalización sigue una dinámica de concentración de poder y de riquezas en manos de pocos, no sólo de los recursos físicos y monetarios, sino sobre todo en la información y de los recursos humanos, aumentando las desigualdades que marcan tristemente nuestro continente y que mantienen en pobreza a multitud de personas. Por eso, es necesario que los empresarios asuman su responsabilidad de crear más fuentes de trabajo y de invertir en la superación de esta nueva pobreza”. (60-62)

Es cierto que en la raíz de estos profundos desequilibrios, se encuentra “la avaricia” que pone su corazón en la absolutización del tener o del poder que no reconoce a Dios como “Señor”, y lo remplaza venerando ídolos. El Evangelio de este domingo nos da luz sobre estos temas y nos dice: “Busquen primero el Reino y su justicia y todo lo demás se le dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción” (Mt. 6, 33-34).

Tanto los cristianos como la gente de bien tendremos que revisar dónde tenemos nuestro corazón. La avidez daña, genera odio y violencia; por el contrario, una justa valoración del poder y tener, aún mejor la comprensión de éstos como dones, nos permiten ser generadores de justicia y solidaridad social.

Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas


Publicado por verdenaranja @ 22:02  | Hablan los obispos
 | Enviar
Martes, 04 de marzo de 2014

El papa Francisco firmará el decreto de canonización del jesuita beato José de Anchieta el próximo 2 de abril. El mismo Papa lo comentó a tres sacerdotes canarios, los padres Diego y Cristóbal Rodríguez, e Higinio Sánchez, que habían participado en la Eucaristía que presidió el viernes 28 el obispo de Roma en la capilla de Santa Marta. Ahora corresponde a la Santa Sede definir la fecha para la canonización. (AICA)

Misionero jesuita nacido en la localidad tinerfeña de San Cristóbal de la Laguna en 1534, dedicó su vida a la evangelización y defensa de los derechos de los indígenas brasileños. Fue fundador de San Pablo, cofundador de Río de Janeiro y de las Reducciones del Paraguay. Poeta, escritor y lingüista, su destacado aporte a las lenguas nativas lo convierte en uno de los principales representantes de la cultura brasileña.

José de Anchieta nació el 19 de marzo de 1534 en San Cristóbal de la Laguna, en la isla de Tenerife. Su padre, Juan de Anchieta, era un vasco originario de Urrestilla, Azpeitia, tierra de San Ignacio de Loyola, con cuya familia estaba emparentado. Su madre, Mencia Díaz de Clavijo, era natural de Las Palmas y descendiente de la nobleza canaria.

En 1548 José de Anchieta y su hermano partieron hacia Portugal para estudiar en la Universidad de Coimbra, regenteada por la Compañía de Jesús y una de las más prestigiosas de la época. En 1550, el padre Simón Rodrígues SJ, Provincial de Portugal y uno de los primeros compañeros de San Ignacio, lo admitió en la Compañía de Jesús. Animado por la lectura de las Cartas que enviaba Francisco Javier desde la India, Anchieta deseaba ser misionero.

Misionero en Brasil
Termina el noviciado a los 19 años y, pese a sus problemas de salud, es destinado a las Misiones del Brasil. El 13 de julio de 1553 llegó al puerto de Bahía. Así comenzó una vida apostólica extraordinaria e intensa, que desarrolló en gran parte con el padre Manuel de Nóbrega SJ, Provincial del Brasil, con quien compartió una profunda amistad.

Su primer destino fue la Capitanía de San Vicente, donde vivían la mayor parte de los jesuitas del Brasil. Camino de San Vicente, José vive una de sus primeras aventuras. La embarcación en la que viaja sufre daños y debe refugiarse en la costa. Establecen contacto con los indígenas y, mientras dura la reparación de la nave, el joven jesuita aprovecha para aprender la lengua tupí. Aquellos días de obligada parada, mientras se acostumbra a comer los productos del lugar, pone todas sus habilidades en aprender la lengua y las costumbres de los pobladores indígenas, algo que será fundamental para toda su labor en Brasil.

El 25 de enero de 1554 formó parte del grupo de portugueses que en Piratininga fundaron la actual ciudad metrópoli de San Pablo. Allí José de Anchieta construye una maloca, una casa tradicional comunitaria destinada a centro misionero, que se convirtió en lugar de atención y asentamiento para los indígenas. Se les ofrecía instrucción en carpintería y artesanía, y los pequeños aprendían a leer y escribir. Por su parte, Anchieta aprendió de los indígenas técnicas curanderas, botánica y las propiedades de las plantas, que empieza a utilizar tanto para uso medicinal como para obtener fibras para fabricar alpargatas y piezas artesanales. También anima la construcción de casas de barro y ladrillo.

Poeta, escritor y lingüista
Rápidamente llega a dominar la lengua indígena. Prepara la primera gramática de la lengua tupí, que servirá para su aprendizaje por sus compañeros y que constituye un gran aporte, y se convierte en “misionero de misioneros”. Se le atribuye también la creación y traducción de tres catecismos y otras obras sobre la realidad del país y de los pueblos indígenas. Anchieta es también poeta y dramaturgo, y escribió en latín, español, portugués y tupí. La Academia Brasileña de Letras y el Instituto Histórico y Geográfico Brasileño lo consideran entre las grandes figuras de la cultura del Brasil.

Mediador por la paz
En abril de 1563 emprende, junto con el provincial jesuita padre Manuel de Nóbrega SJ, una expedición para preservar la paz con la federación de los indios tamoios. Nóbrega y Anchieta se internan en terreno indio y se presentan en Iperui, donde vive el principal cacique tamoio: Caoquira. Lo vivido por los dos compañeros jesuitas en aquel tiempo entre los tamoios es una historia llena de esfuerzos de diálogo, peligros y amenazas, aprendizaje y santidad. Todos los intentos acabaron fracasando, pero Anchieta se lleva de su tiempo con los tamoios el Poema a la Virgen, escrito sobre la arena de la playa y memorizado por él mismo, y la admiración y amistad de algunos de los más importantes caciques. Será el propio Cuñanbebe, uno de los más aguerridos jefes indígenas, el que lo devuelva a San Vicente después de varios meses de cautiverio.

Poco después se desplaza a la bahía de Guanabara donde los franceses, aliados con los tamoios, se hacen fuertes contra los portugueses. Durante las batallas, Anchieta no para de atender a heridos de ambos bandos.

José de Anchieta se convirtió en un defensor de los derechos de los aborígenes y mestizos, y predicó contra las cacerías de indios y el mercado de esclavos. En 1566 es ordenado sacerdote y vuelve a Río donde ya se había fundado la misión de San Sebastián. Allí, junto a Nóbrega, que por entonces es un anciano, Anchieta funda un colegio.

En 1577 fue nombrado Provincial y, a lo largo de ocho años, recorrió repetidas veces el inmenso territorio de su país. La atención y auxilio de enfermos y moribundos fue una de sus grandes preocupaciones. Siendo Provincial envía al Paraguay a los primeros misioneros que formarán el núcleo original de la famosas Reducciones.

Murió el 9 de junio de 1597 en Reritinga, hoy ciudad Anchieta en su honor. El pueblo y la Iglesia del Brasil lo consideraron siempre como su gran evangelizador. El 22 de junio de 1980 fue beatificado por Juan Pablo II.+

 


 | Enviar

Reflexión de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el programa "Claves para un Mundo Mejor" (1 de marzo de 2014) (AICA)

Educar en la vocación al matrimonio para siempre

Mis queridos amigos es un gusto estar con ustedes cada semana y hoy quisiera compartir algo que vengo pensando últimamente y que tiene que ver con la promoción de las vocaciones.

Cuando uno habla de esta manera, habla de promoción de las vocaciones, piensa espontáneamente en la vocación sacerdotal, en la vocación a la consagración religiosa y hay mucho para pensar, sobre todo para hacer en este campo, sabemos que hay muchas regiones de la Iglesia, también en la Argentina, con penuria de sacerdotes. Es decir no son los suficientes para la evangelización que queremos impulsar.

Lo mismo pasa con las congregaciones religiosas pues algunas tienen que dejar sus obras por falta de personal. Es decir, es una situación difícil y esto requiere de mucha oración y pensar en serio como podemos hacer para despertar en los chicos la inquietud, de modo que el Señor les conceda esa gracia de querer consagrarse totalmente a Él para el bien de la Iglesia.

Pero hoy quisiera hablarles de otra vocación, que no suele enfocarse de esta manera: me refiero a la vocación al matrimonio y a la familia cristiana. Y se me ocurre esto porque todo el mundo sabe que hoy día los casamientos son muchos menos que antes, hay muchísima gente que no se casa, no solo por la Iglesia sino tampoco por el civil.

Se ha convenido en que lo mismo da casarse que convivir. Más aún, lo de casarse tiene una cierta formalidad, además requiere un compromiso que no se sabe si se va a poder mantener. Entonces muchos jóvenes se conforman con convivir. De hecho uno ve que muchos llegan a casarse en la Iglesia y son los hijos los que llevan los anillos, como hacían antes los padrinos o los amigos. Bendito sea Dios que se llega finalmente a comprender el sentido del matrimonio como fuente y sostén de la familia.

Pero entonces yo digo: nosotros tenemos que hablar a los niños y a los adolescentes del matrimonio y de la familia cristiana como una vocación. Es decir, no simplemente como una inclinación natural donde por supuesto el matrimonio responde a una inclinación natural pero como una realidad superior, de decisión, de libertad y como algo fundamental para la estructura de la sociedad.

Con mayor razón si pensamos en el matrimonio cristiano que es un Sacramento de la nueva alianza que otorga la gracia para criar los hijos y para hacerse presente con la fe en la sociedad. Hay una vocación específica al matrimonio y a la familia. Y de eso hay que hablarles a los niños y hay que hablarles a los adolescentes y a los jóvenes.

Para concluir mi pensamiento: me dio una gran alegría ver como el pasado 14 de febrero, Día de San Valentín, Día de los Enamorados como le llaman ahora, el Papa Francisco reunió en la Plaza de San Pedro a miles de parejas de novios, creo que eran más de 10.000 parejas, que van a casarse este año.

Y el Papa los convocó precisamente a prepararse a ese compromiso para siempre en el Día de los Enamorados pero sabiendo que el enamoramiento es una cosa que puede pasar. No es lo mismo el enamoramiento que el amor. No es lo mismo estar enamorado que querer a una persona con toda el alma, con la inteligencia y la voluntad, con una libertad generosa y empeñada y para siempre.

El Papa Francisco insistió sobre todo en eso, que se preparen para ese compromiso que ellos deben contraer para siempre.

De eso me parece que tenemos que hablar a nuestros chicos, sobre todo a los chicos de nuestras parroquias y de nuestros colegios, que sepan antes de enredarse en esta problemática de hoy día para lo cual todo vale y todo es lo mismo, que sepan que existe un camino en el cual Jesús nos conduce para que nosotros podamos cumplir en nuestra perspectiva personal con el plan de salvación.

Es decir el sacramento del matrimonio y la familia cristiana se incluyen en este designio salvífico de Dios. Es una realidad preciosa para la Iglesia y para la sociedad. Basta pensar que distinto sería todo si los que se casan tienen esta perspectiva en vista y si lo hacen de esta manera, con toda el alma y para siempre.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata


Publicado por verdenaranja @ 21:10  | Hablan los obispos
 | Enviar
Lunes, 03 de marzo de 2014

Texto del discurso del Papa Francisco con motivo de la visista Ad limina de los obispos españoles  (Lunes, 03 Marzo 2014)  

 
Queridos hermanos, agradezco las palabras que me ha dirigido en nombre de todos el Presidente de la Conferencia Episcopal Española, y que expresan vuestro firme propósito de servir fielmente al Pueblo de Dios que peregrina en España, donde arraigó muy pronto la Palabra de Dios, que ha dado frutos de concordia, cultura y santidad. Lo queréis resaltar de manera particular con la celebración del ya cercano V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús, primera doctora de la Iglesia.

Ahora que estáis sufriendo la dura experiencia de la indiferencia de muchos bautizados y tenéis que hacer frente a una cultura mundana, que arrincona a Dios en la vida privada y lo excluye del ámbito público, conviene no olvidar vuestra historia. De ella aprendemos que la gracia divina nunca se extingue y que el Espíritu Santo continúa obrando en la realidad actual con generosidad. Fiémonos siempre de Él y de lo mucho que siembra en los corazones de quienes están encomendados a nuestros cuidados pastorales (Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 68).

A los obispos se les confía la tarea de hacer germinar estas semillas con el anuncio valiente y veraz del evangelio, de cuidar con esmero su crecimiento con el ejemplo, la educación y la cercanía, de armonizarlas en el conjunto de la «viña del Señor», de la que nadie puede quedar excluido. Por eso, queridos hermanos, no ahorréis esfuerzos para abrir nuevos caminos al evangelio, que lleguen al corazón de todos, para que descubran lo que ya anida en su interior: a Cristo como amigo y hermano.

No será difícil encontrar estos caminos si vamos tras las huellas del Señor, que «no ha venido para que le sirvan, sino para servir» (Mc 10, 45); que supo respetar con humildad los tiempos de Dios y, con paciencia, el proceso de maduración de cada persona, sin miedo a dar el primer paso para ir a su encuentro. Él nos enseña a escuchar a todos de corazón a corazón, con ternura y misericordia, y a buscar lo que verdaderamente une y sirve a la mutua edificación.

En esta búsqueda, es importante que el obispo no se sienta solo, ni crea estar solo, que sea consciente de que también la grey que le ha sido encomendada tiene olfato para las cosas de Dios. Especialmente sus colaboradores más directos, los sacerdotes, por su estrecho contacto con los fieles, con sus necesidades y desvelos cotidianos. También las personas consagradas, por su rica experiencia espiritual y su entrega misionera y apostólica en numerosos campos. Y los laicos, que desde las más variadas condiciones de vida y respectivas competencias llevan adelante el testimonio y la misión de la Iglesia (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen gentium, 33).

Asimismo, el momento actual, en el que las mediaciones de la fe son cada vez más escasas y no faltan dificultades para su transmisión, exige poner a vuestras Iglesias en un verdadero estado de misión permanente, para llamar a quienes se han alejado y fortalecer la fe, especialmente en los niños. Para ello no dejéis de prestar una atención particular al proceso de iniciación a la vida cristiana. La fe no es una mera herencia cultural, sino un regalo, un don que nace del encuentro personal con Jesús y de la aceptación libre y gozosa de la nueva vida que nos ofrece. Esto requiere anuncio incesante y animación constante, para que el creyente sea coherente con la condición de hijo de Dios que ha recibido en el bautismo.

Despertar y avivar una fe sincera, favorece la preparación al matrimonio y el acompañamiento de las familias, cuya vocación es ser lugar nativo de convivencia en el amor, célula originaria de la sociedad, transmisora de vida e iglesia doméstica donde se fragua y se vive la fe. Una familia evangelizada es un valioso agente de evangelización, especialmente irradiando las maravillas que Dios ha obrado en ella. Además, al ser por su naturaleza ámbito de generosidad, promoverá el nacimiento de vocaciones al seguimiento del Señor en el sacerdocio o la vida consagrada.

El año pasado publicasteis el documento “Vocaciones sacerdotales para el siglo XXI”, señalando así el interés de vuestras Iglesias particulares en la pastoral vocacional. Es un aspecto que un obispo debe poner en su corazón como absolutamente prioritario, llevándolo a la oración, insistiendo en la selección de los candidatos y preparando equipos de buenos formadores y profesores competentes.

Finalmente, quisiera subrayar que el amor y el servicio a los pobres es signo del Reino de Dios que Jesús vino a traer (Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 48). Sé bien que, en estos últimos años, precisamente vuestra Caritas – y también otras obras benéficas de la Iglesia – han merecido gran reconocimiento, de creyentes y no creyentes. Me alegra mucho, y pido al Señor que esto sea motivo de acercamiento a la fuente de la caridad, a Cristo que «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos» (Hch 10, 38); y también a su Iglesia, que es madre y nunca puede olvidar a sus hijos más desfavorecidos. Os invito, pues, a manifestar aprecio y a mostraros cercanos a cuantos ponen sus talentos y sus manos al servicio del «programa del Buen Samaritano, el programa de Jesús» (Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, 31b).

Queridos hermanos, ahora que estáis reunidos en la Visita ad limina para manifestar los lazos de comunión con el Obispo de Roma (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen gentium, 22), deseo agradeceros de todo corazón vuestro servicio al santo pueblo fiel de Dios. Seguid adelante con esperanza. Poneos al frente de la renovación espiritual y misionera de vuestras Iglesias particulares, como hermanos y pastores de vuestros fieles, y también de los que no lo son, o lo han olvidado. Para ello, os será de gran ayuda la colaboración franca y fraterna en el seno de la Conferencia Episcopal, así como el apoyo recíproco y solícito en la búsqueda de las formas más adecuadas de actuar.

Os pido, por favor, que llevéis a los queridos hijos de España un especial saludo del Papa, que los confía a los maternos cuidados de la Santísima Virgen María, les suplica que recen por él y les imparte su Bendición.

Vaticano, 3 de marzo de 2014


Publicado por verdenaranja @ 20:30  | Habla el Papa
 | Enviar

Texto el micro radial de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz, emitido por LT9 (3 de marzo de 2014)

Comienzo de la Cuaresma 
 
El próximo 5 de marzo, Miércoles de Ceniza, comenzamos el Tiempo de Cuaresma como preparación a la Pascua. La Iglesia nos acompaña en la liturgia a disponer nuestro corazón a un encuentro siempre nuevo con el Señor. La preparación es algo importante que no siempre valoramos; cuando falta una debida preparación nuestras vivencias y proyectos pierden profundidad. Esto se debe a que nuestra condición humana necesita disponer de su inteligencia, voluntad y sentimientos. La sabia pedagogía de la liturgia nos propone un tiempo especial para ello. Es un tiempo orientado a reflexionar en la vida y la palabra de Jesucristo. En él se ilumina el misterio de la vida del hombre (cfr. GS. 22). Jesucristo no es una referencia cultural, sino nuestra verdad y nuestro camino: hemos sido creados a su “imagen y semejanza”. No estamos ante una idea sino ante una Persona. Dirijamos en este tiempo nuestra mirada a Jesucristo para reencontrarnos con nosotros mismos. Él nos libera de ese encierro egoísta que nos esclaviza porque nos abre a Dios y a nuestros hermanos.

En este marco de preparación al encuentro con el Señor comprendemos mejor las recomendaciones que nos hace san Mateo, sobre la limosna, la oración y el ayuno. Estas prácticas cuaresmales tienen una profunda significación humana y espiritual. La limosna nos habla de la caridad y la humildad: “cuando des limosna, no lo vayas pregonando, como hacen los hipócritas, nos dice, que tu mano izquierda ignore lo que da la derecha” (Mt. 6, 2-3). La referencia primera es Dios que es amor y “que ve en lo secreto”. Cuánta hipocresía hay en aparentes limosnas que buscan el lucimiento de quién la hace. O, en otros casos, cuando lo que se entrega no proviene de algo limpio sino de sobrantes de algo sucio. La limosna es un acto de amor que no se mide por la cantidad sino por la intención y honestidad, sólo tiene a Dios como testigo. La limosna no es para tranquilizar la conciencia, sino expresión de una conciencia que busca la reconciliación en la caridad. Ella ayuda a quién la recibe y eleva a quién la practica.

La oración nace también en un acto de humildad, que es testimonio de nuestra conciencia de hijos y de búsqueda de Dios: “Cuando oren, no hagan como los hipócritas, nos dice, a ellos le gusta orar para ser vistos. Tú, en cambio, cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que ve en lo secreto”. Es en este contexto que el Señor nos enseña la oración del Padre Nuestro. La oración cristiana, como vemos, no es una práctica subjetiva de dominio donde el hombre es un fin en si mismo, sino el acto libre de una criatura que reconoce su condición de hijo frente a Dios y de hermanos con los demás. La oración, que nace de la libertad del amor de un hijo, se convierte en fuente de alegría y de paz. El ayuno, también se relaciona con Dios y la caridad: “Cuando ayunen, no hagan como los hipócritas… Tú, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres sino por tu Padre que ve en lo secreto” (Mt. 6, 16-18). Aquello de lo que me privo en el ayuno lo debo orientar a la caridad, al necesitado, al pobre. Al tiempo que el ayuno es una práctica de penitencia es un testimonio de amor. Como vemos, no se puede comprender el camino cuaresmal sino lo vivimos desde el amor, la humildad y el servicio.

Deseándoles el comienzo de una Santa Cuaresma, reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor y María Santísima.


Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz.


Publicado por verdenaranja @ 20:09  | Hablan los obispos
 | Enviar

Como cada domingo, el papa Francisco rezó la oración del ángelus desde la ventana de su estudio en el Palacio Apostólico, ante una multitud que le atendía en la Plaza de San Pedro. (Domingo 2 de Marzo de 2014) (Zenit.org)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el centro de la Liturgia de este domingo encontramos una de las verdades más confortantes: la divina Providencia. El profeta Isaías la presenta con la imagen del amor materno lleno de ternura: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré” (49,15). ¡Qué hermoso es esto! ¡Dios no se olvida de nosotros! ¡De ninguno de nosotros! ¿eh? ¡De ninguno de nosotros! Con nombre y apellido. Nos ama y no se olvida. ¡Qué hermoso pensamiento!Esta invitación a la confianza en Dios encuentra un paralelismo en la página del Evangelio de Mateo: “Mirad las aves del cielo -dice Jesús-: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. (...) Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos” (Mt 6, 26. 28-29).

Pensando en tantas personas que viven en condiciones de precariedad, o incluso en la miseria que ofende su dignidad, estas palabras de Jesús podrían parecer abstractas, si no ilusorias. ¡Pero en realidad son más que nunca actuales! Nos recuerdan que no se puede servir a dos amos, ¿eh?: Dios y la riqueza. Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Tenemos que oír bien esto, ¿eh? Mientras cada uno busque acumular para sí, jamás habrá justicia. Si en cambio, confiando en la providencia de Dios, buscamos juntos su Reino, entonces a nadie le faltará lo necesario para vivir dignamente.

Un corazón ocupado por la furia de poseer es un corazón lleno de esta furia de poseer, pero vacío de Dios. Por eso Jesús ha advertido varias veces a los ricos, porque en ellos es fuerte el riesgo de colocar la propia seguridad en los bienes de este mundo. En un corazón poseído por las riquezas, no hay más espacio para la fe. Si en cambio se deja a Dios el lugar que le espera, o sea el primer lugar, entonces su amor conduce a compartir también las riquezas, a ponerlas al servicio de proyectos de solidaridad y de desarrollo, como demuestran tantos ejemplos, también recientes, en la historia de la Iglesia.Y así la providencia de Dios pasa a través de nuestro servicio a los demás, nuestro compartir con los demás. Si cada uno de nosotros no acumula riquezas sólo para sí, sino que las pone al servicio de los demás, en este caso la Providencia de Dios se hace visible en cuanto gesto de solidaridad. Sin embargo, si alguno acumula sólo para sí ¿qué le pasará? Cuando será llamado por Dios, no podrá llevar las riquezas con él. Porque sabéis: ¡el sudario no tiene bolsillos! Es mejor compartir, porque nosotros llevamos al cielo sólo aquello que hemos compartido con los demás.

El camino que Jesús indica puede parecer poco realista con respecto a la mentalidad común y a los problemas de la crisis económica; pero, si pensamos bien, nos conduce a la escala justa de valores. Él dice: “¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?” (Mt 6, 25). Para hacer que a nadie le falte el pan, el agua, el vestido, la casa, el trabajo, la salud, es necesario que todos nos reconozcamos hijos del Padre que está en el cielo y por lo tanto hermanos entre nosotros, y nos comportemos consecuentemente. Lo recordé en el Mensaje para la Paz del 1 de enero: el camino para la paz es la fraternidad. Este ir juntos, compartir las cosas juntos.

A la luz de la Palabra de Dios de este domingo, invoquemos a la Virgen María como Madre de la divina Providencia. A ella confiamos nuestra existencia, el camino de la Iglesia y de la humanidad. En particular, invoquemos su intercesión para que todos nos esforcemos en vivir con un estilo simple y sobrio, con la mirada atenta a las necesidades de los hermanos más necesitados.

Al término de estas palabras, el Santo Padre rezó la oración del ángelus. Y al concluir la plegaria, el Papa prosiguió haciendo un llamamiento a la comunidad internacional para que se resuelva la delicada situación que atraviesa Ucrania:

Queridos hermanos y hermanas,

os pido que sigáis rezando por Ucrania, que está viviendo una situación delicada. Mientras anhelo que todas las partes del país se esmeren para superar las incomprensiones y construir juntos el futuro de la nación, dirijo un apremiante llamamiento a la comunidad internacional, para que sostenga toda iniciativa en favor del diálogo y de la concordia.

A continuación, llegó el turno de los saludos que tradicionalmente realiza el Pontífice:

Dirijo un cordial saludo a las familias, grupos parroquiales, asociaciones y todos los peregrinos venidos de Italia y de diferentes países. Saludo a los fieles españoles provenientes de las diócesis de Valladolid e Ibiza; así como a los italianos de Amantea, Brescia, Cremona, Terni, Lonate y Ferno, y al coro de Tassullo. Saludo a los numerosos grupos de chicos de las diócesis de Como, Vicenza, Padova, Lodi, Cuneo y Cremona.

Francisco también quiso dedicar unas palabras a los grupos de Confirmación presentes en la Plaza de San Pedro:

Queridos chicos,

algunos de vosotros habéis recibido desde hace poco la Confirmación o estáis preparándoos para recibirla, otros haréis la profesión de fe, y estáis implicados en vuestros oratorios.

Queridos chicos,

¡Qué vuestra relación con Jesús sea cada vez más fuerte y profunda, para que traiga mucho fruto! ¡Adelante, queridos chicos!

Por último, el Santo Padre recordó que esta semana comienza la Cuaresma: 

Esta semana comenzaremos la Cuaresma, que es el camino del Pueblo de Dios hacia la Pascua, un camino de conversión, de lucha contra el mal con las armas de la oración, el ayuno y la misericordia. La humanidad necesita justicia, reconciliación y paz, y logrará alcanzarlas sólo volviendo con todo al corazón de Dios, que es su manantial. También todos nosotros necesitamos el perdón de Dios. Entremos en la Cuaresma con un espíritu de adoración de Dios y de solidaridad fraterna con los que, en estos tiempos, están más probados por la indigencia y los conflictos violentos.

Como de costumbre, el papa Francisco concluyó su intervención diciendo:

"A tutti, a tutti voi, auguro una buona domenica e buon pranzo. Arrivederci!" (Os deseo a todos un buen domingo y una buena comida. ¡Hasta pronto!)

(RED/IV)


Publicado por verdenaranja @ 20:05  | Habla el Papa
 | Enviar
Domingo, 02 de marzo de 2014

Texto completo del discurso del Santo Padre a la Asamblea Plenaria de la Comisión Pontifica para América Latina, transcrito por Radio Vaticana (Zenit.org)

 

¡Buenos días! Agradezco al Cardenal Ouellet sus palabras y a ustedes todos, el trabajo que han hecho todos estos días. “Transmisión de la fe, emergencia educativa”.

“Transmisión de la fe” lo escuchamos varias veces, no nos hace tanto ruido la palabra. Sabemos que es una obligación hoy día cómo se transmite la fe, que ya fue tema propuesto para el anterior Sínodo que terminó en la evangelización.

Emergencia educativa es una expresión recientemente acuñada por ustedes, por los que prepararon esto. Y me gusta porque esto crea un espacio antropológico, una visión antropológica de la evangelización una base antropológica, ¿no? O sea, hay una emergencia educativa para la transmisión de la fe. Es como tratar el tema de la catequesis a la juventud desde una perspectiva, diríamos, de teología fundamental. Es decir, bueno, cuáles son los presupuestos antropológicos que hay hoy día en la transmisión de la fe, que hacen que para la juventud de América Latina esto sea emergencia educativa ¿no?

Y por eso creo que hay que ser repetitivo y volver a las grandes pautas de la educación, y la primera pauta de la educación es que educar, lo hemos dicho en la misma comisión, alguna vez lo hemos dicho, que no es solamente transmitir conocimientos, ¿no? transmitir contenidos, sino que implica otras dimensiones: O sea transmitir contenidos, hábitos y valoraciones, y los tres juntos.

Para poder transmitir la fe hay que crear el hábito de una conducta hay que crear la recepción de valores que la preparen y la hagan crecer. Hay que crear contenidos básicos. Si solamente queremos transmitir la fe con contenidos será una cosa superficial o ideológica, que no va a tener raíces. La transmisión tiene que ser de contenidos, con valores, valoraciones y hábitos, hábitos de conducta, ¿no? Los antiguos propósitos de nuestros confesores cuando éramos chicos, ¿no? “Bueno, en esta semana vos hacé esto, esto y esto” y nos iban creando un hábito de conducta, ¿no? Y no sólo el contenido, sino lo valores. O sea que en ese marco de la transmisión de la fe tiene que moverse, ¿no? Tres pilares ¿no?

Otra cosa que es importante para la juventud, transmitirle a la juventud y a los chicos también ¿no?, pero sobre todo a la juventud, es el buen manejo de la utopía. Nosotros en América Latina hemos tenido experiencia de un manejo no del todo equilibrado de la utopía, y que en algún lugar, en algunos lugares, no en todos, en algún momento nos desbordó, y al menos el caso de Argentina, podemos decir ¡Cuántos muchachos de la Acción Católica, por una mala educación de la utopía terminaron en la guerrilla de los años 70! ¿No?

Saber manejar la utopía, o sea, saber conducir. Manejar es una mala palabra. ¡Saber conducir y ayudar a crecer la utopía de un joven es una riqueza! ¡Un joven sin utopías es un viejo adelantado ¿no? envejeció antes de tiempo! ¿No? O sea, ¿cómo hago para que esta ilusión que tiene el chico, esta utopía, lo lleve al encuentro con Jesucristo? Es todo un paso que hay que ir haciendo. Me atrevo a sugerir lo siguiente: una utopía en un joven crece bien si está acompañada de memoria y de discernimiento. La utopía mira al futuro, la memoria mira al pasado y el presente se discierne.

El joven tiene que recibir la memoria y plantar, arraigar su utopía en esa memoria. Discernir en el presente su utopía, los signos de los tiempos, y así ya la utopía ya va adelante pero muy arraigada en la memoria, en la historia que ha recibido, discernida en el presente, maestros de discernimiento necesitamos para los jóvenes, y ya proyectada hacia el futuro. Entonces la emergencia educativa ya tiene un cauce allí para moverse desde lo más propio del joven que es la utopía.

De ahí la insistencia, que por ahí me escuchan a mí, del encuentro de los viejos y los jóvenes, ¿no? El icono de la Presentación de Jesús en el Templo, ¿no? O sea, el encuentro de los jóvenes con los abuelos es clave. Me decían algunos obispos de algunos países en crisis que donde hay una grande desocupación de jóvenes, que parte de la solución de los jóvenes está en que le dan de comer los abuelos. O sea, se vuelven a encontrar con los abuelos: Los abuelos tienen la pensión y salen de la casa de reposo, vuelven a la familia y además le traen esa memoria, ese encuentro.

Yo me acuerdo de una película que vi hace 25 años, más o menos de Fury Shaw, este japonés, este famoso director japonés, que es muy sencilla, una familia, dos chicos, papá y mamá. Papá y mamá se iban a hacer una gira por los Estados Unidos y les dejaron los chicos a la abuela. Chicos japoneses de coca-cola, hot-dog, o sea, de una cultura de ese tipo, ¿no? Y todo el film está en cómo esos chicos empiezan a escuchar lo que les cuenta la abuela, de la memoria de su pueblo. Cuando los padres vuelven, los desubicados son los padres, fuera de la memoria. Los chicos la habían recibido de los abuelos. Este fenómeno del encuentro de los chicos y los abuelos ha conservado la fe en los países del Este durante toda la época comunista, porque los padres no podrían ir a la Iglesia. Y me decían, (me estoy confundiendo… pero en estos días estuvieron, no se si los obispos búlgaros o de Albania, los que estuvieron ahí), me decían que las iglesias de ellos están llenos de viejos y de jóvenes. Los papás no van porque nunca se encontraron con Jesús ¿no? El encuentro de los chicos con los abuelos es clave para recibir la memoria de un pueblo y el discernimiento en el presente. Maestros de discernimiento, consejeros espirituales. Y aquí es importante para la transmisión de la fe de los jóvenes, el apostolado cuerpo a cuerpo. O sea, el discernimiento en el presente no se puede hacer sin un buen confesor, un buen director espiritual que se anime a aburrirse horas y horas escuchando a los jóvenes. Entonces, memoria del pasado discernimiento del presente, utopía del futuro. En ese esquema va creciendo la fe de un joven.

Tercero que diría como emergencia educativa es esta transmisión de la fe y también de la cultura, es el problema de la cultura del descarte. Hoy día, por la economía que se ha implantado en el mundo, bueno, en el centro está el dios dinero y no la persona humana, y todo lo demás se ordena, y lo que no cabe en ese orden, se descarta, ¿no? Y se descartan los chicos que sobran, que molestan o que no conviene que vengan. Los obispos españoles me decían recién la cantidad de abortos, ¡el número! ¡Yo me quedé helado! ¿no? Ellos tienen ahí los censos de eso, más o menos…

Se descartan los viejos, ¿no? tienden a descartar. En algunos países de América Latina hay eutanasia encubierta, ¡hay eutanasia encubierta! Porque las obras sociales pagan hasta acá, no más, y los pobres viejitos, ¡como puedan! Recuerdo haber visitado un hogar de ancianos en Buenos Aires, del Estado, donde estaban las camas llenas, y como no había más camas, ponían colchones en el suelo, y estaban los viejitos ahí… ¡¿un país no puede comprar una cama?! ¡Eso indica otra cosa! ¿No?... pero son material de descarte: sábanas sucias, con todo tipo de suciedad, sin servilletas, los viejitos comían ahí, se limpiaban la boca con la sábana… eso lo vi yo, no me lo contó nadie. Son material de descarte, pero eso se nos mete adentro…

Y acá caigo en lo de los jóvenes: Hoy día como molesta a este sistema económico mundial la cantidad de jóvenes que hay que darle fuente de trabajo, el porcentaje alto de desocupación de los jóvenes. Si estamos teniendo una generación de jóvenes que no tienen la experiencia de la dignidad. No que no comen, porque le dan de comer los abuelos, o la parroquia, o la sociedad de fomento, o el Ejército de la salvación, o el club del barrio… el pan lo come, pero no la dignidad de ganarse el pan y llevarlo a casa. Hoy día los jóvenes entran en esta gama de material de descarte. Entonces, dentro de la cultura del descarte, miremos a los jóvenes que nos necesitan más que nunca. No sólo por esa utopía que tiene, porque el joven está sin trabajo, tiene anestesiada la utopía, la estuvo a punto de perder. No sólo por él, sino por la urgencia de transmitir la fe a una juventud que hoy día es material de descarte también.

Y dentro de este ítem de material de descarte, el avance de la droga sobre la juventud. No es solamente un problema de vicio. Las adicciones son muchas, como todo cambio de época, se dan fenómenos raros entre los cuales está la proliferación de las adicciones, ¿no? La ludopatía ha llegado a niveles sumamente altos, pero la droga es el instrumento de muerte de los jóvenes. Hay todo un armamento mundial de droga que está destruyendo esta banda, esta generación de jóvenes que están destinados al descarte.

Esto es lo que se me ocurrió decir, compartir, ¿no? Primero como estructura educativa, transmitir contenidos, hábitos y valoraciones. Segundo la utopía del joven, relacionarla y armonizarla con la memoria y el discernimiento. Tercero la cultura del descarte como uno de los fenómenos más graves que está sufriendo nuestra juventud, sobretodo por el uso que de esa juventud puede hacer y está haciendo la droga para destruirla. Estamos descartando nuestros jóvenes.

¿El futuro cuál es? Sale por una obligación: la Traditio fidei es también Traditio spe y la tenemos que dar.

La pregunta final que quisiera dejarles es: Cuando la utopía cae en el desencanto, ¿cuál es nuestro aporte? La utopía de un joven entusiasta, hoy día está resbalando hacia el desencanto. Jóvenes desencantados a los cuales hay que darles fe y esperanza.

Les agradezco de todo corazón el trabajo de ustedes, de estos días, para salir al frente de esta emergencia educativa, y bueno, ¡sigan adelante! ¡Necesitamos ayudarnos en esto, en todo esto, en las conclusiones de ustedes y todo lo que podemos hacer! ¡Muchas gracias!


Publicado por verdenaranja @ 20:42  | Habla el Papa
 | Enviar
S?bado, 01 de marzo de 2014

Reflexiones de Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas (Zenit.org)

Proteger y promover la familia

Por Felipe Arizmendi Esquivel

VER

Algunos que se consideran defensores de los derechos humanos en Chiapas, solicitan que los legisladores estatales cambien nuestras leyes para que haya lo que llaman un “matrimonio igualitario”; es decir, que las parejas del mismo sexo que quieran convivir sexualmente, sean consideradas como un verdadero matrimonio, con derechos iguales al formado por un hombre y una mujer, con capacidad legal para adoptar niños.

El Papa Francisco, con sumo interés por el bien de la sociedad, ha convocado a reuniones de todo tipo, para analizar la situación actual de la familia y señalar pautas hacia una mejor pastoral de nuestra parte. Nos envió un cuestionario, con muchas preguntas, para conocer mejor la realidad mundial sobre este asunto. Escuchó en días pasados a todos los cardenales del mundo, en un consistorio extraordinario. Ya convocó a un sínodo también extraordinario en este año, y en el próximo será el ordinario, sobre el mismo tema. Se ve que le preocupa mucho la familia y quiere que todos en la Iglesia hagamos lo que nos corresponde para protegerla y promoverla.

PENSAR

En días pasados, el Papa recordó a los cardenales la postura tradicional de la Iglesia: “El Creador ha bendecido desde el principio al hombre y a la mujer para que fueran fecundos y se multiplicaran sobre la tierra; así, la familia representa en el mundo como un reflejo de Dios, uno y trino.

Nuestra reflexión tendrá siempre presente la belleza de la familia y del matrimonio, la grandeza de esta realidad humana, tan sencilla y a la vez tan rica, llena de alegrías y esperanzas, de fatigas y sufrimientos, como toda la vida. Hoy, la familia es despreciada, es maltratada, y lo que se nos pide es reconocer lo bello, auténtico y bueno que es formar una familia, ser familia hoy; lo indispensable que es esto para la vida del mundo, para el futuro de la humanidad. Se nos pide que realcemos el plan luminoso de Dios sobre la familia, y ayudemos a los cónyuges a vivirlo con alegría en su vida, acompañándoles en sus muchas dificultades. Y también una pastoral inteligente, valiente y llena de amor” (22-II-2014).

La Iglesia no es enemiga de la libertad, porque Dios no lo es. Si dos personas del mismo sexo quieren cohabitar, no hace falta cambiar las leyes para que se les considere un matrimonio igual que los otros. El plan de Dios para el bien de la humanidad no incluye las uniones conyugales de homosexuales, sino que las rechaza; sin embargo, Dios respeta la libertad de quienes así quieran vivir, pues El no nos hizo esclavos de su plan, de su voluntad. Dios nos hizo libres hasta para pecar, para equivocarnos, para considerar un bien lo que objetivamente es un desorden. Respeta la libertad de Caín, de los asesinos, de los narcotraficantes, pero les advierte que ése no es el camino de la felicidad; tarde o temprano cosecharán los frutos del desacato a sus indicaciones. Los libertinajes siempre han existido, nunca para bien. La mayoría de los delincuentes proceden de hogares no bien establecidos, por ausencia de un padre trabajador y honesto, o por falta de armonía familiar. La familia bien formada, donde hay amor, respeto y ayuda mutua, es la mejor protectora de la paz social. Destruir la familia es dañar a la sociedad.

ACTUAR

Respetuosamente exhorto a los legisladores que defiendan y promuevan la familia como Dios la estableció, como la misma naturaleza la determina, física y psíquicamente, entre un hombre y una mujer, mayores de edad, conscientes de su compromiso de amarse en forma estable y definitiva, abiertos a la vida de nuevos seres. Que diputados y senadores no sean destructores de la sociedad; que no se dejen contagiar por corrientes dizque modernas, que aceleran el deterioro social. Y procure usted hablar con el legislador a quien le dio el voto, para que tome en cuenta esta defensa.

Invito a los hermanos presbiterianos, bautistas, mormones, nazarenos y cristianos en general, a que unamos esfuerzos para proteger y cuidar la familia, que es el mayor bien de nuestro pueblo. Y hay que empezar por valorar la propia, viviendo en armonía, en diálogo, en perdón, en gratitud, en fidelidad.


Publicado por verdenaranja @ 22:21  | Hablan los obispos
 | Enviar

Comentario a la Liturgia dominical - Octavo domingo del Tiempo Ordinario  (Zenit.org)

Ciclo A - Textos: Isaías 49, 14-15; 1 Corintios 4, 1-5; Mateo 6, 24-34

Por Antonio Rivero

Idea principal: el seguidor de Cristo tiene que vivir confiado en las manos de la Providencia de Dios. No nos soltemos de su mano.

Resumen del mensaje: Si Dios es nuestro Padre cariñoso, entonces no debemos estar preocupados por las cosas temporales, sino ocupados en el hoy, tratando de cumplir con amor la voluntad de Dios Padre y poniendo nuestras preocupaciones en el corazón tierno de ese Padre Dios Providente, como hacen los pájaros del cielo y las flores del campo. Somos peregrinos con destino a la eternidad. De su mano llegaremos seguros.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, veamos a Cristo totalmente en las manos de su Padre celestial. ¿Le faltó alguna vez el cariño del Padre? Le hizo nacer en un pesebre. Le llevó a Egipto cuando Herodes le amenazaba. Volvió a su tierra de Nazaret y vivía tranquilo del trabajo de su padre José, y por eso fue llamado “hijo del carpintero”. Cuando salió a su apostolado, nunca la faltó una piedra para reclinar su cabeza, ni un pedazo de pan para llevarse a la boca, gracias a amigos que tenía en diversos poblados. Su Padre Providente le concedió unos colaboradores –los primeros apóstoles- para que le ayudasen en su misión de predicar, curar y servir a la humanidad. Tampoco le ahorró sufrimientos, porque en el plan de Dios son necesarios para manifestar el amor auténtico que tenía por cada hombre y mujer.

En segundo lugar, veamos a tantos hombres y mujeres soltados de la mano de Dios Providente y preocupados por los bienes temporales hasta el punto de ser esclavos de los mismos. Preocupados por el dinero. Preocupados por el trabajo. Preocupados por la salud. Preocupados por la fama. Preocupados por el futuro de sus hijos. Preocupados por la supervivencia y los seguros de vida. Preocupados por las vacaciones. Preocupados por los “hobbies” deportivos y culturales. ¿Y Dios y su Reino, y la familia y su salvación, y la comunidad y el apostolado, y los valores morales? “Si Dios cuida tanto de las flores de la tierra que, apenas nacen y son vistas, ya mueren, ¿despreciará a los hombres que ha creado, no para un tiempo limitado, sino para que vivan eternamente?” (San Juan Crisóstomo).

Finalmente, ¿sigue siendo válida esta llamada a la confianza en Dios Providente en nuestro mundo de hoy? Dios no ha enmendado ni corregido la plana: o Dios o el dinero; o Dios o la fama; o Dios o los placeres; o Dios o el vestido; o Dios o la comida. Naturalmente que hay que comer y vestirse, y buscar cómo dar de comer y de vestir a los nuestros, pero sin agobio. No es una invitación a la ociosidad, a la irresponsabilidad, sino a evitar la angustia, el excesivo afán de tener y poseer. A cada día le bastan sus propios disgustos, y no vale la pena adelantar las angustias que pensamos que nos sucederán mañana. Cristo nos invita a buscar lo esencial en esta vida y a poner cada cosa en su lugar, venciendo la tentación consumística. No levantemos altares al dinero, al placer, a la comida. Que el corazón y las manos queden libre, para servir a Dios y a su Reino. Dios es el absoluto. El resto es relativo. Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Dios (San Agustín).

Para reflexionar: ¿Qué me agobia? ¿Qué me produce estrés? Son paganos los que buscan esas cosas materiales con obsesión. Nosotros somos peregrinos. Atesoremos para el cielo, pues confiamos en Dios Providente.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]g


Publicado por verdenaranja @ 22:15  | Espiritualidad
 | Enviar

Palabras del Papa Francisco en  la Audiencia del miércoles 26 de Febrero de 2014. (Zenit.org)


Queridos hermanos y hermanas, buen día

Hoy las previsiones meteorológicas decían 'lluvia' y ustedes vinieron lo mismo. Tienen mucho coraje. ¡Felicitaciones!

Quisiera hablar hoy del sacramento de la unción de los enfermos que nos permite tocar con la mano la compasión de Dios por el hombre. En el pasado se lo llamaba 'extremaunción', porque se entendía como confort espiritual en el momento de la muerte. Hablar en cambio de 'unción de los enfermos', nos ayuda a ampliar la mirada a la experiencia de la enfermedad y del sufrimiento, en el horizonte de la misericordia de Dios.

Hay una imagen bíblica que expresa en toda su profundidad el misterio que aparece en la unción de los enfermos. Es la parábola del buen samaritano en el Evangelio de Lucas. Cada vez que celebramos tal sacramento, el Señor Jesús en la persona del sacerdote, se vuelve cercano a quien sufre o está gravemente enfermo o es anciano.

Dice la parábola, que el buen samaritano se hace cargo del hombre enfermo, poniendo sobre sus heridas, aceite y vino. El aceite nos hace pensar al que es bendecido por el obispo cada año en la misa crismal del jueves santo, justamente teniendo en vista la unción de los enfermos. El vino en cambio es signo del amor y de la gracia de Cristo que nacen del don de su vida por nosotros, y expresan en toda su riqueza en la vida sacramental de la Iglesia.

Y al final la persona que sufre es confiada a un posadero para que pueda seguir cuidándolo sin ahorrar gastos. Ahora, ¿quién es este posadero? La Iglesia y la comunidad cristiana, somos nosotros a quienes cada día el Señor Jesús confía a quienes están afligidos en el cuerpo y en el espíritu para que podamos seguir poniendo sobre ellos y sin medida, toda su misericordia de salvación.

Este mandato es reiterado de manera explícita y precisa en la carta de Santiago. Se recomienda que quien está enfermo llame a los presbíteros de la Iglesia, para que ellos recen por él ungiéndolo con aceite en nombre del Señor, y la oración hecha con fe salvará al enfermo. El Señor lo aliviará y si cometió pecados le serán perdonados. Se trata por lo tanto de una praxis que se usaba ya en el tiempo de los apóstoles. Jesús, de hecho, le enseñó a sus discípulos a que tuvieran su misma predilección por los que sufren y les transmitió su capacidad y la tarea de seguir dando en su nombre y según su corazón, alivio y paz, a través de la gracia especial de tal sacramento.

Esto, entretanto, no tiene que hacernos caer en la búsqueda obsesiva del milagro o de la presunción de poder obtener siempre y de todos modos la curación. Pero la seguridad de la cercanía de Jesús al enfermo, también al anciano, porque cada anciano o persona con más de 65 años puede recibir este sacramento. Es Jesús que se acerca.

Pero cuando hay un enfermo y se piensa: 'llamemos al cura, al sacerdote'. 'No, no lo llamemos, trae mala suerte, o el enfermo se va a asustar'. Por qué, porque se tiene un poco la idea que cuando hay un enfermo y viene el sacerdote, después llegan las pompas fúnebres, y eso no es verdad.

El sacerdote, viene para ayudar al enfermo o al anciano, por esto es tan importante la visita del sacerdote a los enfermos. Llamarlo para que a un enfermo le dé la bendición, lo bendiga, porque es Jesús que llega, para darle ánimo, fuerza, esperanza y para ayudarlo. Y también para perdonar los pecados y esto es hermoso.

No piensen que esto es un tabú, porque siempre es lindo saber que en el momento del dolor y de la enfermedad nosotros no estamos solos. El sacerdote y quienes están durante la unción de los enfermos representan de hecho a toda la comunidad cristiana, que como un único corazón, con Jesús se acerca entorno a quien sufre y a sus familiares, alimentando en ellos la fe y la esperanza y apoyándolos con la oración y el calor fraterno. Pero el confort más grande viene del hecho que quien se vuelve presente en el sacramento es el mismo Señor Jesús, que nos toma por la mano y nos acaricia como hacía Él con los enfermos. Y nos recuerda que le pertenecemos y que ni siquiera el mal y la muerte nos podrán separar de Él.

Tengamos esta costumbre de llamar al sacerdote para nuestros enfermos, no digo para los resfriados de tres o cuatro días, pero cuando se trata de una enfermedad seria, para que el sacerdote venga a darle también a nuestros ancianos este sacramento, este confort, esta fuerza de Jesús para ir adelante. Hagámoslo. Gracias.

(Texto traducido por Hernan Sergio Mora)


Publicado por verdenaranja @ 22:09  | Habla el Papa
 | Enviar

Subsidio litúrgico para el Día de Hispanoamérica 2014 publicado por CEE y contenido en carpeta, recibida en la parroquia  con  los materiales para su celebración el 2 de Marzo.

HISPANOAMÉRICA (2 DE MARZO DE 2014)

VIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
GUIÓN LITÚRGICO
 

 

Monición de entrada

La comunidad cristiana se reúne como cada domingo para escu­char la Palabra de Dios y celebrar el sacramento de la eucaristía. En el encuentro con Jesús, su Espíritu Santo nos llena de renovada vitalidad, para que con el espíritu misionero salgamos de nosotros mismos para ir al encuentro de nuestros hermanos en la misión.

Hoy, además, la Iglesia en España conmemora el Día de Hispa­noamérica. Hace siglos muchos misioneros salieron de nuestra tie­rra para evangelizar América. De este continente ha venido el papa Francisco, que nos invita a llevar a los demás la alegría del Evange­lio. De ahí el lema de esta Jornada: "La alegría de ser misionero".

En el continente americano están trabajando, como misioneros, miles de españoles que un día recibieron la vocación a la misión. Participemos en la eucaristía para dar gracias a Dios por su genero­sidad y su entrega al servicio del reino de Dios. 

Acto penitencial

Dios nos ofrece su Palabra para que la escuchemos con fe y la proclamemos con confianza.

Hijo único de Dios, Palabra hecha carne. Señor, ten piedad.

Hijo del hombre, solo Tú tienes palabras de vida eterna. Cristo, ten piedad.

Verbo eterno del Padre, que nos haces hijos de Dios. Señor, ten piedad. 

Ideas para la homilía

«¿Es que una madre puede olvidarse de su criatura?» (1. a lectura)

El día de Hispanoamérica es una llamada «a intensificar y profundizar los vínculos que unen a España con Hispa­noamérica y a fortalecer la comunión evangelizadora entre sus Iglesias» (Mensaje de la CAL). Miles de misioneros es-pañoles, dóciles al mandato misionero de «ir y anunciar el Evangelio...», partieron a evangelizar el continente ameri­cano. Esta corriente de cooperación evangelizadora no ha terminado. Juan Pablo II así lo reconocía en la Conferen­cia Episcopal Española el 15 de junio de 1994: «Ya en mi visita a Zaragoza de 1984, y más recientemente en Santo Domingo, (...) tuve ocasión de expresar mi viva gratitud y la de toda la Iglesia por la ingente labor evangelizadora de aquella pléyade de misioneros españoles que llevaron el mensaje de salvación al mundo entero. Hoy lo hago nue­vamente, ante vosotros, consciente de que os transmito también el reconocimiento de las comunidades eclesiales de América».

De hecho, el 70% de los misioneros españoles está coope­rando con la evangelización en América. Por su parte las Iglesias nacientes de este continente también responden a su vocación misionera saliendo a otros lugares a anunciar el Evangelio, también en Europa y en España.

«Buscad el reino de Dios y su justicia» (Evangelio)

Ante el dilema de servir a Dios o al dinero, Jesús en el evangelio plantea el gran reto para los cristianos: Buscar —únicamente— el reino de Dios. Es la razón de ser de la vocación misionera. La vocación a la misión implica salir de uno mismo para ir al encuentro del otro. Los misione-ros han encontrado la perla preciosa, se despojan de todo y desde su pequeñez y pobreza se entregan al anuncio del reino de Dios. El reino de Dios no puede ser separado ni de Cristo ni de la Iglesia... Si se separa el reino de la per­sona de Jesús, no es este ya el reino de Dios revelado por él, pero tampoco puede separarse de la Iglesia, ya que está ordenada al reino de Dios, del cual es germen, signo e ins­trumento.

«¿Acaso no han sido ellos mismos quienes han salido e ido al encuentro de los pueblos como vanguardias misioneras de un movimiento evangelizador sin confines, hacia todas las periferias humanas, conmovidos por el encuentro con Cristo y urgidos por compartir su presencia redentora por doquier?» (Mensaje de la CAL). La alegría de ser misionero (lema de la Jornada) sirve para recordar la entrega generosa «de todos los misioneros españoles en tierras americanas, pero también para suscitar en todas las diócesis españolas, en comunidades religiosas y en movimientos eclesiales, nuevas y muchas más vocaciones misioneras» (Mensaje de la CAL).

«Que la gente solo vea en vosotros servidores de Cristo y adminis­tradores de los misterios de Dios. Ahora, en un administrador, lo que se busca es que sea fiel» (2.a lectura)

Desde el año 1949 han partido para la misión en América miles de sacerdotes diocesanos, acogidos al servicio de la OCSHA, más de 2300. En la actualidad permanecen 309 y cada año se repiten nuevos "envíos". Su tarea es servir a aquellas Iglesias en las tareas más complejas y difíciles, especialmente en ámbitos de pobreza y de marginación, o en la formación de agentes de pastoral, especialmente en seminarios. Se insertan en el presbiterio que les acoge y tra­bajan en el ministerio que el obispo les asigna. Actualmente desde allá están saliendo para la misión a otros ámbitos so­ciales y territoriales. Todo gracias a la fidelidad de quienes partieron como administradores de los misterios de Dios.

La celebración del Día de Hispanoamérica es una nueva oportunidad para actualizar nuestra responsabilidad misio­nera y nuestra confianza en Dios. «También el ministerio misionero se realiza de rodillas. Solo implorando día a día la gracia del Señor, que se irradia por los sacramentos, que se cultiva en la oración y que se manifiesta en el amor lle­no de misericordia y ternura hacia quienes nos han sido confiados, y especialmente a los más pobres, reviviremos la alegría de ser misioneros. Solo así reviviremos la alegría de nuestro primer "sí", como el de María, la alegría de nues­tra primera respuesta a la vocación de ser misioneros, las pequeñas y grandes alegrías compartidas en el camino de nuestra vida y nuestras comunidades» (Mensaje de la CAL). 

Oración de los fieles

Jesús en el evangelio nos recuerda que Dios es nuestro Padre que cuida de cada uno de nosotros. Acudamos a Él con la confianza de reconocernos sus hijos:

- Por el papa Francisco, por los obispos y todos los pastores, para que, como fieles administradores de los misterios de Dios, busquen únicamente su Reino. Roguemos al Señor.

- Por la Iglesia en América para que responda a la llamada de Dios y envíe misioneros a otros países y continentes. Roguemos al Señor.

- Por los misioneros y misioneras españoles, que están gas­tando su vida al servicio del Evangelio en América Latina, para que sigan siendo fieles en el ministerio recibido. Ro­guemos al Señor.

- Por quienes ponen su mente y su corazón en los bienes ma­teriales, para que descubran que Dios cuida de nosotros y únicamente hemos de buscar su Reino. Roguemos al Señor.

-  Por las familias que han llegado a nuestro país como emi­grantes desde América para que encuentren en nosotros la acogida y la ayuda que necesitan para vivir como ciudada­nos e hijos de Dios. Roguemos al Señor.

- Por nosotros, para que no perdamos la alegría de ser misio­neros que trasmiten a los demás el gozo de haber conocido el Evangelio. Roguemos al Señor.

Escucha, Padre de bondad, la oración de tu Iglesia, y atiende con misericordia su plegaria. Por Jesucristo, nuestro Señor. 

Monición de ofertorio

  • Ofrecemos el pan y el vino, expresión de nuestro trabajo y de nuestra pobreza, que Dios transforma en el Cuerpo y Sangre de Cristo para alimento de su Pueblo.

  • Ponemos a disposición de la Iglesia la limosna evangélica para ayudarla en su actividad apostólica y misionera en el continente americano.

 

Oración sobre el pueblo y bendición final

Dios, Padre nuestro,

que has enviado a los hombres

a tu hijo Jesucristo, Palabra de vida,

haz que tu pueblo se afiance en esta roca y permanezca siempre

arraigado y cimentado en Cristo, firme en la fe. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor.


Publicado por verdenaranja @ 22:04  | Liturgia
 | Enviar