Mi?rcoles, 16 de abril de 2014

Reflexión sobre la liturgia del Jueves Santo ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero. 

LA LITURGIA DEL JUEVES SANTO 

El Jueves Santo celebramos la Cena del Señor. Es una celebración muy hermosa.

En el contexto de la Pascua de los judíos, Jesús reúne a los discípulos para celebrar con ellos, la cena pascual. Para Jesucristo es una “Cena de despedida”. Y en las despedidas se hacen los encargos, las recomendaciones más importantes, sobre todo, si es la despedida de la muerte.

Jesús nos deja tres encargos: La Eucaristía, el Orden Sacerdotal y el Mandamiento Nuevo.

¡Jesús “habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”!

Comienza la Cena. Y Jesús, haciendo las veces de esclavo, lava los pies a los discípulos. Este rito tiene un carácter de servicio y también de purificación: “Jesús habla de que ya están limpios por la Palabra que han escuchado, aunque no todos, refiriéndose a Judas, el traidor. En esta celebración el Jueves Santo, el sacerdote que preside, lava los pies a unos varones, que recuerdan los doce apóstoles. Es una forma de hacer visible el ministerio sacerdotal, como servicio a la comunidad cristiana, poniéndose “el último de todos y el servidor de todos”.

Luego el Señor coge pan y lo convierte en su Cuerpo “que se entrega” y coge una copa de vino y lo convierte en la Sangre “que se derrama”. En este momento ya Jesús se entrega a la Pasión y Muerte que culmina en la Resurrección… De esta forma, adelanta en la Mesa de Cena lo que iba a suceder después: Su Pasión, Muerte y Resurrección.

Cuando nosotros celebramos la Eucaristía, que es la Cena del Señor, lo hacemos a la inversa: Todo aquello que sucedió hace mucho tiempo, se hace presente, se actualiza ahora. Por eso es tan grande e importante la Eucaristía:  Aunque nuestros ojos no vean nada, nos encontramos junto la Pasión y Muerte del Señor, junto a su Cruz y a su Resurrección.

Y en la Comunión, el Cuerpo de Cristo sacrificado y resucitado se nos da en comida. Es comunión con su Cuerpo y Sangre y también es comunión con sus sentimientos, deseos…  Y es también comunión con todos los hermanos, que estamos unidos en un mismo Cuerpo. Así comemos la carne del Hijo del Hombre y bebemos su Sangre, según nos enseñó en el Sermón del Pan de Vida. (Jn, 6)

Qué fácil resolvió el Señor las dificultades de los judíos, que en el Sermón del Pan de Vida, decían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Luego añade: “Haced esto en conmemoración mía”.

De esta forma, nos manda celebrar la Eucaristía y constituye a los apóstoles, ministros de este sacramento admirable.

En este contexto de servicio en el lavatorio de los pies, de entrega, de Eucaristía…, nos deja el Mandamiento Nuevo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Se trata de un mandato, que no sólo es importante, sino que, además, es imprescindible. Si no cumplimos este mandato, no podemos considerarnos verdaderos discípulos de Jesucristo. En el amor a los hermanos, el Señor Jesús nos deja “la señal”, la clave, “la contraseña”, de nuestra existencia cristiana. “La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros”.

Por tanto, si queremos saber si somos de verdad cristianos, o dónde hay un cristiano, o si aquel es cristiano de verdad o no, ahí tenemos “la señal”.

Al terminar la celebración de la Cena del Señor, se lleva en procesión solemne a una capilla adornada que llamamos tradicionalmente “el Monumento”, el pan consagrado, suficiente para la comunión del Viernes, en que, como veremos, no se celebra la santa Misa, sino la Acción Litúrgica de la Pasión del Señor.

Y como es el día en que recordamos la Institución de la Eucaristía, el lugar donde se reserva el Santísimo, se llena de luces y flores. Y, además, se convierte en lugar de oración, de reflexión, de adoración, de acción de gracias, por el don de la Eucaristía y también por el don del Sacerdocio y por el Mandamiento Nuevo.

¡El Jueves Santo es un día eminentemente sacerdotal!

Sacerdote significa don sagrado, que no sólo se tiene que recibir, que acoger, sino que, además, se ha de cuidar, agradecer, aprovechar…

La reflexión y oración del Monumento es como una sobremesa eucarística en la que podemos profundizar en  lo que hemos celebrado e incluso, irnos adentrando en la meditación de la Pasión del Señor. Se recomienda la lectura y reflexión del Evangelio de S. Juan (13-17).

 


Publicado por verdenaranja @ 23:37  | Espiritualidad
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