Viernes, 03 de octubre de 2014

Reflexión a las lecturas del domingo veintisiete del Tiempo Ordinario - A ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 27º del T. Ordinario A

 

Durante tres domingos, estamos escuchando unas parábolas en las que el Señor explica a los sumos sacerdotes y ancianos, y también a nosotros, por qué tiene que prescindir del pueblo elegido, el pueblo de Israel, y formar otro pueblo, la Iglesia. El domingo pasado, escuchábamos la primera: la Parábola de los dos hijos. Hoy, la de “los viñadores homicidas”. En ella se refiere Jesús al pasado de Israel, a  la historia de infidelidad y maldades del pueblo de Dios, especialmente de su actitud con los profetas. Y también, de su actitud actual: no aceptan a Jesús como Mesías y, dentro de unos días, lo llevarán a la Cruz.

        Para aquel propietario del Evangelio era algo ilusionante plantar una viña, cavar un lagar, construir la casa del guarda y arrendarla a unos labradores, que le dieran, a su tiempo, los frutos que le correspondían. Es una imagen de la constitución de Israel como pueblo de Dios. Bajo la forma de un poema precioso, nos presenta el profeta Isaías (1ª Lect.) la misma historia, con algunas variantes  y limitándola, como es lógico, al Antiguo Testamento.

        “Llegado el tiempo de la vendimia, sigue diciendo el Evangelio, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo”. De esta forma, Jesucristo les recuerda lo que habían hecho sus antepasados con los profetas que el Padre les enviaba.

        Por último, el propietario “mandó a su hijo diciéndose: tendrán respeto a mi hijo. Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: este es el heredero. Venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia. Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron”.

El hijo que envía el propietario representa a Jesucristo. Dentro de unos días, lo someterán a toda clase de tormentos, y lo sacarán fuera de la viña, y lo harán morir en una cruz en las afueras de Jerusalén.

        El texto de la primera lectura pone en boca del Señor: “¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no haya hecho? ¿Por qué, esperando que diera uvas, dio  agrazones?” Y describe cómo va a abandonarla.

        En el Evangelio Jesús encarga a los sumos sacerdotes y ancianos que pronuncien ellos mismos su sentencia, cuando les pregunta: “Y, ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores? Le contestaron: “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos”. A continuación, es Cristo el que pronuncia la sentencia. Es la enseñanza fundamental de la Parábola: “Se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”. ¡Qué impresionante es todo esto! ¡Qué trágico resulta todo!

¿Y cómo se quedarían aquellos dirigentes de Israel, que entendían que la parábola iba por ellos? S. Marcos y S. Lucas dicen que quisieron detenerle, pero temieron a la gente y se fueron (Mc 12,12;  Lc 20,19). ¿No nos explicamos ahora por qué tendrá el Señor que morir en una cruz?

¡Y “del costado de Cristo, dormido en la Cruz, nació el sacramento admirable de la Iglesia entera”! nos enseña el Vaticano II (S. C. 5). La Iglesia es, pues, el nuevo pueblo de Dios, la Viña Nueva de Cristo.  Ella “va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la Cruz y la Muerte de Jesús hasta que Él vuelva”. (L. G. 8).

Los cristianos, por tanto, en el salmo responsorial de este domingo, nos referimos también a la Nueva Viña, “el Israel de Dios” que dice S. Pablo (Gál 6,16), cuando proclamamos: “La Viña del Señor es la Casa de Israel”.

Al mismo tiempo, tendríamos que hacer examen de nuestra vida, para ver qué fruto estamos dando, no sea que también nosotros, miembros de la Iglesia, seamos desheredados y apartados de la Viña. 

 

                                          ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

       

 


Publicado por verdenaranja @ 23:37  | Espiritualidad
 | Enviar