Lunes, 29 de agosto de 2016

Texto completo del ángelus, domingo 28 de agosto de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

«¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El episodio del Evangelio de hoy nos muestra a Jesús en la casa de uno de los jefes de los fariseos, concentrado en observar cómo los invitados a almorzar se esforzaban por elegir los primeros lugares. Es una escena que hemos visto muchas veces: buscar el mejor lugar incluso ‘con los codos’.

Al ver esta escena, él narra dos breves parábolas con las cuales ofrece dos indicaciones: una se refiere al lugar, la otra se refiere a la recompensa.

La primera semejanza está ambientada en un banquete nupcial. Jesús dice: “Cuando te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’

Con esta recomendación Jesús no quiere dar normas de comportamiento social, sino una lección sobre el valor de la humildad. La historia nos enseña que el orgullo, el arribismo, la vanidad, la ostentación son la causa de muchos males. Y Jesús nos hace entender la necesidad que tenemos de elegir los últimos lugares, o sea, buscar la pequeñez y el ocultamiento: la humildad.

Cuando nos ponemos ante Dios en esta dimensión de humildad, entonces Dios nos exalta, se inclina hacia nosotros para elevarnos hacia él; “Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (v. 11).

Las palabras de Jesús subrayan actitudes completamente diferentes y opuestas: la actitud de quien se elige su propio sitio y la actitud de quien se lo deja asignar por Dios y espera de Él la recompensa.

No lo olvidemos: ¡Dios paga mucho más que los hombres! ¡Él nos da un lugar mucho más bello de aquel que nos dan los hombres! El lugar que nos da Dios está cercano a su corazón y su recompensa es la vida eterna. “¡Serás bienaventurdado – dice Jesús, recibirás tu recompensa en la rela resurrección de los justos”.

Es lo que se describe en la segunda parábola, en la que Jesús indica la actitud de desinterés que debe caracterizar la hospitalidad, y dice: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte!”.

Se trata de elegir la gratuidad en vez del cálculo oportunista que trata de obtener una recompensa, que busca el interés y que busca enriquecerse mucho más.

En efecto, los pobres, los sencillos, aquellos que no cuentan, jamás podrán retribuir una invitación a comer. Así Jesús demuestra su preferencia por los pobres y los excluidos, que son los privilegiados del Reino de Dios y transmite el mensaje fundamental del Evangelio que es servir al prójimo por amor a Dios.

Hoy Jesús se vuelve la voz de quien no tiene voz y dirige a cada uno de nosotros un llamamiento afligido a abrir el corazón y a hacer nuestros los sufrimientos y las angustias de los pobres, de los hambrientos, de los marginados, de los prófugos, de los derrotados por la vida, de cuantos son descartados por la sociedad y por la prepotencia de los más fuertes. Y estos descartados representan, en realidad, la mayor parte de la población.

En este momento, pienso con gratitud a los comedores donde tantos voluntarios ofrecen su servicio, dando de comer a personas solas, en dificultad, sin trabajo o sin casa.

Estos comedores y otras obras de misericordia –como visitar a los enfermos y a los encarcelados– son palestras de caridad que difunden la cultura de la gratuidad, porque cuantos trabajan en ellas están movidos por el amor de Dios y son iluminados por la sabiduría del Evangelio. De este modo el servicio a los hermanos se convierte en testimonio de amor, que hace creíble y visible el amor de Cristo.

Pidamos a la Virgen María que nos conduzca cada día por el camino de la humildad. Ella ha sido humilde toda su vida,  que nos haga capaces de gestos gratuitos de acogida y de solidaridad hacia los marginados, para llegar a ser dignos de la recompensa divina».

El papa Rezó el ángelus y después dirigió las siguientes palabras:

«Queridos hermanos y hermanas, deseo renovar mi cercanía espiritual a los habitantes del Lazio, de Le Marche y de Umbria, duramente golpeados por el terremoto de estos días.

Pienso en particular a la gente de Amatrice, Arquata, Pescara del Tronto y Norcia. Una vez más les digo a estas queridas poblaciones que la Iglesia comparte sus sufrimientos y sus preocupaciones. Recemos por los difuntos y por los sobrevivientes”.

La atención con la cual las autoridades, fuerzas del orden, protección civil y voluntarios están operando, demuestra cuanto sea importante la solidaridad para superar las pruebas dolorosas.
Queridos hermanos y hermanas, apenas posible también yo espero de ir a visitarlos, para llevarles personalmente el consuelo de la fe, el abrazo de padre y hermano y el apoyo de la esperanza cristiana.

Recemos por estos hermanos y hermanas, todos juntos:

Ave María…

Ayer en Santiago del Estero, en Argentina ha sido proclamada beata, sor María Antonia de San José; el pueblo la llama Mama Antula. Su ejemplar testimonio cristiano, especialmente su apostolado en la promoción de los Ejercicios espirituales, puedan suscitar el deseo de adherir siempre más a Cristo y al evangelio.

El jueves próximo 1° de septiembre celebraremos la Jornada Mundial de Oración por la custodia de la creación, junto a los hermanos ortodoxos y de otras Iglesias. Será una ocasión para reforzar el empeño común para salvaguardar la vida, respetando el ambiente y la naturaleza.

Saludo ahora a todos los peregrinos provenientes de Italia y de diversos países, en particular a los monaguillos de Kleineraming (Austria); a los marinos de la nave escuela argentina Fragata Libertad, lo he dicho en español porque ¡la tierra tira! A los fieles de Gonzaga, Spirano, Brembo, Cordenos y Daverio, a los jóvenes de Venaria, Val Liona, Angarano Moncalieri y Tombello.

A todos les deseo un buen domingo y por favor no se olviden de rezar por mi». Y concluyó con su conocido: ‘¡Buon pranzo e arrivederci!’.


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Mesa de fraternidad por  ENRIQUE DÍAZ DÍAZ. 26 AGOSTO 2016 (ZENIT)

XXII Domingo Ordinario

Sirácide 3, 19-21. 30-31: “Hazte pequeño y hallarás gracia ante Dios”
Salmo 67: “Dios da libertad y riqueza a los cautivos”
Hebreos 12, 18-19. 22-24: “Se han acercado ustedes a Sión, el monte y la ciudad del Dios viviente”
San Lucas 14, 1. 7-14: “El que se engrandece a sí mismo, será humillado y el que se humilla será engrandecido”

Los ocho indígenas estaban sorprendidos… se miraban el uno al otro y no cabían de alegría y de estupor. Desde que se anunció la visita del Papa a San Cristóbal de las Casas, se empezó a manejar mañosamente quiénes serían los invitados a comer con el Papa. Se especuló con nombres de supuestas personalidades, pero la diócesis tenía muy clara su opción: “que acompañen al Papa personas que nos representen. No podemos estar todos, pero estaremos contentos si son de los nuestros, sencillos, que puedan decirle nuestros problemas y nuestros anhelos”. Y así fueron saliendo de su anonimato y llegando desde los rincones más remotos de la selva o de la sierra una joven indígena, un sacerdote de la parroquia más pobre, un catequista que ha entregado toda su vida en el anuncio del Evangelio, una mujer que lucha desde abajo por el respeto y dignidad de las mujeres… todos ellos sencillos, anónimos, pero con un corazón entregado al Señor. El Papa los hizo sentir en confianza, los escuchó atentamente, los alentó y se llevó en su corazón el tesoro del amor de los pobres. Ellos siguen soñando si fue realidad, siguen disfrutando de sus palabras, siguen viviendo ese momento incomparable en una mesa de fraternidad.

Es muy humano el afán de ser, de situarse, de sobresalir. Parece tan natural convivir con este deseo que lo contrario se etiqueta en nuestra sociedad como estupidez. Quien no aspira a más, quien no se sitúa por encima de los demás, quien no se sobrevalora, es tachado de “tonto” en este mundo competitivo y absurdo. Nos acostumbramos a la ley de la selva, donde el más fuerte domina al débil, donde el pez grande se come al más pequeño, donde importa aparecer, subir aunque sea pisando a los demás. Una feroz competencia descalifica a los pequeños y da un lugar preponderante a los fuertes. Baste escuchar las diferentes propuestas frente a los graves problemas que estamos sufriendo. Cada uno jura obcecadamente tener la razón y no escucha a los demás. Ellos son los únicos que valen, y para demostrarlo tratan de destruir a los demás en su fama, en sus alcances y en sus valores. No importa lo que se tenga que hacer, al fin que en el amor y en la política todo se vale. Más que propuestas propias que busquen solucionar los graves problemas de la entidad, se escuchan descalificaciones, insultos y agresiones. ¡Así no se construye una nueva sociedad!

Las grandes firmas comerciales, utilizando todo tipo de artimañas, van dejando fuera a la competencia. Los pequeños productores, los campesinos, los simples artesanos son devorados por los “tiburones” de las grandes industrias y las grandes transnacionales. Todo es válido en un mundo donde sólo importa la fuerza y ocupar los primeros lugares. Muchos papás así educan a sus hijos: para sobresalir, para competir más que para compartir. Las naciones poderosas ahorcan a las del tercer mundo y, lejos de ayudar a su crecimiento, con sus “préstamos e intereses” las endeudan y empobrecen, saqueando e hipotecando sus riquezas.

Los valores de la sociedad del tiempo de Jesús son puestos en evidencia por la actitud de “los convidados que escogían los primeros lugares”; los valores de la comunidad de Jesús, en cambio, se sintetizan en su consejo: “Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar”. Jesús invierte la escala de valores de la sociedad. No pone en tela de juicio el banquete, símbolo de la participación y de la fraternidad, sino la forma en que hacemos el banquete: luchando por los primeros lugares e invitando solamente a quienes pueden reportarnos alguna ganancia. Así quedan fuera y despreciados los más pobres, los sencillos y los humildes. El banquete que debería ser signo de fraternidad, se convierte en manifestación plena de la discriminación, del egoísmo y de la entronización del dinero y el poder.

Jesús nos invita a actuar desde una actitud diferente, desde una actitud de gratuidad y de comunión que nos lleve a la fraternidad y a la solidaridad con el pobre, opuesta totalmente a la lógica del que busca destacar, ser reconocido, acumular, aprovecharse o excluir a los demás de su propia riqueza. Jesús nos llama a compartir gratis, sin seguir la lógica de quien siempre busca cobrar las deudas, aun a costa de humillar a ese pobre “que siempre está en deuda frente a un sistema que lo exprime”. Jesús no critica la amistad, ni las relaciones familiares, ni el amor gozosamente correspondido, pero sí critica fuertemente el egoísmo y la ambición que destruyen al hermano y que nos llevan a considerar como ajenos a nosotros a quienes no están con nosotros. El sueño de Jesús es que todos seamos hermanos y cualquier acción que limite este ideal, que lo reduzca a unos cuantos, está corrompiendo su plan salvador y el Reino de Dios.

No es fácil vivir de esta manera desinteresada en nuestros días. El camino de la gratuidad es duro, difícil y a veces agotador; va a contracorriente. Pero es posible cuando uno mismo se reconoce como regalo inmerecido del amor de Dios y cree en la lógica de Jesús: servir y no ser servido; dar la vida para ganarla; ocupar los últimos lugares y no buscar el lugar de privilegio.

De ninguna manera esto nos debe colocar en una actitud pasiva o irresponsable frente a los graves problemas de la sociedad. No es estar indiferente, es estar activo pero cuidar los intereses por los que lo estamos haciendo. Es sentirse responsable por amor. Es construir unas relaciones propias de una humanidad nueva, una comunidad diferente donde los pequeños ocupan un lugar importante. No se trata de asistencialismo, sino de reconocimiento: construir junto con los pobres. Ésta es la lógica del Reino; ésta es la lógica de la nueva comunidad de Jesús.

Una pregunta seria nos queda en el corazón: como Iglesia o como miembros de la Iglesia, ¿buscamos los primeros lugares y servir sólo a quienes nos pueden reportar una ganancia? ¿Hemos lastimado a alguien por nuestro afán de subir y aparecer? ¿Cómo estamos construyendo esta nueva comunidad de Jesús donde reine la fraternidad?

Dios, Padre bueno, que por amor nos has creado y gratuitamente nos has regalado la vida, danos un corazón grande para amar, fuerte para luchar y generoso para entregarnos nosotros mismos como regalo a tu familia humana como lo hizo tu hijo Jesús. Amén


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Viernes, 26 de agosto de 2016

Reflexión a las lecturas del domingo veintidós del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR "              

Domingo 22º del T. Ordinario C

 

Por el camino hacia Jerusalén, el Señor nos habla este domingo de la humildad.

A primera vista, sus palabras pueden parecer unas lecciones de cortesía o unas tácticas para ocupar los primeros puestos, sin peligro de perderlos. Pero enseguida, nos damos cuenta de que se trata de unos ejemplos que pone el Señor, Maestro supremo, para que entendamos la importancia y la necesidad de vivir en  humildad: "El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido".

Ésta no es una virtud de personas débiles, enfermizas, que andan siempre diciendo que no sirven para nada. La humildad no puede ser eso, porque la humildad es una virtud. Ésta consiste, siguiendo el lenguaje del Evangelio de hoy, en ocupar nuestro puesto con dignidad, sea el primero o el último. El Papa ocupa el primer puesto, y también tiene que practicar la humildad. Ocupar nuestro puesto supone “andar en verdad”, como diría Santa Teresa. Ella decía que la humildad es la verdad.

Y ¿qué es la verdad? La verdad consiste en darnos cuenta de que somos seres llenos de bienes en el orden de la naturaleza y de la gracia, pero bienes que son dones. "¿Qué tienes que no hayas recibido?”, dice S. Pablo. “Y si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo como si no lo hubieras recibido?” (1 Co 4, 7).

Un ejemplo de verdadera humildad es lo que dice la Virgen en el Magnificat: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”.

Y el apóstol S. Pablo dice: "Yo no soy digno de llamarme apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios, pero, por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí. Más bien, he trabajado más que todos ellos (los demás apóstoles), pero no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo" (1 Co, 15, 9-10).

La humildad se distingue de la soberbia en que en ésta nos enorgullecemos de las cosas que tenemos como si fueran exclusivamente nuestras. Yo tenía un sacristán que, cuando algo salía bien, decía: “Y eso gracias a mí”. Era una broma, pero expresa lo que quiero decir.

Hay mucha gente que vive en la soberbia… Dicen que todo lo que tienen es gracias a su esfuerzo, a sus cualidades y que no debe nada a nadie.

Esto de la humildad puede parecernos algo del pasado, propio de otros tiempos, de un sentido distinto de la vida y de las cosas. Pero es fácil darnos cuenta de que una verdadera humildad es imprescindible a la hora de dar un paso adelante en la vida cristiana. Si no somos humildes, es decir, si no nos sentimos pobres, frágiles, necesitados de Dios, no tenemos nada que hacer en el Reino de Dios. “Él resiste a los soberbios para dar su gracia a los humildes", escribe S. Pedro. (1 Pe 5,5) "A los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos", proclama La Virgen María en su célebre cántico (Lc 1, 53).

Toda la vida del Señor es considerada por S. Pablo como un acto continuado de humildad: "Siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos..." "Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el "Nombre sobre todo nombre..." (Fil 2, 6-11).

Una mala inteligencia de esta virtud y de otras semejantes, en tiempos pasados, hizo a muchos tropezar en la fe. Les parecía que la religión alienaba a la gente, que les inutilizaba para la lucha y el progreso y llegaron a considerarla "opio del pueblo". A esta actitud, propia del marxismo, trató de responder el Concilio Vaticano II en algunos documentos.

La virtud de la humildad, en fin, hace al hombre un ser equilibrado y agradable, aún en el orden humano. La primera lectura de este domingo nos dice: "Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios y revela sus secretos a los humildes".

                                                                                  ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 22º DEL TIEMPO ORDINARIO C    

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

        Escuchemos ahora unas reflexiones en torno a la virtud de la humildad. En el Evangelio también el Señor nos hablará esta virtud. Escuchemos con atención. 

SALMO

        Con las palabras del salmista aclamemos a Dios, que ama y salva a los justos y desvalidos. 

SEGUNDA LECTURA

        Se nos invita ahora a reflexionar sobre la experiencia del pueblo de Israel al pie del Sinaí, y a compararla con la situación de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, que, de algún modo, ha sido introducido ya en el Cielo, junto con Cristo, los ángeles y los santos. 

TERCERA LECTURA

        En el Evangelio Jesús nos exhorta a vivir en la humildad, la sencillez, el desinterés. Escuchemos con atención.

Pero antes, aclamemos al Señor con el canto del aleluya 

COMUNIÓN

        En la Comunión recibimos a Jesucristo, modelo perfecto de humildad y desinterés. Recordemos ahora aquellas palabras del Evangelio: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso". 


Publicado por verdenaranja @ 12:56  | Liturgia
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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo veintidós del Tiempo Ordinario C. 

SIN ESPERAR NADA A CAMBIO

 

Jesús está comiendo invitado por uno de los principales fariseos de la región. Lucas nos indica que los fariseos no dejan de espiarlo. Jesús, sin embargo, se siente libre para criticar a los invitados que buscan los primeros puestos e, incluso, para sugerir al que lo ha convidado a quiénes ha de invitar en adelante.

Es esta interpelación al anfitrión la que nos deja desconcertados. Con palabras claras y sencillas, Jesús le indica cómo ha de actuar: «No invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos». Pero, ¿hay algo más legítimo y natural que estrechar lazos con las personas que nos quieren bien? ¿No ha hecho Jesús lo mismo con Lázaro, Marta y María, sus amigos de Betania? 

Al mismo tiempo, Jesús le señala en quiénes ha de pensar: «Invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos». Los pobres no tienen medios para corresponder a la invitación. De los lisiados, cojos y ciegos, nada se puede esperar. Por eso, no los invita nadie. ¿No es esto algo normal e inevitable? 

Jesús no rechaza el amor familiar ni las relaciones amistosas. Lo que no acepta es que ellas sean siempre las relaciones prioritarias, privilegiadas y exclusivas. A los que entran en la dinámica del reino de Dios buscando un mundo más humano y fraterno, Jesús les recuerda que la acogida a los pobres y desamparados ha de ser anterior a las relaciones interesadas y los convencionalismos sociales.

¿Es posible vivir de manera desinteresada? ¿Se puede amar sin esperar nada a cambio? Estamos tan lejos del Espíritu de Jesús que, a veces, hasta la amistad y el amor familiar están mediatizados por el interés. No hemos de engañarnos. El camino de la gratuidad es casi siempre duro y difícil. Es necesario aprender cosas como estas: dar sin esperar mucho, perdonar sin apenas exigir, ser más pacientes con las personas poco agradables, ayudar pensando solo en el bien del otro. 

Siempre es posible recortar un poco nuestros intereses, renunciar de vez en cuando a pequeñas ventajas, poner alegría en la vida del que vive necesitado, regalar algo de nuestro tiempo sin reservarlo siempre para nosotros, colaborar en pequeños servicios gratuitos. 

Jesús se atreve a decir al fariseo que lo ha invitado: «Dichoso tú si no pueden pagarte». Esta bienaventuranza ha quedado tan olvidada que muchos cristianos no han oído hablar nunca de ella. Sin embargo, contiene un mensaje muy querido para Jesús:

«Dichosos los que viven para los demás sin recibir recompensa.
El Padre del cielo los recompensará».

 

José Antonio Pagola

22 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,1.7-14)

Evangelio del 28/Ago/2016


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Jueves, 25 de agosto de 2016

Refklexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel. 24 AGOSTO 2016 (ZENIT)

Educación sexual en las escuelas

Hay cosas que preocupan y que deberían revisarse, pero en general no están tan mal como nos habían alertado en las redes sociales

Estamos iniciando el curso escolar, aunque con algunas irregularidades en ciertas regiones del país, por la resistencia de unos maestros a la reforma educativa. Por otro lado, ha habido padres de familia que han expresado su inconformidad con los contenidos de educación sexual en los libros de texto obligatorios, porque los consideran inadecuados. Dijeron que podrían arrancar las páginas que tratan estos temas y promovieron un “amparo” para que se retiren estos libros.

Pedí a la Secretaría de Educación Pública que me enviaran dichos contenidos, y así lo hicieron. Tengo los de Ciencias Naturales y Formación Cívica y Etica de Pre-escolar, y de Tercero a Sexto de Primaria. Los he leído con detenimiento. Hay cosas que preocupan y que deberían revisarse, pero en general no están tan mal como nos habían alertado en las redes sociales. Hay una información suficiente, científica y respetuosa, sobre las diferencias sexuales, y algo de formación ética, aunque sesgada en algunos puntos, incompleta y peligrosa.

A niños de quinto, en torno a once años, se les dice: “El embarazo en la adolescencia implica riesgos físicos tanto para la madre como para el feto; por lo que es importante evitarlo”. Es decir, lo que importa es que se eviten los embarazos precoces, no educar para que no tengan relaciones sexuales.

A los de sexto, de unos doce años, les enseñan: “Considera que tener un hijo implica asumir las responsabilidades derivadas del ejercicio libre de tu sexualidad. Existen métodos para tener relaciones sexuales de una manera responsable, sin la consecuencia de un embarazo no planeado o alguna infección de transmisión sexual”. Y enumera los métodos ya consabidos, sobre todo el condón, pero, ¡oh sorpresa!, agrega al final el Billings, que antes nunca se mencionaba. Lo describe así: “método natural que consiste en abstenerse de tener relaciones sexuales durante los días fértiles de la mujer”. ¡Ojo! Lo propone sólo para evitar relaciones sexuales en los días fértiles; en los demás, ¡pueden hacer lo que quieran! Lo que importa a los autores es que no haya embarazos a temprana edad y, por ello, su insistencia en usar métodos anticonceptivos. No educan para el control de la sexualidad, sino sólo para el control natal.

Otra sorpresa: “Además de los métodos y opciones para tener relaciones sexuales sin la consecuencia de un embarazo no planeado o infecciones de transmisión sexual, otra opción que evita tales riesgos es la abstinencia”. Es un avance que la enuncie, al menos; aunque por todas partes lo que más se recomienda es el condón. Es decir, sí tener relaciones, pero “protegerse” con el condón. Con estas recomendaciones en los libros de texto de todas nuestras escuelas, ¿quién va a llegar virgen al matrimonio? Sólo quienes vayan contra corriente y defiendan su virtud en forma heroica.

Hay una recomendación ética que me parece adecuada: “Tener relaciones sexuales es una decisión muy importante en tu vida; antes de tomarla, es importante que estés bien informado. Recuerda que es una decisión personal, nadie puede obligarte ni presionarte para tener relaciones sexuales. Rechaza cualquier forma de violencia: el maltrato físico o verbal, los celos, las prohibiciones, que uno de los miembros de la pareja tome decisiones en forma unilateral o ejerza presiones sexuales. Eso no es amor”. Esto está bien; pero estaría mucho mejor si recomendara abstenerse y disfrutar la sexualidad en un matrimonio estable y definitivo.

PENSAR

El Papa Francisco, en su Exhortación La alegría del amor, dice: El Concilio Vaticano II planteaba la necesidad de una positiva y prudente educación sexual que llegue a los niños y adolescentes conforme avanza su edad y teniendo en cuenta el progreso de la psicología, la pedagogía y la didáctica. Deberíamos preguntarnos si nuestras instituciones educativas han asumido este desafío. El impulso sexual puede ser cultivado en un camino de autoconocimiento y en el desarrollo de una capacidad de autodominio” (280).

La educación sexual brinda información, pero sin olvidar que los niños y los jóvenes no han alcanzado una madurez plena. La información debe llegar en el momento apropiado y de una manera adecuada a la etapa que viven. No sirve saturarlos de datos sin el desarrollo de un sentido crítico ante una invasión de propuestas, ante la pornografía descontrolada y la sobrecarga de estímulos que pueden mutilar la sexualidad” (281).

Con frecuencia la educación sexual se concentra en la invitación a «cuidarse», procurando un «sexo seguro». Es irresponsable toda invitación a los adolescentes a que jueguen con sus cuerpos y deseos, como si tuvieran la madurez, los valores, el compromiso mutuo y los objetivos propios del matrimonio” (283).

ACTUAR

Padres de familia, educadores, agentes de pastoral de adolescentes y jóvenes: Ante la avalancha de lo que se recibe en las escuelas, hay que abordar estos temas también desde la fe, desde la moral del Evangelio, desde una antropología y psicologías cristianas. No permitan que sea sólo la escuela la que trate estos asuntos, sino que hay que dialogar sobre esto en la familia y en la catequesis.


Publicado por verdenaranja @ 23:59  | Hablan los obispos
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Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México). 23 AGOSTO 2016  (ZENIT)

Vigésimo segundo domingo del tiempo común – Ciclo C

Textos: Eclesiástico 3, 19-21.31.33; Hbr 12, 18-19.22-24a;Lc 14, 1.7-14

 

Idea principal: Todo seguidor de Jesús en el “banquete de la vida” debe ser humilde para ponerse en el último lugar y generoso, cuando invite a comer a los demás.

Síntesis del mensaje: No es fácil vivir los dos consejos que Cristo hoy nos invita a poner en práctica: primero, ponernos en el último lugar -¡qué locura!-, y después, invitar a comer, no a nuestros amigos y familiares, sino a los que no conocemos, -¡el colmo!- e incluso a quienes nos resultan antipáticos. Razones habrá tenido Jesús al darnos estos dos consejos que no son a primera vista naturales. Ya la 1ª lectura nos decía: “Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios”.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, toda la liturgia de hoy es una invitación a vivir la virtud de la humildad. Virtud que antes de Cristo no era cotizada, al contrario, era infamia y defecto, porque los grecolatinos siempre buscaban la excelencia, el sobresalir, la “areté”. La palabra humildad proviene del latín humilitas, que significa “pegado a la tierra”. Es una virtud moral contraria a la soberbia, que posee el ser humano en reconocer sus debilidades, cualidades y capacidades, y aprovecharlas para obrar en bien de los demás, sin decirlo. De este modo mantiene los pies en la tierra, sin vanidosas evasiones a las quimeras del orgullo. Santo Tomás estudia la humildad en la 2-2, 161, y dice: “La humildad significa cierto laudable rebajamiento de sí mismo, por convencimiento interior“. La humildad es una virtud derivada de la templanza por la que el hombre tiene facilidad para moderar el apetito desordenado de la propia excelencia, porque recibe luces para entender su pequeñez y su miseria, principalmente con relación a Dios. Humildad es ponernos en nuestro sitio exacto: soy pecador, redimido por Cristo. ¿De qué puedo presumir? Y poner a Dios en su lugar, el primero. Por eso, también la humildad es virtud derivada de la justicia, por la que damos a Dios lo que es de Dios: nuestras cualidades y talentos. La humildad es el cimiento de todo el edificio, como escribió santa Teresa en las Moradas Séptimas 4, 9. Sin humildad todas las demás virtudes se derrumban o son postizas.

En segundo lugar, ¿por qué tenemos que ponernos en el último lugar? Metámonos en el corazón de Jesús. Para evitarnos humillaciones en la vida – “oye, amigo, cede ese lugar a otro más importante que tú”-, Cristo nos aconseja humillarnos a nosotros mismos. A nosotros nos resulta difícil seguir este consejo de Cristo. Nos gusta ocupar siempre, en la medida que podemos, los puestos principales, ¿a quién no?. Está en nuestra naturaleza humana. No aceptamos de buena gana ser tan modestos que nos pongamos en el último lugar. Lo que hay detrás de este consejo de Jesús es esto: primero, que sólo Dios nos dé honor y gloria, y no los hombres; segundo, que sólo al humilde Dios le da sus gracias y lo quiere (1ª lectura), yfinalmente, Cristo nos dice que para entrar en el banquete del Reino tenemos que ser humildes. Tenemos hambre y sed de honor y gloria personales; pero si cedemos a esta inclinación caemos en egoísmo, soberbia y vanidad, y no andaremos en la verdad, pues como decía santa Teresa de Jesús: “La humildad es andar en verdad; que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada”. Buscar nuestra gloria nos rebaja. Los grandes santos tuvieron que luchar también contra esta tendencia: santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, por poner unos ejemplos. La humildad es una virtud que vino Jesús a enseñárnosla en persona, porque solos no podríamos aprender esta lección. Pero es la humildad la que definitivamente abre el corazón de Dios y el corazón de los hombres. Una persona soberbia y vanidosa cae mal en todas partes. La búsqueda de honores y sillones demuestra una actitud posesiva. Quien busca directamente honores, no los merece. Otro motivo para ser humildes: es que nos hace bien sobre todo a nosotros mismos, pues nos hace conocernos y aceptarnos mejor a nosotros mismos. El que es humilde, se ahora muchos disgustos y goza de una mayor paz y armonía interior y psicológica.

Finalmente, ¿por qué tenemos que invitar a comer a quienes no conocemos o son pobres, y ser generosos y espléndidos en nuestros dones y regalos? Metámonos en el corazón de Jesús. Cristo nos dio todo: su Iglesia, sus sacramentos, su vicario, su Madre, sus vestiduras, su evangelio, su testamento. No se quedó ni se reservó nada para Él. Fue siempre generoso. Lo normal es que cuando hacemos un banquete invitemos a parientes y amigos. Es la ley de la “reciprocidad comercial”. Ellos nos retribuirán después. Y Jesús nos dice que ahí no hay mérito, y propone la ley de la “generosidad gratuita”. Tenemos que buscar la recompensa divina, distinta de la recompensa humana que vicia las relaciones, inoculando el interés personal en una relación que debería ser generosa y gratuita. Invitar a los pobres, sí. En el Salmo de hoy nos dice que Dios prepara casa a los desvalidos y pobres. Ellos, los pobres, serán los mejores guardianes de nuestra humildad. Su indigencia los tiene habituados a considerarse vacíos y despojados, experimentando cada día la necesidad del auxilio ajeno para poder vivir, y así pueden enseñarnos con su ejemplo a practicar esta virtud tan valiosa pero tan ardua. Y no olvidemos lo que nos dice san Pablo: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hech 20, 35).


Para reflexionar: Meditemos este párrafo de santa Teresa de Jesús: “Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante ­a mi parecer sin considerarlo, sino de presto­ esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén” (Moradas VI, 10, 7).

Para rezar: Señor Jesús, manso y humilde. Desde el polvo me sube y me domina esta sed de que todos me estimen, de que todos me quieran. Mi corazón es soberbio. Dame la gracia de la humildad, mi Señor manso y humilde de corazón. No sé de donde me vienen estos locos deseos de imponer mi voluntad, no ceder, sentirme más que otros… Hago lo que no quiero. Ten piedad, Señor, y dame la gracia de la humildad. La gracia de mantenerme sereno en los desprecios, olvidos e indiferencias de otros. Dame la gracia de sentirme verdaderamente feliz, cuando no figuro, no resalto ante los demás, con lo que digo, con lo que hago. Ayúdame, Señor, a pensar menos en mi y abrir espacios en mi corazón para que los puedas ocupar Tu y mis hermanos. En fin, mi Señor Jesucristo, dame la gracia de ir adquiriendo, poco a poco un corazón manso, humilde, paciente y bueno (P. Ignacio Larrañaga).

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


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S?bado, 20 de agosto de 2016

Puerta y banquete.- Por ENRIQUE DÍAZ DÍAZ (ZENIT)

XXI Domingo Ordinario

19 AGOSTO 2016 

 

Isaías 66, 18-21: “Traerán de todos los países a los hermanos de ustedes”

Salmo 116: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”
Hebreos 12, 5-7. 11-13: “El Señor corrige a los que ama”
San Lucas 13, 22-30: “Vendrán del oriente y del poniente y participarán en el banquete del Reino de Dios”

Con mucho enojo reclama Doña Juanita a su hijo que se adormece entre las teclas y funciones de su celular: “¡El mundo virtual no es la realidad! No se consiguen las cosas con apretar un botón. Tienes que sobarte el lomo para alcanzar lo que quieres. Ya ponte a trabajar. Ya ponte a hacer algo”. ¡Qué difícil contraste! A la juventud se le presenta un mundo de oportunidades, de bienes conseguidos por el pequeño toque de un dedo, se les promete el éxito con tan sólo un pequeñisimo esfuerzo… y la realidad exige dedicación, esfuerzo, constancia y generosidad. Ni se aprende un idioma en quince días, ni se consigue salud con hierbas milagrosas, ni se alcanza el éxito con puros sueños. Incluso las religiones ofrecen salvación con mínimos requisitos. Mientras el mundo nos presenta una gama de placeres, oportunidades y facilidades… la realidad se torna cada día más crítica y nos exige mayor entrega.

Jesús promete felicidad pero de un modo muy diferente. Precisamente cuando Él va camino de Jerusalén donde será crucificado, donde entregará su vida, nos pone en guardia para no hacernos la ilusión de una religión cómoda y a nuestro modo. A aquellos judíos que preocupados le preguntan sobre el número de los que se salvan, Jesús les responde no sobre el número sino sobre el cómo se salvan. Advierte que la salvación no es algo mecánico que se obtenga automáticamente. No basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza, tradición o institución, así sea el pueblo elegido del que proviene el Salvador. “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No sé de dónde son ustedes”, escuchamos en el relato de Lucas. Es evidente que quienes hablan y reivindican privilegios son los judíos; pero no podemos ingenuamente pensar que Jesús se refiere exclusivamente a los judíos de su tiempo. Debemos hacer actual el relato de Lucas: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: “Profetizamos en tu nombre, hicimos milagros”, “Te prendimos una veladora”, “Alguna vez asistí a misa”, “Tenemos una tía monja”… pero la respuesta del Señor es la misma: ¡no los conozco, apártense de Mí todos los que hacen el mal!”. Por lo tanto, para salvarse no basta el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia; hace falta otra cosa. Y creo que no será solamente “no hacer el mal”, sino precisamente buscar hacer el bien al estilo de Jesús.

Las comparaciones de Jesús nos descubren la verdadera felicidad en torno a una mesa, en la alegría de una cena, en la abundancia de un banquete. La alegría de estar todos juntos nos conduce a participar de un alimento común, a compartir lo que verdaderamente somos. El símbolo del Reino aparece como un banquete, lugar de encuentro y comunión. El banquete es una forma de expresar que el Reino es plenitud, satisfacción, festín, gozo, solidaridad y hermandad. Se nos ofrece, estamos invitados, pero es preciso entrar. Es un regalo que debe ser acogido. Todo lo contrario a lo que hoy nos invita nuestro mundo: el egoísmo, el placer solitario, la abundancia individual que deja en la pobreza y en la miseria a los hermanos. No es una comida rápida, donde se llena el estómago pero se queda vacío el espíritu porque se ha vivido egoístamente.

Invitación y compromiso, regalo y servicio, son los dos polos en los cuales se mueve la realidad del Reino. La pertenencia al pueblo de Dios no es un privilegio para nosotros, sino un servicio para los demás. Es una invitación universal. Los “pases” de entrada a este banquete no son basados en privilegios, sino en la respuesta a la vivencia interior del mensaje de Jesús. La selección frente a la puerta estrecha del banquete, no consistirá en títulos y apariencias, sino se escogerá a quien haya respondido con sinceridad y a quien haya practicado la justicia. Sólo cuando se ha abierto el corazón a los demás se puede participar plenamente del Reino. Es todo lo contrario a lo que está sucediendo en nuestros tiempos: unos pocos comen en abundancia y acaparan todos los bienes, mientras millones se quedan fuera comiendo migajas.

Es necesario acoger el mensaje del Reino y vivir sus profundas exigencias de conversión. Jesús se imagina una muchedumbre agolpada frente a una puerta estrecha, pero no se trata de dar codazos, pisar a los otros para entrar. Se requiere un esfuerzo para entrar; pero no consiste en aquel rigorismo estrecho de los fariseos que se queda en la superficialidad: Jesús llama a la radicalidad de una conversión, nos invita a cambiar el corazón y a esforzarnos por vivir una vida nueva, dando primacía absoluta a Dios y a los hermanos. Esta conversión no es teórica, sino una decisión que trastoca nuestro modo de actuar y nos exige una nueva conducta y un modo nuevo de relacionarnos con Dios, con las cosas y con los hermanos.

Quizás en la Iglesia, sin darnos cuenta, hemos provocado una actitud que busca ganar el Reino con un camino seguro de rezos, indulgencias y privilegios. Hemos dado la impresión de ganar mágicamente el cielo. Es hora de regresar a la raíz del Evangelio: aceptación plena de Jesús y de su camino. No basta pertenecer al pueblo de Dios por el Bautismo y hacer unas cuantas prácticas. No basta haber escuchado la Palabra o incluso haberla enseñado; se requiere un testimonio coherente y unas entrañas de misericordia, se requiere dejarnos penetrar por el Espíritu de Jesús y desde nuestro interior transformar toda nuestra vida. Se requiere reconocer a todos los hombres y mujeres como hermanos y compartir la vida, el servicio y los bienes con ellos como lo hizo Jesús.

La puerta para entrar al Reino de los Cielos es el corazón de los pobres. ¿Hemos entrado en su corazón? ¿Han entrado los pobres en nuestro corazón?

Padre bueno, tú has dispuesto bondadosamente una mesa para todos, abre nuestros corazones y nuestras manos para que podamos acoger con generosidad a nuestros hermanos en la mesa de la fraternidad. Amén


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Viernes, 19 de agosto de 2016

Reflexión a las lecturas del domingo veintiuno del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerfdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 21º del T. Ordinario C

 

Tal vez nos habremos hecho alguna vez la misma pregunta que le hacen hoy a Jesús, camino de Jerusalén: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”  Sí. Al final, a la hora de la verdad, ¿cómo terminará todo?

Se trata de la salvación final: Entrar en el Cielo para siempre.

Ya sabemos que la salvación que Cristo nos obtuvo en la Cruz, llega a nosotros en el Bautismo.  Y ahí comienza la tarea,  la lucha, la aventura maravillosa de nuestra salvación, que se anuncia cada día, de Oriente a Occidente, como Buena Noticia.

Hoy la mayoría de los cristianos no harían esta pregunta porque, o no creen que exista “algo después de la muerte” o, en caso de que existiera, irían todos al Cielo.

Jesús no contesta directamente a la pregunta, como es lógico, no nos da una cifra. Nos dice, sencillamente, que “muchos intentarán entrar y no podrán”. Y que hay que esforzarse por “entrar por la puerta estrecha”. S. Mateo es más explícito (Mt 7, 13-14).

Jesús advierte a aquellos que le escuchan que van a quedar fuera y no valdrá entonces recurrir a que han comido juntos (han sido amigos suyos) y que Él ha enseñado en sus plazas, porque les replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados”.

No basta con ser “hijos de Abrahán”. Hace falta escuchar la Palabra de Jesucristo y cumplirla, porque se reconoce que Él es al Mesías, el Hijo de Dios vivo.

Y comenzará la condenación eterna para ellos. Entonces verán a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y ellos, echados fuera. “Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”. ¡Impresionante!

Y si eso terminara así, ¿de qué nos habrá servido todo?

Los santos, es decir, aquellos que han comprendido y vivido mejor estas cosas, han sacado de esta doctrina dos consecuencias fundamentales: Trabajar por la propia salvación con temor y temblor (Fil 2, 12), y luchar y esforzarse por la salvación de los demás.

Podemos recordar la reacción de los niños videntes de Fátima, cuando la Virgen les enseñó el Infierno. ¡Cómo se preocupaban, cómo se esforzaban por evitar que los pecadores fueran allí!

Un misionero tan grande como S. Antonio María Claret, nos cuenta en su autobiografía, que, siendo muy pequeño y de poco dormir, se pasaba algún tiempo durante la noche, pensando en el Infierno y, a partir de ahí, se fue fraguando su vocación misionera.

La Iglesia ora en la Plegaria Eucarística 1ª, diciendo: “Líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos”.

Hemos de recordar aquella sentencia que dice: “Acuérdate de tus Novísimos y no pecarás”.

Se trata, en definitiva, mis queridos amigos, de anunciar “el mensaje completo”          (2Tim 4, 17).

                                               ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


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DOMINGO 21º DEL TIEMPO ORDINACIO C  

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

         La primera lectura expresa en términos, llenos de colorido, el proyecto de Dios de congregar a todos los hombres, para mostrarles su salvación y su  gloria.

 

SALMO

         En el salmo manifestamos nuestro deseo de que todos los pueblos conozcan y alaben al Señor. 

 

SEGUNDA LECTURA

         La Carta a los Hebreos exhorta a aquellos cristianos, procedentes del judaísmo, que habían sido perseguidos, a soportar su prueba como una purificación  a la que les invita el Señor. 

 

TERCERA LECTURA

         El Señor nos dice en el Evangelio  que todos los hombres, sin excepción, están llamados a vivir con Él eternamente, para lo cual hay que entrar por “la puerta estrecha” que Él nos ha señalado.

         Aclamémosle ahora con el canto del aleluya 

 

COMUNIÓN

         En la Comunión se realiza la unión más íntima y profunda que puede realizar el hombre con Dios en esta vida, y que es anticipo de la que se realizará en el Cielo.

         Que el Señor no permita que los que ahora nos unimos a Él de una manera tan profunda, vayamos a encontrarnos lejos de Él por toda la eternidad.


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Catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles 17 de agosto de 2016. 17 AGOSTO 2016 (zenit)

 

“Queridos hermanos y hermanas, ‘buon giorno‘.

Hoy queremos reflexionar sobre el milagro de la multiplicación de los panes. Al inicio de lanarración que hace Mateo (cfr 14,13-21), Jesús ha apenas recibido la noticia de la muerte de Juan el Bautista, y en una barca atraviesa el lago buscando ‘un lugar desierto apartado’.

La gente entretanto entiende y se anticipa yendo a pie, así que ‘al bajar de la barca, Él ve a una gran multitud, siente compasión por ellos y cura a sus enfermos’. Así era Jesús, siempre con compasión, siempre pensando en los demás.

Impresiona la determinación de la gente que teme quedarse sola, como abandonada. Muerto Juan el Bautista, profeta carismático, se ponen bajo la protección de Jesús, de quien el mismo Juan había dicho: ‘Quien viene después de mi es más fuerte que yo”.

Así la multitud lo sigue por todas partes, para escucharlo y para llevarle a los enfermos. Y viendo esto, Jesús se conmueve. Jesús no es frío, no tiene un corazón frío, es capaz de conmoverse. De un lado Él se siente atado a esta muchedumbre y no quiere que se vaya, de otra parte tiene necesidad de momentos de soledad y de oración con el Padre. Muchas veces pasa la noche rezando con su Padre.

También ese día, por lo tanto, el Maestro se dedicó a la gente. Su compasión no es un sentimiento vago; demuestra en cambio toda la fuerza de su voluntad para estar cerca de nosotros y salvarnos. Nos ama mucho y quiere estar cerca de nosotros.

Al atardecer, Jesús se preocupa de dar de comer a todas aquellas personas, cansadas y hambrientas y se preocupa de quienes lo siguen. Quiere involucrar en esto a sus discípulos. De hecho les dice: ‘denles de comer ustedes mismos’.

Asi les demostró que los pocos panes y peces que tenían, con la fuerza de la fe y de la oración podían ser compartidos con toda la gente. Un milagro de la fe, de la oración, suscitado por la compasión y el amor. Así Jesús ‘partió los panes y los dio a sus discípulos y a la multitud’.

El Señor va al encuentro de las necesidades de los hombres, pero quiere volvernos a cada uno de nosotros participantes concretos de su compasión.

Ahora detengámonos sobre el gesto de la bendición de Jesús: Él ‘tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, recitó la bendición, partió el pan y se los dio’.

Como podemos ver, son las mismas acciones que Jesús hizo en la Última Cena, siendo las mismas que cada sacerdote cumple cuando celebra la santa Eucaristía.

La comunidad cristiana nace y renace continuamente de esta comunión eucarística. Vivir la comunión con Cristo es por lo tanto muy diverso que estar pasivos y ser extraños a la vida cotidiana. Por el contrario siempre nos inserta más en la relación con los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para ofrecerles a ellos un gesto concreto de la misericordia y de la cercanía de Cristo.

Mientras nos nutre de Cristo, la eucaristía que celebramos nos transforma poco a poco también a nosotros en el cuerpo de Cristo y alimento espiritual para los hermanos. Jesús quiere llegar a todos, para llevarles el amor de Dios. Por esto transforma a cada creyente en un servidor de la misericordia.

Jesús ha visto a la multitud, ha sentido compasión por ella y ha multiplicado los panes. Así hace también con la eucaristía. Y nosotros los creyentes que recibimos este pan eucarístico somos empujados por Jesús para llevar este servicio a los demás, con su misma compasión. Este es el recorrido.

La narración de la multiplicación de los panes y de los peces se concluye con la constatación de que todos han sido saciados y con la recolección de los trozos que han sobrado.

Cuando Jesús con su compasión y su amor nos da una gracia, nos perdona los pecados, nos abraza, nos ama, no hace las cosas a medias, sino completamente. Como sucedió aquí, todos se han saciado. Jesús llena nuestro corazón y nuestra vida con su amor, con su perdón y compasión. Jesús por lo tanto ha permitido a sus discípulos obedecer sus ordenes.

De esta manera ellos conocen el camino que es necesario recorrer: dar de come al pueblo y tenerlo unido; estar por lo tanto al servicio de la vida y de la comunión.

Invoquemos por lo tanto al Señor, para que vuelva su Iglesia cada vez más capaz de realizar este santo servicio y para que cada uno de nosotros pueda ser instrumento de comunión en la propia familia, en el trabajo, en la parroquia y en los grupos a los que pertenece; vale a decir, un signo visible de la misericordia de Dios que no quiere dejar a nadie en la soledad y en la necesidad, para que se difunda la comunión y la paz entre los hombres y la comunión entre los hombres y Dios, porque esta comunión es la vida para todos”.

(Traducción realizada por ZENIT desde el audio)


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Mi?rcoles, 17 de agosto de 2016

Comentario a la liturgia dominical por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor de Humanidades Clásicas en el Centro de Noviciado y Humanidades y Ciencias de la Legión de Cristo en Monterrey (México). 16 AGOSTO 2016. (ZENIT)

Vigésimo primer domingo del tiempo común – Ciclo C

Textos: Is 66, 18-21; Hb 12, 4-7.11-13; Lc 13, 22-30

Idea principal: El “negocio” de la salvación es lo más importante, necesario, urgente y personal de nuestra vida. Santa Teresa de Jesús dijo: “al final de la vida el que se salva sabe y el que no, no sabe nada”.

Síntesis del mensaje: Jesús sigue educando a los discípulos, y a nosotros también. Y hoy nos da la clave de cómo salvarnos, es decir, los requisitos. Salvación completa: cuerpo y alma. Para salvarnos no basta el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia, o tener privilegios de nacimiento o por algún mérito pasado. Es necesario también pasar por la “puerta estrecha” (evangelio), y abandonar la “puerta ancha”.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, es un hecho que Dios “quiere que todos se salven” (1 Tim 2, 4). La primera lectura de hoy también nos lo recuerda: “Yo mismo vendré a reunir a todas las naciones…y verán mi gloria”. Y también el evangelio: “Y vendrán muchos de Oriente y de Occidente…a ocupar su lugar en el banquete del Reino de Dios”. ¡A todos! Judíos y paganos, cristianos, protestantes y anglicanos, musulmanes y budistas, ateos, agnósticos y renegados. Para eso, Dios Padre mandó a su Hijo al mundo. Para eso, Dios Hijo fundó su verdadera Iglesia, donde encontramos todos los medios de salvación: los sacramentos, la intercesión de la Santísima Virgen y de los Santos. Para eso, Dios Espíritu Santo realiza la obra de santificación en el alma de quienes le dejan, mediante la infusión de los siete dones y los frutos suculentos de su acción divina. Dios no tiene otro regocijo que el salvar a sus hijos esparcidos por todo el mundo.

En segundo lugar, ¿qué hacer entonces? Si el alma vale tan alto precio, y el hombre llega a perderla, ¿con qué bien del mundo podrá compensar tan grande pérdida? ¡Salvar nuestra alma! El negocio más importante, único y urgente, personal e irreparable de la vida es la salvación del alma. Negocio más importante, porque Dios mandó a su Hijo al mundo y le hizo derramar la sangre y morir en la cruz para salvar nuestras almas. Negocio único que tenemos en esta vida (cf. Lc 10, 42). San Bernardo lamenta la ceguera de los cristianos que, calificando de juegos pueriles a ciertos pasatiempos de la niñez, llaman negocios a los asuntos mundanos. ¡Cuántas locuras no cometerían mucho si pensasen en estas palabras de Cristo: «¿De qué le sirve al hombre–dice el Señor– ganar todo el mundo, si pierde su alma?»(Mt. 16, 26); palabras éstas que le recordaba una y otra vez en la Universidad de París Ignacio de Loyola al mundano Francisco Javier, hasta que le taladraron el alma y se convirtió. Negocio personal, porque sólo cada uno de nosotros tiene que invertir en salvar su propia alma. Negocio irreparable, pues «no hay error que pueda compararse –dice San Eusebio–al error de descuidar la eterna salvación». Todos los demás errores pueden tener remedio. Si se pierde la hacienda, posible es recobrarla por nuevos trabajos. Si se pierde un cargo, puede ser recuperado otra vez. Aun perdiendo la vida, si uno se salva, todo se remedió. Mas para quien se condena no hay posibilidad de remedio. Una vez sólo se muere; una vez perdida el alma, perdióse para siempre. No queda más que el eterno llanto con los demás míseros insensatos del infierno, cuya pena y tormento mayor será el considerar que para ellos no hay tiempo ya de remediar su desdicha (Jer 8. 20). Sólo en lo presente piensan los mundanos, no en lo futuro. Hablando en Roma una vez San Felipe Neri con un joven de talento, llamado Francisco Nazzera, le dijo así: «Tú, hijo mío, tendrás brillante fortuna: serás buen abogado; prelado después; luego, quizá cardenal, y tal vez pontífice; pero ¿y después?, ¿y después?». «Vamos –díjole al fin–, piensa en estas últimas palabras». Marchó Francisco a casa, y meditando en aquellas palabras: «¿Y después? ¿Y después?», abandonó los negocios terrenos, se apartó del mundo y entró en la misma congregación de San Felipe Neri, para no ocuparse más que en servir a Dios. Razón tenía San Felipe Neri al llamar loco al hombre que no atiende a salvar su alma.


Finalmente, el evangelio de hoy nos da la clave para salvarnos: entrar por la puerta estrecha. ¿Qué supone entrar por la puerta estrecha que conduce a la vida eterna y a la salvación? Nos responde la Didaché, obra de la literatura cristiana primitiva que pudo ser compuesta en la segunda mitad del siglo I, donde se narra la Enseñanza del Señor a las naciones por medio de los doce apóstoles: Hay dos caminos. Uno de la vida y otro de la muerte; pero la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo, el bendecir a quien nos maldice, el mantenerse alejado de los deseos carnales, perdonar a quien nos ofende, ser sincero, pobre; en suma, los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia, la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras, lo opuesto a los mandamientos y las bienaventuranzas (cf. Mateo 5, 1-8) .

Para reflexionar: ¿Son muchos los que se salvan? ¿Son pocos? ¿Estaré yo entre los que se salvan? ¿Qué he de hacer para salvarme? Esta poesía de fray Pedro de los Reyes (español del siglo XVI) nos puede hacer reflexionar hoy:

YO PARA QUE NACÍ

Yo para qué nací? Para salvarme.
Que tengo de morir es infalible.
Dejar de ver a Dios y condenarme,
Triste cosa será, pero posible.
¿Posible? ¿Y río, y duermo, y quiero holgarme?
¿Posible? ¿Y tengo amor a lo visible?
¿Qué hago?, ¿en qué me ocupo?, ¿en qué me encanto?
Loco debo de ser, pues no soy santo.

Para rezar: recemos con el Salmo 69 (68).

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected].


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Reflexión de monseñor Felipe Arizmendi Esquivel. 16 AGOSTO 2016 (ZENIT)

Reinstitución de las diaconisas

¿Qué hacían las diaconisas? ¿Qué podrían hacer?

 

VER

“Tras una oración intensa y una reflexión madura, su Santidad ha decidido instituir la comisión de estudio sobre el diaconado de las mujeres”, anunció la Sala de Prensa de la Santa Sede. De esta forma, cumple lo que ofreció a la Unión Internacional de Superioras Generales, que le hicieron la propuesta. ¿Qué significa y qué implica esto? ¿Será un camino para que las mujeres puedan ser ordenadas sacerdotes?

En los primeros siglos de la Iglesia había diaconisas. San Pablo menciona a una: “Les recomiendo a nuestra hermana Febe, diaconisa de la Iglesia de Cencreas. Recíbanla bien, como debe hacerse entre cristianos y santos hermanos, y ayúdenla en todo lo que necesite, pues muchos están en deuda con ella, y yo también”(Rom 16,1-2).

¿Qué hacían? Como se acostumbraba el bautismo de personas adultas por inmersión y bajaban al agua sin ropa, para después revestirse con una túnica blanca, no era decente que esta celebración la hicieran el obispo, los presbíteros o los diáconos; por ello, se establecieron mujeres diaconisas que bautizaran a las mujeres. Además, cuando había quejas de esposas porque sus maridos las habían golpeado, las diaconisas debían revisar el cuerpo de la mujer, para comprobar las heridas o los hematomas; no era prudente que fueran varones quienes hicieran tal revisión. Por otra parte, se acostumbraba hacer las unciones de los enfermos en las partes del cuerpo que les dolían; lo conveniente era que tal servicio lo dieran las mujeres. Con el tiempo, estas costumbres cambiaron y desaparecieron las diaconisas. No hay constancia de que hayan recibido la ordenación sacramental, sino que era un servicio que daban en la comunidad.

PENSAR
¿Conviene que hoy se instituyan de nuevo? Antes del Concilio Vaticano II (1962-65), el diaconado era sólo para varones célibes que se preparaban al sacerdocio. El Concilio restableció el diaconado permanente “no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio” (LG 29), para dar algunos servicios como administrar el bautismo, asistir al matrimonio, proclamar el Evangelio y predicar en la Misa, dar la bendición con el Santísimo, celebrar las exequias de los difuntos, hacer diversas bendiciones. Este diaconado se confiere a varones casados, y actualmente hay miles en toda la Iglesia. No celebran Misa, ni confiesan, ni ungen sacramentalmente a los enfermos. Se estudia si también se puede conferir el diaconado a mujeres.

¿Qué podrían hacer? Lo mismo que los diáconos. Sin embargo, para esas celebraciones no hacen falta diaconisas; el obispo puede autorizar a mujeres catequistas, a esposas de diáconos permanentes, a religiosas y a otras mujeres adecuadamente preparadas, para que las hagan. Yo he delegado, conforme a las normas de la Iglesia, a dos mujeres indígenas para bautizar y presidir matrimonios, en lugares lejanos donde es rara la presencia de un sacerdote y no hay diáconos.

El Catecismo de la Iglesia Católica indica: “El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos. La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Por eso, el término ‘sacerdote’ designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto sacramental llamado ‘ordenación’, es decir, por el sacramento del Orden” (1554).

Se excluye por completo que las posibles diaconisas llegaran a ser ordenadas sacerdotes. Esto ya quedó finiquitado desde 1994 por el Papa Juan Pablo II: “Con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia” (Ordinatio Sacerdotalis, 4).

ACTUAR
Pidamos al Espíritu Santo que ilumine al Papa para decidir lo más conveniente. Mientras tanto, sigamos dando a las mujeres el lugar que les corresponde en la Iglesia y en la sociedad.


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Martes, 16 de agosto de 2016

Angelus del papa Francisco del 15 de agosto de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días. Y buena fiesta de la Asunción!

La página evangélica de la fiesta de hoy, de la Asunción de María al cielo, describe el encuentro entre María y su prima Isabel, subrayando que “María se levantó y fue rápidamente hacia la región montañosa, en una ciudad de Judea”. En aquellos días, María corría hacia una pequeña ciudad en los alrededores de Jerusalén para encontrar a Isabel.

Hoy la vemos en su camino hacia la Jerusalén celeste, para encontrar finalmente el rostro del Padre y volver a ver el rostro de su hijo Jesús. Muchas veces en su vida terrena había recorrido zonas montañosas, hasta la última etapa dolorosa del Calvario, asosociada al misterio de la pasión de Cristo.

Ahora la vemos alcanzar la montaña de Dios, “vestida de sol con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas”, como dice el libro del Apocalipsis, y cruzar el umbral de la patria celeste.

Fue la primera en creer en el Hijo de Dios y la primera que fue llevada al cielo en cuerpo y alma. Fue la primera que acogió y tomó en sus brazos a Jesús cuando aún era niño y la primera en ser recibida en sus brazos para ser introducida en el Reino eterno del Padre.

María, humilde y simple muchacha de un pueblo perdido en la periferia del imperio, justamente porque acogió y vivió el Evangelio fue admitida por Dios a estar durante la eternidad al lado del trono de su hijo. Es así que el Señor destituye a los poderosos de sus tronos y eleva a los humildes. (cfr Lc 1, 52).

La Asunción de María es un misterio grande que se refiere a cada uno de nosotros y se refiere a nuestro futuro. María, de hecho nos precede en el camino hacia el cual se encaminan aquellos que mediante el bautismo han atado su vida a Jesús, como María ató a Él la propia vida.

La fiesta de hoy nos hace mirar al cielo. La fiesta de hoy preanuncia “cielos nuevos y tierra nueva”, con la victoria de Cristo resucitado sobre la muerte y la derrota definitiva del maligno.

Por lo tanto la exultación de la humilde joven de Galilea, expresado en el canto del Magnificat, se vuelve el canto de la humanidad entera, que se complace en ver al Señor inclinarse sobre todos los hombres y todas las mujeres, humildes criaturas, y asumirlos con él en el cielo.

El Señor se inclina sobre los humildes para elevarlos, como indica el canto del Magnificat. Este canto los lleva también a pensar en tantas situaciones dolorosas actuales, en particular en las mujeres subyugadas por el peso de la vida y el drama de la violencia, en las mujeres esclavas de la prepotencia de los poderosos, en las niñas obligadas a trabajos inhumanos, en las mujeres obligadas a rendirse en el cuerpo y en el espíritu concupiscencia de los hombres.

Pueda llegar cuanto antes a ellas el inicio de una vida de paz, de justicia, de amor, mientras esperan el día en el que finalmente se sentirán tomadas por manos que no las humillan, pero que con ternura las elevan y las conducen hacia el cielo.

María, una niña, una mujer que ha sufrido tanto en su vida nos hace pensar en estas mujeres que sufren tanto. Pidamos al Señor que Él mismo las conduzca por la mano y las lleve en por los caminos de la vida, liberándolas de esta esclavitud.

Ahora nos dirigimos con confianza a María, dulce Reina del cielo y le pedimos, “Dadnos días de paz, vigila sobre nuestro camino, haz que veamos a tu Hijo, llenos de la alegría del Cielo”. (Himno segundo de las vísperas).

Después de rezar la oración del ángelus dirigió las siguientes palabras:

“Queridos hermanos y hermanas.

A la Reina de la paz, que contemplamos hoy en la gloria celeste, deseo confiarle nuevamente las ansias y los dolores de las poblaciones que en tantas partes del mundo son víctimas inocentes de persistentes conflictos.

Mi pensamiento se dirige a los habitantes de Nord Kivu, en la República Democrática del Congo, recientemente golpeada por nuevas masacres realizadas en un silencio vergonzoso, sin atraer ni siquiera nuestra atención. Estas víctimas hacen parte, lamentablemente, de los tantos inocentes que no tienen ningún peso en la opinión mundial. Obtenga María para todos sentimientos de compasión, de comprensión y el deseo de concordia.

Saludo a todos, romanos y peregrinos que llegan desde los diversos países. En particular saludo a los jóvenes de Villadose, a los fieles de Credaro y a los de Crosara.

Les deseo una hermosa fiesta de la Asunción, a todos los que están aquí presentes, a quienes se encuentran en los lugares de veraneo, así como a todos aquellos que no han podido irse de vacaciones, especialmente a los enfermos, a las personas solas y a quienes en estos días de fiesta aseguran los servicios indispensables para la comunidad.

Les agradezco de haber venido y por favor, no se olviden de rezar por mi”. Y concluyó: “¡Buon pranzo e arrivederci!”.

(Texto completo traducido y tomado desde el audio por ZENIT).


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Alocución de monseñor José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz (13 de agosto de 2016) 
Asunción de la Santísima Virgen María


El 15 de agosto celebramos una de las Fiestas mayores de la Virgen María, su Asunción o Tránsito de este mundo al cielo. La Iglesia ha conservado en su memoria este acontecimiento como una gracia personal. Todo lo que se refiere a Ella en la Biblia y en la Tradición solo se comprende desde su misión de ser la Madre de Jesús. María es parte del plan salvífico de Dios que tiene en Jesucristo su centro. Siempre es bueno recordar, cuando hablamos del plan de Dios, el resumen que nos da la carta a los Hebreos: “Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo” (Heb. 1, 2). En este tiempo último María es elegida para ser la Madre de Jesucristo. Es la mujer elegida en este plan del amor de Dios, del que somos destinatarios. María era consciente de esta mirada de Dios sobre ella como lo dice en su Magnificat: “Mi alma canta la grandeza del Señor,...porque miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc. 1, 47).

En el evangelio de Lucas leemos el mayor reconocimiento a su actitud de fe y entrega a su misión, que le hace su prima Isabel: “Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor” (Lc. 1, 45). La fe es respuesta a un Dios que se nos ha revelado, finalmente en su Hijo. Lo importante en la fe no es el camino del hombre hacia Dios, que en cuanto búsqueda es importante y nos dispone, sino el camino de Dios al hombre. María estaba dispuesta, participaba de la esperanza del pueblo elegido y supo escuchar el llamado de Dios. Su Fiat, su sí, su respuesta a lo que Dios había pensado para ella, es su mayor acto de fe y el comienzo para nosotros de la llegada del Señor. Por ello la felicita su prima santa Isabel. María vive este momento con esa alegría que es fruto de la fe, cuando se descubre y acepta el Plan de Dios. Esto vale también para nosotros. En este sentido María es modelo de fe y de entrega a nuestra propia misión.

La Asunción de María Santísima se inscribe en esa historia de gracia por haber sido elegida para ser la Madre del Salvador. Esta historia comenzó en su Inmaculada Concepción, que celebramos el 8 de diciembre, luego en la Anunciación y Concepción del Señor el 25 de marzo y su nacimiento el 25 de diciembre. Es una historia en la que María es sorprendida, preservada y llevada por Dios. Ella acepta y se pone al servicio: “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (Lc. 1, 38). Fiesta de su Asunción es también anticipo de nuestro destino último, de nuestra vocación a participar en la plenitud del Reino de Dios.

Reciban de su obispo junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo, arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz


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Domingo, 14 de agosto de 2016

Reflexión a las lecturas de la solemnidad de la Asunción de la Virgen María ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

La Asunción de la Virgen María 

 

 Es ésta una fiesta hermosa, alegre, y esperanzadora. Viene a confirmar nuestra fe, nuestra certeza, sobre nuestra victoria definitiva sobre la muerte. Es la Pascua de María. “Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección”, escuchamos en la segunda lectura.

Entonces, ¿por qué la gente sigue muriendo? ¿Y la resurrección? El apóstol San Pablo, en la segunda lectura de hoy, nos lo clarifica todo.“Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia, después cuando Él vuelva, todos los que son de Cristo…” “El último enemigo aniquilado será la muerte”. Por eso, todos continuamos sufriendo la muerte. Y el Apóstol añade: “Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies”.

En la Asunción de María no tratamos, por tanto, de una ilusión, de una imaginación, de un deseo… Se trata de la Palabra de Dios. Es un dato fundamental de nuestra fe.

Entonces ¿qué nos dice esta solemnidad?

Que la Virgen no ha tenido que esperar como nosotros, hasta la Venida Gloriosa del Señor, para ser glorificada, sino que, terminada su vida en la tierra, ha sido llevada en cuerpo y alma al Cielo.   

Por tanto, la Palabra de Dios ha comenzado a cumplirse ya, en la Virgen, Madre de Dios. Fue el Vaticano II el que nos enseñó que la Iglesia contempla ahora en María, lo que ella misma espera y ansía ser. Ella es, por tanto, el espejo en el que podemos contemplar nuestro futuro eterno.

Hoy es un día en el que experimentamos la dicha de creer. “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”, escuchamos en el Evangelio, que este día. “Que se ha cumplido ya en ti” dice una antífona de esta fiesta.

En esta solemnidad comprendemos mejor la necesidad de conservar y acrecentar nuestra fe y también de transmitirla a todos, especialmente, a los que lloran la muerte reciente de seres queridos.

La Santa Misa que celebramos este día es acción de gracias. ¡Cuántas gracias debemos dar al Señor, que nos concede un destino tan glorioso! Jesús nos dice: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 54) Por tanto, el que quiera tener vida, ya sabe dónde se encuentran las fuentes de la vida: en la Muerte y Resurrección de Cristo que, “muriendo, destruyó nuestra muerte y resucitando, restauró la vida”. (Pref. Pasc. I).

La Iglesia, que peregrina rumbo a la Eternidad gloriosa, levanta los ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos (L. G. 65). Ella, “asunta al Cielo, no ha olvidado su función salvadora, sino que continúa procurándonos, con su múltiple intercesión, los dones de la salvación eterna. Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan  y viven entre angustias y peligros, hasta que lleguen a la patria feliz” (L. G. 62).

Esta condición gloriosa de María la contemplamos en la mayoría de sus imágenes como, por ejemplo, en la de la Virgen de la Candelaria, Patrona de nuestras islas, que recordamos y festejamos este día. En esa imagen bendita, en efecto, está representada su condición gloriosa, que contemplamos en la primera lectura. No en vano la vemos con  una corona en su cabeza, con un manto enriquecido con prendas, con la luna bajo sus pies, llena de luces y flores. Y en el salmo cantamos: “De pie a tu derecha está la Reina, enjoyada con oro de Ofir”.

Toda esta grandeza ha de tener su repercusión en la vida de cada día: “Os anima a esto, nos dice San Pablo, lo que Dios os tiene reservado en los cielos…” (Col 1, 5).

Terminamos nuestra reflexión, dirigiéndonos a la Virgen y diciéndole: “Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, o piadosa, oh dulce Virgen María”.

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN           

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

         Dentro de un lenguaje simbólico, propio del libro del Apocalipsis, se nos presenta ahora una visión de la Iglesia, que lucha y que triunfa sobre el enemigo y sobre el mal.  María es figura y primicia de esa Iglesia, que un día será glorificada. 

 

SALMO                  

El salmo responsorial que hoy recitamos, contempla y proclama la gloria de la Virgen María en el Cielo, donde vive para siempre junto a Dios, como la reina de una antigua corte real. 

 

SEGUNDA LECTURA

         Entre la glorificación de Cristo y de todos los cristianos cuando Él vuelva, se sitúa la glorificación de María, llevada en cuerpo y alma al Cielo. Es la solemnidad que hoy celebramos. Escuchemos. 

 

TERCERA LECTURA

         En la Asunción de María llegan a su punto culminante las palabras de su célebre cántico: “Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí”.

  

COMUNIÓN

         El Banquete de la Eucaristía en el que participamos ahora, es un anticipo del Banquete festivo del Cielo, hacia donde nos dirigimos como peregrinos; y al mismo tiempo, es garantía de nuestra futura resurrección.

         Ojalá participemos siempre de la Eucaristía como lo hacía María, la Madre del Señor.

 

 


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Viernes, 12 de agosto de 2016

Reflexión a las lectruras del domingo veinte del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 20º del T. Ordinario C

 

Pueden sorprendernos las palabras de Jesús de este domingo:

He venido a prender fuego en el mundo…

Tengo que pasar por un bautismo...

No he venido a traer paz, sino división.

En la familia todos estarán divididos….

Pero, por poco que reflexionemos, comprendemos enseguida lo que significan: Cristo viene a traer la paz, pero la paz verdadera, la que se basa en la verdad, la justicia, la libertad, el amor, como explicaba el papa San Juan XXIII en la encíclica “Pacem in terris”.

Una paz que es el resultado de una relación adecuada con Dios, con los hermanos, con nosotros mismos, con toda la creación.

Una paz que nace de ese “bautismo” del que hoy nos habla el Señor y que tiene su sede y su fundamento en el corazón. “Él es nuestra paz”, decía S. Pablo (Ef 2, 14).

La paz es un don. Para el israelita piadoso la paz era el conjunto de todos los bienes.

Muchas veces la paz que tenemos o que queremos no es la verdadera paz. Hay muchas clases de paz. También hay una paz que se llama “del cementerio”.

La verdadera paz choca con muchos intereses egoístas, con formas de pensar y actuar que se oponen a la verdad y al bien, pero que, tal vez, nos agradan más. Y entonces se produce la lucha a la que se refiere el Evangelio de hoy.

¿Y dónde comienza la lucha? En los que están más cerca, en la propia familia. Una lucha que radica dentro y fuera de nosotros.

¡Eh ahí, por tanto, el reino del bien y el reino del mal!

Pero el reino el bien, la paz verdadera, no se consigue por la fuerza ni por los poderes de este mundo.

Contemplamos en la primera lectura cómo el profeta Jeremías es perseguido y condenado injustamente, porque busca la verdadera paz. El profeta prefigura a Cristo, signo de contradicción (Lc 2, 34).

La segunda lectura nos exhorta a correr en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en Jesús.

El problema es que la mayoría de los cristianos no están acostumbrados a tener dificultades  por  su vida religiosa, a sufrir por el Evangelio, porque, normalmente, se huye de la dificultad o del compromiso, se disimula la verdad, se pacta con el mal…

Sin embargo, el Señor y los apóstoles nos advirtieron con toda claridad: “Todo el que quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido” (2 Tim 3, 12).

En resumen, este es el fuego que Cristo vino a traer a la tierra y que quiere ver siempre ardiendo.        

                                                                           ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 20º DEL TIEMPO ORDINARIO C      

MONICIONES

  

PRIMERA LECTURA

         En la primera lectura, contemplamos al profeta Jeremías, perseguido por anunciar la Palabra de Dios, y como signo de contradicción: Mientras unos le condenan, otros le salvan. 

 

SALMO

         Con las palabras del salmo nos unimos al profeta Jeremías que alaba al Señor porque lo ha escuchado y lo ha salvado de la muerte.

 

SEGUNDA LECTURA

         El cristiano ha de tener en su vida el temple de un  campeón de carrera, fijos los ojos en el ejemplo de Jesús y de los santos. 

TERCERA LECTURA

         El Evangelio nos presenta unas palabras de Jesús que, a primera vista, pueden parecernos extrañas. Escuchemos con atención. 

COMUNIÓN

         En la Comunión se nos ofrece la ayuda y la fuerza, que necesitamos, para superar las dificultades que nos puedan ocasionar nuestra pertenencia al Señor, y para vivir nuestra existencia cristiana de una manera auténtica como Él nos enseñó. 


Publicado por verdenaranja @ 19:07  | Liturgia
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Jueves, 11 de agosto de 2016

Catequesis del Papa en la audiencia del miércoles 10 de agosto de 2016 (ZENIT – Ciudad del Vaticano)

 

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

El pasaje del Evangelio de Lucas que hemos escuchado (7,11-17) nos presenta un milagro de Jesús realmente grande: la resurrección de un joven. Además, el corazón de este pasaje no es el milagro, sino la ternura de Jesús hacia la madre de este joven. La misericordia toma aquí el nombre de gran compasión hacia una mujer que había perdido al marido y que ahora acompañaba al cementerio a su único hijo. Es este gran dolor de una madre que conmueve a Jesús y le provoca el milagro de la resurrección.

En el introducir este episodio, el Evangelista se detiene en muchos detalles. En la puerta de la localidad de Naín, un pueblo, se encuentran dos grupos numerosos que proceden de direcciones opuestas y que no tienen nada en común. Jesús, seguido por los discípulos y de una gran multitud va a entrar en la ciudad, mientras, estaba saliendo una procesión que acompañaba a un difunto, con su madre viuda y una gran cantidad de personas. En la puerta los dos grupos se cruzan solamente yendo cada uno por su camino, pero es entonces cuando san Lucas señala el sentimiento de Jesús: “Al verla [a la mujer], el Señor se conmovió y le dijo: ‘No llores’. Después se acercó y tocó el féretro. Los que los llevaban se detuvieron” (vv. 13-14). Gran compasión guía las acciones de Jesús: es Él quien detiene la procesión tocando el féretro y, movido por la profunda misericordia por esta madre, decide afrontar la muerte, por así decir, de tú a tú. Y la afrontará definitivamente, de tú a tú, en la Cruz.

Durante este Jubileo, sería bueno que, al pasar la Puerta Santa, la Puerta de la Misericordia, los peregrinos recuerden este episodio del Evangelio, sucedido en la puerta de Naín.

Cuando Jesús ve esta madre llorando, ¡entró en su corazón! A la Puerta Santa cada uno llega llevando la propia vida, con sus alegrías y sus sufrimientos, los proyectos y los fracasos, las dudas y los temores, para presentarla a la misericordia del Señor. Estamos seguros de que, ante la Puerta Santa, el Señor se hace cercano para encontrar a cada uno de nosotros, para llevar y ofrecer su poderosa palabra consoladora: “No llores” (v. 13).

Esta es la Puerta del encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Pensemos siempre en esto: un encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Atravesando la puerta nosotros cumplimos nuestra peregrinación dentro de la misericordia de Dios que, como el joven muerto, repite a todos: “Joven, yo te lo ordeno, levántate” (v. 14). ¡Levántate! Dios nos quiere de pie. Nos ha creado para estar de pie: por eso, la compasión de Jesús lleva a ese gesto de la sanación, a sanarnos, donde la palabra clave es: ¡Levántate! ¡Ponte de pie, como te ha creado Dios!”. De pie. “Pero, Padre, caemos muchas veces” – “¡Levántate, levántate!”. Esta es la palabra de Jesús, siempre. Al atravesar la Puerta Santa, tratemos de sentir en nuestro corazón esta palabra: “¡Levántate!”.

La palabra poderosa de Jesús puede hacer que nos levantemos y realizar también en nosotros el paso de la muerte a la vida. Su palabra nos hace revivir, da esperanza, refresca los corazones cansados, abre una visión del mundo y de la vida que va más allá del sufrimiento y la muerte.  ¡En la Puerta Santa se registra para cada uno de nosotros el inagotable tesoro de la misericordia de Dios!

Alcanzado por la palabra de Jesús, “el muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre” (v. 15). Esta frase es muy bonita: indica la ternura de Jesús. “Lo entregó a su madre”. La madre encuentra de nuevo al hijo. Al recibirlo de las manos de Jesús se convierte en madre por segunda vez, pero el hijo que ahora le ha sido entregado no es de ella que ha recibido la vida. Madre e hijo reciben así la respectiva identidad gracias a la palabra poderosa de Jesús y su gesto amoroso. Así, especialmente en el Jubileo, la madre Iglesia recibe a sus hijos reconociendo en ellos la vida donada por la gracia de Dios. Es en fuerza de tal gracia, la gracia del Bautismo, que la Iglesia se convierte en madre y que cada uno de nosotros se convierte en su hijo.

Frente al joven que vuelve a la vida y es entregado a la madre, “todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: ‘Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo’”. Lo que ha hecho Jesús no es solo una acción de salvación destinada a la viuda y a su hijo, o un gesto de bondad limitado a esa ciudad. En el socorro misericordioso de Jesús, Dios va al encuentro de su pueblo, en Él aparece y continuará apareciendo a la humanidad toda la gracia de Dios. Celebrando este Jubileo, que he querido que fuera vivido en todas las Iglesias particulares, es decir, en todas las iglesias del mundo y no solo en Roma, es como si toda la Iglesia repartida en el mundo se uniera en el único canto de alabanza al Señor. También hoy la Iglesia reconoce ser visitada por Dios. Por eso, acercándonos a la Puerta de la Misericordia, cada uno sabe que se acerca a la puerta del corazón misericordioso de Jesús: es Él la verdadera Puerta que conduce a la salvación y nos restituye a una vida nueva. La misericordia, tanto en Jesús como en nosotros, es un camino que sale del corazón para llegar a las manos. ¿Qué significa esto? Jesús te mira, te sana con su misericordia, te dice: ¡Levántate! Y tu corazón es nuevo. ¿Qué significa realizar un camino del corazón a las manos? Significa que con el corazón nuevo, con el corazón sanado por Jesús puedo realizar las obras de misericordia mediante las manos, tratando de ayudar, de cuidar a muchos que lo necesitan. La misericordia es un camino que sale del corazón y llega a las manos, es decir, a las obras de misericordia.

 

Después del saludo en lengua italiana, el Santo Padre ha añadido: 

He dicho que la misericordia es un camino que va del corazón a las manos. En el corazón, recibimos la misericordia de Jesús, que nos da el perdón de todo, porque Dios perdona todo y nos alivia, nos da la vida nueva y nos contagia con su compasión. De ese corazón perdonado y con la compasión de Jesús, comienza el camino hacia las manos, es decir, hacia las obras de misericordia. Me decía un obispo, el otro día, que en su catedral y en otras iglesias ha hecho puertas de misericordia de entrada y de salida. Y pregunté: ¿por qué has hecho esto? – Porque una puerta es para entrar, pedir el perdón y tener la misericordia de Jesús; la otra es la puerta de la misericordia de salida, para llevar la misericordia a los otros, con nuestras obras de misericordia”. ¡Inteligente este obispo! También nosotros hagamos lo mismo con el camino que va del corazón a las manos: entramos en la iglesia por la puerta de la misericordia, para recibir el perdón de Jesús que nos dice: “¡Levántate! ¡Ve, ve!”; y con este “¡ve!” – en pie-  salimos por la puerta de salida. Es la Iglesia en salida: el camino de la misericordia que va del corazón a las manos. ¡Haced este camino!

Texto traducido por ZENIT 


Publicado por verdenaranja @ 21:39  | Habla el Papa
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Mi?rcoles, 10 de agosto de 2016

Reflexión de José Antonio Pagola a la Fiesta de la Asunción de María 

SEGUIDORA FIEL DE JESÚS

Los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico. 

María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.

Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el «Magníficat» brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.

María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.

María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.

María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres. 

María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.

José Antonio Pagola

Asunción de María – C (Lucas 1,39-56)
Evangelio del 15/Ago/2016
por Coordinador Grupos de Jesús


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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo veinte del Tiempo Ordinario C 

PRENDER FUEGO 

Son bastantes los cristianos que, profundamente arraigados en una situación de bienestar, tienden a considerar el cristianismo como una religión que, invariablemente, debe preocuparse de mantener la ley y el orden establecido.

Por eso, resulta tan extraño escuchar en boca de Jesús dichos que invitan, no al inmovilismo y conservadurismo, sino a la transformación profunda y radical de la sociedad: «He venido a prender fuego en el mundo y ojalá estuviera ya ardiendo… ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división».

No nos resulta fácil ver a Jesús como alguien que trae un fuego destinado a destruir tanta mentira, violencia e injusticia. Un Espíritu capaz de transformar el mundo, de manera radical, aun a costa de enfrentar y dividir a las personas.

El creyente en Jesús no es una persona fatalista que se resigna ante la situación, buscando, por encima de todo, tranquilidad y falsa paz. No es un inmovilista que justifica el actual orden de cosas, sin trabajar con ánimo creador y solidario por un mundo mejor. Tampoco es un rebelde que, movido por el resentimiento, echa abajo todo para asumir él mismo el lugar de aquellos a los que ha derribado.

El que ha entendido a Jesús actúa movido por la pasión y aspiración de colaborar en un cambio total. El verdadero cristiano lleva la «revolución» en su corazón. Una revolución que no es «golpe de estado», cambio cualquiera de gobierno, insurrección o relevo político, sino búsqueda de una sociedad más justa.

El orden que, con frecuencia, defendemos, es todavía un desorden. Porque no hemos logrado dar de comer a todos los hambrientos, ni garantizar sus derechos a toda persona, ni siquiera eliminar las guerras o destruir las armas nucleares.

Necesitamos una revolución más profunda que las revoluciones económicas. Una revolución que transforme las conciencias de los hombres y de los pueblos. H. Marcuse escribía que necesitamos un mundo «en el que la competencia, la lucha de los individuos unos contra otros, el engaño, la crueldad y la masacre ya no tengan razón de ser».

Quien sigue a Jesús, vive buscando ardientemente que el fuego encendido por él arda cada vez más en este mundo. Pero, antes que nada, se exige a sí mismo una transformación radical: «solo se pide a los cristianos que sean auténticos. Esta es verdaderamente la revolución» (E. Mounier).

José Antonio Pagola

20 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,49-53)
Evangelio del 14/Ago/2016
por Coordinador Grupos de Jesús


Publicado por verdenaranja @ 13:33  | Espiritualidad
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