Viernes, 31 de agosto de 2018

Reflexión a las lectruras del domingo veintidós del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 22º del T. Ordinario B

 

De nuevo volvemos a S. Marcos. Lo habíamos dejado durante cinco domingos, para acercarnos a escuchar y a meditar el Discurso del Pan de Vida del capítulo 6º de San Juan.

El texto de hoy trata de resolver y, realmente lo hace, el tema que llamamos nosotros de “la pureza o impureza legal”, con el que nos encontramos a cada paso en la S. Escritura.

Uno de los objetivos del creyente de cualquier religión es, precisamente, agradar a Dios, ser puro e irreprochable en su presencia, servirle con un corazón limpio… Pero éste no era el sentido que tenía para los fariseos y escribas. Para ellos todo se reducía a una pureza externa, ritual, legal.

Éstos se acercan a Jesucristo para hacerle una pregunta muy concreta: “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras (es decir, sin el lavado ritual de manos) y no siguen la tradición de los mayores?”.

Jesús les responde citando a Isaías que había profetizado sobre ellos, diciéndoles que no practican la verdadera religión de Moisés, porque honran a Dios sólo con los labios, mientras  su corazón está lejos de Él…  Porque el culto que le dan está vacío, pues han dejado la Ley Santa de Dios (1ª lect.) y la han cambiado por preceptos humanos. Y concluye: “Dejáis a un lado el mandamiento de Dios, para aferraros a la tradición de los hombres”

Qué importante es esta expresión para tantas ocasiones en que, en la existencia cristiana, se le da más importancia a esta o aquella tradición o costumbre, que a los auténticos valores del Evangelio y a las prácticas fundamentales de la religión cristiana.

Y el evangelista, que quiere resolver de una vez el problema, alude a otra ocasión en la que Jesús trata el mismo tema, y dice: “Nada  que entre de fuera puede hacer impuro al hombre, porque no entra en el corazón sino en el vientre, y se echa en la letrina”. “¡Con esto declaraba puros todos los alimentos!”

Y añade: “Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.

¡El corazón, el interior, por tanto, es la clave, lo fundamental!

Jesucristo ha venido al mundo, precisamente, para arrancar al hombre de toda impureza y de todo pecado y para llevarle al culto verdadero del Dios vivo (Hb 9, 14),  a la práctica de la verdadera religión que, como decía, radica en el interior del hombre.

¡Él es el modelo, el prototipo y el camino de todo hombre que quiera vivir así!

¡Nadie ha tenido una relación con el Padre y con los hermanos como Él!

La primera lectura nos habla de los preceptos, que Dios dio a Moisés, y que constituyen el camino para practicar la verdadera religión, el culto verdadero, y para conseguir la pureza interior auténtica.

El salmo responsorial es un diálogo precioso entre el salmista y la asamblea eucarística, que va preguntando: “¿Señor quién puede hospedarse en tu tienda?” Y el salmista va respondiendo: “El que procede honradamente y practica la justicia…” etc.

Santiago, en la segunda lectura, nos advierte: “La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: Visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo”.

La súplica característica de este domingo podría ser: “Oh Dios crea en mí un corazón puro”. 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


Publicado por verdenaranja @ 14:27  | Espiritualidad
 | Enviar

DOMINGO 22º DEL TIEMPO ORDINARIO B

MONICIONES

 

 

 PRIMERA LECTURA

            A punto de entrar en la tierra prometida, Moisés recuerda al pueblo la alianza que ha hecho con el Señor, hablándole de los mandamientos que debe cumplir. 

 

SEGUNDA LECTURA

            Comenzamos hoy a leer la Carta de Santiago. La actitud religiosa auténtica –nos dirá- lleva consigo el cumplimiento de la Palabra de Dios, no limitándonos a escucharla; sino llevándola a la práctica en la solidaridad y la ayuda efectiva  a los más necesitados. 

 

TERCERA LECTURA

Volvemos de nuevo al Evangelio de S. Marcos, después de haber escuchado, durante cinco domingos, el capítulo sexto de S. Juan.

Jesús nos enseña hoy en qué consiste la verdadera práctica de la religión.

Pero, antes de escuchar el Evangelio, cantemos de pie el aleluya. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión recibimos la luz y la fuerza que necesitamos, para  seguir cada vez mejor a Jesucristo, maestro y modelo, en el  cumplimiento de los mandatos del Señor. Que Él nos  dé un corazón limpio del que nunca salga el mal, sino siempre el bien.

 


Publicado por verdenaranja @ 14:24  | Liturgia
 | Enviar

Homilía del Papa en la Eucaristía celebrada en el Parque Phoenix, en Dublín, momento culmen del IX Encuentro Mundial de las Familias. (ZENIT – 26 agosto 2018)

«Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). 

En la conclusión de este Encuentro Mundial de las Familias, nos reunimos como familia alrededor de la mesa del Señor. Agradecemos al Señor por tantas bendiciones que ha derramado en nuestras familias. Queremos comprometernos a vivir plenamente nuestra vocación para ser, según las conmovedoras palabras de santa Teresa del Niño Jesús, «el amor en el corazón de la Iglesia». 

En este momento maravilloso de comunión entre nosotros y con el Señor, es bueno que nos detengamos un momento para considerar la fuente de todo lo bueno que hemos recibido. En el Evangelio de hoy, Jesús revela el origen de estas bendiciones cuando habla a sus discípulos. Muchos de ellos estaban desolados, confusos y también enfadados, debatiendo sobre aceptar o no sus “palabras duras”, tan contrarias a la sabiduría de este mundo. Como respuesta, el Señor les dice directamente: «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida» (Jn 6,63). 

Estas palabras, con su promesa del don del Espíritu Santo, rebosan de vida para nosotros que las acogemos desde la fe. Ellas indican la fuente última de todo el bien que hemos experimentado y celebrado aquí en estos días: el Espíritu de Dios, que sopla constantemente vida nueva en el mundo, en los corazones, en las familias, en los hogares y en las parroquias. Cada nuevo día en la vida de nuestras familias y cada nueva generación trae consigo la promesa de un nuevo Pentecostés, un Pentecostés doméstico, una nueva efusión del Espíritu, el Paráclito, que Jesús nos envía como nuestro Abogado, nuestro Consolador y quien verdaderamente nos da valentía

Cuánta necesidad tiene el mundo de este aliento que es don y promesa de Dios. Como uno de los frutos de esta celebración de la vida familiar, que podáis regresar a vuestros hogares y convertiros en fuente de ánimo para los demás, para compartir con ellos “las palabras de vida eterna” de Jesús. Vuestras familias son un lugar privilegiado y un importante medio para difundir esas palabras como “buena noticia” para todos, especialmente para aquellos que desean dejar el desierto y la “casa de esclavitud” (cf. Jos 24,17) para ir hacia la tierra prometida de la esperanza y de la libertad. 

En la segunda lectura de hoy, san Pablo nos dice que el matrimonio es una participación en el misterio de la fidelidad eterna de Cristo a su esposa, la Iglesia (cf. Ef 5,32). Pero esta enseñanza, aunque magnífica, tal vez pueda parecer a alguno una “palabra dura”. Porque vivir en el amor, como Cristo nos ha amado (cf. Ef 5,2), supone la imitación de su propio sacrificio, implica morir a nosotros mismos para renacer a un amor más grande y duradero. Solo ese amor puede salvar el mundo de la esclavitud del pecado, del egoísmo, de la codicia y de la indiferencia hacia las necesidades de los menos afortunados. Este es el amor que hemos conocido en Jesucristo, que es encarnado en nuestro mundo por medio de una familia y que a través del testimonio de las familias cristianas tiene el poder, en cada generación, de derribar las barreras para reconciliar al mundo con Dios y hacer de nosotros lo que desde siempre estamos destinados a ser: una única familia humana que vive junta en la justicia, la santidad y la paz. 

La tarea de dar testimonio de esta Buena Noticia no es fácil. Sin embargo, los desafíos que los cristianos de hoy tienen delante no son, a su manera, más difíciles de los que debieron afrontar los primeros misioneros irlandeses. Pienso en san Columbano, que con su pequeño grupo de compañeros llevó la luz del Evangelio a las tierras europeas en una época de oscuridad y decadencia cultural. Su extraordinario éxito misionero no estaba basado en métodos tácticos o planes estratégicos, sino en una humilde y liberadora docilidad a las inspiraciones del Espíritu Santo. Su testimonio cotidiano de fidelidad a Cristo y entre ellos fue lo que conquistó los corazones que deseaban ardientemente una palabra de gracia y lo que contribuyó al nacimiento de la cultura europea. Ese testimonio permanece como una fuente perenne de renovación espiritual y misionera para el pueblo santo y fiel de Dios. 

Naturalmente, siempre habrá personas que se opondrán a la Buena Noticia, que “murmurarán” contra sus “palabras duras”. Pero, como san Columbano y sus compañeros, que afrontaron aguas congeladas y mares tempestuosos para seguir a Jesús, no nos dejemos influenciar o desanimar jamás ante la mirada fría de la indiferencia o los vientos borrascosos de la hostilidad. 

Incluso, reconozcamos humildemente que, si somos honestos con nosotros mismos, también nosotros podemos encontrar duras las enseñanzas de Jesús. Qué difícil es perdonar siempre a quienes nos hieren. Qué desafiante es acoger siempre al emigrante y al extranjero. Qué doloroso es soportar la desilusión, el rechazo o la traición. Qué incómodo es proteger los derechos de los más frágiles, de los que aún no han nacido o de los más ancianos, que parece que obstaculizan nuestro sentido de libertad. 

Sin embargo, es justamente en esas circunstancias en las que el Señor nos pregunta: «¿También vosotros os queréis marchar?» (Jn 6,67). Con la fuerza del Espíritu que nos anima y con el Señor siempre a nuestro lado, podemos responder: «Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (v. 69). Con el pueblo de Israel, podemos repetir: «También nosotros serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios!» (Jos 24,18). 

Con los sacramentos del bautismo y de la confirmación, cada cristiano es enviado para ser un misionero, un “discípulo misionero” (cf. Evangelii gaudium, 120). Toda la Iglesia en su conjunto está llamada a “salir” para llevar las palabras de vida eterna a las periferias del mundo. Que nuestra celebración de hoy pueda confirmar a cada uno de vosotros, padres y abuelos, niños y jóvenes, hombres y mujeres, religiosos y religiosas, contemplativos y misioneros, diáconos y sacerdotes, para compartir la alegría del Evangelio. Que podáis compartir el Evangelio de la familia como alegría para el mundo. 

Mientras nos disponemos a reemprender cada uno su propio camino, renovemos nuestra fidelidad al Señor y a la vocación a la que nos ha llamado. Haciendo nuestra la oración de san Patricio, repitamos con alegría: «Cristo en mí, Cristo detrás de mí, Cristo junto a mí, Cristo debajo de mí, Cristo sobre mí». (Aplausos al Papa) Con la alegría y la fuerza conferida por el Espíritu Santo, digámosle con confianza: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). (Aplausos)

© Librería Editorial Vaticano

 


Publicado por verdenaranja @ 14:20  | Habla el Papa
 | Enviar

Al término de la Santa Misa celebrada en el Parque Phoenix, a las 17 hora local (18 h. en Roma), el Santo Padre Francisco se ha encontrado con los obispos de manera privada en el Convento de las Hermanas Dominicas de Dublín, en el marco del IX Encuentro Mundial de las Familias celebrada esta semana en la capital irlandesa. (ZENIT – 26 agosto 2018)

Queridos hermanos obispos: 

A punto de concluir mi visita a Irlanda, doy gracias por esta oportunidad de compartir unos momentos con vosotros. Agradezco al arzobispo Eamon Martin sus amables palabras de introducción y os saludo a todos con afecto en el Señor. 

Nuestro encuentro de esta noche retoma el diálogo fraterno que tuvimos el año pasado en Roma durante vuestra visita ad limina Apostolorum. En estas breves reflexiones, quisiera resumir nuestra conversación anterior, en el espíritu del Encuentro Mundial de las Familias que acabamos de celebrar. Todos nosotros, como obispos, somos conscientes de nuestra responsabilidad como padres del santo Pueblo fiel de Dios. Como buenos padres, tratamos de alentar e inspirar, reconciliar y unir, y sobre todo de preservar todo el bien transmitido de generación en generación en esta gran familia que es la Iglesia en Irlanda. 

Por ello, esta noche mi palabra para vosotros es de aliento en vuestros esfuerzos, en estos momentos de desafío, para perseverar en vuestro ministerio de heraldos del Evangelio y pastores del rebaño de Cristo. De manera especial, estoy agradecido por la atención que mostráis hacia los pobres, los excluidos y los necesitados, como recientemente lo ha atestiguado vuestra carta pastoral sobre las personas sin hogar y sobre las dependencias. También estoy agradecido por la ayuda que brindáis a vuestros sacerdotes, cuya pena y desánimo causados por los recientes escándalos son a menudo ignorados. 

Un tema recurrente de mi visita ha sido, por supuesto, la necesidad de que la Iglesia reconozca y remedie con honestidad evangélica y valentía los errores del pasado con respecto a la protección de los niños y los adultos vulnerables. En los últimos años, como cuerpo episcopal, habéis procedido resueltamente, no solo a poner en marcha caminos de purificación y reconciliación con las víctimas de abusos, sino también, con la ayuda del National Board para la protección de los niños en la Iglesia en Irlanda, a establecer un conjunto detallado de reglas destinadas a garantizar la seguridad de los jóvenes. En estos años todos hemos tenido que abrir nuestros ojos ante la gravedad y el alcance de los abusos sexuales en diferentes contextos sociales. En Irlanda, como también en otros lugares, la honestidad y la integridad con que la Iglesia decide abordar este capítulo doloroso de su historia puede ofrecer a toda la sociedad un ejemplo y una llamada. 

Como mencionamos en nuestra conversación en Roma, la transmisión de la fe en su integridad y belleza representa un desafío significativo en el contexto de la rápida evolución de la sociedad. El Encuentro Mundial de las Familias nos ha dado gran esperanza y nos ha estimulado sobre el hecho de que las familias son cada vez más conscientes de su papel irremplazable en la transmisión de la fe. Al mismo tiempo, las escuelas católicas y los programas de educación religiosa continúan desempeñando una función indispensable en la creación de una cultura de la fe y de un sentido de discipulado misionero. Sé que esto es un motivo de cuidado pastoral para todos vosotros. La genuina formación religiosa requiere maestros fieles y alegres, capaces de formar no solo las mentes sino también los corazones en el amor de Cristo y en la práctica de la oración. La preparación de tales maestros y la difusión de programas para la formación permanente son esenciales para el futuro de la comunidad cristiana, en la que un laicado comprometido está particularmente llamado a llevar la sabiduría y los valores de su fe como parte de su compromiso con los diferentes sectores de la vida social, política y cultural del país. 

La conmoción de los últimos años ha puesto a prueba la fe tradicionalmente fuerte de los irlandeses. No obstante, ha constituido también una oportunidad para una renovación interior de la Iglesia en este país y ha indicado modos nuevos de concebir su vida y su misión. «Dios siempre es novedad» y «nos empuja a partir una y otra vez y a desplazarnos para ir más allá de lo conocido» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 135). Que con humildad y confianza en su gracia, podáis discernir y emprender caminos nuevos para estos tiempos nuevos. Ciertamente, el fuerte sentido misionero arraigado en el alma de vuestro pueblo os inspirará formas creativas para dar testimonio de la verdad del Evangelio y hacer crecer la comunidad de los creyentes en el amor de Cristo y en el celo por el crecimiento de su Reino. 

Que en vuestros esfuerzos diarios por ser padres y pastores de la familia de Dios en este país, seáis sostenidos siempre por la esperanza que se fundamenta en la verdad de las palabras de Cristo y en la seguridad de sus promesas. En todo tiempo y lugar, esta verdad nos hace libres (cf. Jn 8,32), posee su propio poder intrínseco para convencer a las mentes y conducir los corazones hacia sí. No os desaniméis cada vez que vosotros y vuestro pueblo os sintáis un pequeño rebaño expuesto a desafíos y dificultades. Como nos enseña san Juan de la Cruz, en la noche oscura es donde la luz de la fe brilla más pura en nuestros corazones. Y esta luz mostrará el camino para la renovación de la vida cristiana en Irlanda en los próximos años. 

Por último, en espíritu de comunión eclesial, os pido que continuéis promoviendo la unidad y la fraternidad entre vosotros y, junto con los líderes de otras comunidades cristianas, trabajéis y oréis fervientemente por la reconciliación y la paz entre todos los miembros de la familia irlandesa. 

Con estas ideas, queridos hermanos, os aseguro mi oración por vuestras intenciones, y os pido que me recordéis en la vuestra. A todos vosotros y a los fieles confiados a vuestro cuidado pastoral, os imparto la Bendición Apostólica, como prenda de alegría y fortaleza en el Señor Jesucristo.

© Librería Editorial Vaticano

 


Publicado por verdenaranja @ 14:15  | Habla el Papa
 | Enviar

Esta tarde, en el marco del IX Encuentro Mundial de las Familias que se celebra en Dublín, capital de Irlanda, el Papa Francisco ha visitado la Procatedral de Santa María, donde se ha encontrado con matrimonios y parejas católicas. (ZENIT – 25 agosto 2018)

Queridos amigos: 

(…) Hay un dicho en español: El dolor entre dos, es menos dolor (palabras improvisadas).

Me alegro de poder encontraros en esta histórica pro-catedral de Santa María, que durante estos años ha visto innumerables celebraciones del sacramento del matrimonio. Cuánto amor se ha manifestado, cuántas gracias se han recibido en este sagrado lugar. Agradezco al arzobispo Martin su cordial bienvenida. Estoy particularmente contento de estar con vosotros, parejas de novios y esposos que os encontráis en distintas fases del itinerario del amor sacramental. (Palabras improvisadas)

De modo especial, agradezco el testimonio de Vincent y Teresa, que nos han hablado de su experiencia de 50 años de matrimonio y de vida familiar. Gracias por las palabras de ánimo como también por los desafíos que habéis expuesto a las nuevas generaciones de recién casados y de novios, no solo de aquí, en Irlanda, sino del mundo entero. Es muy importante escuchar a los ancianos, a los abuelos. Tenemos mucho que aprender de vuestra experiencia de vida matrimonial sostenida cada día por la gracia del sacramento. (Palabras improvisadas) Creciendo juntos en esta comunidad de vida y de amor, habéis experimentado muchas alegrías y, ciertamente, también muchos sufrimientos. Junto con todos los matrimonios que han recorrido un largo trecho en este camino, sois los guardianes de nuestra memoria colectiva. Tenemos siempre necesidad de vuestro testimonio lleno de fe. Es un recurso maravilloso para las jóvenes parejas, que miran al futuro con emoción y esperanza… y puede que con un poquito de inquietud. ¿Cómo será este futuro?

Agradezco también a las parejas jóvenes que me han dirigido algunas preguntas con franqueza. No es fácil responder a estas preguntas. Denis y Sinead están a punto de embarcarse en un viaje de amor que según el proyecto de Dios lleva consigo un compromiso para toda la vida. Han preguntado cómo pueden ayudar a otros a comprender que el matrimonio no es simplemente una institución sino una vocación, una decisión consciente y para toda la vida, a cuidarse, ayudarse y protegerse mutuamente. 

Ciertamente debemos reconocer que hoy no estamos acostumbrados a algo que dure realmente toda la vida. Si siento que tengo hambre o sed, puedo nutrirme, pero mi sensación de estar saciado no dura ni siquiera un día. Si tengo un trabajo, sé que podría perderlo aun contra mi voluntad o que podría verme obligado a elegir otra carrera diferente. Es difícil incluso estar al día en el mundo de hoy, pues todo lo que nos rodea cambia, las personas van y vienen en nuestras vidas, las promesas se hacen, pero con frecuencia no se cumplen o se rompen. Puede que lo que me estáis pidiendo en realidad sea algo todavía más fundamental: “¿No hay nada verdaderamente importante que dure? ¿Ni siquiera el amor?”. Sabemos lo fácil que es hoy caer prisioneros de la cultura de lo provisorio, de lo efímero. Esta cultura ataca las raíces mismas de nuestros procesos de maduración, de nuestro crecimiento en la esperanza y el amor. ¿Cómo podemos experimentar, en esta cultura de lo efímero, lo que es verdaderamente duradero? 

Lo que quisiera deciros es esto. Entre todas las formas de la fecundidad humana, el matrimonio es único. Es un amor que da origen a una vida nueva. Implica la responsabilidad mutua en la trasmisión del don divino de la vida y ofrece un ambiente estable en el que la vida nueva puede crecer y florecer. El matrimonio en la Iglesia, es decir el sacramento del matrimonio, participa de modo especial en el misterio del amor eterno de Dios. Cuando un hombre y una mujer cristianos se unen en el vínculo del matrimonio, la gracia del Señor los habilita a prometerse libremente el uno al otro un amor exclusivo y duradero. De ese modo su unión se convierte en signo sacramental de la nueva y eterna alianza entre el Señor y su esposa, la Iglesia. Jesús está siempre presente en medio de ellos. Los sostiene en el curso de la vida, en su recíproca entrega, en la fidelidad y en la unidad indisoluble (cf. Gaudium et spes, 48). Su amor es una roca y un refugio en los tiempos de prueba, pero sobre todo es una fuente de crecimiento constante en un amor puro y para siempre. 

Sabemos que el amor es lo que Dios sueña para nosotros y para toda la familia humana. Por favor, no lo olvidéis nunca. Dios tiene un sueño para nosotros y nos pide que lo hagamos nuestro. No tengáis miedo de ese sueño. Custodiadlo como un tesoro y soñadlo juntos cada día de nuevo. Así, seréis capaces de sosteneros mutuamente con esperanza, con fuerza, y con el perdón en los momentos en los que el camino se hace arduo y resulta difícil recorrerlo. En la Biblia, Dios se compromete a permanecer fiel a su alianza, aun cuando lo entristecemos y nuestro amor se debilita. Él nos dice: «Nunca te dejaré ni te abandonaré» (Hb 13,5). Como marido y mujer, ungiros mutuamente con estas palabras de promesa, cada día por el resto de vuestras vidas. Y no dejéis nunca de soñar. 

Stephen y Jordan están recién casados y han preguntado algo muy importante: cómo pueden los padres trasmitir la fe a los hijos. Sé que aquí en Irlanda la Iglesia ha preparado cuidadosamente programas de catequesis para educar en la fe dentro de las escuelas y de las parroquias. Pero el primer y más importante lugar para trasmitir la fe es el hogar, a través del sereno y cotidiano ejemplo de los padres que aman al Señor y confían en su palabra. Ahí, en la «iglesia doméstica», los hijos aprenden el significado de la fidelidad, de la honestidad y del sacrificio. Ven cómo mamá y papá se comportan entre ellos, cómo se cuidan el uno al otro y a los demás, cómo aman a Dios y a la Iglesia. Así los hijos pueden respirar el aire fresco del Evangelio y aprender a comprender, juzgar y actuar en modo coherente con la fe que han heredado. La fe se trasmite alrededor de la mesa doméstica, en la conversación ordinaria, a través del lenguaje que solo el amor perseverante sabe hablar. 

Por tanto, rezad juntos en familia, hablad de cosas buenas y santas, dejad que María nuestra Madre entre en vuestra vida familiar. Celebrad las fiestas cristianas. Vivid en profunda solidaridad con cuantos sufren y están al margen de la sociedad. Cuando hacéis esto junto con vuestros hijos, sus corazones poco a poco se llenan de amor generoso por los demás. Puede parecer obvio, pero a veces se nos olvida. Vuestros hijos aprenderán a compartir los bienes de la tierra con los demás, si ven que sus padres se preocupan de quien es más pobre o menos afortunado que ellos. En fin, vuestros hijos aprenderán de vosotros el modo de vivir cristiano; vosotros seréis sus primeros maestros en la fe. 

Las virtudes y las verdades que el Señor nos enseña no siempre son estimadas por el mundo de hoy, que tiene poca consideración por los débiles, los vulnerables y todos aquellos que considera “improductivos”. El mundo nos dice que seamos fuertes e independientes; que no nos importen los que están solos o tristes, rechazados o enfermos, los no nacidos o los moribundos. Dentro de poco iré privadamente a encontrarme con algunas familias que afrontan desafíos serios y dificultades reales, pero los padres capuchinos les dan amor y ayuda. Nuestro mundo tiene necesidad de una revolución de amor. Que esta revolución comience desde vosotros y desde vuestras familias. 

Hace algunos meses alguien me dijo que estamos perdiendo nuestra capacidad de amar. Estamos olvidando de forma lenta pero inexorablemente el lenguaje directo de una caricia, la fuerza de la ternura. No habrá una revolución de amor sin una revolución de la ternura. Que, con vuestro ejemplo, vuestros hijos puedan ser guiados para que se conviertan en una generación más solícita, amable y rica de fe, para la renovación de la Iglesia y de toda la sociedad irlandesa. 

Así vuestro amor, que es un don de Dios, ahondará todavía más sus raíces. Ninguna familia puede crecer si olvida sus propias raíces. Los niños no crecen en el amor si no aprenden a hablar con sus abuelos. Por tanto, dejad que vuestro amor eche raíces profundas. No olvidemos que «lo que el árbol tiene de florido/ vive de lo que tiene sepultado» (F. L. BERNÁRDEZ, soneto Si para recobrar lo recobrado). 

Que, junto con el Papa, todas las familias de la Iglesia, representadas esta tarde por parejas ancianas y jóvenes, puedan agradecer a Dios el don de la fe y la gracia del matrimonio cristiano. Por nuestra parte, nos comprometemos con el Señor a trabajar por la venida de su reino de santidad, justicia y paz, con la fidelidad a las promesas que hemos hecho y con la constancia en el amor. A todos vosotros, a vuestras familias y a vuestros seres queridos os imparto mi bendición. 

 

 


Publicado por verdenaranja @ 14:10  | Habla el Papa
 | Enviar

A las 19:15 hora local de Irlanda (20:15 horas en Roma), el Santo Padre Francisco se ha trasladado de la Nunciatura Apostólica al Estadio Croke Park para la participar en la Fiesta de las Familias. Discurso pronunciado por el Papa durante la celebración con las familias. (ZENIT – 25 agosto 2018)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenas tardes! 

Gracias por vuestra cálida bienvenida. Qué bien se está aquí. Es hermoso celebrar, porque nos hace más humanos y más cristianos. También nos ayuda a compartir la alegría de saber que Jesús nos ama, nos acompaña en el camino de la vida y nos atrae cada día más a él. 

En cualquier celebración familiar se siente la presencia de todos: padres, madres, abuelos, nietos, tíos, primos, de quien no pudo venir, y de quien vive demasiado lejos. Hoy en Dublín nos reunimos para una celebración familiar de acción de gracias a Dios por lo que somos: una sola familia en Cristo, extendida por toda la tierra. La Iglesia es la familia de los hijos de Dios. Una familia en la que nos alegramos con los que están alegres y lloramos con los que sufren o se sienten abatidos por la vida. Una familia en la que cuidamos de cada uno, porque Dios nuestro Padre nos ha hecho a todos hijos suyos en el bautismo. Por eso sigo alentando a los padres a que bauticen a sus hijos lo antes posible, para que puedan formar parte de la gran familia de Dios. Es necesario invitar a todos a la fiesta. 

Vosotras, queridas familias, sois la gran mayoría del Pueblo de Dios. ¿Qué aspecto tendría la Iglesia sin vosotras? Escribí la Exhortación Amoris laetitia sobre la alegría del amor para ayudarnos a reconocer la belleza y la importancia de la familia, con sus luces y sus sombras, y he querido que el tema de este Encuentro Mundial de las Familias fuera «El Evangelio de la familia, alegría para el mundo». Dios quiere que cada familia sea un faro que irradie la alegría de su amor en el mundo. ¿Qué significa esto? Significa que, después de haber encontrado el amor de Dios que salva, intentemos, con palabras o sin ellas, manifestarlo a través de pequeños gestos de bondad en la rutina cotidiana y en los momentos más sencillos del día. 

Esto es santidad. Me gusta hablar de los santos «de la puerta de al lado», de todas esas personas comunes que reflejan la presencia de Dios en la vida y en la historia del mundo (cf. Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6-7). La vocación al amor y a la santidad no es algo reservado a unos pocos privilegiados. Incluso ahora, si tenemos ojos para ver, podemos vislumbrarla a nuestro alrededor. Está silenciosamente presente en los corazones de todas aquellas familias que ofrecen amor, perdón y misericordia cuando ven que es necesario, y lo hacen en silencio, sin tocar la trompeta. El Evangelio de la familia es verdaderamente alegría para el mundo, ya que allí, en nuestras familias, siempre se puede encontrar a Jesús; él vive allí, en simplicidad y pobreza, como lo hizo en la casa de la Sagrada Familia de Nazaret. 

El matrimonio cristiano y la vida familiar manifiestan toda su belleza y atractivo si están anclados en el amor de Dios, que nos creó a su imagen, para que podamos darle gloria como iconos de su amor y de su santidad en el mundo. Padres y madres, abuelos y abuelas, hijos y nietos: todos llamados a encontrar la plenitud del amor en la familia. La gracia de Dios nos ayuda todos los días a vivir con un solo corazón y una sola alma. ¡También las suegras y las nueras! Nadie dice que sea fácil. Es como preparar un té: es fácil hervir el agua, pero una buena taza de té requiere tiempo y paciencia; hay que dejarlo reposar. Así, día tras día, Jesús nos envuelve con su amor, asegurándose de que penetre todo nuestro ser. Del tesoro de su sagrado Corazón, derrama sobre nosotros la gracia que necesitamos para sanar nuestras enfermedades y abrir nuestra mente y corazón para escucharnos, entendernos y perdonarnos mutuamente. 

Acabamos de escuchar el testimonio de Felicité, Isaac y Ghislain, que vienen de Burkina Faso. Nos han contado una conmovedora historia de perdón en familia. El poeta decía que «errar es humano, perdonar es divino». Y es verdad: el perdón es un regalo especial de Dios que cura nuestras heridas y nos acerca a los demás y a él. Gestos pequeños y sencillos de perdón, renovados cada día, son la base sobre la que se construye una sólida vida familiar cristiana. Nos obligan a superar el orgullo, el desapego y la vergüenza, y a hacer las paces. Es cierto, me gusta decir que en las familias necesitamos aprender tres palabras: “perdón”, “por favor” y “gracias”. Cuando discutas en casa, asegúrate de pedir disculpas y decir que lo sientes antes de irte a la cama. Incluso si tienes la tentación de irte a dormir a otra habitación, solo y aislado, simplemente llama a la puerta y di: “Por favor, ¿puedo pasar?”. Lo que se necesita es una mirada, un beso, una palabra afectuosa… y todo vuelve a ser como antes. Digo esto porque, cuando las familias lo hacen, sobreviven. No hay familia perfecta. Sin el hábito de perdonar, la familia se enferma y se desmorona gradualmente. 

Perdonar significa dar algo de sí mismo. Jesús nos perdona siempre. Con la fuerza de su perdón, también nosotros podemos perdonar a los demás, si realmente lo queremos. ¿No es lo que pedimos cuando rezamos el Padrenuestro? Los niños aprenden a perdonar cuando ven que sus padres se perdonan recíprocamente. Si entendemos esto, podemos apreciar la grandeza de la enseñanza de Jesús sobre la fidelidad en el matrimonio. En lugar de ser una fría obligación legal, es sobre todo una poderosa promesa de la fidelidad de Dios mismo a su palabra y a su gracia sin límites. Cristo murió por nosotros para que nosotros, a su vez, podamos perdonarnos y reconciliarnos unos con otros. De esta manera, como personas y como familias, empezamos a comprender la verdad de las palabras de san Pablo: mientras todo pasa, «el amor no pasa nunca» (1 Co 13,8). 

Gracias, Nisha y Ted, por vuestro testimonio de la India, donde estáis enseñando a vuestros hijos a ser una verdadera familia. Nos habéis ayudado también a comprender que las redes sociales no son necesariamente un problema para las familias, sino que pueden ayudar a construir una «red» de amistades, solidaridad y apoyo mutuo. Las familias pueden conectarse a través de Internet y beneficiarse de ello. Las redes sociales pueden ser beneficiosas si se usan con moderación y prudencia. Por ejemplo, vosotros, que participáis en este Encuentro Mundial de las Familias, formáis una “red” espiritual y de amistad, y las redes sociales os pueden ayudar a mantener este vínculo y extenderlo a otras familias en muchas partes del mundo. Es importante, sin embargo, que estos medios no se conviertan en una amenaza para la verdadera red de relaciones de carne y hueso, aprisionándonos en una realidad virtual y aislándonos de las relaciones auténticas que nos estimulan a dar lo mejor de nosotros mismos en comunión con los demás. Quizás la historia de Ted y Nisha puede ayudar a todas las familias a que se pregunten sobre la necesidad de reducir el tiempo que se dedica a estos medios tecnológicos, y de pasar más tiempo de calidad entre ellos y con Dios. 

Hemos escuchado de Enass y Sarmaad cómo el amor y la fe en la familia pueden ser fuentes de fortaleza y paz incluso en medio de la violencia y la destrucción causada por la guerra y la persecución. Su historia nos lleva a las trágicas situaciones que muchas familias sufren a diario, obligadas a abandonar sus hogares en busca de seguridad y paz. Pero Enass y Sarmaad también nos han mostrado cómo, a partir de la familia y gracias a la solidaridad manifestada por muchas otras familias, la vida se puede reconstruir y renace la esperanza. Hemos visto este apoyo en el vídeo de Rammy y su hermano Meelad, en el que Rammy ha manifestado profunda gratitud por el ánimo y por la ayuda que su familia ha recibido de otras familias cristianas de todo el mundo, que han hecho posible de regresar a sus pueblos. En toda sociedad, las familias generan paz, porque enseñan el amor, la aceptación y el perdón, que son los mejores antídotos contra el odio, los prejuicios y la venganza que envenenan la vida de las personas y las comunidades. 

Como enseñaba un buen sacerdote irlandés, «la familia que reza unida permanece unida» e irradia paz. Una familia así puede ser un apoyo especial para otras familias que no viven en paz. Después de la muerte del padre Ganni, Enass, Sarmaad y sus familias prefirieron el perdón y la reconciliación en lugar del odio y el resentimiento. Vieron, a la luz de la Cruz, que el mal solo se puede vencer con el bien, y que el odio solo puede superarse con el perdón. De manera casi increíble, han podido encontrar la paz en el amor de Cristo, un amor que hace nuevas todas las cosas. Esta noche comparten con nosotros esta paz. 

El amor de Cristo, que renueva todo, es lo que hace posible el matrimonio y un amor conyugal caracterizado por la fidelidad, la indisolubilidad, la unidad y la apertura a la vida. Esto es lo que quería resaltar en el cuarto capítulo de Amoris laetitia. Hemos visto este amor en Mary y Damián, y en su familia con diez hijos. ¡Gracias por vuestras palabras y por vuestro testimonio de amor y fe! Vosotros habéis experimentado la capacidad del amor de Dios que ha transformado completamente vuestra vida y que os bendice con la alegría de una hermosa familia. Nos habéis indicado que la clave de vuestra vida familiar es la sinceridad. Entendemos por vuestro testimonio lo importante que es continuar yendo a esa fuente de la verdad y del amor que puede transformar nuestra vida: Jesús, que inauguró su ministerio público en una fiesta de bodas. Allí, en Caná, cambió el agua en un vino nuevo y exquisito que permitió continuar magníficamente con la alegre celebración. Lo mismo sucede con el amor conyugal. El vino nuevo comienza a fermentar durante el tiempo del noviazgo, necesario aunque transitorio, y madura a lo largo de la vida matrimonial en una entrega mutua, que hace a los esposos capaces de convertirse, aun siendo dos, en «una sola carne». Y a su vez, de abrir sus corazones al que necesita amor, especialmente al que está solo, abandonado, débil y, en cuanto vulnerable, frecuentemente marginado por la cultura del descarte. 

Las familias están llamadas a continuar creciendo y avanzando en todos los sitios, aun en medio de dificultades y limitaciones, tal como lo han hecho las generaciones pasadas. Todos formamos parte de una gran cadena de familias, que viene desde el inicio de los tiempos. Nuestras familias son tesoros vivos de memoria, con los hijos que a su vez se convierten en padres y luego en abuelos. De ellos recibimos la identidad, los valores y la fe. Lo hemos visto en Aldo y Marisa, casados desde hace más de cincuenta años. Su matrimonio es un monumento al amor y a la fidelidad. Sus nietos los mantienen jóvenes; su casa está llena de alegría de felicidad y de bailes. Su amor recíproco es un don de Dios, un regalo que están transmitiendo con alegría a sus hijos y nietos. 

Una sociedad que no valora a los abuelos es una sociedad sin futuro. Una Iglesia que no se preocupa por la alianza entre generaciones terminará careciendo de lo que realmente importa, el amor. Nuestros abuelos nos enseñan el significado del amor conyugal y parental. Ellos mismos crecieron en una familia y experimentaron el afecto de hijos e hijas, de hermanos y hermanas. Por eso son un tesoro de experiencia y sabiduría para las nuevas generaciones. Es un gran error no preguntarles a los ancianos sobre sus experiencias o pensar que hablar con ellos sea una pérdida de tiempo. En este sentido, quisiera agradecerle a Missy su testimonio. Ella nos ha dicho que la familia ha sido siempre una fuente de fuerza y de solidaridad entre los nómadas. Su testimonio nos recuerda que, en la casa de Dios, hay un lugar para todos. Nadie debe ser excluido; nuestro amor y nuestra atención deben extenderse a todos. 

Ya es tarde y estáis cansados. Pero permitidme que os diga una última cosa. Vosotras, familias, sois la esperanza de la Iglesia y del mundo. Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, crearon a la humanidad a su imagen para hacerla partícipe de su amor, para que fuera una familia de familias y gozara de esa paz que solo él puede dar. Con vuestro testimonio del Evangelio podéis ayudar a Dios a realizar su sueño, podéis contribuir a acercar a todos los hijos de Dios, para que crezcan en la unidad y aprendan qué significa para el mundo entero vivir en paz como una gran familia. Por eso, he querido daros a cada uno de vosotros una copia de Amoris laetitia, que la escribí para que fuera una especie de guía para vivir con alegría el evangelio de la familia. Que nuestra Madre, Reina de la familia y de la paz, os sostenga en el camino de la vida, del amor y de la felicidad. 

Y ahora, al final de nuestra reunión, diremos la oración de este Encuentro de las Familias. 

Oración y bendición 

Buenas noches, y que descanséis. Hasta mañana.

 


Publicado por verdenaranja @ 14:05  | Habla el Papa
 | Enviar
Viernes, 24 de agosto de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo veintiuno del Tiempo Ordinario ofrecida por el sacerdote Don Juan Mnuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 21º del T. Ordinario B

 

El discurso del Pan de Vida concluye de un modo inesperado. A lo largo de su exposición, la gente le ha ido presentando al Señor toda una serie de objeciones, pero nadie espera que, al llegar al final, muchos discípulos dijeran: “Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?”  Y que, desde entonces, muchos se echaran para atrás y no volvieran a ir con Él.

Y Jesús no tiene miedo de que lo dejen solo, porque Él sabe que lo que enseña es la verdad,  y que, muy pronto, lo llevará todo a cabo en la Última Cena y lo entregará a  los apóstoles, a la Iglesia, para que lo hagan en conmemoración suya, y, entonces, todos contemplarán, asombrados, “el Misterio”.

Por eso, les dice a los doce. “¿También vosotros queréis marcharos?” Simón Pedro le contesta: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”.

Pedro habla en nombre de los doce. Y el objeto directo de su profesión de fe no es la Eucaristía sino Jesucristo: “Nosotros sabemos que tú eres el Santo de Dios”. Todo lo demás, incluso la Eucaristía, es consecuencia de su sabiduría, de su poder y de su bondad, porque Él tiene palabras de vida eterna.

Por tanto, la Santa Misa no es, simplemente, una reunión de amigos, admiradores o simpatizantes de Jesús, que se reúnen para recordarlo, sino de gente que ha hecho una opción por Cristo y que tiene que expresarla y alimentarla en la Eucaristía.

La primera lectura nos enseña que, al llegar a la tierra prometida, Josué convoca en Siquén, a los representantes de Israel, y les presenta esta alternativa: Escoged a quien servir: al Señor o a los otros dioses. Yo y mi casa serviremos al Señor. Y el pueblo contesta: También “nosotros serviremos al Señor, porque Él es nuestro Dios”.

De esta forma, Yahvé será el Dios de aquella tierra nueva y ellos serán su pueblo, que le obedece y le ama.

Qué necesidad tenemos los cristianos, tantas veces, de hacer un alto en nuestra vida, y plantearnos una alternativa parecida. De este modo, seremos verdaderos cristianos, que, en el cruce de caminos de nuestra vida, hemos hecho una opción por Cristo, firme y definitiva.

¡Este el verdadero sentido de la fe en Cristo, Pan de Vida!

Al llegar aquí, constatamos, una vez más, cómo la Eucaristía siempre ha venido envuelta en contradicciones a lo largo de los siglos, desde que Jesús la anuncia en este discurso, hasta nuestros días, en que la Santa Misa se designa, muchas veces, como “el problema del domingo” y donde grandes masas de cristianos han dejado la Iglesia y se han alejado de Cristo, Pan de Vida.

¡Siempre, la dificultad! ¡Siempre, la contradicción! ¡Siempre, el Misterio! 

Nosotros, en medio de nuestras limitaciones, al terminar estas enseñanzas de Cristo, hacemos este domingo, una profesión de fe, una opción por Él y con el salmo responsorial, proclamamos de nuevo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

Al terminar este discurso, ¡cuántas gracias debemos darle al Señor que nos ha concedido  este verano,  el don de escuchar y de reflexionar sobre el Misterio central de nuestra fe! Y qué provechoso sería que hiciéramos un esfuerzo por retener y meditar tantas cosas como nos ha enseñado.  

                                                                                       ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:08  | Espiritualidad
 | Enviar

DOMINGO  21º DEL TIEMPO ORDINARIO B                 

MONICIONES

 PRIMERA LECTURA

Después de su larga peregrinación por el desierto, el pueblo de Israel llegó a la Tierra Prometida, y se estableció allí. Empezaba una nueva etapa de su historia. Ahora, los israelitas deben escoger qué camino van a seguir.

Escuchemos. 

 

SALMO

           El salmo nos invita, un domingo más, a admirar y alabar la bondad de Dios, que nos da el Pan del Cielo. Cantemos hoy de nuevo: "Gustad y ved qué bueno es el Señor". 

 

SEGUNDA LECTURA

       La unión del hombre y la mujer, en el matrimonio cristiano, es fuerte y profunda. San Pablo la compara con la que existe entre Jesucristo y la Iglesia.

       En este contexto, han de entenderse sus expresiones. 

 

TERCERA LECTURA

         Terminamos hoy la lectura del capítulo sexto del Evangelio de S. Juan, que hemos venido escuchando durante los cinco últimos domingos. Contemple-mos, este último domingo, la distinta reacción que producen sus palabras en aquellos que le escuchan.

          Pero antes, aclamemos a Cristo, Pan de Cielo, con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

          La Comunión de hoy es una invitación a dar gracias a Dios, nuestro Padre, porque nos ha concedido la gracia de llegar hasta Cristo, Pan de vida, de conocerle  y de permanecer con Él. Ojalá que también nosotros podamos decirle como S. Pedro: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios"


Publicado por verdenaranja @ 13:05  | Liturgia
 | Enviar
Viernes, 17 de agosto de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo viente del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 20º del T. Ordinario B

 

        Nos dice el Evangelio de hoy: “Disputaban entonces los judíos entre sí :  ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Sin embargo, con qué facilidad lo resuelve el Señor en la Última Cena… Y su Cuerpo sabe a pan y su Sangre sabe a vino. ¡Asombrosa transformación! ¡Inefable Misterio!

        Por eso, el Señor se limita a decir: “Os aseguro que si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tenéis vida en vosotros”.

        Ciertamente, si hay algo que todo el mundo entiende es que, sin alimento, no hay posibilidad de vida en ningún ser humano. A eso nos referíamos el domingo pasado, cuando constatábamos que creer en Jesucristo es tener una vida nueva, y el Pan del Cielo es el alimento más importante que necesita esa vida. Y esto nos lo repite hoy el Señor con toda claridad: Sin comer su Carne y beber su Sangre no hay vida de Dios en nosotros. Por tanto, nadie puede sentirse excluido ni dispensado de recibir con frecuencia este sacramento admirable. No podemos olvidar que, en los primeros tiempos, cuando se celebraba la Eucaristía, se daba la comunión a todos los presentes, que se encontraban dispuestos; y los diáconos la llevaban a los ausentes. De ahí, la costumbre de llevar la Comunión a los enfermos e impedidos, pues el enfermo está dispensado de ir a la Santa Misa, pero no puede dispensarse,  como tantas veces sucede, del alimento de la Eucaristía. Y en la parroquia deben darse todas las facilidades para que esto se pueda realizar con toda normalidad.

         Y Jesús continúa diciendo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él”. ¡Qué grandeza! Sucede algo distinto de lo que pasa con el alimento natural. En éste, el organismo trata de asimilar lo que comemos para convertirlo en algo suyo. En la Comunión es al revés.  Es Cristo el que nos convierte en Él, el que nos transforma en Él. ¡Se trata de una unión muy grande! ¡Inefable!  ¡Nuestro ser queda “penetrado” y “empapado” de Dios! Como una esponja llena de agua.

        Y es ésta una corriente de vida divina, que procede del Padre: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”. ¡Tomamos parte de la misma vida de la Santísima Trinidad, es decir, de aquella vida por la que Dios existe, desde siempre y para siempre!

        Pero hay más. La Comunión nos une también a los hermanos, con los que formamos un solo Cuerpo. Podemos recordar aquí las palabras del Papa Pablo VI en la Solemnidad del Corpus del año 1969, cuando decía: “¿Cómo llama el pueblo cristiano a la Eucaristía? Comunión. Está bien, es verdad, ¿pero Comunión con quién? Aquí el horizonte se abre, se ensancha, se alarga, hasta perder sus límites. Se trata de una doble comunión: Con Cristo y entre nosotros, que en  Él somos y nos hacemos hermanos”. De ahí que no podamos acercarnos a comulgar, si no estamos en paz y en  comunión con todos los hermanos.

        Dice también el Señor: “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”.

        Por tanto, también nuestro cuerpo, tantas veces morada de Dios e instrumento del quehacer cristiano, tiene que participar de la gloria de la resurrección.

        ¡Verdaderamente la Eucaristía es el Pan de la Vida! ¡En plenitud!

        Y después de comulgar, hay que “demostrar con obras de caridad, piedad y apostolado, lo que se ha recibido por la fe y el sacramento”. Con la Misa, por tanto, no termina todo. Al revés. La Eucaristía  es alimento y tiene que producir sus frutos. El cristiano no puede ser un parásito. Al que recibe el Pan del Cielo, se le exige, con razón, “obras de caridad, piedad y apostolado”.

              

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:41  | Espiritualidad
 | Enviar

DOMINGO 20º  DEL T. ORDINARIO B     

MONICIONES

 

 PRIMERA LECTURA

        La lectura del Antiguo Testamento, que vamos a escuchar, nos invita a comer y beber el pan y el vino de la Sabiduría divina. Para los cristianos, Jesucristo es la Sabiduría del Padre, a quien contemplamos estos domingos, como el Pan del Cielo.

SALMO

        El salmo nos invita un domingo más, a admirar y alabar la bondad de Dios, que nos da el Pan del Cielo, diciendo: “Gustad y ved qué bueno es el Señor”.

 

SEGUNDA LECTURA

        La fe, cuando es auténtica, tiene consecuencias prácticas, muy concretas, en la vida de los cristianos. S. Pablo nos habla de ellas en estos domingos.

        Escuchemos con atención lo que hoy nos enseña. 

 

EVANGELIO

        En el Evangelio, Jesucristo continúa hablándonos del Pan de vida. Sin comida no hay vida, nos dice este domingo. Sin el Pan del Cielo no puede haber vida de Dios nosotros.

        Dispongámonos a escuchar su Palabra, cantando el aleluya. 

 

COMUNIÓN

        Al acercarnos a comulgar, recordemos la palabra escuchada: “Mi Carne es verdadera comida, mi Sangre es verdadera bebida”. A este respecto dice el Concilio de Florencia: “Todos los efectos que el alimento y la bebida material producen en la vida del cuerpo, como son: el sustento, el crecimiento, la restauración y el gusto, los opera este sacramento en la vida del espíritu”.

Ojalá lo recibamos siempre bien y con frecuencia. Como lo recibía la Virgen María, la Madre del Señor.

 


Publicado por verdenaranja @ 13:38  | Liturgia
 | Enviar

Al final de la Misa celebrada en la explanada de la basílica vaticana por Su Eminencia Card. Gualtiero Bassetti, Presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, para el encuentro y la oración del Santo Padre con los jóvenes italianos, el Papa Francisco dirigió el recitación del Ángelus con los jóvenes, los fieles y los peregrinos presentes. (ZENIT – 12 agosto 2018)

Queridos hermanos y hermanas y queridos jóvenes italianos, ¡buenos días!

En la segunda lectura de hoy, San Pablo nos invita con urgencia: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con quien fuisteis sellados para el día de la redención” (Efesios 4:30). Pero yo me pregunto: ¿cómo  entristeces al Espíritu Santo? Todos lo hemos recibimos en el bautismo y en la confirmación, entonces, para no entristecer al Espíritu Santo es necesario vivir de manera coherente con las promesas del bautismo, renovadas en la confirmación de manera coherente, no con hipocresía, no olvidéis esto, el cristiano no puede ser hipócrita tiene que vivir de manera coherente: las promesas del bautismo tienen dos aspectos: la renuncia al mal y la adhesión al bien. Renunciar al mal significa decir “no” a las tentaciones, al pecado, a Satanás. Más concretamente  significa decir “no” a una cultura de la muerte, que se manifiesta en la huida de la realidad a una falsa felicidad expresada en el engaño, en el fraude, en la injusticia y el desprecio del otro, a todo esto “no”, ¿qué cosa se dice a todo esto?, todos los jóvenes dicen “no”, gracias. La vida nueva que se nos ha dado en el Bautismo, y que tiene al Espíritu como su fuente, rechaza un comportamiento dominado por sentimientos de división y discordia. Por esto el apóstol Pablo nos exhorta a quitar de nuestros corazones, “Toda dureza, indignación, cólera, gritos y calumnias con toda clase de malignidades” (v. 31), es así como dice Pablo. Estos seis elementos o vicios, dureza, indignación, cólera, gritos y calumnias y malignidades perturban la alegría del Espíritu, envenenan el corazón y conducen a imprecaciones contra Dios y el prójimo.

Pero no es suficiente no hacer el mal para ser un buen cristiano; es necesario adherirse a lo bueno y hacer el bien. Aquí, entonces, continúa San Pablo: “En cambio, sed misericordiosos unos con otros, sed misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros como Dios os ha perdonado en Cristo” (v. 32). Muchas veces oímos decir: “Yo no hago daño a nadie” y se cree que es un santo, ¡no!. De acuerdo, pero ¿el bien lo haces? Cuántas personas no hacen daño, pero ni siquiera hacen el bien, y sus vidas fluyen hacia la indiferencia, la apatía, la tibieza. Esta actitud es contraria al Evangelio, y también es contraria a la naturaleza de los jóvenes, que por naturaleza son dinámicos, apasionados y valientes.

¡Recordad esto! Si lo recordáis podemos repetirlo juntos, es bueno no hacer el mal, pero es malo, no hacer el bien, repetid conmigo, es bueno no hacer el mal, pero es malo, no hacer el bien, esto les decía San Alberto Hurtado.   Hoy os exhorto a ser protagonistas en el bien! No te sientas bien cuando no haces el mal; no es suficiente, cada uno es culpable del bien que podía hacer y no lo ha hecho. No es suficiente no odiar, es necesario perdonar; no es suficiente no guardar rencor, debemos orar por los enemigos; no es suficiente no ser causa de división, debemos traer paz donde no existe; no es suficiente no hablar mal de los demás, debemos interrumpir cuando oímos hablar mal a alguien, detener el chisme, esto es hacer bien. Si no nos oponemos al mal, lo alimentamos tácitamente. Es necesario intervenir donde el mal se propaga; porque el mal se extiende donde no hay cristianos atrevidos que se oponen con el bien, “caminando en la caridad” (véase 5: 2), según la advertencia de San Pablo. Queridos jóvenes, ¡habéis caminado mucho estos días! Por lo tanto, estáis entrenados y puedo deciros: Caminad en la caridad, caminad en el amor, caminemos juntos hacía el próximo Sínodo de los Obispos sobre el tema: “Juventud, fe y discernimiento vocacional”. Que la Virgen María nos apoye con su intercesión materna, para que cada uno de nosotros, todos los días, con hechos, podamos decir “no” al mal y “sí” al bien. 


Publicado por verdenaranja @ 13:32  | Habla el Papa
 | Enviar
Viernes, 10 de agosto de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo diecinueve del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 19º del T. Ordinario B

 

       Nos volvemos a encontrar con “el drama de la Encarnación”, que comentábamos hace algunos domingos: La humanidad de Cristo, decíamos, manifiesta su divinidad, pero, al mismo tiempo, la oculta. Podemos rechazar los dones de Dios, entonces y ahora, en los tiempos de la Iglesia, por la envoltura humana con la que llegan a nosotros. Los de Cafarnaúm, como un día los de Nazaret, se quedan en lo humano; y comentan: “¿No es éste el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? “¿Cómo dice ahora que ha bajado del Cielo?”.

       ¡Y terminarán por rechazar el Pan del Cielo!

       En medio de todo esto, Jesús nos enseña, este domingo, algo verdaderamente trascenden-tal: “¡El que cree tiene vida eterna!”.

       ¡Esta es una gran revelación! ¡Esto es original de Jesucristo, del Evangelio! Veamos:  

       Si yo conozco a alguien importante, si le admiro, si le aprecio mucho, no puedo, sin embargo, recibir en mi interior nada que pertenezca a su ser, a su naturaleza humana.  Aquello es algo puramente exterior, por grande e intenso que sea. Pero con Jesucristo sucede  algo distinto: El que cree en Él, el que le sigue, cambia por dentro: ¡Posee la misma vida de Cristo! Así nos lo enseña Juan: “Vino a su casa, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre” (Jn 1, 12). En efecto, la fe nos lleva al Bautismo, que es un nacimiento nuevo, que nos da una participación creada de la misma vida de Dios. ¡Impresionante!

       Y a esta vida nueva, ¿no habrá que cuidarla, que alimentarla, que hacerla crecer, que recuperarla, incluso, si se pierde?

       ¿Y para alimentarla, ¿dónde encontraremos la comida? ¿Cuál y cómo será ese alimento? ¿Dónde tendremos que ir a buscarlo? ¿A lo más alto de los Cielos?

       ¡No, porque el Pan del Cielo ha bajado a la tierra! Es Jesús de Nazaret, el que habla en la Sinagoga.  Por eso, nos dice: “Yo soy el Pan de la Vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron. Éste es el Pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera”. Y también: “El que coma de este Pan vivirá para siempre”.

       No se puede confundir la muerte biológica con la muerte de la vida espiritual. Cuando un cristiano muere, no, por eso, termina la vida de Dios en él. Son dos realidades distintas. Precisamente, porque tenemos la vida de Dios, podemos entrar, después de la muerte,  en el Cielo, que es la Casa de Dios y, por tanto, la Casa de los hijos de Dios. Lo que hace morir la vida de Dios en nosotros, es sólo el pecado mortal.

       El Pan de la Eucaristía, por tanto, no es un simple “pan bendito”, que se reparte a todos los que quieran. No. Es la “Carne de Cristo”, que sólo puede recibir el que tiene la vida de Dios en él, es decir, el que está en gracia. El que no tiene la vida divina, ¿qué va a alimentar? ¿una vida divina que no existe?  

       No puede, entonces, recibir la Comunión por ningún concepto. Comulgar así, como hacen muchos, es comer la Carne de Cristo, “sin darle su valor”, como enseña S. Pablo (1 Co 11, 27).

       ¡En el Universo no hay un alimento más grande, más importante que éste, que nos llena de Dios y nos transforma en Cristo!

       Si aquel pan misterioso que comió Elías, fue suficiente para caminar cuarenta días y cuarenta noches, hasta el Monte de Dios (1ª lect), ¡cuánta mayor fuerza no recibirá el que se alimenta con Cristo, Pan de Vida! Ya San Juan Crisóstomo exclamaba: “Salimos de esa Mesa como leones espirando llamas, haciéndonos temibles hasta el mismo diablo”.

       Esta es la fuerza que necesitamos para construir cada día, desde nuestro entorno, “la civilización del amor”; para no entristecer al Espíritu Santo y “vivir en el amor”, como nos enseña S. Pablo en la segunda lectura de hoy.

       Si no, ¿en qué se va a notar que somos cristianos?                

                                                                                                   ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 14:18  | Espiritualidad
 | Enviar

DOMINGO 19º DEL TIEMPO ORDINARIO B

MONICIONES

 

   PRIMERA LECTURA

Prestemos atención a la primera lectura. El profeta Elías defiende la alianza con Dios frente a la idolatría;  y la reina Jezabel lo persigue para matarlo. Elías escapa al desierto y se siente desfallecer hasta desear la muerte; pero Dios sale a su encuentro y le alimenta con un pan misterioso. Y, de esta manera, llega hasta Horeb, el Monte del Señor. 

SALMO

Como Elías, también todo creyente puede andar su camino confiando en el Señor y alimentado con el Pan del Cielo. Por eso proclamamos, en el salmo: “Gustad y ved que bueno es el Señor”. ¡Cantemos, pues, con alegría la bondad del Señor! 

  SEGUNDA LECTURA

                 Acojamos la invitación del Apóstol a ser imitadores de Dios y vivir en el amor, a ejemplo de Cristo. Escuchemos atentamente. 

  EVANGELIO

                En el Evangelio continuamos escuchando las enseñanzas de Cristo sobre la Eucaristía: La vida de Dios, que en el Bautismo se infunde en nosotros, necesita ser alimentada con el Pan de del Cielo.

                Pero antes de escuchar el Evangelio aclamemos a Cristo con el canto del aleluya. 

 COMUNIÓN

                Nosotros, como el profeta Elías, caminamos en medio de muchas dificultades hasta llegar "al Monte del Señor", que es el Cielo. Por eso, tenemos necesidad de alimentarnos con el Pan de la Eucaristía, para que no desfallez-camos por el camino. Pidamos al Señor que acreciente nuestra hambre de ese Pan.


Publicado por verdenaranja @ 14:13  | Liturgia
 | Enviar

Comentario Domingo 19º Tiempo Ordinario por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. agosto 07, 2018 (zenit)

DOMINGO 19 DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo B

Textos: 1 Re 19, 4-8; Ef 4, 30 – 5, 2; Jn 6, 41-51

Idea principal: Sin fe es imposible entender, valorar y acercarse al banquete donde se nos sirve este Pan de vida eterna, que es Jesús.

Síntesis del mensaje: Sigue la catequesis de Jesús sobre el Pan de la Vida en la sinagoga de Cafarnaún. Hoy Cristo nos pide fe para creer que Él es el verdadero Pan de la vida que Dios envía a la humanidad para que sacie su hambre. El que crea en Él tendrá la vida eterna.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la fe puede pasar por momentos duros psicológicos, como le pasó al profeta Elías en la primera lectura de hoy. Elías, huyendo de las amenazas de muerte de la reina Jezabel, es vencido por el miedo y la depresión, a pesar de haber hecho gala de coraje y confianza en la escena anterior. Esta imagen del profeta, tocando los límites de la existencia, resulta entrañable y conmovedora. No menos conmovedores son los cuidados de Dios hacia el profeta, brindándole comida y aliento por medio de un ángel en una doble escena que nos recuerda la del torrente Querit. Ya en el desierto, la huida de Elías se convierte en peregrinación hacia el Horeb, la montaña de Dios: “Fortalecido por ese alimento, caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb”. Elías parece desandar el camino del pueblo en busca de los orígenes de la fe. Para acercarnos y gustar del Pan de la Eucaristía tenemos que vencer todos los obstáculos desde la fe y confianza en Dios. Dios le dio a Elías pan para comer, y lo llenó de energía. Así también a nosotros en la Eucaristía.

En segundo lugar, el Evangelio me invita a purificar la fe de otros obstáculos mentales. La gente, que ha seguido a Jesús hasta ahora más por interés propio que por fe, lo empieza a criticar. No están listos para creer y seguir sus palabras, cuando les reprocha su prudencia humana y sus ideas preconcebidas. No es extraño a nuestra propia experiencia: tendemos también a elegir lo que nos gustaría o no nos gustaría creer. Jesús deja bien claro que la fe es un regalo de Dios: “Nadie puede venir a mí si mi Padre que me envió no lo atrae”. ¡Tenemos que sentir la atracción por Jesús! De lo contrario, cualquier tío-vivo, carrusel psicodélico o feria de la plaza nos llamará más la atención que este Pan de vida eterna.

Finalmente, y con la fe robustecida y purificada, entonces estamos preparados para comer de este Pan y nuestra alma tendrá vida; creceremos en fe, esperanza, amor a Dios; amor, justicia y solidaridad con los demás. Si comemos el Cuerpo de Cristo, no moriremos para siempre; viviremos para siempre después de la muerte, pues la Eucaristía es prenda de la gloria futura. La semana pasada contemplamos la Eucaristía como sacrificio; sacrificio incruento de Cristo, actualizado en la santa misa. Hoy damos un paso más: la Eucaristía también es prenda de la gloria final. El que la recibe como corresponde, vivirá para siempre. No quiere decir, lógicamente, que la recepción de la Eucaristía nos ahorre la muerte corporal. Nosotros comulgamos con frecuencia, y a pesar de todo un día moriremos. Acá se trata de la muerte espiritual, de la muerte eterna. El Pan que desciende del cielo nos libra de esa muerte y nos da la vida que no perece. Todo alimento nutre según sus propiedades. El alimento de la tierra alimenta para el tiempo. El alimento celestial, que es Cristo, Pan bajado del cielo, alimenta para la vida eterna. Nuestro Horeb es el cielo. Hasta allí, hasta ese umbral, nos acompañará el Pan bajado del cielo.

Para reflexionar: ¿Cuáles son mis motivaciones para recibir la Santa Comunión? ¿Disfruto de este banquete de la Eucaristía? ¿Cada día crece mi fe en la Eucaristía?

Para rezar: Gracias, Señor, por tu Eucaristía que no sólo nos acompaña en nuestra peregrinación al cielo, sino que, en cierto modo, ya desde ahora siembra algo de “cielo” en nuestro interior. Señor, dame conciencia de que en la Sagrada Comunión te recibo a Ti resucitado y glorioso; y me aplicas el fruto de tu Pasión y me comunicas el germen de tu resurrección. Me da alegría lo que me dice san Gregorio de Nisa: “al recibirte, me conviertes en principio de resurrección, frenando en Ti la descomposición de mi naturaleza”. Tú eres, Señor, el remedio de inmortalidad, como decía san Ignacio de Antioquía. Y yo lo creo.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]ies.org

 


Publicado por verdenaranja @ 14:00  | Espiritualidad
 | Enviar
Domingo, 05 de agosto de 2018

 “Jesús vino a traernos algo más para abrirnos a una nueva existencia, a un horizonte más amplio”, ha dicho el Papa Francisco en el Ángelus que presidió desde la ventana del despacho que da a la Plaza San Pedro este soleado domingo ante 20.000 personas. (ZENIT – 5 agosto 2018)

Queridos hermanos y hermanas. Buenos días.

En estos últimos domingos la liturgia nos ha mostrado la imagen llena de ternura de Jesús que sale al encuentro de las multitudes y sus necesidades, en el pasaje del evangelio de hoy (Jn 6, 24-35) la perspectiva cambia es la multitud alimentada por Jesús la que va nuevamente en busca de Él, va al encuentro de Jesús. Pero para Jesús no es suficiente que la gente lo busque, Él quiere que la gente lo conozca, quiere que la búsqueda y el encuentro con Él vaya más allá de la satisfacción inmediata de las necesidades materiales.

Jesús vino a traernos algo más para abrir una nueva existencia a un horizonte más amplio que las preocupaciones diarias de nutrición, vestimenta y de la carrera y así sucesivamente.

Por tanto, volviéndose hacia la multitud exclama. Ustedes no me buscan porque han visto señales sino porque han comido de esos panes y se han saciado (v 26). Así Jesús anima a las personas a dar un paso adelante, a preguntarse sobre el significado del milagro, no solo aprovecharse de Él. De hecho, la multiplicación de los panes y los peces es un signo del gran regalo que el padre le ha dado a la humanidad y que es Jesús mismo.

Él es el verdadero “pan de vida” (v 30) que quiere satisfacer no solo a los cuerpos sino también a las almas, dando el alimento espiritual que puede satisfacer el hambre mas profunda. Es por eso por lo que nos invita e invita a las multitudes a procurarse no el alimento que no dura, sino aquel que permanece para la vida eterna (v 27).

Es un alimento que Jesús nos da todos los días: su Palabra, su Cuerpo, su Sangre. La multitud escucha la invitación del Señor, pero no entiende su significado como a menudo nos sucede a nosotros y le preguntan: “¿qué debemos hacer para cumplir con las obras de Dios?” (v 28). Los oyentes de Jesús piensan que Él les pide que cumplan con los preceptos para obtener otros milagros como la multiplicación de los panes.

Es una tentación común, esto de reducir la religión a la práctica de las leyes: proyectando en nuestra relación con Dios la imagen de la relación entre los sirvientes y su amo, los sirvientes deben realizar las tareas que el maestro ha asignado para poder obtener su benevolencia, eso lo sabemos todos. Por eso la gente quiere saber de Jesús que acciones deben hacer para agradar a Dios. Pero Jesús da una respuesta inesperada, esta es la obra de Dios, “creer en el que Él ha enviado” (v 29). Estas palabras están dirigidas hoy, también a nosotros, la obra de Dios no consiste en “hacer” cosas sino en “creer”, en creer en aquel a quien Él ha enviado, o mas bien, la fe en Jesús nos permite hacer las obras de Dios, si nos dejamos envolver en esta relación de amor y confianza con Jesús podremos hacer buenas obras que tengan el perfume del Evangelio, para el bien y las necesidades de los hermanos.

El Señor nos invita a no olvidar que, si bien es necesario preocuparse por el pan material, es aún más importante cultivar nuestra relación con Él, fortalecer nuestra fe en Él que es el Pan de Vida venido para saciar nuestra hambre de verdad, nuestra hambre de justicia, nuestra hambre de amor.

 


Publicado por verdenaranja @ 21:29  | Habla el Papa
 | Enviar

El Papa Francisco ha continuado el ciclo de catequesis sobre los Mandamientos en la audiencia general, celebrada esta mañana, 1 de agosto de 2018, en el Aula Pablo VI, y ha reflexionado sobre los ídolos, deteniéndose en el primer mandamiento: «No tendrás otros dioses antes que a mí» (Ex 20,3). (ZENIT – 1 agosto 2018)

Hemos escuchado el primer mandamiento del Decálogo: “No tendrás otros dioses delante de mí” (Éx 20: 3). Es bueno detenerse en el tema de la idolatría, que es de gran importancia y actualidad.

El mandamiento prohíbe hacer ídolos o imágenes de cualquier tipo de realidad: todo, de hecho, puede usarse como un ídolo. Estamos hablando de una tendencia humana que no perdona ni a los creyentes ni a los ateos. Por ejemplo, nosotros los cristianos podemos preguntarnos: ¿cuál es realmente mi Dios? ¿Es Amor Uno y Trino o es mi imagen, mi éxito personal, tal vez dentro de la Iglesia?. “La idolatría no se trata solo de los falsos cultos del paganismo. Sigue habiendo una constante tentación de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2113)

¿Qué es un “dios” en el plano existencial? Es lo que está en el centro de la vida y de lo que uno depende y piensa. Uno puede crecer en una familia nominalmente cristiana, pero centrada, en realidad, en puntos de referencia ajenos al Evangelio. Los seres humanos no viven sin enfocarse en algo. Entonces aquí el mundo ofrece el “supermercado” de ídolos, que pueden ser objetos, imágenes, ideas, roles. Por ejemplo, incluso la oración. Debemos orar a Dios, nuestro Padre.

Recuerdo que una vez fui a una parroquia en la diócesis de Buenos Aires para celebrar una misa y luego tuve que hacer las confirmaciones en otra parroquia a una distancia de un kilómetro. Fui, caminando, y pasé por un parque, lindo. Pero en ese parque había más de 50 mesas cada una con dos sillas y personas sentadas una frente a la otra. ¿Qué hacían? Jugar al tarot. Fueron allí a “rezar” al ídolo. En lugar de orar a Dios por la providencia del futuro, fueron allí para que les lean las cartas para ver el futuro. Esto es una idolatría de nuestros tiempos. Os pregunto: ¿cuántos de ustedes han ido a que les lean las cartas para ver el futuro? ¿Cuántos de ustedes, por ejemplo, han ido a que les lean sus manos para ver el futuro, en lugar de orar al Señor? Esta es la diferencia: el Señor está vivo; los otros son ídolos, idolatrías que no sirven.

¿Cómo se desarrolla una idolatría? El mandamiento describe las fases: «No te convertirás en un ídolo o una imagen […]. / No te inclinarás a ellos / y no los servirás “(Éx 20: 4-5).

La palabra “ídolo” en griego deriva del verbo “ver”. Un ídolo es una “visión” que tiende a convertirse en una obsesión. El ídolo es en realidad una proyección de uno mismo en objetos o proyectos. Por ejemplo, esta dinámica usa publicidad: no veo el objeto en sí, pero percibo ese automóvil, el teléfono inteligente, ese rol u otras cosas como un medio para alcanzar y responder a mis necesidades esenciales. Y lo estoy buscando, estoy hablando de eso, pienso en eso; la idea de poseer ese objeto o realizar ese proyecto, llegar a esa posición, parece una forma maravillosa de alcanzar la felicidad, una torre para alcanzar el cielo (véase Gen11,1-9), y todo se vuelve funcional para ese objetivo.

Luego entras en la segunda fase: “No te inclinarás ante ellos”. Los ídolos exigen un culto, de rituales; a ellos nos postramos y sacrificamos todo. En la antigüedad, los sacrificios humanos se hacían a ídolos, pero también hoy: para hacer carrera, sacrifican a sus hijos, los descuidan o simplemente no los generan; la belleza llama al sacrificio humano. ¡Cuántas horas frente al espejo! Algunas personas, algunas mujeres, ¿cuánto gastan en el maquillaje? Esto también es una idolatría. No está mal usar maquillaje; pero de una manera normal, no convertirse en una diosa. La belleza llama al sacrificio humano. La fama exige la inmolación de uno mismo, la propia inocencia y autenticidad. Los ídolos piden sangre. El dinero roba la vida y el placer conduce a la soledad. Las estructuras económicas sacrifican vidas humanas por mayores ganancias.

Pensemos en tantas personas sin trabajo. ¿Por qué? Porque a veces sucede que los empresarios de esa compañía, esa empresa, han decidido despedir a las personas para ganar más dinero. El ídolo del dinero. Uno vive en hipocresía, haciendo y diciendo lo que otros esperan, porque el dios de su afirmación lo impone. Y las vidas se arruinan, las familias se destruyen y los jóvenes quedan en manos de modelos destructivos, solo para aumentar las ganancias.

La droga también es un ídolo. ¿Cuántos jóvenes arruinan la salud, incluso la vida, adorando a este ídolo de las drogas? Aquí viene la tercera y más trágica etapa: “Y no les servirás”, dice. Los ídolos esclavizan. Prometen la felicidad pero no la dan; y nos encontramos viviendo para esa cosa o esa visión, atrapados en un vórtice autodestructivo, esperando un resultado que nunca llega.

Queridos hermanos y hermanas, los ídolos prometen vida, pero en realidad la quitan. El verdadero Dios no pregunta por la vida sino que la da, la regala. El verdadero Dios no ofrece una proyección de nuestro éxito, pero nos enseña a amar. El verdadero Dios no pide hijos, pero él da a su Hijo por nosotros. Los ídolos proyectan hipótesis futuras y hacen que se desprecie el presente; el verdadero Dios nos enseña a vivir en la realidad de cada día, concretamente, no con ilusiones sobre el futuro: hoy y mañana y pasado mañana, caminando hacia el futuro.

La concreción del verdadero Dios contra la liquidez de los ídolos. Te invito a pensar hoy: ¿cuántos ídolos tengo o cuál es mi ídolo favorito? Porque el reconocimiento de las idolatrías es un comienzo de gracia y se pone en el camino del amor. De hecho, el amor es incompatible con la idolatría: si algo se vuelve absoluto e intocable, entonces es más importante que un cónyuge, un niño o una amistad. El apego a un objeto o una idea nos hace cegarnos al amor. Y así, para ir tras ídolos, a un ídolo, incluso podemos negar el padre, la madre, los hijos, la esposa, el cónyuge, la familia… las cosas más caras. El apego a un objeto o una idea nos hace cegarnos al amor. Llevad esto en vuestro corazón: Los ídolos roban nuestro amor, los ídolos nos ciegan al amor y, para amar verdaderamente, debemos ser libres de ídolos.

© Traducción de Zenit, Rosa Die Alcolea


Publicado por verdenaranja @ 21:24  | Habla el Papa
 | Enviar

Reflexión a las lecturas del domingo dieciocho del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 18º del T. Ordinario B

 

Después de la multiplicación de los panes, la gente estaba exaltada. Y decían: “Éste sí que es el Profeta, que tenía que venir al mundo”. Y comentaban entre ellos: ¿Y ahora qué hacemos? Primero, proclamarlo rey. Y después, disfrutar del “pan” que Él nos da”.

Por eso lo andan buscando. Y Jesús lo sabe.

     Es lo mismo de siempre: Un mesianismo regio, temporal, triunfal…, pero que satisface, que merece la pena.

        Jesús les habla de otro mesianismo, de otro quehacer: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre; pues a éste lo ha sellado el Padre, Dios.”  

 Y Jesucristo les dice que el trabajo que Dios quiere, consiste en “creer en el que Él ha enviado”.

     Por tanto, tienen que buscar otro pan, otro trabajo, otro reino. ¡Tienen que creer que Jesús es el Mesías!

Y terminan por decirle: “¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del Cielo les dio a comer”. En la primera lectura se nos narra este acontecimiento.

    Los judíos no le piden a Cristo otro milagro, como el que acaban de ver, sino “el milagro”, “el signo”, “la obra”, que tiene que realizar, para demostrar que Él es el Enviado, el Mesías. Entonces, creerán en Él.

    Y es impresionante constatar que “el gran signo”, “la gran obra” de Jesús, es la Eucaristía, el misterioso “Pan del Cielo”, del que nos habla. Y nos da la razón: “Porque el Pan de Dios es el que baja del Cielo y da  vida al mundo”. El maná no puede dar  vida al mundo. Además, con la entrada en la tierra prometida, se acabó su existencia, su misión.

Jesucristo, por tanto, contrapone el maná, el pan de Moisés, al verdadero Pan del Cielo, que es “el gran don” del Padre, “el gran signo” de que Él es el Enviado.

    Por tanto, ¡la Eucaristía tiene que ser siempre una llamada a la fe y a la vida en Cristo!

     Ellos entienden perfectamente que se trata de otro pan distinto al de Moisés, y le dicen: “Señor, danos siempre de ese pan”.

      Y Jesús concluye contestándoles: “Yo soy el Pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”.

      ¡Qué impresionante es todo esto!

      Por tanto, el que quiera vivir,  y vivir en plenitud, ya sabe donde se encuentran las fuentes de la verdadera vida. 

      Por eso, el sacerdote proclama en la Eucaristía: “Este es el Sacramento (el Misterio) de nuestra fe”. Y, al invitarnos a comulgar, también proclama: “Dichosos los invitados a la Cena del Señor”.

     De este modo, podremos llevar a la práctica la exhortación de S. Pablo (2ª lect.): El cristiano tiene que distinguirse de los gentiles, que andan “en la vaciedad de sus criterios”, porque ¡ser cristiano es ser diferente!

      Por ello, y para ello, le decimos siempre a Jesucristo, presente en la Eucaristía: “Señor, danos siempre de ese Pan”.                      

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


Publicado por verdenaranja @ 21:00  | Espiritualidad
 | Enviar

El Santo Padre Francisco se encontró con más de 60.000 monaguillos y acólitos en la plaza de San Pedro, en el Vaticano, el pasado 31 de julio de 2018, quienes participaron en la XII Peregrinación Internacional de los Ministros del altar de la Asociación Coetus Internationalis Ministrantium (CIM), en marcha en Roma del 30 de julio al 3 de agosto y cuyo lema, inspirado por el versículo 14 del Salmo 34, es: Busca la paz y persíguela. (ZENIT – 3 agosto 2018)

“Haced todo para gloria de Dios”: Así nos exhorta San Pablo en la lectura recién escuchada. Sirviendo a la gloria de Dios en todo lo que hacemos y el criterio decisivo para nuestras acciones, la síntesis máxima de lo que significa vivir la amistad con Jesús. Es la indicación que nos orienta cuando no estamos seguros de qué es lo correcto; nos ayuda a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros, que habla en nuestra conciencia porque podemos discernir su voluntad. La gloria de Dios es la aguja de la brújula de nuestra conciencia.

San Pablo nos habla también de otro criterio: esforzarse por complacer a todos en todo porque ellos vienen a la salvación. Somos todos hijos de Dios, tenemos los mismos deseos, sueños e ideales. A veces, alguien está desilusionado, y somos nosotros quienes podemos reavivar la luz, transmitir un poco de buen humor. Por lo tanto, es más fácil llevarse bien y atestiguar en la vida cotidiana el amor de Dios y la alegría de la fe. Depende de nuestra coherencia que nuestros hermanos reconozcan a Jesucristo, el único salvador y la esperanza del mundo.

Quizás vosotros os preguntéis: “¿Cómo puedo hacerlo? ¿No es una tarea demasiado difícil?”. Es verdad, es una gran misión, pero es posible. Mas San Pablo nos anima: “Haceos imitadores míos, como yo lo soy de Cristo”. Sí, podemos vivir esta misión imitando a Jesús como lo hicieron el apóstol Pablo y todos los santos. Miremos a los santos, ellos son el Evangelio vivido, porque han podido traducir el mensaje de Cristo en sus vidas. El santo de hoy, Ignacio de Loyola, que como joven soldado estaba pensando en su propia gloria, en el momento correcto, se sintió atraído por la gloria de Dios, y descubrió que existe el centro y el sentido de la vida. Seamos imitadores de los santos; hacemos todo para la gloria de Dios y para la salvación de nuestros hermanos. Pero, tened cuidado y recordad: en este camino de seguir a los santos, en este camino de santidad, no hay lugar para los jóvenes perezosos. ¡Gracias!

© Traducción de Zenit, Rosa Die Alcolea

 


Publicado por verdenaranja @ 20:52  | Habla el Papa
 | Enviar