Viernes, 22 de junio de 2018

Reflexión a las lecturas de la Fiesta de la Natividad de San Juan Bautista ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Natividad de San Juan Bautista

 

Un nacimiento es siempre motivo de alegría, pero hay circunstancias que lo hacen, especialmente, alegre.

Hoy celebramos con gozo el nacimiento de Juan el Bautista, el Profeta y más que Profeta, que dirá el Señor (Mt 11, 9).

Normalmente, no se celebra el nacimiento de los santos, sino el día de su muerte, que es su nacimiento para el Cielo. Sólo celebramos el Nacimiento del Señor y de la Virgen. El nacimiento de San Juan lo celebramos por la importancia de su persona y de su misión.

Y este hecho se vio rodeado de unas circunstancias tales, que hizo decir a la gente: “¿Que será de este niño? Porque la mano del Señor estaba con él”.

 A primera vista, puede extrañarnos la insistencia en ponerle el nombre Juan, que contemplamos en el Evangelio de hoy. Y es que, en Israel, los nombres tenían mucha importancia. Incluso, a veces, señalaban la misión de la persona.

Juan significa “Dios es misericordioso” o también “Dios hace gracia o favor”. De esta forma, Juan significa don de Dios, favor de Dios, misericordia de Dios.

Y con el nacimiento de San Juan, Dios hace misericordia, aquella familia, la de Zacarías e Isabel, que no podían tener hijos; al pueblo de Israel, que esperaba ardientemente al Mesías, y a la humanidad entera, necesitada siempre de un Salvador.

Y, como todo ser humano, Juan nace con una vocación. Y la vocación del Bautista consiste en preparar al Señor un pueblo bien dispuesto para su Venida, y señalarle presente entre los hombres.

¡Y qué bien cumplió el Bautista su misión!

Y en él descubre, cada cristiano y la Iglesia entera, su propia vocación y misión: Señalar a todos a Cristo como el Cordero de Dios, el único Salvador, el Mesías de nuestra esperanza, y preparar al Señor un pueblo bien dispuesto para su Segunda Venida.

En este día, por tanto, todos podamos gozarnos de la salvación de Dios, que, comenzada en la tierra, llega a su plenitud en los Cielos.  No en vano, en la oración colecta, le pedimos al Señor que conceda a su pueblo el don de la alegría espiritual, y dirija el corazón de todos los fieles por el camino de la salvación y de la paz.

Por lo demás, la fiesta de San Juan está rodeada de ritos, tradiciones y costumbres ancestrales, algunas de origen pagano, y se celebra como una fiesta en torno a la luz, pues nos encontramos en el solsticio de verano, en el que las noches comienzan a crecer y los días a disminuir. Y esto se relaciona con aquellas palabras de Juan: “Es preciso que Él crezca y que yo mengüe” (Jn 3,30). Y éste debe ser el ideal de todo cristiano, especialmente, de los que más se dedican a la Misión, al apostolado.

Esta gran solemnidad, además, es anuncio y profecía de la Navidad, que se celebra en el solsticio de invierno, en que celebramos el Nacimiento del Señor, como Sol que brilla en lo alto.

Cómo recordamos aquí las exhortaciones de S. Pablo a ser y a vivir como hijos de la luz, e hijos del día, “porque no lo sois de la noche ni de las tinieblas” (1Tes 5,5).

¡Que todos puedan celebrar con mucha alegría esta fiesta!

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 14:35  | Espiritualidad
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NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

            En la primera lectura, escuchamos al profeta Isaías narrar su propia vocación. De este modo, podemos comprender mejor la elección y la misión de Juan el Bautista y también nuestra propia vocación. 

 

SALMO

            En el salmo cantamos al Señor que conoce lo íntimo del corazón del hombre. 

 

SEGUNDA LECTURA

            S. Pablo nos presenta a Juan el Bautista, dentro del proyecto de salvación de Dios en favor de todos los hombres, que se ha realizado en Cristo. Él es enviado a preparar al pueblo para que acoja al Salvador que llega.  Escuchemos. 

 

TERCERA LECTURA

            El Evangelio nos presenta el nacimiento de Juan Bautista, con especial relación a la imposición de su nombre.

            Acojamos al Señor con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión el sacerdote nos presenta a Jesucristo con las palabras de Juan el Bautista: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Ojalá que este encuentro con el Señor nos sirva de ayuda, estímulo y aliento, para seguir realizando la misión del Bautista: Preparar caminos de encuentro con el Señor, darle a conocer a todos, y prepararle un pueblo bien dispuesto para su Venida gloriosa.

 


Publicado por verdenaranja @ 14:32  | Liturgia
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El Papa Francisco ha celebrado la Eucaristía en el Palacio de exposiciones de Ginebra, Suiza, este jueves, 21 de junio de 2018, en su peregrinación ecuménica de un día con motivo del 70º aniversario del Consejo Mundial de Iglesias. (ZENIT – 21 junio 2018)

Homilía del Papa Francisco

Padre, pan, perdón. Tres palabras que nos regala el Evangelio de hoy. Tres palabras que nos llevan al corazón de la fe. 

«Padre» —así comienza la oración—. Puede ir seguida de otras palabras, pero no se puede olvidar la primera, porque la palabra “Padre” es la llave de acceso al corazón de Dios; porque solo diciendo Padre rezamos en lenguaje cristiano. Rezamos “en cristiano”: no a un Dios genérico, sino a un Dios que es sobre todo Papá. De hecho, Jesús nos ha pedido que digamos «Padre nuestro que estás en el cielo», en vez de “Dios del cielo que eres Padre”. Antes de nada, antes de ser infinito y eterno, Dios es Padre. 

De él procede toda paternidad y maternidad (cf. Ef 3,15). En él está el origen de todo bien y de nuestra propia vida. «Padre nuestro» es por tanto la fórmula de la vida, la que revela nuestra identidad: somos hijos amados. Es la fórmula que resuelve el teorema de la soledad y el problema de la orfandad. Es la ecuación que nos indica lo que hay que hacer: amar a Dios, nuestro Padre, y a los demás, nuestros hermanos. Es la oración del nosotros, de la Iglesia; una oración sin el yo y sin el mío, toda dirigida al de Dios («tu nombre», «tu reino», «tu voluntad») y que se conjuga solo en la primera persona del plural: «Padre nuestro», dos palabras que nos ofrecen señales para la vida espiritual. 

Así, cada vez que hacemos la señal de la cruz al comienzo de la jornada y antes de cada actividad importante, cada vez que decimos «Padre nuestro», renovamos las raíces que nos dan origen. Tenemos necesidad de ello en nuestras sociedades a menudo desarraigadas. El «Padre nuestro» fortalece nuestras raíces. Cuando está el Padre, nadie está excluido; el miedo y la incertidumbre no triunfan. Aflora la memoria del bien, porque en el corazón del Padre no somos personajes virtuales, sino hijos amados. Él no nos une en grupos que comparten los mismos intereses, sino que nos regenera juntos como familia.

No nos cansemos de decir «Padre nuestro»: nos recordará que no existe ningún hijo sin Padre y que, por tanto, ninguno de nosotros está solo en este mundo. Pero nos recordará también que no hay Padre sin hijos: ninguno de nosotros es hijo único, cada uno debe hacerse cargo de los hermanos de la única familia humana. Diciendo «Padre nuestro» afirmamos que todo ser humano nos pertenece, y frente a tantas maldades que ofenden el rostro del Padre, nosotros sus hijos estamos llamados a actuar como hermanos, como buenos custodios de nuestra familia, y a esforzarnos para que no haya indiferencia hacia el hermano, hacia ningún hermano: ni hacia el niño que todavía no ha nacido ni hacia el anciano que ya no habla, como tampoco hacia el conocido que no logramos perdonar ni hacia el pobre descartado. Esto es lo que el Padre nos pide, nos manda que nos amemos con corazón de hijos, que son hermanos entre ellos. 

Pan. Jesús nos dice que pidamos cada día el pan al Padre. No hace falta pedir más: solo el pan, es decir, lo esencial para vivir. El pan es sobre todo la comida suficiente para hoy, para la salud, para el trabajo diario; la comida que por desgracia falta a tantos hermanos y hermanas nuestros. Por esto digo: ¡Ay de quien especula con el pan! El alimento básico para la vida cotidiana de los pueblos debe ser accesible a todos. 

Pedir el pan cotidiano es decir también: “Padre, ayúdame a llevar una vida más sencilla”. La vida se ha vuelto muy complicada. Diría que hoy para muchos está como “drogada”: se corre de la mañana a la tarde, entre miles de llamadas y mensajes, incapaces de detenernos ante los rostros, inmersos en una complejidad que nos hace frágiles y en una velocidad que fomenta la ansiedad. Se requiere una elección de vida sobria, libre de lastres superfluos. Una elección contracorriente, como hizo en su tiempo san Luis Gonzaga, que hoy recordamos. La elección de renunciar a tantas cosas que llenan la vida, pero vacían el corazón. Elijamos la sencillez del pan para volver a encontrar la valentía del silencio y de la oración, fermentos de una vida verdaderamente humana. Elijamos a las personas antes que a las cosas, para que surjan relaciones personales, no virtuales. Volvamos a amar la fragancia genuina de lo que nos rodea. Cuando era pequeño, en casa, si el pan se caía de la mesa, nos enseñaban a recogerlo rápidamente y a besarlo. Valorar lo sencillo que tenemos cada día, protegerlo: no usar y tirar, sino valorar y conservar.

Además, el «Pan de cada día», no lo olvidemos, es Jesús. Sin él no podemos hacer nada (cf. Jn 15,5). Él es el alimento primordial para vivir bien. Sin embargo, a veces lo reducimos a una guarnición. Pero si él no es el alimento de nuestra vida, el centro de nuestros días, el respiro de nuestra cotidianidad, nada vale. Pidiendo el pan suplicamos al Padre y nos decimos cada día: sencillez de vida, cuidado del que está a nuestro alrededor, Jesús sobre todo y antes de nada. 

Perdón. Es difícil perdonar, siempre llevamos dentro un poco de amargura, de resentimiento, y cuando alguien que ya habíamos perdonado nos provoca, el rencor vuelve con intereses. Pero el Señor espera nuestro perdón como un regalo. Nos debe hacer pensar que el único comentario original al Padre nuestro, el que hizo Jesús, se concentre sobre una sola frase: «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15). El perdón es la cláusula vinculante del Padre nuestro. Dios nos libera el corazón de todo pecado, perdona todo, todo, pero nos pide una cosa: que nosotros, al mismo tiempo, no nos cansemos de perdonar a los demás. Quiere que cada uno otorgue una amnistía general a las culpas ajenas. Tendríamos que hacer una buena radiografía del corazón, para ver si dentro de nosotros hay barreras, obstáculos para el perdón, piedras que remover. Y entonces decir al Padre: “¿Ves este peñasco?, te lo confío y te ruego por esta persona, por esta situación; aun cuando me resulta difícil perdonar, te pido la fuerza para poder hacerlo”. 

El perdón renueva, hace milagros. Pedro experimentó el perdón de Jesús y llegó a ser pastor de su rebaño; Saulo se convirtió en Pablo después de haber sido perdonado por Esteban; cada uno de nosotros renace como una criatura nueva cuando, perdonado por el Padre, ama a sus hermanos. Solo entonces introducimos en el mundo una verdadera novedad, porque no hay mayor novedad que el perdón, que cambia el mal en bien. Lo vemos en la historia cristiana. Perdonarnos entre nosotros, redescubrirnos hermanos después de siglos de controversias y laceraciones, cuánto bien nos ha hecho y sigue haciéndonos. El Padre es feliz cuando nos amamos y perdonamos de corazón (cf. Mt 18,35). Y entonces nos da su Espíritu. Pidamos esta gracia: no encerrarnos con un corazón endurecido, reclamando siempre a los demás, sino dar el primer paso, en la oración, en el encuentro fraterno, en la caridad concreta. Así seremos más semejantes al Padre, que ama sin esperar nada a cambio. Y él derramará sobre nosotros el Espíritu de la unidad.

© Librería Editorial Vaticano 

 


Publicado por verdenaranja @ 14:29  | Habla el Papa
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A continuación, ofrecemos el discurso del Papa Francisco en el Encuentro Ecuménico, celebrado con motivo del 70º aniversario de la fundación del Consejo Mundial de Iglesias. (ZENIT – 21 junio 2018)

Queridos hermanos y hermanas: 

Me es grato encontrarme con vosotros y os agradezco vuestra amable acogida. En particular, doy las gracias al Secretario General, Reverendo Dr. Olav Fykse Tveit, y a la Moderadora, Dra. Agnes Abuom, por sus palabras y por haberme invitado con ocasión del 70º aniversario de la institución del Consejo Ecuménico de las Iglesias. 

En la Biblia, setenta años evocan un período de tiempo cumplido, signo de la bendición de Dios. Pero setenta es también un número que hace aflorar en la mente dos célebres pasajes evangélicos. En el primero, el Señor nos ha mandado perdonarnos no siete, sino «hasta setenta veces siete» (Mt 18,22). El número no se refiere desde luego a un concepto cuantitativo, sino que abre un horizonte cualitativo: no mide la justicia, sino que inaugura el criterio de una caridad sin medida, capaz de perdonar sin límites. Esta caridad que, después de siglos de controversias, nos permite estar juntos, como hermanos y hermanas reconciliados y agradecidos con Dios nuestro Padre. 

Si estamos aquí es gracias también a cuantos nos han precedido en el camino, eligiendo la senda del perdón y gastándose por responder a la voluntad del Señor: «que todos sean uno» (Jn 17,21). Impulsados por el deseo apremiante de Jesús, no se han dejado enredar en los nudos intrincados de las controversias, sino que han encontrado la audacia para mirar más allá y creer en la unidad, superando el muro de las sospechas y el miedo. Tenía razón un antiguo padre en la fe cuando afirmaba: «Si el amor logra expulsar completamente al temor y este, transformado, se convierte en amor, entonces veremos que la unidad es una consecuencia de la salvación» (S. Gregorio de Nisa, Homilía 15, Comentario sobre el libro del Cantar de los Cantares). 

Somos los depositarios de la fe, de la caridad, de la esperanza de tantos que, con la fuerza inerme del Evangelio, han tenido la valentía de cambiar la dirección de la historia, esa historia que nos había llevado a desconfiar los unos de los otros y a distanciarnos recíprocamente, cediendo a la diabólica espiral de continuas fragmentaciones. Gracias al Espíritu Santo, inspirador y guía del ecumenismo, la dirección ha cambiado y se ha trazado de manera indeleble un camino nuevo y antiguo a la vez: el camino de la comunión reconciliada, hacia la manifestación visible de esa fraternidad que ya une a los creyentes. 

El número setenta ofrece en el Evangelio un segundo punto de reflexión. Se refiere a los discípulos que Jesús envió a la misión durante su ministerio público (Lc 10,1) y cuya memoria se celebra en el Oriente cristiano. El número de estos discípulos remite a las naciones conocidas, enumeradas al comienzo de la Escritura (cf. Gn 10). ¿Qué nos sugiere esto? Que la misión está dirigida a todos los pueblos y que cada discípulo, por ser tal, debe convertirse en apóstol, en misionero. El Consejo Ecuménico de las Iglesias ha nacido como un instrumento de aquel movimiento ecuménico suscitado por una fuerte llamada a la misión: ¿cómo pueden los cristianos evangelizar si están divididos entre ellos? Esta apremiante pregunta es la que dirige también hoy nuestro caminar y traduce la oración del Señor a estar unidos «para que el mundo crea» (Jn 17,21). 

Permitidme, queridos hermanos y hermanas, manifestaros también, además del vivo agradecimiento por el esfuerzo que realizáis en favor de la unidad, una preocupación. Esta nace de la impresión de que el ecumenismo y la misión no están tan estrechamente unidos como al principio. Y, sin embargo, el mandato misionero, que es más que la diakonia y que la promoción del desarrollo humano, no puede ser olvidado ni vaciado. Se trata de nuestra identidad. El anuncio del Evangelio hasta el último confín es connatural a nuestro ser cristianos. Ciertamente, el modo como se realiza la misión cambia según los tiempos y los lugares y, frente a la tentación ―lamentablemente frecuente―, de imponerse siguiendo lógicas mundanas, conviene recordar que la Iglesia de Cristo crece por atracción. 

¿En qué consiste esta fuerza de atracción? Evidentemente, no en nuestras ideas, estrategias o programas. No se cree en Jesucristo mediante un acuerdo de voluntades y el Pueblo de Dios no es reductible al rango de una organización no gubernamental. No, la fuerza de atracción radica en aquel don sublime que conquistó al apóstol Pablo: «conocerlo a él [Cristo], y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos» (Flp 3,10). Solo de esto podemos presumir: del «conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo» (2 Co 4,6), que nos da el Espíritu vivificador. Este es el tesoro que nosotros, frágiles vasijas de barro (cf. v. 7), debemos ofrecer a nuestro amado y atormentado mundo. No seríamos fieles a la misión que se nos ha confiado si redujéramos este tesoro al valor de un humanismo puramente inmanente, adaptable a las modas del momento. Y seríamos malos custodios si quisiéramos solo preservarlo, enterrándolo por miedo a los desafíos del mundo (cf. Mt 25,25). 

Tenemos necesidad de un nuevo impulso evangelizador. Estamos llamados a ser un pueblo que vive y comparte la alegría del Evangelio, que alaba al Señor y sirve a los hermanos, con un espíritu que arde por el deseo de abrir horizontes de bondad y de belleza insospechados para quien no ha tenido aún la gracia de conocer verdaderamente a Jesús. Estoy convencido de que, si aumenta la fuerza misionera, crecerá también la unidad entre nosotros. Así como en los orígenes el anuncio marcó la primavera de la Iglesia, la evangelización marcará el florecimiento de una nueva primavera ecuménica. Como en los orígenes, estrechémonos en comunión en torno al Maestro, no sin antes arrepentirnos de nuestras continuas vacilaciones y digámosle, con Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). 

Queridos hermanos y hermanas: He deseado estar presente en las celebraciones de este aniversario del Consejo también para reafirmar el compromiso de la Iglesia Católica en la causa ecuménica y para animar la cooperación con las Iglesias miembros y con los interlocutores ecuménicos. En este contexto, también quisiera detenerme un poco en el lema elegido para esta jornada: Caminar – Rezar – Trabajar juntos. 

Caminar: sí, pero ¿hacia dónde? En base a cuanto se ha dicho, propongo un doble movimiento: de entrada y de salida. De entrada, para dirigirnos constantemente hacia el centro, para reconocernos sarmientos injertados en la única vid que es Jesús (cf. Jn 15,1-8). No daremos fruto si no nos ayudamos mutuamente a permanecer unidos a él. De salida, hacia las múltiples periferias existenciales de hoy, para llevar juntos la gracia sanadora del Evangelio a la humanidad que sufre. Preguntémonos si estamos caminando de verdad o solo con palabras, si los hermanos nos importan de verdad y los encomendamos al Señor o están lejos de nuestros intereses reales. También preguntémonos si nuestro camino es un volver sobre nuestros propios pasos o si es un ir al mundo con convicción para llevar allí al Señor. 

Rezar: También en la oración, como en el camino, no podemos avanzar solos, porque la gracia de Dios, más que hacerse a medida individual, se difunde armoniosamente entre los creyentes que se aman. Cuando decimos «Padre nuestro» resuena dentro de nosotros nuestra filiación, pero también nuestro ser hermanos. La oración es el oxígeno del ecumenismo. Sin oración la comunión se queda sin oxígeno y no avanza, porque impedimos al viento del Espíritu empujarla hacia adelante. Preguntémonos: ¿Cuánto rezamos los unos por los otros? El Señor ha rezado para que fuésemos una sola cosa, ¿lo imitamos en esto?

Trabajar juntos: En este sentido quisiera subrayar que la Iglesia Católica reconoce la especial importancia del trabajo que desempeña la Comisión Fe y Constitución, y desea seguir contribuyendo a través de la participación de teólogos altamente cualificados. El estudio de Fe y Constitución, para una visión común de la Iglesia y su trabajo en el discernimiento de las cuestiones morales y éticas tocan puntos neurálgicos del desafío ecuménico. Del mismo modo, la presencia activa en la Comisión para la Misión y la Evangelización; la colaboración con la Oficina para el Diálogo Interreligioso y la Cooperación, últimamente sobre el importante tema de la educación y la paz; la preparación conjunta de los textos para la Semana de oración por la unidad de los cristianos y otras formas de sinergia son elementos constitutivos de una sólida y auténtica colaboración. Asimismo, agradezco la importante labor del Instituto Ecuménico de Bossey en la formación ecuménica de las jóvenes generaciones de responsables pastorales y académicos de tantas Iglesias y Confesiones cristianas de todo el mundo. Desde hace muchos años, la Iglesia Católica colabora en esta obra educativa con la presencia de un profesor católico en la Facultad; y cada año tengo la alegría de saludar al grupo de estudiantes que realiza el viaje de estudios a Roma. Quisiera mencionar también, como signo positivo de “armonía ecuménica”, la creciente adhesión a la Jornada de oración por el cuidado de la creación.

Por otra parte, el trabajo típicamente eclesial tiene un sinónimo bien definido: diakonia. Es el camino por el que seguimos al Maestro, que «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45). El servicio variado e intenso de las Iglesias miembros del Consejo encuentra una expresión emblemática en la Peregrinación de justicia y paz. La credibilidad del Evangelio se ve afectada por el modo cómo los cristianos responden al clamor de todos aquellos que, en cualquier rincón de la tierra, son injustamente víctimas del trágico aumento de una exclusión que, generando pobreza, fomenta los conflictos. Mientras los débiles son cada vez más marginados, sin pan, trabajo ni futuro, los ricos son cada vez menos y más ricos. Dejémonos interpelar por el llanto de los que sufren, y sintamos compasión, porque «el programa del cristiano es un corazón que ve» (Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est, 31). Veamos qué podemos hacer concretamente, antes de desanimarnos por lo que no podemos. Miremos también a tantos hermanos y hermanas nuestros que en diversas partes del mundo, especialmente en Oriente Medio, sufren porque son cristianos. Estemos cerca de ellos. Y recordemos que nuestro camino ecuménico está precedido y acompañado por un ecumenismo ya realizado, el ecumenismo de la sangre, que nos exhorta a seguir adelante. 

Animémonos a superar la tentación de absolutizar determinados paradigmas culturales y dejarnos absorber por intereses personales. Ayudemos a los hombres de buena voluntad a dar mayor relieve a situaciones y acontecimientos que afectan a una parte importante de la humanidad, pero que ocupan un lugar muy marginal en el ámbito de la información a gran escala. No podemos desinteresarnos, y es preocupante cuando algunos cristianos se muestran indiferentes frente al necesitado. Más triste aún es la convicción de quienes consideran los propios bienes como signo de predilección divina, en vez de una llamada a servir con responsabilidad a la familia humana y a custodiar la creación. El Señor, Buen Samaritano de la humanidad (cf. Lc 10,29-37), nos interpelará sobre el amor al prójimo, cualquiera que sea (cf. Mt 25,31-46). Preguntémonos entonces: ¿Qué podemos hacer juntos? Si es posible hacer un servicio, ¿por qué no proyectarlo y realizarlo juntos, comenzando por experimentar una fraternidad más intensa en el ejercicio de la caridad concreta? 

Queridos hermanos y hermanas: Os renuevo mi cordial agradecimiento. Ayudémonos a caminar, a rezar y a trabajar juntos para que, con la ayuda de Dios, la unidad avance y el mundo crea. Gracias.

© Librería Editorial Vaticano

 


Publicado por verdenaranja @ 14:25  | Habla el Papa
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Comentario del 12º Domingo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. (zenit)

DOMINGO 12 DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo B

Textos: Job 38, 1.8-11; 2 Co 5, 14-17; Mc 4, 35-41

Idea principal: En la vida atravesamos por tempestades.

Síntesis del mensaje: En la tradición de los pueblos de Oriente Medio el mar ha sido siempre el lugar de las fuerzas caóticas del mal, opuestas a Dios. Jesús deja la orilla de Cafarnaum para pasar a la otra orilla, a la costa occidental del lago de Galilea, que en la época era territorio no judío, y, por tanto, tierra de paganos. En medio de la travesía del mar se levanta un fuerte temporal, como si las fuerzas del mal quisieran obstaculizar la difusión del evangelio del Reino de Dios. Cristo pide fe en su divinidad y confianza.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Job, en la primera lectura, experimentó la tormenta en su vida. Dios le probó. Pruebas: La inmensa pérdida de Job en cuanto a cosas terrenales, la prueba física en su cuerpo, su matrimonio se iba desmoronando, perdió su buena reputación. ¿Cómo reaccionó Job a estas pruebas? Quedó aferrado a su Señor, a pesar de que el Señor primero no respondió a su oración y aparentemente no le hizo llegar ninguna ayuda. Dijo: “¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (2, 10). La nave de la vida de Job estaba anclada en su Dios. Ninguna tormenta podía alejarlo de Él. El Señor era el primero en su vida. ¡El oscuro propósito que Satanás tenía para Job, al fin y al cabo llevó a la glorificación del Señor, pues Job siguió aferrado a su Dios! Aún más, triunfalmente exclamó en esos momentos: “Yo sé que mi Redentor vive“. Cuando ya no quedó nada en la vida de Job, permanecieron aún el Señor y él mismo. ¡Qué íntima llegó a ser su comunión con su Señor a través de esta prueba y tormenta!

En segundo lugar, los apóstoles también experimentaron la tormenta en la barca, llevando a Jesús en ella. Las últimas parábolas que ha narrado Marcos mostraban la fuerza del crecimiento irresistible del Reino. Ahora la escena cambia radicalmente: describe una situación comprometida de los discípulos. Todo produce cierta grima: se ha hecho oscuro; se levanta de pronto un fuerte temporal y las olas rompen contra la frágil barca que se va llenando de agua. El grupo -la comunidad- corre peligro, vive una situación límite; en cualquier momento se puede hundir. Mientras tanto Jesús “duerme” en el puesto del timonel, desde donde se marca el rumbo de la nave. Jesús no se siente amenazado, no ha perdido la paz. En cambio, los discípulos medio histéricos gritan y van de un lado a otro, intentando salvar la piel… ¡y Jesús “duerme”! ¿Cómo es que se desentiende? ¿Tan poco le importan sus seguidores? Esta actitud de Jesús recuerda aquel sembrador de la parábola que duerme mientras la semilla hace su trabajo. Pero los discípulos no piensan en aquella parábola, de tan asustados, amedrentados y alarmados como están. Y despiertan a Jesús recriminándole que los abandone en aquel momento de riesgo extremo: “¿No te importa que nos hundamos?”. Los discípulos -y también nosotros- aún tienen el corazón endurecido; les cuesta abrirse con fe a la persona de Jesús. Les cuesta entender que Jesús no duerme, sino que sabe vivir siempre, en la tempestad y en la bonanza, en la certeza de estar siempre en las buenas manos del Dios que es todo Amor. Aprender a hacer esta experiencia, no sólo quedan reducidas las dificultades, sino que se aprende a ser discípulo.

Finalmentenosotros, al igual que la Iglesia, no nos escaparemos de las diversas tormentas que Dios o quiere o permite en nuestra vida. Han pasado más de 2000 años desde que Jesucristo fundó la Iglesia. Han pasado más de 2000 años de cristianismo y parece que todo se viene abajo; parece que las nuevas doctrinas religiosas están tomando el puesto de la Iglesia, pero no es así. La Iglesia parece naufragar en la tempestad del mundo y en los problemas que se le presentan; pero cada vez que los hombres dudamos se alza una voz que parece despertar de un largo sueño: “¡No temáis, tened fe!”. Y el mar vuelve a la calma; la barca de Pedro sigue su rumbo a través de los años, los siglos y los milenios. Cristo no está lejos de nosotros; duerme junto al timón, para que cuando nuestra fe desfallezca, cuando estemos tristes y desamparados, Él toma el timón de nuestra vida. Además en el mar de nuestra vida brilla una estrella; relampaguea en el cielo de nuestra alma la estrella de María, para que no perdamos el rumbo. ¡Cuántas situaciones de angustia, de peligro vivimos! Incomprensión, crisis familiar o comunitaria, fracaso de la evangelización, enfriamiento del compromiso, escándalos, fuerzas incontrolables del mal, ideologías de todo tipo, etc. A veces las comunidades tenemos la sensación de estar perdidas, de ir a la deriva, de haber perdido el norte… y no entendemos el silencio de Dios

Para reflexionar: Dedica un buen tiempo a hacer silencio en tu interior, a buscar la calma en medio de tantas preocupaciones, temores, incertidumbres. ¿Cuáles son tus tempestades? Como Jesús, ponte en las manos del buen Dios que es todo Amor. Haz un acto de fe en Jesús que ocupa el lugar del Dios que es todo Amor en tu comunidad o familia. Él está presente, no nos ha abandonado, ¿qué podemos temer?Pide saber vivir en la confianza. Pide la fuerza interior para aguantar los golpes de la vida, los vacíos, la falta de sentido, el miedo a seguir a Jesús… todo lo que dificulta verdaderamente la fe. Adhiérete a la persona de Jesús; Él nos libera de las parálisis y nos hace actuar para que pueda seguir liberando a muchos otros de cualquier tipo de parálisis y desconfianza. Déjate llevar por Cristo. Que Él nos lleve por esas tempestades frutos de nuestra imperfección, tengamos fe y nada de miedo porque “el patrón” nunca nos dejará a la deriva.

Para rezar: Señor, aumenta mi fe y mi confianza en Ti, que llevas la barca de mi vida. Permíteme gritarte en la oración cuando Tú te me duermas y venga la tempestad de la prueba, del dolor, del mal, del silencio de Dios, de la crisis de fe, del miedo. Señor, en Ti confío.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


Publicado por verdenaranja @ 14:13  | Espiritualidad
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Delante de 15 mil personas presentes en la Plaza de San Pedro, bajo un sol brillante, el Papa hizo hincapié en la “lógica de la naturaleza impredecible de Dios”: “Hoy el Señor nos llama a una actitud de fe que sobrepasa nuestros proyectos, nuestros cálculos, nuestras previsiones. Dios es siempre el Dios de las sorpresas, el Señor siempre nos sorprende.” (ZENIT – 17 junio 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!

En el fragmento del Evangelio de hoy (Mc 4.26-34), Jesús habló a la multitud del Reino de Dios y del dinamismo de su crecimiento, y lo hace contando dos parábolas breves.

En la primera parábola (v. 26-29), el Reino de Dios se compara con el misterioso crecimiento de la semilla, que se siembra y el germen crece y produce la especie, independientemente de los cuidados del agricultor, que al final de la maduración hace lo necesario para recolectarlo. El mensaje que nos da esta parábola es éste: por la predicación y la acción de Jesús el Reino de Dios es anunciado, irrumpe en el campo del mundo y como el grano crece y se desarrolla, por su propia fuerza y de acuerdo con sus criterios, humanamente no descifrables. Al crecer y germinar en la historia, no depende tanto del trabajo del hombre, sino que es sobre todo la expresión del poder y la bondad de Dios. Y de la fuerza del Espíritu Santo, quien hace avanzar la vida cristiana en el seno del Pueblo de Dios.

A veces la historia, como  sus acontecimientos y sus protagonistas, parece ir en sentido contrario de los designios del Padre celestial, que quiere para todos sus hijos la justicia, la fraternidad, la paz. Pero estamos llamados a vivir estos tiempos como temporadas de prueba, de esperanza y atenta espera de la cosecha. En efecto, ayer, como hoy, el Reino de Dios está creciendo en el mundo de una manera misteriosa y sorprendente, al revelar el poder oculto de la pequeña semilla, su victoriosa vitalidad. En los pliegues de los acontecimientos personales y sociales que a veces parecen marcar el hundimiento de la esperanza, uno debe permanecer confiado en la acción sofocada pero poderosa de Dios. Por eso, en tiempos de tinieblas y dificultades, no debemos permitir dejarnos abatir, sino permanecer anclados en la fidelidad de Dios, en su presencia que siempre salva. Acordaos de esto: Dios salva siempre, Él es salvador.

En la segunda parábola (v. 30-32), Jesús compara el Reino de Dios con un pequeño grano de mostaza. Es un grano muy pequeño, pero crece hasta convertirse en la más grande de todas las plantas del jardín: un crecimiento impredecible, sorprendente. No es fácil para nosotros entrar en esta lógica de la naturaleza impredecible de Dios y aceptarla en nuestra vida. Pero hoy el Señor nos exhorta a una actitud de fe que va más allá de nuestros proyectos, nuestros cálculos y nuestras predicciones. Dios es siempre el Dios de las sorpresas, el Señor siempre nos sorprende. Es una invitación a abrirnos más generosamente a los planes de Dios, tanto a nivel personal como a nivel comunitario. En nuestras comunidades debemos prestar atención a las pequeñas y grandes oportunidades de bien que nos ofrece el Señor, permitiéndonos involucrarnos en su dinámica de amor acogedor y de misericordia hacia todos.

La autenticidad de la misión de la Iglesia no está dada por el éxito y la satisfacción de los resultados, sino por el hecho de avanzar con el coraje de la confianza y la humildad de rendirse a Dios. Avanzar en la confesión de Jesús y con la fuerza del Espíritu Santo. Es la consciencia de ser pequeños y débiles instrumentos, que en las manos de Dios y por su gracia pueden realizar grandes obras, avanzando en su Reino que es “justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17). Que la Virgen María nos ayude a ser simples y atentos, a colaborar con nuestra fe y nuestro trabajo en el desarrollo del Reino de Dios en los corazones y en la historia.

© Traducción ZENIT, Raquel Anillo

 

 


Publicado por verdenaranja @ 14:06  | Habla el Papa
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Este pobre gritó y el Señor lo escuchó es el título del Mensaje que ha escrito el Santo Padre Francisco para la II Jornada Mundial de los Pobres, que se celebrará el  XXXIII domingo del Tiempo Ordinario –este año el 18 de noviembre 2018–. (ZENIT – 14 junio 2018)

Este pobre gritó y el Señor lo escuchó

1. «Este pobre gritó y el Señor lo escuchó» (Sal 34, 7). Las palabras del salmista se vuelven también las nuestras a partir del momento en que somos llamados a encontrar las diversas situaciones de sufrimiento y marginación en las que viven tantos hermanos y hermanas, que habitualmente designamos con el término general de “pobres”. Quien escribe tales palabras no es ajeno a esta condición, al contrario. Él tiene experiencia directa de la pobreza y, sin embargo, la transforma en un canto de alabanza y de acción de gracias al Señor. Este salmo permite también a nosotros hoy comprender quiénes son los verdaderos pobres a los que estamos llamados a volver nuestra mirada para escuchar su grito y reconocer sus necesidades.

Se nos dice, ante todo, que el Señor escucha los pobres que claman a Él y que es bueno con aquellos que buscan refugio en Él con el corazón destrozado por la tristeza, la soledad y la exclusión. Escucha a cuantos son atropellados en su dignidad y, a pesar de ello, tienen la fuerza de alzar su mirada hacia lo alto para recibir luz y consuelo. Escucha a aquellos que son perseguidos en nombre de una falsa justicia, oprimidos por políticas indignas de este nombre y atemorizados por la violencia; y aun así saben que en Dios tienen a su Salvador. Lo que surge de esta oración es ante todo el sentimiento de abandono y confianza en un Padre que escucha y acoge. En la misma onda de estas palabras podemos comprender más a fondo lo que Jesús proclamó con las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

En virtud de esta experiencia única y, en muchos sentidos, inmerecida e imposible de describir por completo, nace por cierto el deseo de contarla a otros, en primer lugar a aquellos que son, como el salmista, pobres, rechazados y marginados. En efecto, nadie puede sentirse excluido del amor del Padre, especialmente en un mundo que con frecuencia pone la riqueza como primer objetivo y hace que las personas se encierren en sí mismas.

2. El salmo caracteriza con tres verbos la actitud del pobre y su relación con Dios. Ante todo, “gritar”. La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. ¿Qué expresa el grito del pobre si no es su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza? Podemos preguntarnos: ¿cómo es que este grito, que sube hasta la presencia de Dios, no alcanza a llegar a nuestros oídos, dejándonos indiferentes e impasibles? En una Jornada como esta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

El silencio de la escucha es lo que necesitamos para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aunque de suyo meritorias y necesarias, estén dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Se está tan atrapado en una cultura que obliga a mirarse al espejo y a cuidarse en exceso, que se piensa que un gesto de altruismo bastaría para quedar satisfechos, sin tener que comprometerse directamente.

3. El segundo verbo es “responder”. El Señor, dice el salmista, no sólo escucha el grito del pobre, sino que responde. Su respuesta, como se testimonia en toda la historia de la salvación, es una participación llena de amor en la condición del pobre. Así ocurrió cuando Abrahán manifestaba a Dios su deseo de tener una descendencia, no obstante él y su mujer Sara, ya ancianos, no tuvieran hijos  (cf. Gén 15, 1-6). Sucedió cuando Moisés, a través del fuego de una zarza que se quemaba intacta, recibió la revelación del nombre divino y la misión de hacer salir al pueblo de Egipto (cf. Éx 3, 1-15). Y esta respuesta se confirmó a lo largo de todo el camino del pueblo por el desierto: cuando el hambre y la sed asaltaban  (cf. Éx 16, 1-16; 17, 1-7), y cuando se caía en la peor miseria, la de la infidelidad a la alianza y de la idolatría (cf. Éx 32, 1-14).

La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a retomar la vida con dignidad. La respuesta de Dios es también una invitación a que todo el que cree en Él obre de la misma manera dentro de los límites de lo humano. La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de toda región para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de compartir para cuantos pasan necesidad, que hace sentir la presencia activa de un hermano o una hermana. Los pobres no necesitan un acto de delegación, sino del compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor. La solicitud de los creyentes no puede limitarse a una forma de asistencia – que es necesaria y providencial en un primer momento –, sino que exige esa «atención amante» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 199) que honra al otro como persona y busca su bien.

4. El tercer verbo es “liberar”. El pobre de la Biblia vive con la certeza de que Dios interviene en su favor para restituirle dignidad. La pobreza no es buscada, sino creada por el egoísmo, el orgullo, la avaricia y la injusticia. Males tan antiguos como el hombre, pero que son siempre pecados, que involucran a tantos inocentes, produciendo consecuencias sociales dramáticas. La acción con la cual el Señor libera es un acto salvación para quienes le han manifestado su propia tristeza y angustia. Las cadenas de la pobreza se rompen gracias a la potencia de la intervención de Dios. Tantos salmos narran y celebran esta historia de salvación que se refleja en la vida personal del pobre: «Él no ha mirado con desdén ni ha despreciado la miseria del pobre: no le ocultó su rostro y lo escuchó cuando pidió auxilio» (Sal 22, 25). Poder contemplar el rostro de Dios es signo de su amistad, de su cercanía, de su salvación. «Tú viste mi aflicción y supiste que mi vida peligraba, […] me pusiste en un lugar espacioso» (Sal 31, 8-9). Ofrecer al pobre un “lugar espacioso” equivale a liberarlo de la “red del cazador” (cf. Sal 91, 3), a alejarlo de la trampa tendida en su camino, para que pueda caminar expedito y mirar la vida con ojos serenos. La salvación de Dios toma la forma de una mano tendida hacia el pobre, que ofrece acogida, protege y hace posible experimentar la amistad de la cual se tiene necesidad. Es a partir de esta cercanía, concreta y tangible, que comienza un genuino itinerario de liberación: «Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad; esto supone que seamos dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 187).

 

5. Me conmueve saber que muchos pobres se han identificado con Bartimeo, del cual habla el evangelista Marcos (cf. 10, 46-52). El ciego Bartimeo «estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna» (v. 46), y habiendo escuchado que pasaba Jesús «empezó a gritar» y a invocar el «Hijo de David» para que tuviera piedad de él (cf. v. 47). «Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más fuerte» (v. 48). El Hijo de Dios escuchó su grito: «“¿Qué quieres que haga por ti?”. El ciego le contestó: “Rabbunì, que recobre la vista!”» (v. 51). Esta página del Evangelio hace visible lo que el salmo anunciaba como promesa. Bartimeo es un pobre que se encuentra privado de capacidades básicas, como son la de ver y trabajar. ¡Cuántas sendas conducen también hoy a formas de precariedad! La falta de medios básicos de subsistencia, la marginación cuando ya no se goza de la plena capacidad laboral, las diversas formas de esclavitud social, a pesar de los progresos realizados por la humanidad… Como Bartimeo, ¡cuántos pobres están hoy al borde del camino en busca de un sentido para su condición! ¡Cuántos se cuestionan sobre el porqué tuvieron que tocar el fondo de este abismo y sobre el modo de salir de él! Esperan que alguien se les acerque y les diga: «Ánimo. Levántate, que te llama» (v. 49).

Lastimosamente a menudo se constata que, por el contrario, las voces que se escuchan son las del reproche y las que invitan a callar y a sufrir. Son voces destempladas, con frecuencia determinadas por una fobia hacia los pobres, considerados no sólo como personas indigentes, sino también como gente portadora de inseguridad, de inestabilidad, de desorden para las rutinas cotidianas y, por lo tanto, merecedores de rechazo y apartamiento. Se tiende a crear distancia entre ellos y el proprio yo, sin darse cuenta que así se produce el alejamiento del Señor Jesús, quien no los rechaza sino que los llama así y los consuela. Con mucha pertinencia resuenan en este caso las palabras del profeta sobre el estilo de vida del creyente: «soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; […] compartir tu pan con el hambriento, […] albergar a los pobres sin techo, […] cubrir al que veas desnudo» (Is 58, 6-7). Este modo de obrar permite que el pecado sea perdonado (cf. 1Pe 4, 8), que la justicia recorra su camino y que, cuando seremos nosotros lo que gritaremos al Señor, Él entonces responderá y dirá: ¡Aquí estoy! (cf. Is 58, 9).

6. Los pobres son los primeros capacitados para reconocer la presencia de Dios y dar testimonio de su proximidad en sus vidas. Dios permanece fiel a su promesa, e incluso en la oscuridad de la noche no hace faltar el calor de su amor y de su consolación. Sin embargo, para superar la opresiva condición de pobreza es necesario que ellos perciban la presencia de los hermanos y hermanas que se preocupan por ellos y que, abriendo la puerta del corazón y de la vida, los hacen sentir amigos y familiares. Sólo de esta manera podremos «reconocer la fuerza salvífica de sus vidas» y «ponerlos en el centro del camino de la Iglesia» (Exhort. apost. Evangelii gaudium, 198).

En esta Jornada Mundial estamos invitados a hacer concretas las palabras del Salmo: «los pobres comerán hasta saciarse» (Sal 22, 27). Sabemos que en el templo de Jerusalén, después del rito del sacrificio, tenía lugar el banquete. En muchas Diócesis, esta fue una experiencia que, el año pasado, enriqueció la celebración de la primera  Jornada Mundial de los Pobres. Muchos encontraron el calor de un una casa, la alegría de una comida festiva y la solidaridad de cuantos quisieron compartir la mesa de manera simple y fraterna. Quisiera que también este año y en el futuro esta Jornada fuera celebrada bajo el signo de la alegría por redescubrir el valor de estar juntos. Orar juntos y compartir la comida el día domingo. Una experiencia que nos devuelve a la primera comunidad cristiana, que el evangelista Lucas describe en toda su originalidad y simplicidad: «Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. […]Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno» (Hch 2, 42. 44-45).

7. Son innumerables las iniciativas que diariamente emprende la comunidad cristiana para dar un signo de cercanía y de alivio a las variadas formas de pobreza que están ante nuestros ojos. A menudo la colaboración con otras realidades, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, hace posible brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente hace que tendamos la mano a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda alcanzar el objetivo de manera más eficaz. Nos mueve la fe y el imperativo de la caridad, pero sabemos reconocer otras formas de ayuda y solidaridad que, en parte, se fijan los mismos objetivos; siempre y cuando no descuidemos lo que nos es propio, a saber, llevar a todos hacia Dios y a la santidad. El diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración, sin ningún tipo de protagonismo, es una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos realizar.

Frente a los pobres, no es cuestión de jugar a ver quién tiene el primado de la intervención, sino que podemos reconocer humildemente que es el Espíritu quien suscita gestos que son un signo de la respuesta y cercanía de Dios. Cuando encontramos el modo para acercarnos a los pobres, sabemos que el primado le corresponde a Él, que ha abierto nuestros ojos y nuestro corazón a la conversión. No es protagonismo lo que necesitan los pobres, sino ese amor que sabe esconderse y olvidar el bien realizado. Los verdaderos protagonistas son el Señor y los pobres. Quien se pone al servicio es instrumento en las manos de Dios para hacer reconocer su presencia y su salvación. Lo recuerda San Pablo escribiendo a los cristianos de Corinto, que competían ente ellos por los carismas, en busca de los más prestigiosos: «El ojo no puede decir a la mano: “No te necesito”, ni la cabeza, a los pies: “No tengo necesidad de ustedes”» (1Cor 12, 21). El Apóstol hace una consideración importante al observar que los miembros que parecen más débiles son los más necesarios (cf. v. 22); y que «los que consideramos menos decorosos son los que tratamos más decorosamente. Así nuestros miembros menos dignos son tratados con mayor respeto, ya que los otros no necesitan ser tratados de esa manera» (vv. 23-24). Mientras ofrece una enseñanza fundamental sobre los carismas, Pablo también educa a la comunidad en la actitud evangélica respecto a los miembros más débiles y necesitados. Lejos de los discípulos de Cristo sentimientos de desprecio o de pietismo hacia ellos; más bien están llamados a honrarlos, a darles precedencia, convencidos de que son una presencia real de Jesús entre nosotros. «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

 

8. Aquí se comprende cuánta distancia existe entre nuestro modo de vivir y el del mundo, el cual elogia, sigue e imita a quienes tienen poder y riqueza, mientras margina a los pobres, considerándolos un desecho y una vergüenza. Las palabras del Apóstol son una invitación a darle plenitud evangélica a la solidaridad con los miembros más débiles y menos capaces del cuerpo de Cristo: «¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría» (1Cor 12, 26). Del mismo modo, en la Carta a los Romanos nos exhorta: «Alégrense con los que están alegres, y lloren con los que lloran. Vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes» (12, 15-16). Esta es la vocación del discípulo de Cristo; el ideal al cual aspirar con constancia es asimilar cada vez más en nosotros los «sentimientos de Cristo Jesús» (Flp 2,5).

9. Una palabra de esperanza se convierte en el epílogo natural al que conduce la fe. Con frecuencia son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, hija de una visión de la vida en exceso inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de ser liberado. La esperanza fundada sobre el amor de Dios que no abandona a quien en Él confía (cf. Rom 8, 31-39). Santa Teresa de Ávila en su Camino de perfección escribía: «La pobreza es un bien que encierra todos los bienes del mundo. Es un señorío grande. Es señorear todos los bienes del mundo a quien no le importan nada» (2, 5). Es en la medida que seamos capaces de discernir el verdadero bien que nos volveremos ricos ante Dios y sabios ante nosotros mismos y ante los demás. Así es: en la medida que se logra dar el sentido justo y verdadero a la riqueza, se crece en humanidad y se vuelve capaz de compartir.

10.Invito a los hermanos obispos, a los sacerdotes y en particular a los diáconos, a quienes se les impuso las manos para el servicio de los pobres (cf. Hch 6, 1-7), junto con las personas consagradas y con tantos laicos y laicas que en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos hacen tangible la respuesta de la Iglesia al grito de los pobres, a que vivan esta Jornada Mundial como un momento privilegiado de nueva evangelización. Los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, en este día, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos, uno hacia otro, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, hace activa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en el camino hacia el Señor que viene.

Vaticano, 13 de junio de 2018
Memoria litúrgica de San Antonio de Padua

Francisco

© Librería Editorial Vaticano


Publicado por verdenaranja @ 14:00  | Habla el Papa
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El Santo Padre, ha iniciado un nuevo ciclo de catequesis sobre los Mandamientos dedicando su atención al deseo de una vida plena. (Fragmento bíblico: Evangelio según san Marcos 10, 17-21). (ZENIT – 13 junio 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy es la fiesta de San Antonio de Padua. ¿Quién  de vosotros se llama Antonio? Un aplauso para todos los “Antonios”.

Hoy comenzamos un nuevo itinerario catequético. Será sobre el tema de los mandamientos. Los mandamientos de la ley de Dios. Nos sirve de introducción el pasaje que acabamos de escuchar: el encuentro entre Jesús y un hombre –es un joven-  que, de rodillas, le pregunta cómo puede alcanzar la vida eterna (cf. Mc 10.17 a 21). Y en esa pregunta está el desafío de cada existencia, también de la nuestra: el deseo de una vida plena e infinita. Pero ¿cómo llegar? ¿Qué camino tomar? Vivir de verdad, vivir una existencia noble… Cuántos jóvenes intentan “vivir” y en cambio se destruyen  persiguiendo cosas efímeras.

Algunos piensan que sea mejor apagar este impulso, -el impulso de vivir- porque es peligroso. Quisiera decir, sobre todo a los jóvenes: nuestro peor enemigo no son los problemas concretos, por muy  graves y dramáticos que sean: El mayor peligro en la vida es un mal espíritu de adaptación que no es la mansedumbre ni la humildad, sino la mediocridad, la pusilanimidad [1]. Un joven mediocre ¿es un joven con futuro o no? ¡No! Se queda ahí; no crece, no tendrá éxito. La mediocridad o la pusilanimidad. Esos jóvenes que tienen miedo de todo. “No, yo soy así…” Esos jóvenes no saldrán adelante. Mansedumbre, fuerza y nada de pusilanimidad, nada de mediocridad. El beato Pier Giorgio Frassati decía que debemos vivir, no ir tirando. [2] Los mediocres van tirando. Vivir con la fuerza de la vida. Hay que pedir a nuestro Padre Celestial para los jóvenes de hoy el don de la inquietud saludable. Pero, en vuestras casas, en cada familia, cuando hay  un joven que está todo el día sentado, a veces la madre y el padre piensan: “Está enfermo, tiene algo” y lo llevan al médico. La vida del joven es ir adelante, estar inquieto, la inquietud saludable,  la capacidad de no estar satisfechos con una vida sin belleza, sin color. Si los jóvenes no tienen hambre de una vida auténtica,  me pregunto ¿Dónde irá la humanidad? ¿Dónde irá la humanidad con jóvenes quietos y no inquietos?

La pregunta de aquel hombre del Evangelio que hemos escuchado está dentro de cada uno de nosotros: ¿Cómo se encuentra la vida, la vida en abundancia, la felicidad? .Jesús responde: “Ya sabes los mandamientos” (v. 19), y cita una parte del Decálogo. Es un proceso pedagógico, con el cual Jesús quiere conducir a un lugar preciso. De hecho, ya está claro, por su pregunta que aquel hombre no tiene una vida plena busca algo más, está inquieto. Por lo tanto ¿qué debe entender? Él dice: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud» (v. 20).

¿Cómo se pasa de la juventud a la madurez? Cuando se empiezan a aceptar las propias limitaciones. Nos volvemos adultos cuando nos relativizamos y tomamos conciencia de “lo que falta” (cfr. v. 21). Este hombre se ve obligado a reconocer que todo lo que puede “hacer” no supera un “techo”, no va más allá de un margen.

¡Qué hermoso es ser hombres y mujeres! ¡Qué preciosa es nuestra existencia! Y sin embargo, hay una verdad que en la historia de los últimos siglos el hombre ha rechazado a menudo, con trágicas consecuencias: la verdad de sus limitaciones.

Jesús, en el Evangelio, dice algo que puede ayudarnos: “No penséis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento “(Mt 5, 17). El Señor Jesús regala el cumplimiento, por eso vino. Aquel hombre tenía dar un salto para llegar al umbral, donde se abre la posibilidad de dejar de vivir de uno mismo, de las propias obras, de los propios bienes y – precisamente porque falta la vida plena -dejarlo todo para seguir al Señor [3]. Mirándolo bien, en la invitación final de Jesús – inmenso, maravilloso – no está la propuesta de la pobreza sino la de la riqueza, la verdadera, “Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven ¡Sígueme!”(V. 21).

¿Quién, pudiendo elegir entre un original y una copia, elegiría la copia? Este es el desafío: encontrar el original de la vida, no la copia. Jesús no ofrece sustitutos, ¡sino vida verdadera, amor verdadero, riqueza verdadera! ¿Cómo pueden los jóvenes seguirnos en la fe si no nos ven elegir el original, si nos ven adictos a las medias tintas? Es feo encontrar cristianos de medias tintas, cristianos –me permito la palabra- “enanos”; crecen hasta una determinada estatura y luego no; cristianos con el corazón encogido, cerrado. Es feo encontrarse con esto. Hace falta el ejemplo de alguien que me invita a un “más allá”, a “algo más“, a crecer algo más. San Ignacio lo llamaba el “magis”, “el fuego, el fervor de la acción, que sacude al soñoliento”. [4]

El camino de lo que falta pasa por lo que hay. Jesús no vino a abolir la Ley o los Profetas sino a cumplirlos. Tenemos que partir de la realidad para dar el salto a “lo que falta”. Debemos escudriñar lo ordinario para abrirnos a lo extraordinario.

En estas catequesis tomaremos las dos tablas de Moisés como cristianos, de la mano de Jesús, para pasar de las ilusiones de la juventud al tesoro que está en el cielo, caminando detrás de Él. Descubriremos, en cada una de esas leyes, antiguas y sabias, la puerta abierta por el Padre que está en los cielos para que el Señor Jesús, que la ha cruzado, nos lleve a la vida verdadera. Su vida. La vida de los hijos de Dios.

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1] Los Padres hablan de pusilanimidad (oligopsychìa). San Juan Damasceno la define como “el temor de llevar a cabo una acción” (Exposición exacta de la Fe Ortodoxa, II, 15) y San Juan Clímaco agrega que “la pusilanimidad es una disposición pueril, en un alma que ya no es más joven “(La Scala, XX, 1, 2).
[2] Ver Carta a Isidoro Bonini, 27 de febrero de 1925.
[3] “El ojo fue creado para la luz, el oído para los sonidos, todo para su propósito y el deseo del alma para  apresurarse hacia el Cristo” (Nicola Cabasilas, La vida en Cristo, II, 90).
[4] Discurso a la XXXVI Congregación General de la Compañía de Jesús, 24 de octubre de 2016: “Se trata de magis, de aquel plus que lleva a Ignacio a iniciar procesos, a acompañarlos y evaluar su impacto real en la vida de las personas, en materia de fe, o de justicia, o de misericordia y caridad”.

© Librería Editorial Vaticano

 


Publicado por verdenaranja @ 13:48  | Habla el Papa
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El Papa Francisco analiza, en el Ángelus de este domingo 10 de junio de 2018, los estragos de los vendedores ambulantes de calumnias y chismes. Y ha  indicado el antídoto, tomar tan pronto como se manifiesten los síntomas. (ZENIT – 10 junio 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (Marcos 3: 20-35) nos muestra dos tipos de incomprensiones a los que Jesús tuvo que hacer frente: la de los escribas y la de los miembros de su propia familia. La primera incomprensión la de los escribas que eran hombres educados en las Sagradas Escrituras y encargados de explicarlas a la gente.

Algunos de ellos son enviados desde Jerusalén a Galilea, donde la fama de Jesús había comenzado a extenderse, para desacreditarlo ante los ojos de la gente. Para hacer el papel de chismosos desacreditando al otro, quitándole la autoridad, es una cosa muy fea y estos eran enviados para hacer precisamente eso. Y estos escribas llegaron con una acusación precisa y terrible, no ahorraban medios, iban a lo concreto y decían: “Éste está poseído por Belzebú y expulsa a los demonios por medio del jefe de los demonios” (v.22). Y el jefe de los demonios es Él quién lo empuja, es casi decir que este hombre era un endemoniado.

De hecho Jesús curaba a muchos enfermos y los escribas querían hacer creer a la gente  que no lo hacía con el Espíritu de Dios, como lo hacía Jesús sino con el espíritu del Maligno, con la fuerza del Diablo. Jesús reacciona con palabras fuertes y claras, no tolera esto, porque esos escribas, quizás sin darse cuenta, están cayendo en el pecado más grave: negar y blasfemar el Amor de Dios que está presente y obra en Jesús. La blasfemia es el pecado contra el Espíritu Santo, el único pecado imperdonable, así lo dice Jesús que parte de un cierre del corazón a la misericordia de Dios que actúa en Jesús. Pero este episodio contiene una advertencia que nos sirve a todos. De hecho, puede suceder que una fuerte envidia por la bondad y por las buenas obras de una persona puedan llevar a acusarla falsamente. Aquí hay un veneno mortal: la malicia con la que, de forma premeditada, uno quiere destruir la buena reputación del otro. ¡Dios nos libre de esta terrible tentación! Y si, mediante el examen de nuestra conciencia nos damos cuenta de que esta mala hierba está brotando dentro de nosotros, vayamos a confesarnos inmediatamente en el sacramento de la Penitencia, antes de que se desarrolle y produzca sus efectos malignos que son incurables.

Estén atentos porque estos comportamientos destruyen a las familias, a las comunidades y por tanto a la sociedad.

El Evangelio de hoy también nos habla de otra incomprensión muy distinta hacia Jesús: la de su familia. Estaban preocupados porque su nueva vida itinerante les parecía una locura (v. 21). De hecho, Jesús se mostró tan disponible para las personas, especialmente para los enfermos y pecadores, hasta el punto de que ya ni siquiera tenía tiempo ni para comer. Jesús era así, primero a la gente, ayudar a la gente, enseñar a la gente, Jesús era para la gente, no tenía tiempo ni para comer. Su familia, por lo tanto, decide traerlo de regreso a Nazaret. Llegan al lugar donde Jesús está predicando y lo envían a llamar. Le dicen a Jesús: “Mira, tu madre, tus hermanos y hermanas están afuera y te buscan” (v. 32). Él responde: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”, Y mirando a las personas que lo rodean para escucharlo, agrega: “¡He aquí mi madre y mis hermanos! Porque el que hace la voluntad de Dios, él es hermano, hermana y madre para mí “(v.  33-34).

Jesús ha formado una nueva familia, que ya no se basa en vínculos naturales, sino en la fe en él, en su amor que nos acoge y nos une entre nosotros, en el Espíritu Santo. Todos los que aceptan la palabra de Jesús son hijos de Dios y hermanos entre sí, recibir la palabra de Jesús nos convierte en hermanos y en familia entre nosotros. Hablar de los otros, destruir la reputación de los otros nos hace ser familia del Diablo. La respuesta de Jesús no es una falta de respeto por su madre y su familia. De hecho, para María es el mayor reconocimiento, por qué ella es la perfecta discípula que obedecía la voluntad de Dios en todo.

Que la Virgen Madre nos ayude a vivir en comunión con Jesús, reconociendo el trabajo del Espíritu Santo que actúa en Él y en la Iglesia, regenerando el mundo a una nueva vida. 


Publicado por verdenaranja @ 13:40  | Habla el Papa
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Viernes, 15 de junio de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo once del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"         

Domingo 11º  del T. Ordinario B

 

Es un misterio sobre el que nunca reflexionaremos bastante: Dios, para realizar su obra de salvación, ha querido valerse de lo frágil, de lo sencillo, de lo humano; incluso, de lo inútil.

Para realizar la Redención de los hombres, se hizo  hombre. Frágil y débil como nosotros. Igual en todo a nosotros, menos en el pecado.

No usa un lenguaje elevado, grandilocuente, difícil de entender, sino que habla, valién-dose de comparaciones sencillas -las parábolas-, que toda la gente entiende. Es lo que contemplamos en el Evangelio de este domingo.

Ahora, en la vida de la Iglesia, tampoco prefiere al grupo de los selectos, ni a las personas importantes, poderosas e influyentes, sino, más bien, a la gente sencilla.

Eso mismo observamos en los signos sacramentales: agua, pan, vino, aceite… Y los divinos misterios son realizados por hombres frágiles, como nosotros. Y, sin embargo, a través de estos signos, llegan a nosotros los dones de la salvación.

Se ha valido, incluso de lo inútil, de lo que, humanamente, no es posible. Por ejemplo, cuando elige a una mujer estéril, de la que, sin embargo, surge un héroe como Sansón, un profeta como Samuel o el mismo Juan, el Precursor del Señor. Incluso, para hacerse hombre, elige a una mujer que no conoce varón.

S. Pablo nos advierte que “llevamos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que una fuerza tan extraordinaria, es de Dios y no proviene de nosotros” (2 Co 4, 7).

Y nos dice también: “Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario…” ( 1 Co 12, 6-29).

Y esto es lo que contemplamos en la Liturgia de este domingo: Jesús compara su Reino a una semilla, que encierra una potencia extraordinaria. Sin que sepamos cómo ni por qué, va germinando ella sola, de día y de noche, hasta dar fruto.

Algunos llaman a este texto la parábola del optimismo apostólico. Por muy desanimados que estemos, no podemos olvidar la capacidad enorme que tiene la semilla, la Palabra, el Reino…, para irse desarrollando por sí mismo, el solo.

También compara el Señor su Reino a la semilla más pequeña, que se conocía entonces, un grano de mostaza, que, siendo tan insignificante, se convierte en un arbusto considerable, que es capaz de albergar a los pájaros del cielo. No es una mostaza como la nuestra, como la que nosotros conocemos.

Ya en la primera lectura, el profeta Ezequiel anuncia esta misma realidad, cuando nos habla de una rama tierna de un alto cedro, que Dios plantará en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble, porque Él “humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes, seca los árboles lozanos y hace florecer los árboles secos”. Se anunciaba así, a un tiempo, la próxima venida de un rey y los tiempos del Mesías.

No cabe duda de que este mensaje no concuerda con los intereses, los valores, la mentalidad de la gente de hoy, de la sociedad actual. Es la sociedad del poder y del tener; la sociedad de los cargos, de los títulos, de las recompensas. ¡La sociedad de las apariencias!

Pero constatamos aquí que, con frecuencia, los caminos del Señor no son nuestros caminos. (Is 55,8-9).

Como Jesús, también nosotros debemos dar gracias y alabar al Padre, que ha escondido los secretos del Reino a los sabios y entendidos, y se los ha revelado a la gente sencilla.       

(Lc 10, 21).                                                             

                                                                                 ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!                                             


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DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO B

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

El profeta anuncia la llegada de un rey para Israel y los tiempos mesiánicos, mediante la imagen de una rama de un alto cedro, que se convertirá en un cedro grande y fuerte, porque el Señor “humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes”.

 

SEGUNDA LECTURA

Nos dice S. Pablo que los cristianos tenemos una seguridad tan grande en los bienes del Cielo, “que preferimos desterrarnos del cuerpo y vivir junto al Señor”. Y además, que “en destierro o en patria, nos esforzamos por agra-darle”. 

 

TERCERA LECTURA

Nos dice el Evangelio que Jesús “les exponía la Palabra, acomodándose a su entender. Todo se los exponía en parábolas, pero a los discípulos se lo explica-ba todo en privado”.

Aclamémosle ahora al Señor, con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

Con unos medios sencillos, pobres y frágiles, el Señor nos hace llegar sus dones. Es lo que sucede ahora, en la Comunión: Bajo las especies de pan y de vino, recibimos el Cuerpo y Sangre de Cristo, que, de este modo, nos alimenta y fortalece, para que demos fruto abundante.

 


Publicado por verdenaranja @ 21:20  | Liturgia
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Comentario del 11º Domingo del Tiempo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. junio 12, 2018 12:24 (zenit)

DOMINGO 11 DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo B

Textos: Ez 17, 22-24; 2 Co 5, 6-10; Mc 4, 26-34

Idea principal: El Reino de Dios es como una planta.

Síntesis del mensaje: Este Reino como planta comienza primero como sencilla semilla el día de nuestro bautismo. Viene el tallo débil. Con el agua y el sol de la gracia y de los sacramentos, esa planta crece y se convierte en árbol con hojas, flor y fruto. Y nos da sombra y nos alimenta.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ese Reino de Dios comenzó humilde con doce hombres débiles. Jesús plantó esa semilla en el interior de esos hombres pescadores. Fue regando esa semilla con el agua de su Palabra y con el abono y nutriente de su sangre. Y ese Reino iba creciendo en la mente, en el corazón y en la voluntad de los apóstoles. ¡En tres años de vida pública cuánto cambio en esos pobres y sencillos  hombres! Su mente hecha sólo de categorías humanas –pesca, impuestos, ambiciones, fanatismos- fue abriéndose a la dimensión transcendente: pesca de hombres, impuestos compartidos, ambiciones convertidas en espíritu de servicio, y fanatismos, en apertura y respeto por todos. Su corazón que estaba circunscrito al grupo de sus familiares y amigos fue dilatándose y abriendo a otras culturas a las que también estaba destinada esa semilla del Reino de Cristo. Y cada uno de los apóstoles fue a evangelizar por estos pueblos de Dios con una voluntad de hierro. En el año 150 pudo decir Tertuliano: “Somos de ayer y llenamos el mundo”. Y el huracán llamado Saulo de Tarso que viajó por Asia, Grecia, Roma…fundando comunidades eclesiales y llevando el polen de esa planta del Reino, aunque esto le supusiera hambres, cárcel, torturas, naufragios y peligros sin fin.

En segundo lugar, ese Reino de Dios fue creciendo y extendiendo sus ramas allá donde le permitían, llegando a lugares insospechados donde había imperios imponentes con árboles añosos y culturas bimilenarias, pero donde faltaba la savia divina y evangélica. Y así ese primer grupo de pescadores fue expandiéndose por el mundo, formando la Iglesia. Iglesia que es el fruto de la muerte de Cristo, regada con su agua, vivificada con su sangre; agua y sangre que brotaron de su costado abierto. Los apóstoles, después de Pentecostés salieron y extendieron sus ramos, haciéndose árbol frondoso, donde muchos de sus frutos fueron comidos por las fieras, otros pisoteados, burlados; y algunos fueron saboreados por almas hambrientas de paz, amor, justicia y felicidad. Y después de los apóstoles muchos misioneros, dejando sus patrias y familias, se embarcaban a mundos desconocidos, con el único imperativo interior de llevar la semilla de ese Reino de Cristo: el Nuevo Mundo de América, Asia, África y Oceanía. No fue fácil la expansión de esa semilla, de siglo en siglo. En algunas épocas fue sofocada por la moral decadente, por el poder arbitrario de los Estados absolutistas, por las herejías que trataban de mezclar la buena semilla con cizaña, por apostasías que clamaban al cielo, por filosofías ateas, por ideologías de cuño marxista, liberal, hedonista y materialista; por grandes tempestades y huracanes que querían destruir esa semilla, y, lógicamente, apenas había espacio para germinar.

Finalmente, ese Reino de Dios quiere también crecer en cada uno de nosotros, interiormente. Para ello tenemos que dejar abierta nuestra mente para que entre y puedan cuajar los criterios evangélicos. Para ello tenemos que abrir el corazón para que esa semilla se cuele y purifique nuestros afectos limpiándolos y elevándolos con la caridad de Cristo. Para ello tenemos que permitir que la semilla del evangelio encuentre un hueco en nuestra voluntad y provoque la revolución de la conversión del pecado a la gracia.

Para reflexionar: ¿Cómo están las raíces de mi árbol cristiano, fuertes porque están alimentadas por la Palabra y la Eucaristía? ¿cómo está el tronco: firme o a punto de caer ante el primer vendaval? ¿Y las hojas: verdes o secas o ya podridas? ¿Estoy dando frutos sabrosos de virtudes? ¿Comparto esos frutos en mi familia, en mi trabajo, en mi parroquia, entre mis amigos? ¿Cuántos “pájaros vienen a cobijarse a la sombra de mi árbol”?

Para rezar: Señor, sigue regando y abonando con tu gracia el árbol del Reino que ha crecido en mi interior para que llegue a la madurez y dé frutos de vida eterna. Y dame fuerzas y coraje y osadía para llevar el polen de mi buen ejemplo y de mi palabra convencida y sincera a fin de que llegue a todas las extremidades de la tierra y queden fecundadas con la semilla de tu Evangelio.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected] 


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Reflexión de José Antonio Pagola al evangelio del domingo once del Tiempo Ordinario B 

CON HUMILDAD Y CONFIANZA

 

A Jesús le preocupaba que sus seguidores terminaran un día desalentados al ver que sus esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no obtenían el éxito esperado. ¿Olvidarían el reino de Dios? ¿Mantendrían su confianza en el Padre? Lo más importante es que no olviden nunca cómo han de trabajar.

Con ejemplos tomados de la experiencia de los campesinos de Galilea les anima a trabajar siempre con realismo, con paciencia y con una confianza grande. No es posible abrir caminos al reino de Dios de cualquier manera. Se tienen que fijar en cómo trabaja él.

Lo primero que han de saber es que su tarea es sembrar, no cosechar. No vivirán pendientes de los resultados. No les ha de preocupar la eficacia ni el éxito inmediato. Su atención se centrará en sembrar bien el Evangelio. Los colaboradores de Jesús han de ser sembradores. Nada más.

Después de siglos de expansión religiosa y gran poder social, los cristianos hemos de recuperar en la Iglesia el gesto humilde del sembrador. Olvidar la lógica del cosechador, que sale siempre a recoger frutos, y entrar en la lógica paciente del que siembra un futuro mejor.

Los comienzos de toda siembra siempre son humildes. Más todavía si se trata de sembrar el proyecto de Dios en el ser humano. La fuerza del Evangelio no es nunca algo espectacular o clamoroso. Según Jesús, es como sembrar algo tan pequeño e insignificante como «un grano de mostaza», que germina secretamente en el corazón de las personas.

Por eso el Evangelio solo se puede sembrar con fe. Es lo que Jesús quiere hacerles ver con sus pequeñas parábolas. El proyecto de Dios de hacer un mundo más humano lleva dentro una fuerza salvadora y transformadora que ya no depende del sembrador. Cuando la Buena Noticia de ese Dios penetra en una persona o en un grupo humano, allí comienza a crecer algo que a nosotros nos desborda.

En la Iglesia no sabemos en estos momentos cómo actuar en esta situación nueva e inédita, en medio de una sociedad cada vez más indiferente y nihilista. Nadie tiene la receta. Nadie sabe exactamente lo que hay que hacer. Lo que necesitamos es buscar caminos nuevos con la humildad y la confianza de Jesús.

Tarde o temprano, los cristianos sentiremos la necesidad de volver a lo esencial. Descubriremos que solo la fuerza de Jesús puede regenerar la fe en la sociedad descristianizada de nuestros días. Entonces aprenderemos a sembrar con humildad el Evangelio como inicio de una fe renovada, no transmitida por nuestros esfuerzos pastorales, sino engendrada por él.

José Antonio Pagola

Domingo 11 Tiempo ordinario – B (Marcos 4,26-34)

Evangelio del 17 / Jun / 2018

por Coordinador - Mario González Jurado


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S?bado, 09 de junio de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo décimo del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo 10º del T. Ordinario B

La Liturgia de este domingo nos traslada al pecado original. Es un tema que, desde hace tiempo, me preocupa mucho. Porque es un poco difícil, porque es muy importante, y porque es desconocido para muchos. Y suelo decir que hay que tener cuidado con la doctrina del pecado original, porque, si nos descuidamos mucho, no entenderemos ni la Venida de Cristo ni su Obra de Redención.

En los primeros capítulos del Génesis, en medio de su lenguaje característico, se nos enseñan verdades muy importantes, fundamentales; por ejemplo, el origen del mundo y el origen del mal y de la muerte.

¡Hay mucha gente que le echa la culpa a Dios de todo lo malo que le sucede!

Sin embargo, nos dice San Pablo: “Por el pecado la muerte” (Rom. 5, 12). El Apóstol es un testigo cualificado de la existencia y de las consecuencias del pecado original. (Cfr. Benedicto XVI,  3-12-2008).

El texto de este domingo nos sitúa en el momento del castigo después del pecado y, en concreto, en lo que se refiere a la serpiente. De este modo, se nos presenta, la promesa de la salvación. Dios, que había creado el universo con un amor inmenso, se resiste a verlo medio destruido. Y, en su misericordia infinita, se decide a reconstruirlo.

El Evangelio nos presenta a Jesucristo, el Salvador prometido, en medio de una situación muy compleja: Su vida despierta muchos interrogantes, no deja a nadie indiferente, y se producen reacciones diversas:

Hay mucha gente que le busca, de tal manera, que no le dejan tiempo ni para comer. Algunos parientes se lo quieren llevar porque no lo entienden,  y piensan que no está bien de la cabeza. Otros se resisten a creer, hasta tal punto, que caen en el pecado contra el Espíritu Santo, el único pecado que no se perdona. Se trata de los que decían que tenía dentro a Belzebú y expulsaba a los demonios con el poder del jefe de los demonios.

Es el hombre que se resiste a la luz, que no quiere ver, por evidente que sea el tema, que se resiste a la acción del Espíritu Santo.

Y, por último, se presentan su madre y sus hermanos, que le buscan. Y entonces, el Señor nos enseña que ha venido a la tierra a formar una familia que está constituida por aquellos, que cumplen la voluntad de Dios. Y, de esta manera, nos señala la verdadera grandeza de María: “La que cumple la voluntad de Dios”. Y ello explica su condición de Madre de Dios y su misión específica en la obra de la salvación.

A la luz de estas distintas reacciones, también nosotros, como discípulos de Jesucristo, tendría-mos que abordar la nuestra. ¿Qué pensamos, qué sentimos, de todas estas cosas? ¿Cuál es nuestra actitud real ante Jesucristo, su misión, su mensaje, su obra redentora, su grandeza?

San Pablo, en la segunda lectura, nos presenta el punto culminante de la Obra de la Redención: ¡La resurrección y la vida con Dios para siempre!

Y es que, como decía San León Magno, ¡en Cristo, “hemos recibido mayores bienes que los que habíamos perdido por la envidia del diablo!” Por eso, la Iglesia canta en la Vigilia Pascual: “¡Feliz la culpa, que nos mereció tal Redentor!”

Y esta realidad asombrosa es la que la Iglesia anuncia cada día, por todo el mundo, como Buena Noticia, como la mejor Noticia.

¡Y es la tarea que se nos ha encomendado a todos! Y que se nos recuerda, de un modo especial, en estos tiempos de la Nueva Evangelización y de la Misión Diocesana.

En medio de todo ello, San Pablo nos recuerda la expresión de la Escritura, “creí, por eso, hablé”. Y añade: “También nosotros creemos y por eso hablamos”.  

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 10º DEL T. ORDINARIO B

 MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

                Después del pecado original, y, en medio del castigo a la serpiente, Dios realiza la promesa de la salvación: La descendencia de la mujer vencerá a la descendencia de la serpiente.

          Escuchemos. 

 

SALMO

También nosotros hemos pecado. A todos ha llegado el veneno de la antigua serpiente. Todos necesitamos acogernos a la misericordia de Dios. 

 

SEGUNDA LECTURA

                San Pablo nos presenta, en la segunda lectura, el punto culminante de la obra de la salvación, realizada por Cristo: La Resurrección y la vida con Dios para siempre. 

 

TERCERA LECTURA

                En Cristo se cumple la profecía de la primera lectura. Él es el Salvador, Él es el Vencedor definitivo sobre la descendencia de la serpiente. La expulsión de los demonios, que contemplamos en el Evangelio, prefigura su victoria definitiva sobre el demonio y sobre todo mal. 

 

COMUNIÓN

                La vida del cristiano es una lucha constante, como nos anuncia el Señor en la primera lectura: “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya”. Por eso, necesitamos alimentarnos con frecuencia con Cristo, Pan de Vida. De esta manera, nuestra victoria estará garantizada. 


Publicado por verdenaranja @ 11:50  | Liturgia
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Comentario del 10º Domingo del Tiempo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logosen México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. junio 05, 2018 (zenit)

Ciclo B

Textos: Gn 3, 9-15; 2 Co 4, 13-5, 1; Mc 3, 20-35 

Idea principal: el demonio existe.

Síntesis del mensaje:  Así habló el beato Papa Pablo VI del diablo: «Una potencia hostil ha intervenido. Su nombre es el diablo, ese ser misterioso del que San Pedro habla en su primera Carta. ¿Cuántas veces, en el Evangelio, Cristo nos habla de este enemigo de los hombres? Nosotros creemos que un ser preternatural ha venido al mundo precisamente para turbar la paz, para ahogar los frutos del Concilio ecuménico, y para impedir a la Iglesia cantar su alegría por haber retomado plenamente conciencia de ella misma. Nosotros sabemos que este ser oscuro y perturbador existe verdaderamente y que está actuando de continuo con una astucia traidora. Es el enemigo oculto que siembra el error y la desgracia en la historia de la humanidad. Es el seductor pérfido y taimado que sabe insinuarse en nosotros por los sentidos, la imaginación, la concupiscencia, la lógica utópica, las relaciones sociales desordenadas, para introducir en nuestros actos desviaciones muy nocivas y que, sin embargo, parecen corresponder a nuestras estructuras físicas o psíquicas o a nuestras aspiraciones profundas»(29 de junio de 1972, noveno aniversario de su coronación).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, el demonio existe…y si no, preguntemos a Adán y Eva (1ª lectura). Él fue el causante de que nuestros primeros padres fallasen a Dios, le desobedeciesen. El demonio les inoculó el veneno de la soberbia y rebeldía, para ser autónomos y no depender de nadie. Satanás les tocó el talón de Aquiles “ser como dioses”, es decir, sin tener que dar cuenta a nadie, ser autosuficientes, dueños de sí mismos. El proceso que el tentador siguió con ellos fue así: entró en diálogo con ellos, les inoculó la duda de la bondad de Dios, les presentó el mal como bien y ellos cedieron, cegados por la soberbia, lastimando y ofendiendo a Dios Creador y Padre. Y después que cedieron a la tentación no asumieron su responsabilidad culpando al otro. Dios, triste, tuvo que imponer su pena a nuestros primeros para que recapacitasen de la gravedad del pecado.

En segundo lugar, el demonio existe…y si no, preguntemos a Cristo que tuvo que lidiar con él toda su vida terrena. Jesús habló de Satanás varias veces. Pero sobre todo, tuvo que luchar contra él. Al inicio de su ministerio, ahí estaba Satanás esperándole en el desierto para hacerle caer y así tergiversase su misión de Mesías; no ya un Mesías de cruz e infamia, sino de glorias y honores. Y como Cristo le venció, el demonio no se desanimó y le esperó para otra oportunidad, cuando estuviese más débil humanamente hablando, en el huerto de Getsemaní. Durante su ministerio cuántas veces tuvo que luchar contra Satanás y los demás demonios que habían entrado en tantos corazones (evangelio) y que le insultaban. Satanás se apoderó del alma traidora de Judas. En la cruz, fue Satanás quien gritaba por la boca odiosa de aquel turista que por ahí pasaba: “Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz”.Cristo vino al mundo para derrotar a Satanás en el mismo campo donde él había vencido: en el hombre, desde que lo creó. Y Cristo le ganó con su pasión, muerte y resurrección.

Finalmente, el demonio existe…y si no, preguntémonos a la Iglesia, a la sociedad y a nosotros mismos. ¿Quién provocó tantas herejías, cismas a lo largo de los siglos? Sólo podía ser el gran provocador, Satanás, que tantas veces puso la zancadilla en el camino. Nuestra sociedad hoy en muchas partes ha apostatado primero de la Iglesia, luego de Cristo, y ahora de Dios. ¡Cuántas leyes inicuas están promulgando en algunos Estados! ¿Quién está dirigiendo esta sinfonía infernal sino Satanás, príncipe de este mundo como lo llamó Cristo? ¿Quién no ha sido tentado por el demonio, ya sea en la carne, ya sea en el espíritu? Todos hemos sido tentados por esta fuerza malévola, por este ser misterioso y horrible, para que desobedezcamos a Dios y pasemos a sus filas.

Para reflexionar: La demonología es un capítulo «muy importante» de la teología católica y que hoy en día se descuida demasiado. Existe una laguna en la enseñanza de la teología, en la catequesis y en la predicación. Y esta laguna solicita ser colmada. Estamos ante «una de las necesidades más grandes» de la Iglesia en el momento presente. ¿Quién lo habría previsto? La catequesis de Pablo VI sobre la existencia a influencia del demonio produjo un resentimiento inesperado por parte de la prensa. Una vez más, se acusó a la Cabeza de la Iglesia de retornar a creencias ya superadas por la ciencia. ¡El diablo está muerto y enterrado! – nos quieren hacer creer. El Papa Francisco también ha hablado varias veces del demonio: “La presencia del demonio está en la primera página de la Biblia y la Biblia termina también con la presencia del demonio, con la victoria de Dios sobre el demonio…Vigilemos siempre, pues¡jamás el demonio ha sido expulsado para siempre! Sólo el último día lo será”(En santa Marta, 13 de octubre 2014).

Para rezar: Recemos la oración a san Benito: “Glorioso Padre Benito, ayúdanos en la lucha contra el demonio, el mundo y la carne. Aleja de nosotros cualquier influencia maligna, las tentaciones, el poder del Mal, los peligros para nuestro espíritu y para nuestro cuerpo. Ayúdanos a confiar en el Amor de Dios nuestro Padre, en la Fuerza de Cristo nuestro Salvador, y en la Presencia del Espíritu Santo nuestro Defensor. Amén”.

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: [email protected]


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Viernes, 01 de junio de 2018

Reflexión a las lecturas de la Solemnidad del Corpus Christi ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 SOLEMNIDAD DEL CORPUS

   

      Cada año, la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Jesucristo nos recuerda y nos centra en la realidad asombrosa del Misterio Eucarístico. ¡Nunca reflexionaremos bastante sobre su inmenso contenido!

    Desde su origen, esta fiesta ha querido subrayar la presencia real de Cristo en la Eucaristía, también después de la Santa Misa. Y, si miramos la historia, esto tiene una gran importancia. Hay un ritual que se llama “de la Sagrada Comunión y del Culto a la Eucaristía fuera de la Misa”. De ahí la importancia que tiene, en esta celebración, la Procesión del Santísimo por las calles.

    Luego la Liturgia de la Palabra de cada año –de los tres en que se divide la Liturgia- nos invita a reflexionar y celebrar algún aspecto fundamental de la Doctrina Católica sobre este Sacramento admirable: La Eucaristía, Sacrificio del Señor, La Eucaristía, Alianza de Dios con su pueblo y la Eucaristía, Banquete de los cristianos.

    Este año, que es el II ó ciclo B, la celebración de Corpus centra nuestra atención en la Eucaristía como Alianza de Dios con los hombres, ratificada por la Sangre de Cristo.

    Y es que en la vida de los hombres, hay muchas ocasiones, en que se hacen necesarios los acuerdos, los pactos, las alianzas. ¡Y hace falta garantizar su cumplimiento! Cuántos ejemplos podríamos poner sobre las garantías, que avalan los acuerdos, los pactos. ¡Hasta llegar a la sangre! Esto era algo propio de antiguas civilizaciones.

    Dios, en su relación salvadora con nosotros, también se ha valido de estas realidades. En el Antiguo Testamento, se fueron sucediendo distintas alianzas: con Noé, con Abrahán…, hasta llegar a la alianza con todo el pueblo elegido, en el Sinaí. En la  primera lectura de este domingo, contemplamos esta alianza, que se realiza a través de Moisés. Él es el que presenta al pueblo las condiciones del pacto. Y el pueblo responde: “Haremos todo lo que dice el Señor y le obedeceremos”. Y Moisés rocía al pueblo con sangre de animales sacrificados. ¡Esto nos da idea de la importancia y la gravedad del acuerdo! ¡Y de aquí viene la expresión Antiguo Testamento!

    El Evangelio nos presenta el Cáliz de la Sangre de Cristo, que se derrama como Sangre de la Alianza nueva y eterna.

    La segunda lectura es un comentario acerca de esta Alianza: “Si la sangre de machos cabríos o de toros y el rociar con las cenizas de una becerra, tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles la pureza externa, cuánto más la Sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo”.

    Lo peculiar de este pacto, que se realiza en la Última Cena, y que tiene su punto culminante en la Cruz, es que se renueva, se actualiza, se hace presente, cada vez que se celebra la Santa Misa. Por eso, ¡nuestra participación en ella nos compromete tanto!

    En cada celebración, especialmente, al terminar la Liturgia de la Palabra, también tenemos que decir nosotros: “Haremos todo lo que dice el Señor y le obedeceremos”.

     Por eso, nuestra participación en la Eucaristía tiene que hacernos mejores cumplidores de los mandatos del Señor, especialmente, del mandamiento nuevo, porque son los términos del pacto. ¡Y eso tiene que notarse en la vida de cada día!  

     Los términos de la alianza, por tanto, se refieren al amor a Dios y a los hermanos. Por eso las grandes celebraciones eucarísticas suelen estar relacionadas con algún aspecto de la dimensión caritativo–social de la vida cristiana. Así, en el Corpus, celebramos el Día Nacional de Caridad y el Jueves Santo, el Día del Amor Fraterno.

     En efecto, reconocer y adorar la presencia de Cristo en la Eucaristía, ha de purificar nuestros ojos y nuestro corazón para reconocerle después presente en los hermanos, especialmente, en los que sufren y en los pobres. ¡Hay tanta gente que sufre! ¡Hay personas, que han sido enfermas, o necesitadas, durante toda su vida! ¡Y ahí contemplamos el rostro de Cristo, o, como dice el Papa Francisco, “ahí tocamos la  carne de Cristo!

     En este tiempo, que todavía es de crisis, las necesidades se han multiplicado y urgen nuestra caridad que, como sabemos, es “la mejor forma de justicia”. Y siempre tenemos delante de nuestros ojos, el reto de la  comunidad cristiana de Jerusalén, en la que “ninguno pasaba necesidad” (Hch 4, 34).

     En medio de tantas dificultades y sufrimientos, nos alegra constatar la respuesta positiva de tantos cristianos y asociaciones e instituciones de la Iglesia, especialmente, de Cáritas.

     Y esto siempre lo tenemos que intensificar, porque se trata, en definitiva, de cumplir, de llevar a la práctica, nuestra Alianza con el Señor!                                                

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:38  | Espiritualidad
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  SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

  MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

       En la antigüedad los pactos se sellaban, a menudo, con sangre. En la lectura que vamos a escuchar, contemplamos cómo Dios hace alianza con el pueblo de Israel, liberado de la  esclavitud de Egipto, y es ratificada  con la sangre de animales sacrificados. 

 

SEGUNDA LECTURA

              La alianza nueva y definitiva de Dios con los hombres, no se sella con sangre de animales, sino con la misma Sangre de Cristo, que es la única que tiene poder para purificar el interior del hombre.

 

TERCERA LECTURA

        Sintámonos presentes en la Cena del Señor con sus discípulos. Él entrega su Cuerpo, que va a ser sacrificado, su Sangre, que va a ser derramada. Cada vez que nos reunimos para  celebrar la Eucaristía, se actualiza lo que Jesús hizo entonces: Su Sacrificio Redentor.

    Aclamémosle con el canto del aleluya.

 

OFRENDAS

        En este día de Corpus, Jornada Nacional de Caridad, presentamos al Señor, junto con el pan y el vino, nuestras aportaciones económicas, para ayudar a nuestros hermanos más necesitados.

 

COMUNIÓN

      En la Comunión recibimos el "Corpus Christi", el Cuerpo de Cristo. Así llegamos al punto culminante de nuestra participación en la Alianza con el Señor. Que Él nos ayude a vivir pendientes de todos los miembros de su Cuerpo Místico, especialmente, de los que sufren cualquier tipo de pobreza.


Publicado por verdenaranja @ 13:26  | Liturgia
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La audiencia general de esta mañana ha comenzado a las 9:35 horas en la Plaza de San Pedro, hora a la que el Santo Padre llegaba al encuentro de grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo. (ZENIT – 30 mayo 2018)

Queridos hermanos y hermanas:

Continuando con el tema de la Confirmación o Crismación, hoy deseo resaltar la “íntima relación de este sacramento con toda la iniciación cristiana” (Sacrosanctum Concilium, 71).

Antes de recibir la unción espiritual que confirma y fortalece la gracia del bautismo, los que van a ser confirmados están llamados a renovar las promesas hechas un día por sus padres y padrinos. Ahora son ellos mismos los que profesan la fe de la Iglesia, dispuestos a responder “creo” a las preguntas del obispo. Dispuestos, en particular, a creer “en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que hoy os será comunicado de un modo singular por el sacramento de la Confirmación, como fue dado a los Apóstoles el día de Pentecostés” (Rito de Confirmación, No. 26).

Ya que la venida del Espíritu Santo requiere corazones reunidos en oración (Hechos 1:14), después de la oración silenciosa de la comunidad, el obispo, con las manos extendidas sobre los que se van a confirmar, suplica a Dios que infunda en ellos su santo Espíritu Paráclito. Uno sólo es el Espíritu, (cf. 1 Cor 12,4) pero viniendo a nosotros trae consigo riqueza de dones: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y santo temor de Dios (cf. Rito de la confirmación, 28-29). Hemos escuchado el pasaje de la Biblia con estos dones que trae el Espíritu Santo. Según el profeta Isaías (11: 2), estas son las siete virtudes del Espíritu derramadas sobre el Mesías para el cumplimiento de su misión. También San Pablo describe el abundante fruto del Espíritu que es “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gal 5, 22). El único Espíritu distribuye los múltiples dones que enriquecen a la única Iglesia: él es el Autor de la diversidad, pero al mismo tiempo el Creador de la unidad. Así, el Espíritu da todas estas riquezas que son diversas, pero del mismo modo aporta la armonía, es decir la unidad de todas estas riquezas espirituales que tenemos nosotros, los cristianos.

Por tradición atestiguada por los Apóstoles, el Espíritu que completa la gracia del bautismo se comunica a través de la imposición de las manos (cf. Hechos 8.15 a 17; 19.5 a 6; Heb 6,2). A este gesto bíblico, para reflejar mejor la efusión del Espíritu que impregna a los que la reciben, muy pronto, para mejor significar el don del Espíritu Santo, se añadió a la imposición de las manos una unción con óleo perfumado (crisma)[1]], mantenida en uso hasta hoy, tanto en Oriente como en Occidente. (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1289).

El óleo –el crisma- es una sustancia terapéutica y cosmética que, al penetrar en los tejidos del cuerpo cura las heridas y perfuma los miembros; por estas cualidades fue asumido por el simbolismo bíblico y litúrgico para expresar la acción del Espíritu Santo que consagra e impregna al bautizado, embelleciéndolo con carismas. El sacramento es conferido mediante la unción con el crisma en la frente, efectuada por el obispo con la imposición de la mano y con estas palabras: “Recibe por esta señal el Don del Espíritu Santo”[2]. El Espíritu Santo es el don invisible otorgado y el crisma es su sello visible.

Al recibir en la frente la señal de la cruz con el óleo perfumado, el confirmado recibe así una huella espiritual indeleble, el “carácter” que lo configura más perfectamente a Cristo y le da la gracia para difundir entre los hombres el “buen olor” (ver 2 Cor 2:15).

Escuchemos nuevamente la invitación de San Ambrosio al recién confirmado. Dice así: “Recuerda que has recibido el sello espiritual […] y guarda lo que has recibido. Dios Padre te ha marcado, Cristo el Señor te ha confirmado y ha puesto en tu corazón como prenda al Espíritu “(De mysteriis 7,42: CSEL 73,106; cf. CIC, 1303). El Espíritu es un don inmerecido, que hay que recibir con gratitud, dejando espacio a su creatividad inagotable. Es un don para conservar con cuidado, para secundar con docilidad, dejándose moldear, como la cera, por su ardiente caridad, ‘para reflejar a Jesucristo en el mundo de hoy’ (ibid.Gaudete et Exsultate, 23).

***

[1] Este es un pasaje de la oración para la bendición del crisma “Te pedimos que te dignes santificar con tu bendición  +  este óleo y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo, de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de Santo Crisma, infundas en él la fuerza del Espíritu Santo con la que ungiste a sacerdotes, reyes, profetas y mártires… haz que las personas consagradas por esta unción, libres del pecado en que nacieron, y convertidas en templo de tu divina presencia, exhalen el perfume de una vida santa”

[2] La fórmula “recibir el Espíritu Santo”- “el don del Espíritu Santo” aparece en Jn 20,22, Hechos 2,38 y 10, 45-47


Publicado por verdenaranja @ 13:21  | Habla el Papa
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Comentario de la Solemnidad del Corpus Christi por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.  mayo 29, 2018 12:59   (zenit)

Solemnidad del Corpus Christi

Ciclo B

Textos: Ex 24, 3-8; Heb 9, 11-15; Mc 14, 12-16.22-26

Idea principal: La Eucaristía es para ser celebrada (misa) y prolongada (adoración y culto).

Síntesis del mensaje:Esta fiesta del Corpus Christinació en el siglo XIII. Jesús ha querido dársenos como alimento para el camino, haciéndonos comulgar con su propia Persona, con su Cuerpo y Sangre, bajo la forma del pan y del vino.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, un poco de historia de esta espléndida Solemnidad del Corpus Christi. El año 1208, una joven de 17 años, Juana de Rétine, religiosa hospitalaria en Mont Cornillon (Lieja, Bélgica) tuvo la visión de una luna resplandeciente y llena pero con una mancha. Esta visión le duró dos años. Por fin la descifró: en el espléndido calendario litúrgico faltaba una fiesta de la Eucaristía. Fue el origen del Corpus Christi, cuya primera procesión se puso en marcha por las calles de Lieja el año 1245 y por las de todo el mundo a partir de 1264. A partir de la fiesta del Corpus, la fe y el entusiasmo por la Eucaristía llevó a los de Bolzano (Italia) a creer en las hostias profanadas que sangraban sangre. Y a los de Daroca (Zaragoza) del siglo XIII a creer en el milagro de los corporales que, para defenderlas contra la profanación de la soldadesca musulmana, entre sus pliegues guardaron seis hostias, que han dejado seis huellas redondas. Sólo desde la fe se pueden creer estas cosas.

En segundo lugar, la Eucaristía tiene dos dimensiones: primero, su celebración, la misa, en torno al altar; y después, su prolongación, con la reserva del Pan eucarísticos en el Sagrario y la consiguiente veneración y adoración que le dedica la comunidad cristiana. La finalidad principal de la Eucaristía es su celebración –la misa-, o sea, que los fieles comulguen con el Cuerpo y Sangre de Cristo. Pero, desde que, ya en los primeros siglos, la comunidad cristiana empezó a guardar el Pan eucarísticos para los enfermos y para los moribundos, fue haciéndose cada vez más “connatural” que se rodeara el lugar de la reserva (el Sagrario) de signos de fe y adoración hacia el Señor. La Eucaristía en el celebración es para ser comida para salud de nuestras almas y asimilar a Cristo, Pan de vida. La Eucaristía en la prolongación es para ser adorada, festejada y cantada. En la celebración de la Eucaristía entramos en comunión con Cristo al comulgarlo. En la prolongación de la Eucaristía caemos de rodillas para agradecer, adorar, contemplar y abrir el corazón ante quien está ahí sacramentalmente presente y sabemos que nos mira y nos ama.

Finalmente, este culto por Cristo Eucaristía prolongado nos debe llevar a cuidarlo siempre. De ahí la dignidad de los Sagrarios: colocados en un lugar noble y destacado, convenientemente adornados, fijados permanentemente sobre un altar, pilar, o bien empotrados en la pared o incorporados al retablo. El Sagrario debe estar construido de materia sólida (pueden ser metales preciosos como oro, plata, metal plateado, madera, cerámica y similares) y no transparente, cerrado con llave, en un ambiente que haga fácil la oración personal fuera del momento de la celebración, y por tanto mejor en una capilla separada (capilla sacramental). De ahí que junto al Sagrario luzca constantemente una lámpara, con la que se indica y honra la presencia real y silenciosa de Cristo. De ahí, la genuflexión cuando pasamos ante él. De ahí, los momentos personales de oración o “visita” ante el Señor en la Eucaristía. De ahí, la organización de la “bendición con el Santísimo” con una “exposición” más o menos prolongada y solemne para la adoración comunitaria. Son momentos que deberíamos desear, añorar y buscar, tanto personalmente como en comunidad; momentos de oración más pausada, meditativa y serena ante el Sagrario.

Para reflexionar y rezar: meditemos la secuencia de este día llamada “Lauda Sion”:

 

  1. Canta, oh Sion, con voz solemne
  2. al que a redimirte viene,
  3. a tu Rey, y a tu Pastor,
  1. Alaba cuanto se puede,
  2. que a toda alabanza excede,
  3. toda es poca en su loor.
  1. De alabanza sin medida,
  2. el pan vivo y que da vida,
  3. alto objeto es hoy doquier.
  1. Que al colegio de los Doce,
  2. nuestra Iglesia reconoce,
  3. dado en la cena postrer.
  1. Al cantar lleno y sonoro,
  2. con transporte, con decoro,
  3. acompañe el corazón.
  1. Pues la fiesta hoy se repite,
  2. que recuerda del convite,
  3. la primera institución.
  1. Nueva Pascua es la ley nueva,
  2. el Rey nuevo al mundo lleva,
  3. y a la antigua pone fin.
  1. Luz sucede a noche oscura,
  2. la verdad a la figura,
  3. el nuevo al viejo festín.
  1. Lo que practicó en la cena,
  2. repetirlo Cristo ordena,
  3. en memoria de su amor.
  1. Y en holocausto divino
  2. consagramos pan y vino,
  3. al ejemplo del Señor.
  1. Siendo dogma, el fiel no duda
  2. que en sangre el vino se muda
  3. y la hostia en carne divina.
  1. Lo que ni ves ni comprendes
  2. con fe valiente defiendes
  3. por ser preternatural.
  1. Bajo especies diferentes
  2. sólo signos y accidentes,
  3. gran portento oculto está.
  1. Sangre, el vino es, del Cordero;
  2. carne el pan; mas Cristo entero
  3. bajo cada especie está.
  1. No en pedazos dividido,
  2. ni incompleto, ni partido,
  3. sino entero se nos da.
  1. Uno o mil su cuerpo tomen,
  2. todos entero lo comen,
  3. ni comido pierde el ser.
  1. Recíbelo el malo, el bueno:
  2. Para éste es de vida lleno,
  3. para aquél manjar mortal.
  1. Vida al bueno, muerte al malo,
  2. da este manjar regalado.
  3. ¡Oh qué efecto desigual!
  1. Dividido el Sacramento,
  2. no vaciles un momento,
  3. que encerrado en el fragmento
  4. como en el total está.
  1. En la cosa no hay fractura,
  2. la hay tan sólo en la figura,
  3. ni en su estado ni estatura
  4. detrimento al cuerpo da.
  1. ¡Pan del Ángel, pan divino,
  2. nutre al hombre peregrino;
  3. pan de hijos, don tan fino,
  4. no a los perros se ha de echar!
  1. Por figuras anunciado,
  2. en Isaac es inmolado,
  3. maná del cielo bajado,
  4. Cordero sobre el altar,
  1. ¡Buen pastor, Jesús clemente!
  2. tu manjar de gracia fuente,
  3. nos proteja y apaciente,
  4. y en la alta región viviente,
  5. haznos ver tu gloria, ¡oh Dios
  6. 24.    Tú, que lo sabes y puedes,
  7. y que al mortal lo sostienes;
  8. por comensales perennes,
  9. al festín de eternos bienes
  10. con tus Santos, llámanos.
  11. ¡Amén –Aleluya!

Publicado por verdenaranja @ 13:13  | Espiritualidad
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