Viernes, 06 de junio de 2014

Reflexión a las lecturas del domingo de la solemnidad de Pentecostés - A ofrecida por el scerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe " ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo de Pentecostés A

Por fin hemos llegado a Pentecostés. De este modo, llega a su plenitud, a su punto culminante, el clima festivo y alegre que compartimos los cincuenta días de Pascua. Por eso se llama Pentecostés, cincuenta días.

Dice el catecismo: “¿Qué celebramos el Domingo de Pentecostés? “El Domingo de Pentecostés celebramos que Jesús ha enviado el Espíritu Santo sobre los apóstoles y continúa enviándolo sobre nosotros”.

Se trata de dos realidades distintas: La venida del Espíritu Santo a los discípulos el día de Pentecostés y la venida del Espíritu del Señor a cada cristiano.

Del Espíritu Santo ya decíamos algo el domingo 6º de Pascua, pero este domingo todo nos habla del Espíritu. La primera lectura nos narra el acontecimiento de Pentecostés: La casa, los discípulos, el viento recio, las lenguas de fuego, el asombro de todos los que les escuchan hablando en lenguas extranjeras, la gran transformación de los apóstoles, la explicación de S. Pedro… ¡Es todo muy hermoso!

Ya Jesús les había advertido: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra”. (Hch 1, 8). Y dicen los especialistas que el Libro de los Hechos, el llamado “Evangelio del Espíritu Santo”, es la narración del cumplimiento de estas palabras del Señor: Comienza en Jerusalén… Luego en toda Judea y Samaria, hasta que se llega a Roma, la capital de un Imperio enorme que llegaba hasta España.

Pero los apóstoles no recibieron sólo el Espíritu Santo, sino también la misión de transmitirlo a cada cristiano. ¡Y con cuánto interés procuraban hacerlo! Cada uno, en efecto,  necesita “su pentecostés”, que haga posible su existencia cristiana en su ser y en su hacer. Y nuestro pentecostés es el sacramento de la Confirmación. Algo decía ya el otro día, cuando hablaba de la primera Confirmación que conocemos, la de Samaría. (Hch 8, 14-16). Y de eso se trata: Los obispos, sucesores de los apóstoles, por la oración, la imposición de las manos y la unción con el santo crisma,  nos dan el Espíritu Santo. Parece muy hermoso y acertado que todos los años en la Catedral se administre el Sacramento de la Confirmación el día de Pentecostés.

Y, además, ¿qué un ser humano sin espíritu? Un cadáver. Se dice “expiró”, es decir, exhaló el espíritu. Pues eso es un ser humano sin el Bautismo, que lo infunde de un modo inicial y sin la Confirmación que lo infunde en plenitud: Un cadáver en el ser y en el hacer cristiano. Nos lo recuerda S. Pablo en la segunda lectura de hoy: “Nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu Santo”. Y el Evangelio nos presenta a Jesucristo transmitiendo a los discípulos el Don del Espíritu al anochecer  del mismo día de la Resurrección. ¿Tenía prisa el Señor?  Es La necesidad y la novedad del Espíritu Santo, el fruto más importante de la Pascua, fuente y garantía de todos los demás.

¡Jesucristo Resucitado se convierte, pues, en el “dador” del Espíritu! En el Evangelio de la Misa de la Vigilia, nos dice S. Juan: “Todavía  no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado”. (Jn 7,39).

La Iglesia es consciente de la gran diferencia que existe entre los apóstoles y nosotros en la forma, sobre todo externa, de recibir el Espíritu del Señor. Por eso en la oración colecta de la Misa decimos: “… Y no dejes de realizar hoy en el corazón de tus fieles aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica”. 

Para eso nos hemos venido preparando: Para acoger una nueva efusión del Espíritu del Señor en nosotros mismos, en la Iglesia y en el Universo entero. Especialmente, renovando aquel Don del Espíritu, que recibimos en el Bautismo y, sobre todo, en la Confirmación.

Una última reflexión: Los judíos este día de Pentecostés celebraban la “Fiesta de las Cosechas” y recordaban el día en que Moisés recibió del Señor las Tablas de la Ley, los mandatos  del Señor. Es hermoso contemplar la gran fiesta cristiana desde esta perspectiva: Viene el Espíritu Santo para hacer posible que los “frutos” de la Redención comiencen a cosecharse en el mundo entero. Y para que la “Ley Nueva”, la de la libertad, la de la vida según el Espíritu, comience a abrirse paso en toda la tierra. Por todo ello, nos viene bien celebrar este día la Jornada de la Acción Católica y del Apostolado Seglar.

FELIZ DOMINGO!


Publicado por verdenaranja @ 13:45  | Espiritualidad
 | Enviar