Martes, 03 de junio de 2014

Homilía del Emmo. Cardenal Fernando Filoni, Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, en la fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María

Mongomo - Guinea Ecuatorial (31 de mayo de 2014) 

 

1.       Queridos hermanos y hermanas en Cristo, Señor Presidente de la República y distinguida Esposa, Autoridades, Excelentísimo Señor Nuncio, queridos hermanos Obispos:  

Antes que nada, deseo manifestarles mi alegría de estar aquí hoy con ustedes. Es un momento importante para mí, como Prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, conocerles y unir nuestros corazones y nuestras voces en la oración de alabanza a Dios y de agradecimiento a María, nuestra Madre y Madre de la Iglesia, en esta fiesta de su Visitación a Isabel. Como María se sintió llamada a visitar a su prima Isabel para saber cómo estaba en su avanzada gestación y para ayudarla, me parece muy bonito pensar que también yo, como colaborador del Santo Padre, vengo a verles y a conocerles. Es más, es el mismo Espíritu Santo, a través de mi sencilla persona, el que viene a visitarles y me ha encargado de saludarles con afecto. Este deseo de venir a Mongomo se ha visto reforzado por la invitación de sus Obispos, con los que he compartido sobre la situación de la Iglesia en este país. Además, me encontraré también con los sacerdotes, los religiosos, religiosas y algunos laicos de esta Iglesia. Con mi visita quiero manifestar la gratitud por el trabajo pastoral de todos los que están comprometidos en la evangelización y en el servicio de la caridad, por el bien de la Iglesia y de Guinea Ecuatorial.  

Quiero, además, dirigir un agradecimiento especial al Señor Presidente de la República por haberme facilitado el viaje y haberme acogido con tanta amabilidad y prontitud. Gracias también a todas las autoridades de este noble país.

Agradezco, también al Excelentísimo Mons. Ildefonso Obama Obono, Arzobispo de Malabo y Presidente de la Conferencia Episcopal Nacional, por las amables palabras que me ha dirigido al comienzo de esta celebración y han brotado de su corazón de buen pastor, interpretando muy bien los sentimientos de mis hermanos Obispos aquí presentes y de todos Ustedes. 

2.       Hoy la Iglesia celebra, en la clausura del mes mariano, la fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María, que lleva en su seno al Hijo de Dios y que visita a su prima Isabel para brindarle la ayuda de su caridad y proclamar la misericordia de Dios Salvador. María, en esta fiesta litúrgica, se nos offrece como verdadero modelo de evangelización y de misión, como “Madre de la Iglesia evangelizadora” (Evangelii Gaudium, n. 284). Hoy, ella nos enseña a todos cómo se lleva a cabo la salvación de los corazones, cómo se iluminan las mentes, cómo se canta la gloria del Señor, cómo se proclaman sus grandes obras, cómo se llega a ser profetas del Altísimo. 

3.       A la luz de todo esto, me gustaría reflexionar con ustedes sobre el Evangelio que acabamos de leer, que nos muestra cómo María procede en el camino de su vida, con gran realismo, humanidad y precisión. Su forma de estar y de ser se puede resumir con tres verbos: escuchar, decidir, actuar; conceptos que indican un camino para nosotros los cristianos, llamados a anunciar “la alegría del Evangelio”, de cara a aquello que el Señor nos pide en la vita. 

4.       “Isabel, tu pariente, en su vejez ha concebido también ella un hijo...”, le revela el Arcángel Gabriel (Lc. 1, 36). Por tanto, Gabriel anuncia y María escucha. Esta escucha produce en ella, como resultado, el gesto de ir a la casa de su prima Isabel. María ha sabido escuchar la voz de Dios. “Escuchó”, lo que es diferente de “oír”. En efecto, escuchar es más que oír, escuchar comporta atención respecto al otro, acogida del otro, adhesión al otro tú, a Dios. Escuchar no se identifica con la actitud distraída y superficial con la que a veces nos ponemos delante del otro. María, sin embargo, está atenta a Dios, se adhiere a Dios: escucha los hechos, lee los eventos de su vida a la luz de su Palabra, está atenta a la realidad concreta y no se queda en la superficie, va a lo profundo para comprender el significado: “Isabel, tu pariente, en su vejez ha concebido también ella un hijo”. ¿Cómo es posible? Se pregunta. He aquí la respuesta: “Nada es imposible para Dios” (Lc. 1, 37). 

5.       Hermanos y hermanas, esto también vale para nosotros, en nuestra vida: escuchar a Dios que nos habla y, en esa escucha, leer la realidad cotidiana, con atención a las personas, a los hechos que nos rodean, porque el Señor está a la puerta de nuestra vida y llama de muchos modos: “Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa” (Ap. 3, 20). Nos toca a nosotros responder con nuestro “aquí estoy”, con nuestro “sí”. María se ha hecho discípula en la escucha, convirtiéndose en Madre de la Iglesia, porque ha sabido acoger la Palabra de Dios. De esta manera, se ha convertido en modelo para todo creyente y atiende las necesidades de los hombres, intercediendo por ellos con compasión (cfr. Africae Munus, n. 35).  

6.       Dice también el evangelista Lucas que “María se levantó y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá”. María, después de haber meditado todas estas cosas en su corazón (cfr. Lc. 2, 19. 51), decide levantarse y acudir con prontitud para encontarse con su prima. En esta decisión, no se deja llevar por las preocupaciones humanas y no evita el cansancio. Reconociendo ante el Ángel: “Aquí estoy, soy la sierva del Señor” (Lc. 1, 38), ha decidido tomar una decisión fundamental que cambiará su vida.  

7.       Como ven, María no solo escuchó, sino que se puso en camino y “fue con prontitud” (cfr. Lc. 1, 39) a casa de su pariente que vivía lejos. Después de escuchar, actúa en consecuencia. Dice el Papa Francisco que María es “Madre de la Iglesia evangelizadora” (Evangelii Gaudium, n. 284). Ella sabe que la acompaña la fuerza del Altísimo y va “con prontitud” a dar testimonio de su cercanía a Isabel. En la oración ante Dios que habla, al reflexionar y meditar sobre los hechos de su vida, María tiene claro lo que Dios le pide, aquello que ella debe hacer, por eso no tarda, sino que va “con prontitud”. San Ambrosio, comentando justamente estos versículos de Lucas sobre la Visitación, afirma: “la gracia del Espíritu Santo no implica lentitud”. Por tanto, María sale “con prontitud” para brindar a Isabel la ayuda de su caridad y proclamar la misericordia de Dios Salvador que “llega a los que le temen de generación en generación” (cfr. Lc. 1, 50). Se nos muestra con claridad que la forma de actuar de María está ligada a su obediencia a las palabras del Ángel y a su caridad: va a casa de Isabel para serle útil; y en este salir de su casa, de sí misma, por amor, lleva consigo lo más precioso que tiene: a Jesús; lleva consigo al Hijo del Altísimo.  

8.       A veces, también nosotros nos paramos a escuchar, a reflexionar sobre aquello que debemos hacer. Quizás tenemos también clara la decisión que debemos tomar pero, cuando se nos hace duro, no pasamos a la acción. Y sobre todo, no nos entregamos totalmente, moviéndonos “con prontitud” hacia los demás para llevarles nuestra ayuda, nuestra comprensión, nuestra caridad; para llevar también nosotros, como María, lo más precioso que hemos recibido y que tenemos de: Jesús y su Evangelio, con la palabra y, sobre todo, con el testimonio concreto de nuestra forma de actuar.  

9.       Es mi esperanza que estas breves reflexiones espirituales nos ayuden a cada uno de nosotros a preguntarnos en nuestro corazón lo que Dios quiere de mí para ser fiel a mi propia vocación, sea como sacerdote o religioso, o bien como madre o padre de familia, como político u administrador, sirviendole siempre al bien común.

Querría sin embargo subrayar como todos somos misioneros en virtud del bautismo que hemos recibido. ¡Seamos entonces todos misioneros ! con la fidelidad a Dios y con el anuncio de la Palabra de Dios a quien no la conoce.  

10.     Deseo terminar mis palabras, hermanos y hermanas, llamados a ser discípulos misioneros, pidiendo a María que nos enseñe a escuchar y a obedecer como Ella ha obedecido. Y, escuchando, nos ayude a decidir y a actuar en consecuencia, cumpliendo nuestra misión con la fuerza del Espíritu Santo y la gracia de Nuestro Señor.

Pongamos todo nuestro piensamiento y cuidado en la Virgen Inmaculada, bajo cuyo amparo siempre confía este noble pueblo de Guinea Ecuatorial. Y es precisamente la fé de nuestro pueblo que quiso dedicar a María Santísima  esta grande Basílica-Santuario, adonde todos los fideles ecuatoguineanos acude con suma confianza, casi imitando aquella peregrinación, que María hizo al visitar a su prima Santa Isabel, en signo de profundo amor y servicial caridad. 

¡Que Dios Todopoderoso los llene de todo bien espiritual y material, y que siempre bendiga a este noble país y a todos sus habitantes!

 


Publicado por verdenaranja @ 22:15  | Homil?as
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