Viernes, 20 de julio de 2018

El Cardenal Filoni abre el CAM 5: “La obra misionera tiene un corazón, un centro, un nombre: Jesús” (FIDES)

SALUDO Y MENSAJE 

V CONGRESO MISIONERO AMERICANO

ACTO INAUGURAL – MIÉRCOLES, 11 JULIO 2018

 

Queridos hermanos y hermanas:

Al inicio de la historia sagrada como narra el pasaje de la primera lectura de hoy, tomada del libro del Génesis (Gén. 2, 1-9), y de cada momento importante de ella, hay siempre una llamada: el Señor habló a Abraham y le propuso una misión: convertirse en una gran nación: “Yo haré de ti una gran nación”, por esto le propuso salir de su propia tierra: “Deja tu tierra natal y la casa de tu padre”, donde no era posible cumplirla, y “ve al país que yo te mostraré”. Abraham aceptó y “partió”.

La historia de Abraham es paradigmática, es decir, un modelo ejemplar, en el que siempre encontramos a Dios como aquel que toma la iniciativa, que pide la colaboración del ser humano, sea hombre o mujer, y la adhesión a su proyecto; la respuesta se lleva a cabo por la disponibilidad a colaborar, obedeciendo a Dios.

No hay que olvidarse de señalar aquí que el proyecto de Dios trae consigo una bendición: y Dios dijo a Abraham: “Tú serás una bendición”; no se trata solo de un don para la vida y la familia de Abraham, sino también para todos aquellos que lo acojan: “Por ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”.

La historia de la salvación de Dios, por tanto, trae siempre y constantemente la bendición de Dios; el pueblo de Dios lo sabe y lo entiende. Cuántas veces, como sacerdote  - y pienso también en muchos de ustedes, queridos hermanos en el sacerdocio -, al encontrarnos ante personas que, al inicio de una nueva misión, han pedido la bendición; me he preguntado interiormente: ¿Quién soy yo para bendecir? En realidad yo era solo un instrumento, porque, en verdad, no se pedía “mi” bendición, ¡sino la del Altísimo! Cuántas veces un hijo que inicia su camino saliendo de casa pide la bendición de los padres. Se trata de un gesto bíblico que se puede aplicar extraordinariamente bien al inicio de cualquier iniciativa, como la del V CAM (el quinto Congreso Misionero Americano), en el que necesitamos la bendición de Dios - y eso es lo que estamos haciendo con esta solemne celebración - para entender bien y llevar adelante la obra que Jesús dejó a sus discípulos en el momento de su retorno al Padre, como cuenta el último párrafo del Evangelio de Lucas: Jesús “los condujo fuera hacia Betania y, alzando las manos, los bendijo. [...] Después ellos volvieron a Jerusalén con gran alegría” (Lc. 24, 50ss). Desde aquel momento, como se narra al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles, con aquellos que habían sido elegidos por el Señor, con la presencia de María, la madre de Jesús, tuvo inicio toda y cada obra misionera y de evangelización.

¿Qué es la obra misionera? Este es el interrogante al que debemos responder; porque si no sabemos qué es, también aquello que hacemos corre el riesgo de ser otra cosa.

La obra misionera tiene, en primer lugar, un corazón, un centro, un nombre: Jesús, que, según la terminología hebraica, significa “Dios es ayuda”; el mismo Ángel explica a María y a José (Mt. 1, 21), y luego también a los pastores, que aquel niño es “un salvador” (Lc 2, 11), y todos los que se encuentran con Él, empezando por Isabel, reconocen en Él al “Bendito”: “Bendito el fruto de tu vientre” (Lc. 1, 42). En el nombre de Jesús está toda bendición de Dios para la humanidad. Deseo insistir en este punto para que quede claro que la obra misionera es, sobre todo, obra de bendición para todos aquellos a quienes se les anuncia el nombre del Señor. De esto es necesario ser conscientes, para evitar que la obra misionera se reduzca a la filantropía o a nuestras obras de buena voluntad. Las mismas obras de bien, de educación, de apoyo, de defensa de los maltratados, de caridad, de justicia, de preferencia por los pobres, los marginados y por todas las periferias reales y existenciales, como suele decir claramente el Papa Francisco, tienen como lazo de unión indisoluble el nombre de Jesús y, por tanto, todo es bendición. Esta bendición es trascendente, pero se hace concreta en la vida real, en la vida humana, hacia la cual Dios ha dirigido su mirada.

En consecuencia, cualquier obra misionera es, al mismo tiempo, anuncio y testimonio: anuncio, por tanto, de Jesús, es decir, de su obra, de su amor, de su ternura, de su cargarse con mis pecados, incluso aquellos más graves, y de que en el arrepentimiento está el perdón; tener esta conciencia significa reconocer lo que Dios ha hecho en mí y conmigo en mi vida. Si falta esta conciencia, resultamos superficiales, nos quedamos vacíos y no somos para nada creíbles. Hoy es fundamental ser creíbles, pero no por la multiplicidad de nuestras palabras, sino por el testimonio de la vida recibida en Cristo; por esto, compartir la propia experiencia es abrir el surco de la vida a los demás, para que Dios ponga la semilla de la fe y de la gracia. De esta experiencia existencial nace el empuje, ese urget, como dice San Pablo en la Segunda Carta a los Corintios (2 Cor. 5, 14), que lleva a aquella caritas que es la vida misionera.

En este punto, no puedo dejar de citar el gran ejemplo de una mujer, boliviana por adopción, que, bajo el impulso de cuanto Dios había obrado en ella, se hizo misionera. No solo asumió el nombre de Jesús, sino que se dio completamente a anunciarlo y a seguir la obra de Cristo en esta tierra bendita de Bolivia. Habéis comprendido que estoy hablando de la Beata Madre María Ignacia de Jesús, cuyas reliquias están hoy entre nosotros. En su historia se lee que ella sintió que el mismo Señor la llamaba: “¡Nazaria, tú sígueme!”, y tuvo de Jesús un sufrido, pero al mismo tiempo dulce y continuo, recuerdo de su Pasión. Muy amada de Jesús, pero no tanto de sus familiares, que le obstaculizaban el camino hacia la vida religiosa, aceptó venir a Bolivia, donde descubrió, justo en un momento en que se encontraba gravemente enferma, un amor inmenso hacia el apostolado misionero. Fundó un nuevo Instituto, las Misioneras Cruzadas de la Iglesia, para que su pasión por el Evangelio y por los pobres pudiera continuar más allá de su vida, que ofrecía con gusto por la Iglesia. Se cuenta que cuando encontró a Pío XI en Roma, en 1934, al manifestarle al Pontífice su deseo de morir por la Iglesia, el Papa le dijo: “No morir, sino vivir y trabajar por la Iglesia”. El próximo 14 de octubre, el Papa Francisco canonizará a esta mujer extraordinaria como auténtica misionera de nuestro tiempo, y me parece hermoso que este Congreso tenga lugar en la vigilia de su canonización.

Hoy se inaugura este importante evento eclesial americano, que, después de Maracaibo, nos permite valorar nuestro compromiso misionero y nos permite tomar un nuevo empuje, renovado en el ardor y en la pasión por Cristo. Amar a esta tierra americana significa hacerle el don de Jesús bendito. Yo creo que esto es lo que constituye la verdadera bendición, la misma promesa hecha a Abraham, renovada y consagrada por Jesús. Una bendición de la que somos portadores por lo mucho que amamos a esta gente: a sus pobres, desempleados y marginados en particular, y a todos los que tienen hambre y sed de justicia.

Agradezco, por lo tanto, en nombre del Santo Padre, a los Obispos de Bolivia, a sus autoridades, que hayan permitido que celebremos aquí este evento; doy las gracias al Arzobispo de esta Archidiócesis de Santa Cruz de la Sierra, S.E. Mons. Sergio Alfredo Gualberti Calandrina, que nos hospeda; al Presidente de la Conferencia Episcopal, S.E. Mons. Ricardo Ernesto Centellas Guzmán; al Director Nacional de las Obras Misionales Pontificias de Bolivia, S.E. Mons. Eugenio Scarpellini, Obispo de El Alto; y a todos los que con una grande y admirable generosidad colaboran por el buen éxito del Congreso.

A todos traigo, al mismo tiempo, el saludo afectuoso y la bendición del Santo Padre.

 


Publicado por verdenaranja @ 13:23  | Hablan los obispos
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