Viernes, 22 de febrero de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo séptimo del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

 Domingo 7º del T. Ordinario C

 

En medio del Sermón de la Llanura de S. Lucas, que comenzábamos el domingo pasado, el evangelista nos presenta hoy una página que a todos nos resulta, a veces, un tanto difícil de comprender y llevar a la práctica. Es el tema del perdón.

El Señor Jesús nos habla muchas veces del perdón; unas veces nos señala unos motivos, otras, otros. Hoy nos dice que, en este tema,  los cristianos tenemos que llevar un estilo de vida diferente, porque somos hijos del Altísimo, que es “bueno con los malvados y desagradecidos”. Y que tenemos que ser “compasivos como el Padre es compasivo”.

Esta cuestión tan compleja, que ha hecho tropezar tantos en la vida cristiana, hemos de situarla en un contexto más amplio: Lo fundamental e imprescindible del cristiano es el amor. El perdón es una de las expresiones más grandes de aquel amor, que “disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites” (1 Co 13, 7). Y hemos de hacer todos los esfuerzos para convencernos, de una vez para siempre, que si no tenemos amor, no somos nada y de nada nos sirve lo que hagamos, por grande que sea. Me gusta un canto que recoge esta doctrina de S. Pablo (1 Co, 13, 1-4).

Lo fundamental, por tanto, está en que no podemos presentarnos como cristianos, es decir como hijos de Dios, como discípulos de Jesucristo, y llevar una forma de vida diferente de la del Padre del Cielo, que se ha manifestado, especialmente, en Jesucristo, su Hijo, que ha venido para salvarnos y para enseñarnos a vivir como auténticos hijos de Dios, y, por tanto, como verdaderos hermanos. Por eso, me afecta mucho ver a gente de la Iglesia que se cierra a esta enseñanza fundamental del Señor.

Con mucha frecuencia recuerdo lo que S. Juan Pablo II nos enseña en la Encíclica “Dives in Misericordia”, (Dios)“Rico en misericordia”. Dice el Papa que no basta la justicia para resolver las cuestiones en la sociedad y en la Iglesia; que hace falta introducir el perdón y la misericordia (Cfr. D. in M., 12 y 14). Me parece que sin perdón y sin misericordia no puede subsistir ninguna realidad en la sociedad y en la Iglesia: Una familia, una comunidad religiosa, un grupo parroquial, una pequeña empresa… Se necesita del perdón y la misericordia, porque todos somos frágiles y, con mucha frecuencia, necesitamos del amor y del perdón de los demás.

Cuando me encuentro con alguna persona a la que le parece difícil perdonar, le recuerdo, entre otras cosas, a aquel obispo alemán (no sé su nombre), que dejó en su testamento que si había ofendido a alguien, le perdonara por amor a Jesucristo. El perdón es también teologal y se orienta a Dios, y se convierte en una ofrenda agradable a sus ojos, que miran siempre con agrado al que, como Él, practica la misericordia. Y conviene recordar que perdonar no supone que la ofensa no tenga importancia o que tenga menos importancia, o que el que la ha hecho no tenga tanta culpa, etc. Se trata de un ejercicio de amor a Dios y al hermano, que trasciende las realidades humanas. Se trata también de un servicio excelente al que ha ofendido y que, tal vez, está ya arrepentido y necesitado de recobrar por el perdón, la paz, especialmente, cuando ya ha perdido perdón.

La conocida expresión “yo perdono pero no olvido”, puede expresar que el perdón no es auténtico o también, la condición de nuestra naturaleza, que recuerda siempre, de un modo u otro, los hechos pasados. Pero hay que hacer todos los esfuerzos por comprender y por olvidar.

¡Cuánto nos queda que comentar sobre estos textos tan hermosos! Baste recordar que este es el camino para avanzar hacia la “civilización del amor”, de la que hablaba el Papa San Pablo VI.  

Termino con una oración a la Virgen, Maestra del perdón y la misericordia, que conocí hace mucho tiempo y que, entras cosas, dice:

“Santa María, Madre de Dios, consérvame un corazón de niño, puro y cristalino como una fuente…, fiel y generoso, que no olvide ningún bien ni guarde rencor por ningún mal…, un corazón grande e indomable, que con ninguna ingratitud se cierre, que con ninguna indiferencia se canse… Amén”.

 

¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 16:36  | Espiritualidad
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