Viernes, 23 de noviembre de 2018

Reflexión a las lecturas del domingo de la solemnidad de Cristo Rey del Universo ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 34ª del T. Ordinario B

 

          Por fin, hemos llegado al término del camino, del Año Litúrgico. El próximo domingo  comenzaremos uno nuevo, por el Adviento.

          Cuando se ha tomado todo este tiempo con seriedad y responsabilidad, se llega al último domingo con alegría, con gratitud y con una cierta señal de alivio.

          La Liturgia centra hoy nuestra atención en Cristo Rey del Universo. De esta forma, en estas fechas en las que recordamos y celebramos su Segunda Venida, como comentábamos el domingo pasado, esta solemnidad nos enseña cuál va a ser el final de la historia humana: La manifestación plena y gloriosa del Reinado de Cristo; Reinado que también es nuestro, como escuchamos en la segunda lectura de hoy: “Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su Sangre, nos ha convertido en un Reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre…”

          La afirmación de Cristo de que es Rey, cuando está ante Pilato detenido, maniatado e imposibilitado, es la prueba más evidente de  que su Reino no es de aquí, de este mundo.

          El Hijo de Dios vino a la tierra, precisamente, a iniciar aquí, el Reino de los cielos; y los que acogían su Palabra, se iban incorporando al Reino. Los que la rechazaban, se  quedaban fuera.

       El prefacio de la Liturgia de hoy habla de “un Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz”; y coloca el origen de ese Reinado sobre toda la Creación, en la Cruz del Señor. 

          Me parece que lo primero que se nos pide, en esta solemnidad, es una firme y decidida adhesión personal a Jesucristo por la fe, la renovación del Bautismo, y la voluntad de perseverar fieles en su seguimiento, aún en medio de las mayores dificultades, hasta el fin, es decir, hasta su Vuelta Gloriosa, animados por el ejemplo de aquellos, que, en la persecución religiosa de España, entregaron su vida a Jesucristo, al grito de “¡Viva Cristo Rey”.

          Todo esto nos urge también a esforzarnos por extender su Reino, como Jesús nos mandó (Mc 16, 15-17). De este modo, se hará realidad en plenitud, lo que escuchamos en la primera lectura: “Y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron”.

           A veces nos da la impresión de que Jesús, el Señor, no reina en distintos lugares, personas, instituciones y situaciones de la vida y de la historia. El  ritmo de crecimiento del Reino nos parece, muchas veces, muy lento. Pero el Reino de Cristo, como decíamos, no es visible, no es de este mundo, y cada uno de nosotros tenemos que entregarnos a su servicio, de acuerdo con nuestra vocación y los dones recibidos, especialmente,  en la circunstancias ordinarias de la vida.

          ¡Cuántas gracias debemos dar al Señor porque ha querido compartir con nosotros su Reinado y nos concede la gracia de celebrar hoy esta fiesta tan hermosa!

          En medio de las dificultades, que nunca faltan en nuestra condición de peregrinos, le podemos decir este día a Jesucristo, con una inmensa e invencible confianza: “Tú eres el Rey del Universo. Tú eres el Señor de la Historia. Tú eres nuestro Rey. Tú conoces el corazón de cada uno. Tú lo sabes todo. Llévanos a tu Reino eterno. Amén. Aleluya”.                                             

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 17:43  | Espiritualidad
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