Jueves, 08 de noviembre de 2018

Subsidio litúrgico para el Día de la Iglesia Diocesana 2018, remitido por el Departamento de Comunicación de la Diócesis de Tenerife

Día de la Iglesia Diocesana 2018
«Somos una gran familia contigo»

Monición de entrada

Siempre que nos reunimos a celebrar la eucaristía lo hacemos como Iglesia. La eucaristía es el centro de la Iglesia y de ella vive y crece. Pero hoy, queremos hacer resonar en nuestro corazón ala Iglesia diocesano que nos invita a formar una gran familia contigo. Recemos durante esta celebración por nuestra diócesis, por nuestra parroquia, por nuestro obispo, por los sacerdotes, por las vida consagrada, por todos los laicos... por todos los que formamos esta gran familia.

Monición a las lecturas

I R 17,10-16: La viuda hizo un panecillo y lo llevó a Elías.
Sal 145,7.8-9a.9bc-10: Alaba, almo mía, al Señor.
Hb 9,24-28: Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. Mc 12,38-44: Esa pobre viuda ha echado más que nadie.

La lectura de libro de los Reyes nos presenta a una viuda que comparte con Elías lo necesario para vivir. Un gesto que no queda estéril en las monos del Señor.

La carta a los Hebreos nos recuerda el sacerdocio de Cristo que ofreció su vida por la salvación de los hombres. Jesucristo sigue ejerciendo su sacerdocio intercediendo por nosotros el cual se ofreció una solo vez para quitar los pecados del mundo.

El evangelio de Marcos nos presenta de nuevo a una viuda que comparte de lo necesario para vivir. Esta mujer vive su donación y entrega total dentro de su comunidad sabiendo que toda ofrenda a Dios vuelve en beneficio de los hermanos.

Monición a la colecta

En este día de la Iglesia Diocesana, donde se nos invita a ser una gran familia, presentamos en el altar los proyectos e ilusiones de nuestra comunidad. Como Cristo se ofrece en el altar, también nosotros entregamos nuestra vida para que él nos transforme. Especialmente, vamos a presentar en este momento nuestra aportación económica


Monición final

Las lecturas de este día y la celebración del día de la Iglesia diocesana nos han invitado a formar parte de una gran familia donde todos colaboramos entregando nuestro tiempo y comprometiéndonos en sus actividades. Hoy tú puedes colaborar con tu parroquia de muchas formas.


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S?bado, 03 de noviembre de 2018

Comentario litúrgico del 31º Domingo Ordinariopor el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. octubre 30, 2018 (zenit)

DOMINGO 31 DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo B

Textos: Dt 6, 2-6; Heb 7, 23-28; Mc 12, 28b -34

Idea principal: “Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas… y a tu prójimo como a ti mismo”.

Síntesis del mensaje: Los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) nos recuerdan este mandamiento primero. Según Mateo y Marcos, es Jesús quien resume la ley en los dos mandamientos; según Lucas, fue el doctor de la ley quien lo hizo y Jesús lo aprobó. Este era un tema que apasionaba a los espíritus religiosos de la época. La ley de Moisés se había ido llenando de preceptos, explicaciones, reinterpretaciones. Urgía pues saber qué era lo esencial entre tantas reglas.

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, cuenta la tradición judía –que no la Biblia- que por los años del siglo XIII a.C., Moisés, libertador, legislador y profeta del pueblo de Dios en la esclavitud, subió a las cumbres del Sinaí para entrevistarse con Dios y que Dios le dio 365 mandamientos negativos, “No harás”, -tantos como días tiene el año solar-, y 248 mandamientos positivos, “Harás”, -tantos como generaciones desde Adán y Eva hasta aquel entonces. Total, 613 mandamientos. Demasiados. Por eso, en el siglo XI a.C., David, rey de Judá-Israel y profeta del Altísimo, redujo los seiscientos trece mandamientos a once (Sal 15). En el siglo VIII a.C., el profeta Isaías redujo los once a seis (Is 33, 15). Ese mismo siglo el profeta Miqueas los redujo a tres (Miq 6,8), de nuevo Isaías de tres a dos ( Is 66,1) hasta que en el siglo VII a.C. el profeta Habacuc redujo los dos a uno. Este: “El santo vivirá por su fidelidad” (Hab 2,4). Donde “su” se refiere a Dios. O sea, los profetas, que tienen hilo directo con Dios, buscaron lo esencial de la religión, de la moral y del culto, y dijeron que es el amor a Dios por un lado y a los hombres por otro. Al fin llegó Jesús y dijo: amar a Dios es amar a los hombres y amar a los hombres es practicar con ellos el respeto, la verdad y la justicia.

En segundo lugar, pero ¿qué es amar a Dios? ¿Por qué y para qué debemos amar a Dios? ¿Cómo debemos amar a Dios? ¿Dónde y cuándo debemos amar a Dios? Dice la Didajé, el documento más importante de la era post-apostólica y la más antigua fuente de legislación eclesiástica que poseemos: “Hay dos caminos: uno de la vida, y otro de la muerte; pero muy grande es la diferencia entre los dos caminos. El camino de la vida, pues, es éste: Primero, amarás a Dios que te creó; y segundo, a tu prójimo como a ti mismo. Y todo lo que no quieras que te suceda a ti, tú tampoco lo hagas a otro… El camino de la muerte, en cambio, es éste: Sobre todo es malo y lleno de maldición: los asesinatos, adulterios, concupiscencias, fornicaciones, hurtos, idolatrías, brujerías, preparación de venenos, rapiñas, falsos testimonios, hipocresía, doblez de corazón, dolo, malicia, orgullo, avaricia, conversaciones torpes, envidia, espíritu atrevido, altanería, ostentación”. Respondamos las preguntas que puse al inicio de este segundo punto: Amar a Dios significa darle todos los latidos de nuestro corazón desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, pues Él es nuestro Padre. Debemos amar a Dios porque Él nos amó primero, creándonos, redimiéndonos y nos está santificando a través de su Espíritu. Debemos amarlo con todo lo que somos y tenemos: mente, afectos, voluntad. Debemos amarlo cumpliendo sus mandamientos y sobre todo, amando a nuestros hermanos, que también son hijos de Dios. Sólo así le manifestaremos nuestra gratitud y nuestro cariño de hijos, de creaturas amadas por Él.

Finalmente, y, ¿quién es mi prójimo? ¿Qué es amar al prójimo? ¿Por qué debemos amar al prójimo? ¿Cómo debemos amar al prójimo? ¿Dónde y cuándo debemos amar al prójimo? Respondamos a estas preguntas: Mi prójimo es toda la gente del mundo.

Mi prójimo es mi esposo, mi esposa, mis hijos, los suegros, los parientes, los amigos, los vecinos, los de mi pueblo, los del pueblo de al lado, mis compañeros de trabajo, mis empleados, mi jefe. Mi prójimo es también, el que no me cae bien, el que me ha hecho alguna maldad, el que habla mal de mí. Debemos amar al prójimo porque es nuestro hermano, creado por Dios, redimido por Cristo, santificado por el Espíritu. Debemos amarlo con estas características que san Pablo enuncia en su primera carta a los corintios: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso.No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad.Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Co 13, 4-7). Debemos amar al prójimo siempre y en todo lugar, sin medida, a ejemplo de Cristo que nos amó y se entregó por todos nosotros. Es tan importante amar al prójimo que el apóstol san Pablo nos dice: «El que ama al prójimo ha cumplido la ley. En efecto, lo de: no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarásy todos los demás preceptos, se resumen en esta fórmula: amarás a tu prójimo como a ti mismo. La caridad no hace mal al prójimo. La caridad es, por tanto, la ley en su plenitud» (Rm13, 8-10).

Para reflexionar: Cuando al final de la jornada de cada día hagamos el examen de conciencia, preguntémonos: ¿He amado hoy, o me he buscado a mí mismo? ¿Por qué me cuesta amar al prójimo? ¿Lo amo como Jesús lo ama, con un amor misericordioso, paciente? Pensemos en esa frase de san Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida, te examinarán del amor”.

Para rezar: Señor, dame una señal de que me quieres; hazme hacer la experiencia del amor filial para que mi corazón se dilate y yo corra –antes que arrastrarme- por la vida de tus mandamientos (cf. Salm 119, 32). Haz que yo te ame por encima de todas las cosas y que ame a todas las cosas en Ti; que no haya en mi corazón “otro Dios salvo tú”, ningún ídolo o “dios extranjero” que provoque tus justos celos. Haz que te ame, Señor. Y en Ti, por Ti y como Tú, ame también a mi hermano.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

octubre 30, 2018 14:09Espiritualidad y oración

 


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Reflexión a las lecturas del domingo treintaiuno del Tiempo Ordinario B ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 31º del T. Ordinario B

 

          Era normal que aquel escriba le preguntara a Cristo por el mandamiento principal de la Ley. En la época de Jesús todo se había complicado, y los judíos contaban hasta 613 preceptos. "Una carga que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar", decía S. Pedro (Hch 15, 10)

          Los maestros de la Ley discutían entre sí sobre el principal de todos los mandamientos, y era lógico que quisieran conocer la opinión de Jesús, en aquel ambiente de hostilidad, propio de los días previos a su Pasión.

          Jesús le recuerda la “Shemá”, que los judíos recitan varias veces al día, y que hemos escuchado en la primera lectura: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”.

          Y, además, le dice que el segundo mandamiento, en orden de importancia, es “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

          Pero hay que tener en cuenta que Jesús habla con un judío acerca de la ley judía. Los cristianos formulamos el mandamiento segundo como Jesús  nos enseñó: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

          Estamos acostumbrados a formular el primer mandamiento de un modo más sencillo (amarás a Dios sobre todas las cosas), pero es importante recordar alguna vez “la Shemá” que expresa mejor la realidad del mandamiento primero, y recogen también nuestros catecismos.

          La tentación constante de Israel era la idolatría, rodeado como estaba de pueblos idólatras. Y, de alguna manera, es la tentación del hombre de todos los tiempos. Los dioses son ahora distintos, pero la idolatría es muy parecida.

          Por eso, lo primero es señalar de qué dios hablamos, en qué dios creemos, a qué dios hemos de amar. Dice el texto: “El Señor, nuestro Dios, es el único Señor”.

          Y a este Dios tenemos que amarlo, no de cualquier manera, sino con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser, como corresponde al Dios único, al Señor del Universo y de la Historia.

          Decíamos antes que los cristianos formulamos el segundo mandamiento de modo distinto, pero amar al prójimo como a nosotros mismos supone ya una gran exigencia y una gran elevación moral.

          ¡Cómo y cuánto nos queremos a nosotros mismos! Si somos capaces de amar al prójimo de esta manera, ya hacemos mucho, aunque nos quede todavía un largo camino.

          Por eso nos quedamos tan extrañados cuando oímos decir: “Yo no tengo pecados”.

          ¿Es que cumplimos ya perfectamente estos dos mandamientos, que resumen la Ley y los Profetas? (Mt 22, 40) ¿Amamos ya a Dios con todo el corazón, con todas las fuerzas, con toda el alma, con todo el ser? ¿Y a los hermanos, como Cristo nos amó?  ¿Para qué engañarnos y no ser sinceros?  (1 Jn 1, 8).

          Se ha dicho que la felicidad se encuentra en amar y sentirse amado. Es la dicha que quiere el Señor para nosotros y que tiene su cima y su raíz en el cumplimiento de sus mandatos. En la primera lectura escuchamos: “Para que te vaya bien y crezcas en número”.

          ¿Y dónde encontraremos la ayuda y la fortaleza que necesitamos?

          En Cristo, “que tiene el sacerdocio que no pasa”, como escuchamos en la Carta a los Hebreos (2ª Lect.)

          Y ya sabemos: en la oración y en los sacramentos, especialmente, en la Eucaristía, encontra-mos ayuda sobreabundante.

          En resumen, proclamemos con el salmo responsorial: “Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza”.                                      

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!

 


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DOMINGO  31º DEL T. ORDINARIO  B    

MONICIONES    

 

PRIMERA LECTURA

          En la primera lectura, escucharemos una exhortación de Moisés a cumplir los mandatos del Señor para que les vaya bien en la tierra prometida, y la formulación del primer mandamiento de la Ley, que Jesús recordará en el Evangelio. 

 

SEGUNDA LECTURA

          Continuamos escuchando fragmentos de la Carta a los Hebreos, sobre el Sacerdocio de Cristo. Hoy  se nos presenta la supremacía del Sacerdocio y del Sacrificio de Cristo, ofrecido de una vez para siempre. 

 

TERCERA LECTURA

           Jesús responde a una cuestión que interesaba mucho a los entendidos en la Ley de su tiempo: ¿Cuál es el mandamiento más importante?

          Pero antes de escuchar la Palabra del Señor, cantemos el aleluya. 

 

COMUNIÓN

          El amor de Jesucristo por nosotros ha llegado al extremo de convertirse en Pan del Cielo, alimento de vida eterna, para que no nos falte la ayuda que necesitamos para cumplir sus mandatos. De este modo, nos irá bien y seremos felices como Él quiere, ahora, en el tiempo, y después, en la eternidad. 


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