Martes, 15 de abril de 2014

Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en la celebración del Domingo de Ramos (Catedral Nuestra Señora de la Asunción, 13 de abril de 2014) 

Domingo de Ramos

Queridos hermanos: 

Es la entrada de Jesús en Jerusalén, triunfante, victoriosa, alegre, y que unos minutos después la liturgia nos muestra la gravedad, la seriedad, el peso del drama de la pasión. Cristo es consciente, en los dos momentos de su vida, de lo que le va a pasar, porque entrega la vida -“nadie me quita la vida sino que yo libremente la doy”- y porque viene a hacer la voluntad del Padre. En el Huerto de los Olivos, Getsemaní, Cristo reza y le dice al Padre “si es posible, aparta de mi este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya.” 

El sufrimiento-la cruz y la vida de Dios, no son dos cosas antagónicas, que se oponen. Ambas se potencian, se interrelacionan y en la vida hay vida, no a pesar del sufrimiento de la cruz sino que por medio de la cruz uno llega a la vida. Por eso el final de la Historia de la Salvación es Resurrección, es Victoria no es derrota. De allí que tenemos que considerar seriamente que, para permanecer y llegar a la Resurrección, tenemos que tomar nuestra cruz y caminar con ella para llegar a destino. 

Así como Dios no le evitó la cruz a su Hijo -lo pudo haber hecho- lo llevó hasta el extremo pidiéndole el sacrificio supremo; a tal punto que el Hijo le dice “si es posible aparta de mí este cáliz” y dice el Evangelio de Lucas “sudaba gotas de sangre” porque sabía por lo que tenía que pasar. La conciencia de Cristo, la conciencia de Dios, la conciencia del Mesías, pero que también es nuestra propia conciencia por la que tenemos que unirnos a Él. No vamos a madurar ni crecer, ni tener paz ni ser felices, ni vamos a vivir una vida de Resurrección si negamos nuestra cruz. Todos tenemos cruces, pero hay que llevarlas con dignidad; no hay que ser aplastados ni quebrados por ella. Hay que tomarla, ofrecerla, entregarla y perseverar. 

Hoy, en el mundo que nos toca vivir, hay muy poca paciencia. En cualquier ámbito la gente está exacerbada, grita, pelea, discute, no escucha, siempre se apresura a responder sin que el otro termine lo que está diciendo. Estamos como respondiendo de memoria. Fíjense en los partidos de fútbol: sin son exitosos y ganan los directores técnicos quedan; pero si pierden hay que borrarlos, sacarlos en seguida, no resistimos la menor dificultad. Así también en las parejas, se casan, viven un año, dos y porque hay dificultades enseguida cada uno por su lado, se separan. Esto se da porque, en el fondo, no tenemos resistencia al tremendo sufrimiento que padecemos; pero hay que resistir y seguir adelante para ver qué pasa. 

Creo que el mensaje, la vida y la resurrección de Cristo tienen que incorporarse a nuestra vida. Porque no es la liturgia que solamente se celebra y ya está, no. La liturgia, el misterio de Dios, entra en nuestra vida y nosotros tenemos que meternos en los personajes bíblicos; meternos en Judas, en Pedro y de tantos otros y ver qué posición tomamos: si nos escapamos, si nos quedamos, si tenemos miedo, si vivimos acobardados, si murmuramos, si nos enojamos, si nos encerramos, si nos aislamos, ¡así pasa esto! 

El misterio de Dios en el misterio de Cristo, está metido en el misterio humano. No hay otra historia. ¡Esta es la historia de la salvación que Dios nos ha dado! ¡Es la historia de nuestra vida, de la humanidad! ¡Cristo nos ha dado el sentido definitivo de su vida, de su victoria! Y si queremos entenderla tenemos que seguir sus pasos. 

Esta Semana Santa es para que podamos hacernos un tiempo y rezar un poco más. Ver y leer la pasión -en los Evangelios que ustedes quieran- pero ir metiéndose, rumiando, porque se trata de nuestra vida al tratar la vida de Jesús. 

No soy un espectador que me siento en una platea y miro de lejos. 
Estoy involucrado, metido en esta historia. 
Porque la historia de Jesús es mi historia. 
Porque si Él resucitó yo también voy a resucitar. 
Si Él vive para siempre, yo también voy a vivir por siempre. 
Si Él me da Luz, yo estoy en la Luz. 
Si Él me quita el pecado, soy perdonado. 
Si Él me liberó de la muerte, viviré por siempre. 
Estoy involucrado en la historia de Jesús. 

Por eso la Semana Santa es mi Semana Santa. Por eso la Semana Santa tiene tanto que ver en la vida de cada uno de nosotros. Que entremos en el misterio, que nos juguemos un poco más, que tomemos postura, posición y que cada uno vaya viendo de qué muerte se está hablando y de qué resurrección tenemos que vivir. Cada uno tendrá su muerte, su egoísmo, su mentira, su individualismo, su incomodidad, su infidelidad, ¡tantas cosas!, ¿de qué muerte estamos hablando y a qué estamos llamados a vivir? 

Cristo se jugó, ¡qué cosa extraordinaria!, si Él se jugó por nosotros y para nosotros ¿cómo nosotros vamos a quedar igual?, ¿cómo vamos a ser indiferentes?, ¿cómo vamos a ser tan torpes, tan volubles y tan cambiantes? Donde decimos “hoy lo aplaudimos” y después decimos “no me importa”, “ser cristiano es una cosa pasada de moda, ya pasó, ya fue”, “no hay que exagerar, no es para tanto”… 

En aquella época dijeron “¡crucifíquenlo, crucifíquenlo!” Hoy la crucifixión ¿saben cuál es?: ignorar las cosas importantes, ignorar el amor de Jesús, haciéndolo pasar como fuera de moda, como que ya no tiene sentido. Cristo es el Señor de la Vida, de la Historia, de la Humanidad y nosotros estamos tocados a esto. ¡Que vivamos como resucitados y no como derrotados!, se los deseo y me lo deseo de corazón. 

Que así sea 

Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús


Publicado por verdenaranja @ 21:56  | Homil?as
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