Mi?rcoles, 21 de mayo de 2014

La religiosidad popular por Eva Carreras del Rincón (Zenit.org)

Catequesis para la familia

La religiosidad popular y sus manifestaciones en las diferentes romerías, a menudo son para un sector de la sociedad difíciles de comprender, si no miramos a través de una óptica de fe y buscando en ellas nuestro sentir más católico y la manifestación de nuestras propias experiencias de conversión. Si apartamos una conducta católica, si dejamos a un lado la transmisión de la fe en dicho actos la fiesta queda estéril, quedando simplemente una celebración popular, tradicionalista y más social que devocional.

Tengo la suerte de ser del sur de España, tierras dadas al folklore y la fiesta, que unido a una amplia devoción Mariana, deja en muchos pueblos y ciudades unas multitudinarias fiestas de romerías donde se une la fe, la tradición y la familia. Manifestación que no siempre son entendidas por quienes no alcanzan a comprender que son hijos de Dios y tiene la seguridad del amparo y la intercesión de una Madre como lo es la Virgen María. Para quien lo comprende es un motivo de alegría y para vivir en una continua fiesta. Poder además proclamarlo por las calles y a lo grande, es una oportunidad que cada año muchas familias tenemos al vivir la fe de forma muy personal y filial.

En mi ciudad, cada tercer domingo de Octubre celebramos la Romería de la Virgen de Valme, nuestra patrona y protectora. Su imagen es sacada en procesión y llevada a Bellavista a la ermita del Cerro del Cuarto, donde cuenta la historia que el rey Fernando III de Castilla y León, cuando reconquistaba Sevilla viendo caer de sed a su ejército, imploró a la imagen de la Virgen que siempre llevaba con él. Y al ruego de “valeme Señora”, clavó su espada y broto una fuente de agua al instante en dicho lugar donde más tarde levantó la ermita.

Declarada fiesta de interés turístico nacional, es una romería muy seguida y a la cual peregrinan cada año muchos devotos. Y aunque yo no sea muy dada a este tipo de manifestación religiosa, admito que para muchos es la puerta de acercamiento para descubrir a  María con todo lo que eso puede conllevar, como encontrarse con un propio camino de conversión.

Cada año es una oportunidad poder celebrar en familia alguna de estas tradiciones religiosas. Donde los mayores, instruyen, enseñan a los más pequeños sobre la historia, el sentido de la fiesta y lo más importante el milagro que encierra cada una de ellas. Puede que solo veamos lo externo, los cantos, los bailes, los colores, aquello que adorna el exterior. Además todo lo que nos hace felices es también un regalo del cielo, y tras cada romería hay muchos detalles que enriquecen nuestro espíritu. Cuando eres pequeño escuchas las historias y entiendes que la Virgen salva, y de algún modo te vinculas ya siendo niño a creer en esa Señora.

Siempre te llegan historias nuevas de personas que cuentan sus experiencias, las gracias que han recibido y son esas las historias que llenan las conversaciones de ese día de fiesta entre familia y amigos, entre canciones y bailes y el compartir de los alimentos. Se alaba, se bendice, se da gracias por tener tan gran Intercesora entre este mundo y el mundo futuro que nos espera. Una fiesta que cada año da la oportunidad a tantas personas de reunirse y de saber que entre sus miembros se ha recibido una gracia o milagro.

Dios puede manifestarse también en un momento de alegría y por ello es importante dar el justo y merecido valor a la religiosidad popular. A la alegría que conlleva el sentirse amado, el sentirse hijo de Dios y el poder manifestarlo en un ambiente de fiesta si el momento así lo requiere y es permitido. Decía el Papa Francisco en la homilía del Domingo de Ramos del 2013: “No seáis nunca hombres o mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino de haber encontrado a una persona, Jesús; de saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles”.  Las Romerías cada año son un momento idílico para compartir, transmitir la fe a nuestros hijos envueltos en un ambiente de alegría y de demostrar que la felicidad del encuentro con Jesucristo es, a lo que como hijos de Dios, estamos siendo llamados. 


Publicado por verdenaranja @ 20:45  | Catequesis
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