Viernes, 16 de agosto de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo veinte del Tiempo Ordinario ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 20º del T. Ordinario C

    

          Pueden sorprendernos las palabras de Jesús de este domingo:

  • He venido a prender fuego en la tierra, y cuánto deseo que ya esté ardiendo.                         
  • Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustia sufro hasta que se cumpla!
  • ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división…
  • En la familia todos estarán divididos….

          Pero, por poco que reflexionemos, comprendemos enseguida lo que significan estas frases: Cristo viene a traer la paz, pero la paz verdadera, la que se basa en la verdad, la justicia, la libertad, el amor, como explicaba el papa San Juan XXIII en la encíclica “Pacem in Terris” (1963).

          Una paz que es el resultado de una relación adecuada con Dios, con los hermanos, con nosotros mismos, con toda la Creación.

          Una paz que nace de ese “bautismo” del que hoy nos habla el Señor, es decir, de su Pasión y Muerte de Cruz, y que tiene su sede y su fundamento en el corazón. “Él es nuestra paz”, escribía San Pablo (Ef 2, 14).

          Y la paz es un don. Para el israelita piadoso la paz era el conjunto de todos los dones divinos.

          Muchas veces la paz, que tenemos o que queremos, no es la verdadera paz. Hay muchas clases de paz. También hay una paz que se llama “la paz de los cementerios”.

          La verdadera paz choca con muchos intereses egoístas, con formas de pensar y de actuar que se oponen a la verdad y al bien, pero que, tal vez, nos agradan o nos interesan más; y entonces se produce la lucha, la discordia y el conflicto, a los que se refiere el Evangelio de hoy.

          ¿Y dónde comienza la lucha? En los que están más cerca, en la propia familia. Una lucha que radica dentro y fuera de nosotros.

          Es posible que, cuando Lucas escribía el Evangelio, los cristianos estuvieran siendo perseguidos,  y estas palabras del Señor les sirvieran de luz, fortaleza y consuelo. Y ya Él nos advirtió que el discípulo no puede ser más que su Maestro y que seríamos perseguidos como Él fue perseguido (Jn 15, 20).

          ¡He ahí, por tanto, el reino del bien y el reino del mal!

          Pero el reino del bien, de la paz verdadera, no se consigue por la fuerza ni por los poderes de este mundo. Se hace imprescindible la ayuda de Dios, que se obtiene, principalmente, en  la oración y en los sacramentos.          Y se suele decir que la paz del corazón es el don más grande que podemos recibir de Dios en esta vida. ¡Es la paz y la alegría del Espíritu Santo, que llenan el corazón!

          Contemplamos, en la primera lectura, cómo el profeta Jeremías es también perseguido y condenado injustamente, porque busca la verdadera paz. El profeta prefigura a Cristo, signo de contradicción (Lc 2, 34).

          La segunda lectura, de la Carta a los Hebreos, nos exhorta a correr en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en Jesús, porque la vida cristiana es eso: Una carrera, un combate, una lucha y un fuego que arde y se extiende. Y tenemos que hacernos a la idea de que es así, para no caer en la tentación de situarnos en la pasividad, la comodidad y la falta de compromiso, y llevar nuestro seguimiento Jesucristo sin la intensidad y el entusiasmo necesarios. Bien que lo entenderían aquellos cristianos, procedentes del judaísmo, a los que se dirige esta Carta,  que habían sido cruelmente perseguidos y que se encontraban en medio de muchas dificultades.

           La cuestión está en que la mayoría de los cristianos no estamos acostumbrados a tener proble-mas y dificultades por ser cristianos, a sufrir por el Evangelio, porque, normalmente, no nos encontra-mos en una situación de verdadera persecución, y, además, con mucha frecuencia se huye de todo lo que suponga dificultad, contradicción  o compromiso,  se disimula la verdad,  y se pacta con el mal. Sin embargo, el Señor y los apóstoles nos advirtieron con toda claridad que “todo el que quiera vivir piadosamente en Cristo Jesús, será perseguido” (2 Tim 3, 12)

          En resumen, este es el fuego que Cristo vino a traer a la tierra y que quiere ver siempre ardiendo.                                                                                  

                                                                                            ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 17:52  | Espiritualidad
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DOMINGO 20º DEL TIEMPO ORDINARIO C           

MONICIONES

 

PRIMERA LECTURA

            En la primera lectura, contemplamos al profeta Jeremías, perseguido por anunciar la Palabra de Dios y como signo de contradicción: Mientras unos le condenan, otros le salvan.

 

SALMO

            Con las palabras del salmo nos unimos al profeta Jeremías que alaba al Señor porque le ha escuchado y le ha salvado de la muerte.

 

SEGUNDA LECTURA

            El cristiano ha de tener en su vida el temple de un  campeón de carrera, fijos los ojos en el ejemplo de Jesús y de los santos.

  

TERCERA LECTURA

            El Evangelio nos presenta unas palabras de Jesús que, a primera vista, pueden parecernos extrañas.

            Escuchemos con atención y con fe. 

 

COMUNIÓN

            En la Comunión se nos ofrece la ayuda y la fuerza, que necesitamos, para superar las dificultades que nos pueda ocasionar nuestra pertenencia al Señor, y para vivir nuestra existencia cristiana de una manera auténtica, como Él nos enseñó. 

 


Publicado por verdenaranja @ 17:49  | Liturgia
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Viernes, 09 de agosto de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo diecinueve del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 19º del T. Ordinario C

 

     La Segunda Venida del Señor es un dato fundamental de nuestra fe. Lo profesamos en el Credo: “Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos y su Reino no tendrá fin”. Y también: “Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos”.

    Cada año lo recordamos y celebramos durante un tiempo largo: En las últimas semanas del Tiempo Ordinario  y en las primeras semanas de Adviento. En diversas ocasiones, a lo largo del año, también el Señor nos recuerda esta verdad. Es lo que sucede este domingo. Sin embargo es este un tema desconocido para grandes sectores del pueblo cristiano. No sucede, por desgracia, como en tiempos de los primeros cristianos, primera y segunda generación, cuando esto se vivía con una especial intensidad.

¿Y a qué viene el Señor?

A consumar y a llevar a su plenitud la Historia Humana, con la manifestación gloriosa de su Victoria, iniciada en su Resurrección y Ascensión.  Y toda la Creación renovada y transformada, participará para siempre de la gloria de los hijos de Dios (Rom 8, 19-24).

Entonces se acabará el sufrimiento y la muerte. “El último enemigo aniquilado será la muerte”, nos dice San Pablo (1 Co 15, 26).

Es también el día del Juicio Universal, en el que esperamos conseguir, por la misericordia de Dios, el premio a tantos trabajos y sufrimientos: “Los que hayan hecho el bien resucitarán para una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio” (Jn 5, 28-29). “Y así, estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4, 18). Porque “su Reino no tendrá fin”.  “Por siempre, siempre, siempre…”, que le gustaba repetir a Santa Teresa.

Por todo ello, los cristianos tenemos que vivir a la espera de este hecho glorioso, como el más importante y decisivo de la Historia.

Y con razón se nos dice que no sólo hemos de esperar sino desear, más todavía, anhelar, ese acontecimiento. Por eso, es lógico que lo primero que pidamos al Señor cuando viene al altar, en la Consagración de la Misa, es “Ven, Señor Jesús”.

Y, como no sabemos “el día ni la hora”, el Evangelio de este domingo nos recuerda la necesidad de estar preparados: “Ceñida la cintura, y encendidas las lámparas, como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame”. Y se establece una doble posibilidad: La de los criados, a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela, y la del criado, que piensa que el amo tarda en llegar, “y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, y a comer y beber y emborracharse”.

En medio del verano, encontramos aquí una ocasión privilegiada para la  reflexión, recordando estas enseñanzas del Señor,  y para revisar nuestra vida a la luz de esta gran verdad, que profesamos.

Cuentan que San  Antonio Abad recomendaba a sus monjes vivir cada día como si fuera el último día. Es una forma concreta de vivir preparados.        

                           

                                                                           ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:34  | Espiritualidad
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DOMINGO DECIMONOVENO C     

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

        Un sabio israelita recuerda, con tono solemne, la liberación de los israelitas de Egipto, con destino a la tierra prometida. Aquella fue una noche de vigilia para el pueblo santo.

                  Nosotros, los cristianos, somos la Iglesia, que peregrina hacia la nueva tierra prometida, el Cielo, mientras aguardamos la Vuelta gloriosa del Señor.    

 

SEGUNDA LECTURA

         Durante cuatro domingos, escucharemos pasajes de la Carta a los Hebreos. El fragmento de hoy nos dice qué es creer y nos presenta el testimonio de la fe de los patriarcas, sobre todo, el de Abrahán. 

 

TERCERA LECTURA

        En el Evangelio Jesús nos invita a pensar en lo que es definitivo, y a estar preparados para su Venida gloriosa. El Señor declara dichosos a los que encuentre esperándole. 

 

COMUNIÓN

        En la Comunión recibimos al mismo Jesucristo, que un día volverá, lleno de gloria, para juzgar a vivos y muertos.

        Pidámosle que ese día no nos encuentre dormidos en la pereza y el pecado, sino vigilantes y a la espera de su llegada, como unos criados buenos y fieles, que esperan a su señor.

 

 


Publicado por verdenaranja @ 13:30
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