Domingo, 26 de octubre de 2014

La experiencia del amor por Mons. Enrique Díaz Diaz. SAN CRISTóBAL DE LAS CASAS, 24 de octubre de 2014 (Zenit.org)

XXX domingo ordinario

“Éxodo 22, 20-26: “La explotación de las viudas y los huérfanos enciende la ira de Dios”.
Salmo 17: “Tú, Señor, eres mi refugio”.
I Tesalonicenses 1, 5-10: “Abandonando los ídolos, ustedes se convirtieron a Dios y viven en la esperanza de que venga desde el cielo Jesucristo, su Hijo”.
San Mateo 22, 34-40: “Amarás al Señor, tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo”.

Una de las más bellas expresiones con que nombran nuestros pueblos mayas a Jesús es: “Corazón del Cielo, Corazón de la Tierra”. Y en estas poéticas y bellas palabras encierran el misterio de la Encarnación, del Dios hecho carne, de la Palabra que se hace uno de nosotros. La expresan vivamente en el llamado “Altar Maya”, con los caminos del cielo y la tierra que se entrelazan en el centro. Todo un simbolismo del Dios y hombre, del Emmanuel, del Dios con nosotros. De aquí brota toda la espiritualidad y la fuerza de los verdaderos creyentes porque también todo hombre y toda mujer quedan marcados por esos dos amores: el divino y el humano.

¿Quién no se ha hecho esta pregunta alguna vez: qué es lo más importante de la religión? Para el israelita sencillo, perdido en el intrincado laberinto de leyes y preceptos, no sería nada fácil descubrir lo más importante. Los escribas hablaban de seiscientos trece mandamientos contenidos en la ley. Pero cuando la religión se reduce a mandamientos y leyes puede olvidarse lo más importante que es la relación con Dios y dañar gravemente a las personas. No es extraña la pregunta, lo extraño es que la haga un doctor de la ley. Parecería que quienes menos quieren entender, son quienes más preguntan y, en este contexto de polémica, se ponen de pretexto los mandamientos para confrontarse con Jesús. Conforme al texto, no parece que tuvieran ningún interés en cumplirlos. Pero esto da pie a Jesús para decir explícitamente lo que a diario revela con sus obras sobre el mandamiento más importante. Lo que Jesús hace todos los días, lo que desde su encarnación y venida en el mundo está realizando, es la voluntad de su Padre, el amor de su Padre… pero realizado de un modo muy claro y concreto en el amor al prójimo. El amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Esta es nuestra fe cristiana. Nadie puede abusar, oprimir o ser indiferente ante el débil y pobre porque Dios está del lado del hermano.

Quizás hoy podríamos iniciar nuestra reflexión con la medida que le pone Jesús a este amor: “como a ti mismo”. No es un simple añadido, sino la verdadera fuente de donde parte el mandamiento, aunque puede entenderse de muchas formas. El primer sentido está sugerido por palabras que en otra ocasión decía el mismo Jesús: “trata los demás como quieres que te traten a ti”, o también “no hagas al otro, lo que no quieras que te hagan a ti”. Es una fórmula muy práctica. Pensar en las diferentes situaciones en que nos hemos encontrado y cómo reaccionamos ante el trato positivo o negativo que nos dan las personas y así actuar conforme a lo que quisiéramos para nosotros. De hecho en la primera lectura, tomada del Éxodo, se ofrecen una serie de prescripciones muy concretas para tratar al prójimo, basadas todas en el “porque tú también estuviste en esa situación”. Así dice: “No hagas sufrir ni oprimas al extranjero... No explotes a las viudas ni a los huérfanos... Cuando prestes dinero a uno de mi pueblo, al pobre que está contigo, no te portes con él como usurero, cargándole intereses. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol, Cuando él clame a mí, yo lo escucharé, porque yo soy misericordioso”. Ciertamente cambiando las condiciones, poniéndose en los zapatos del otro, mirándolo “como a ti mismo”, cambian todas las formas de ver, de pensar y de actuar.

En una sociedad de desiguales, amar “como te amas a ti mismo” introduce la radical exigencia de la hermandad. Es el segundo aspecto de este “como a ti mismo”, que nos obliga a colocarnos en una situación donde el amor a los demás nos hace hermanos, nos hace iguales. Amo a los otros porque cada uno es hijo de Dios, de mi misma dignidad y con mis mismos derechos. Lo amo porque somos iguales y estamos empeñados en construir esa igualdad, esa fraternidad, sin desprecios, sin discriminaciones, sin ciudadanos de primera o de segunda. El amor a nosotros mismos es tomado como la medida de nuestro amor y nuestro servicio a los demás.

Para amar, hay que saberse amado. Este tercer aspecto lo podemos entender como una premisa. Amar “como a ti mismo”, implicaría primero amarse a uno mismo, aceptarse a uno mismo, conocerse y quererse, simplemente porque Dios nos quiere. Dios te ama infinitamente y ese amor, que te llena y te sacia, lo puedes derramar sobre los demás. Hay quien no se quiere a si mismo, siempre está de mal humor, siempre se enoja y de todo se fastidia… no se quiere porque no se ha reconocido amado de Dios. Así lo que parecía primero un mandamiento: amar a Dios; y después dos: amar al prójimo; en realidad se transforman en tres mandamientos, porque también se necesita el mandamiento de amarse a uno mismo. Pero quizás estaríamos regresando otra vez al nivel de los fariseos que sólo miran mandamientos. ¿Amar es un mandamiento? Más bien una experiencia, ¡la gran experiencia!, que todos debemos vivir. Si nos reconocemos y nos sentimos amados de Dios, los otros “mandamientos” brotan espontáneamente. Si decimos que amamos a Dios pero engañamos y destruimos al prójimo entonces, dice San Juan, somos unos mentirosos. Para amar al prójimo necesitamos encontrar la gran fuente de energía del amor.

Amarse uno mismo no tiene el sentido egoísta e individualista que le quiere dar el neoliberalismo. No se trata de encerrarse en sí mismo y ponerse como centro del universo, porque entonces todo se derrumba: el amor a Dios, el amor al prójimo y hasta el amor a sí mismo que se transforma en soberbia, orgullo y desprecio a los demás. Jesús añade un poco más porque el verdadero amor se aprende de Jesús. Antes de ser amor sacrificado, Él mismo había construido con su vida una cruz de dos maderos: uno vertical que va desde el suelo hacia el Padre; otro horizontal, el del amor a los hermanos, pero inseparablemente unidos. Por eso se atreve a decirnos: “Ámense como yo los he amado”. ¿Cómo estamos cumpliendo el mandamiento de Jesús? ¿Cómo vivimos la experiencia del amor?

Padre Bueno, que nos has amado desde toda la eternidad, concédenos experimentar de tal manera tu amor que cumplamos con alegría, tu mandamiento de amor a ejemplo de tu hijo Jesucristo. Amén.


Publicado por verdenaranja @ 19:51  | Espiritualidad
 | Enviar