Viernes, 11 de enero de 2019

Comentario litúrgico en la Fiesta del Bautismo de Jesús  por Mons. Enrique Díaz Díaz: ‘Hijo amado de Dios’. enero 10, 2019 (zenit)

Fiesta del Bautismo de Jesús

Isaías 42, 1-4. 6-7: “Miren a mi siervo en quien tengo mis complacencias”

Salmo 28: “Te alabamos, Señor”

Hechos de los Apóstoles 10, 34-38: “Dios ungió con el Espíritu Santo a Jesús de Nazaret”

San Lucas 3, 15-16. 21-22: “Después del bautismo de Jesús, el cielo se abrió”           


Hijo de Dios

Hace un año, celebrábamos la fiesta del Bautismo del Señor, y resaltábamos la importancia de ser hijos de Dios. Después de casi un mes, se acercó a mi una mujer, de aproximadamente treinta años de edad, y me comentó: “Vengo a darle las gracias. El año pasado estaba yo completamente decepcionada. Las fiestas de Navidad en lugar de llenarme de alegría me sumieron en una profunda depresión y ya había decidido quitarme la vida. No le veía sentido, me sentía inútil, despreciada, sucia, sin valor. No sé por qué vine a la catedral. Usted insistió varias veces que hoy Papá Dios nos repetía a cada uno de nosotros: ‘Tú eres mi hijo amado, mi hija amada’. No sabe cómo penetraron esas palabras en mi corazón y tomé la decisión de enfrentar la vida como viniera puesto que Dios me amaba. Todavía me llegan las depresiones y no supero bien mis crisis, pero recuerdo esas palabras y me ayudan mucho. Gracias” Yo no recuerdo mucho qué dije ese día, ni he sabido qué sucedió después con esta persona, solamente sé que si pensamos seriamente en que somos hijos de Dios y que Él nos ama, nuestra vida tendrá otro sentido.

Manifestación de Jesús

El ciclo de la Navidad se cierra con la celebración del bautismo de Jesús que es una manifestación más de su persona. El nacimiento nos lo muestra como el “Dios-con-Nosotros”, el “Verbo Encarnado”, el “Verdadero Salvador”. La Epifanía nos abría nuevos horizontes con el universalismo de la salvación, es un Dios para todos, que rompe las barreras y hermana a todos los pueblos, “Luz que alumbra a todas las naciones”. El Bautismo de Jesús, como un preludio de su vida apostólica, nos muestra por una parte su vinculación y hermanamiento con todos los hombres que en el Bautismo de Juan buscaban el arrepentimiento y la conversión, pero por otra es la revelación de Jesús como Hijo de Dios y enviado del Espíritu Santo. Así al mismo tiempo que asume el bautismo de Juan, con agua, para la purificación según el uso judaico antiguo, muestra la gran diferencia  con el bautismo según el Espíritu, que transforma el corazón, dando una vida nueva. El Espíritu revela la verdadera identidad de Jesús y marca cuál es su misión en la historia.

Hijo amado de Dios

Aunque ya Juan el Bautista lo proclamaba como “otro más poderoso que yo, a quien no merezco desatarle las correas de sus sandalias”,es la voz del Padre Celestial y la confirmación por la presencia del Espíritu quienes dan la plena manifestación de la persona y de la tarea de Jesús. La declaración: “Tú eres mi Hijo, el predilecto; en ti me complazco”,ratifica la misión que realizará Jesús en la historia de la salvación. Jesús se compromete con entera libertad en la obra de Dios Padre, camina en la construcción de un Reino nuevo, donde los pobres y los olvidados tienen un lugar especial. El sentido del bautismo de Jesús es insertarse en el Proyecto de Dios Padre que quiere que todos tengan vida y la tengan en abundancia. Pero estas palabras y este proyecto no quedan sólo en Jesús, se extienden a todo ser humano que debe reconocerse y reconocer a los hombres y mujeres como “hijos predilectos de Dios”. Si nos miramos con verdaderos hijos de Dios no podemos tener complejos de inferioridad ni arrastrar a cuestas una vida considerada inútil. Si reconocemos que tenemos la dignidad de ser hijos de Dios, ahí radica toda la fuerza y vitalidad del creyente. Pero también nos compromete en el reconocimiento de los demás como verdaderos hijos de Dios con quienes tenemos que construir su sueño y su plan de salvación. Por eso, cuando realmente nos reconocemos como hijos de Dios, son absurdas tantos las tentaciones del desaliento, como las discriminaciones e injusticias en contra de los que participan de la misma filiación divina.

Participación trinitaria

La manifestación de Jesús como una persona de la Santísima Trinidad, tiene también una gran importancia para enseñarnos lo que acontece en el bautismo de cada creyente. Cada bautizado es recibido e invitado a vivir plenamente esta comunión trinitaria. Por eso son absurdos esos bautismos que queriendo hacerlos más solemnes, se hacen privados y especiales, pues rompen la comunidad y el sentido de hermandad que el bautismo nos otorga. El bautismo, siendo un compromiso muy personal, en nuestro caso asumido por los padres y padrinos, se sitúa como el inicio de un camino espiritual pero no puede quedarse en un ámbito interior, sino que implica una responsabilidad para con los demás, un reto de hacer de nuestro mundo, un mundo nuevo: el Reino de Jesús.

Bautizados en Cristo

Muchos miran el bautismo como una especie de iniciación social y casi como un pretexto para una reunión o fiesta familiar. Pero es mucho más, es el inicio de la participación de la vida divina. Otros lo miran como un requisito o un pasaporte a la eternidad, o como si fuera una credencial o un boleto que nos acredita para participar en eventos religiosos, pero el bautismo es más: un regalo de divinidad y un compromiso personal para sumarnos a la propuesta de Jesús. Cada día deberíamos renovar los compromisos bautismales. Bastaría que recordáramos las renuncias a vivir en un mundo de pecado, de egoísmo y de muerte, y asumiéramos los compromisos de creer en  un Dios Padre, de unirnos a su Hijo Jesús y de dejarnos conducir por Dios Espíritu Santo. Tendremos que renovar fuertemente este sentido bautismal tanto los padres y padrinos, como los propios bautizados. Por el Bautismo nos injertamos en el Cuerpo Místico de Jesús y nos hacemos templos del Espíritu Santo, no para vanagloriarnos en falsas dignidades, sino para asumir nuestro especial papel de discípulos y misioneros unidos a la misma misión de Jesús.

¿Qué sentido le hemos dado a nuestro bautismo? ¿Cómo estoy viviendo mi dignidad de Hijo de Dios? ¿Cómo construyo mi comunidad a semejanza del Dios Trino de cuya vida participamos por el bautismo? ¿Cómo respeto mi persona y la de los demás, sabiendo que es templo del Espíritu Santo?

Dios Padre Bueno, que en el bautismo de Jesús nos invitas a participar de tu vida Trinitaria, concédenos que, asumiendo con alegría nuestra dignidad de hijos tuyos, trabajemos en la búsqueda de la verdadera unión, armonía y paz de todos los pueblos. Amén

enero 10, 2019 16:56Espiritualidad y oración


Publicado por verdenaranja @ 13:45  | Espiritualidad
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