Viernes, 31 de agosto de 2018

Reflexión a las lectruras del domingo veintidós del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 22º del T. Ordinario B

 

De nuevo volvemos a S. Marcos. Lo habíamos dejado durante cinco domingos, para acercarnos a escuchar y a meditar el Discurso del Pan de Vida del capítulo 6º de San Juan.

El texto de hoy trata de resolver y, realmente lo hace, el tema que llamamos nosotros de “la pureza o impureza legal”, con el que nos encontramos a cada paso en la S. Escritura.

Uno de los objetivos del creyente de cualquier religión es, precisamente, agradar a Dios, ser puro e irreprochable en su presencia, servirle con un corazón limpio… Pero éste no era el sentido que tenía para los fariseos y escribas. Para ellos todo se reducía a una pureza externa, ritual, legal.

Éstos se acercan a Jesucristo para hacerle una pregunta muy concreta: “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras (es decir, sin el lavado ritual de manos) y no siguen la tradición de los mayores?”.

Jesús les responde citando a Isaías que había profetizado sobre ellos, diciéndoles que no practican la verdadera religión de Moisés, porque honran a Dios sólo con los labios, mientras  su corazón está lejos de Él…  Porque el culto que le dan está vacío, pues han dejado la Ley Santa de Dios (1ª lect.) y la han cambiado por preceptos humanos. Y concluye: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios, para aferraros a la tradición de los hombres”

Qué importante es esta expresión para tantas ocasiones en que, en la existencia cristiana, se le da más importancia a esta o aquella tradición o costumbre, que a los auténticos valores del Evangelio y a las prácticas fundamentales de la religión cristiana.

Y el evangelista, que quiere resolver de una vez el problema, alude a otra ocasión en la que Jesús trata el mismo tema, y dice: “Nada  que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre, y se echa en la letrina”. “¡Con esto declaraba puros todos los alimentos!”

Y añade: “Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.

¡El corazón, el interior, por tanto, es la clave, lo fundamental!

Jesucristo ha venido al mundo, precisamente, para arrancar al hombre de toda impureza y de todo pecado y para llevarle al culto verdadero del Dios vivo (Hb 9, 14),  a la práctica de la verdadera religión que, como decía, radica en el interior del hombre.

¡Él es el modelo, el prototipo y el camino de todo hombre que quiera vivir así!

¡Nadie ha tenido una relación con el Padre y con los hermanos como Él!

La primera lectura nos habla de los preceptos, que Dios dio a Moisés, y que constituyen el camino para practicar la verdadera religión, el culto verdadero, y para conseguir la pureza interior auténtica.

El salmo responsorial es un diálogo precioso entre el salmista y la asamblea eucarística, que va preguntando: “¿Señor quién puede hospedarse en tu tienda?” Y el salmista va respondiendo: “El que procede honradamente y practica la justicia…” etc.

Santiago, en la segunda lectura, nos advierte: “La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: Visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo”.

La súplica característica de este domingo podría ser: “Oh Dios crea en mí un corazón puro”. 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


Publicado por verdenaranja @ 14:27  | Espiritualidad
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