S?bado, 14 de septiembre de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo veinticuatro del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Perez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"              

Domingo 24º  del T. Ordinario C

 

          Es impresionante constatar que, cuando Dios viene hasta nosotros, no anda con la gente buena, que la había, ni con la gente de cultura, ni siquiera con la gente más religiosa, sino que anda con gente de mala fama: publicanos y pecadores de todo tipo.

          ¡Nunca reflexionaremos bastante sobre este misterio!

          Es lógico que los fariseos y escribas, que se creían buenos cumplidores de la Ley de Moisés, se extrañen y murmuren entre ellos: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”.

          Pero Jesucristo trae una misión concreta: viene “a buscar y salvar lo que estaba perdido”. (Lc 19, 10).

          De este modo, nos revela el rostro de Dios Padre, que tiene un corazón bueno, misericordioso y compasivo, que, en el pecado, da lugar siempre al arrepentimiento. ¡Con Él siempre se puede comenzar de nuevo!, ¡comenzar de cero! Con razón, el Papa Francisco ha escrito un libro que se titula: “El nombre de Dios es Misericordia”.

          El Evangelio de este domingo nos recuerda que el Cielo no está tan lejos de nosotros como a veces pensamos; que hay una cierta relación entre la tierra y el Cielo. Que lo que pasa en la tierra tiene repercusión en la Casa del Padre: “Os digo que así también habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. Y también: “Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”.

          Las lecturas de este domingo nos recuerdan la grandeza infinita de la misericordia del Padre. La primera lectura nos presenta el momento en el que el pueblo de Israel, liberado de la esclavitud Egipto y testigo de “las maravillas de Dios”, se fabrica un becerro de oro, lo adora y le hace fiesta; y cómo el Señor le perdona ante la intercesión de Moisés. S. Pablo nos enseña, en la segunda lectura, que Cristo vino a salvar a los pecadores, y que él es el primero. El Evangelio nos presenta “las Parábolas de la Misericordia”. Es la respuesta de Jesús a las críticas de los fariseos y escribas, porque “acoge a los pecadores y come con ellos”. ¡En estas parábolas les enseña por qué Él actúa así!

          Y les habla de un pastor, que tiene cien ovejas y se le pierde una, y busca por todas partes hasta encontrarla, y entonces se llena de una gran alegría, que comparte con los amigos y los vecinos. O la mujer que tiene diez monedas valiosas y se le pierde una, y busca en toda la casa hasta que la encuentra, y se llena también de alegría, que comparte con las vecinas. Y la tercera es la Parábola impresionante del Hijo Pródigo, que, habiéndose marchado de la casa y derrochado toda la herencia, vuelve a la casa del Padre, que no sólo lo recibe y lo acoge con alegría, sino que hace una gran fiesta porque, por fin, le ha encontrado. Me parece que la enseñanza fundamental de esta Parábola con relación a los fariseos y escribas, está en lo que dice el padre al hijo mayor: “deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

          Ellos no son capaces de alegrarse, de comprender esta actitud de Jesucristo, porque no tienen el corazón de un buen pastor, ni  de buena ama de casa, ni de un padre bueno, como nos presentan las parábolas. Y, sobre todo, no tienen la experiencia de ser perdonados.

           Este es el camino de la Iglesia, de todos los cristianos que, como Cristo, el verdadero hijo mayor de la parábola, tenemos que mostrar, cada día, el verdadero rostro del Padre, que es rico en misericordia, como auténticos constructores de “la civilización del amor”.      

          Las fiestas de “Los Cristos” de Tenerife, que celebramos en el mes de septiembre, en distintos lugares y con diversas advocaciones, nos brindan una ocasión propicia para reflexionar sobre todas estas cosas.                    

                                                                                                        ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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 DOMINGO  24º DEL TIEMPO ORDINARIO C

MONICIONES 

 

PRIMERA LECTURA

                        Escucharemos, en la primera lectura, cómo el pueblo de Israel, apenas establecida la alianza con Dios en el monte Sinaí, peca gravemente contra Él. El Señor quiere exterminar al pueblo, pero la mediación de Moisés consigue el perdón.  Escuchemos. 

 

SALMO

            También nosotros necesitamos el perdón de Dios, también hemos quebrantado su alianza. Por eso expresamos en el salmo, nuestra voluntad de acogernos a su misericordia. 

 

SEGUNDA LECTURA

                        Durante algunos domingos escucharemos, en la segunda lectura,  fragmentos de las cartas que S. Pablo escribe a su discípulo Timoteo, responsable de la Iglesia de Éfeso. Hoy  expresa su ánimo agradecido al Señor que se ha mostrado con él rico en misericordia. 

 

TERCERA LECTURA

                        Acojamos con el canto del aleluya la buena noticia que Jesús nos trae: ¡Hay mucha alegría en el Cielo por la vuelta a Dios Padre, de un  pecador arrepentido! 

 

COMUNIÓN

                        En la Comunión recibimos a Jesucristo, que fue criticado porque acogía a los pecadores y comía con ellos.

Ojalá que nosotros, tantas veces perdonados por Él, imitemos su misericordia y su generosidad, compadeciéndonos de tantos que andan alejados de Dios.


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S?bado, 07 de septiembre de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo veintitrés del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DIA DEL SEÑOR"               

Domingo 23º del T. Ordinario C

 

          Este domingo Jesús nos habla con toda claridad, de su seguimiento. Si queremos ser discípulos suyos, tenemos que posponer todo lo demás: “No anteponer nada a Cristo”, que diría S. Benito. Podríamos decir que es como el primer mandamiento aplicado a Jesucristo nuestro Señor.

          ¡Nos sorprende la claridad y la franqueza con la que habla el Señor! Normalmente, no sucede así. Los que quieren captar a la gente para su partido, para su movimiento, para su grupo…, en una campaña electoral, por ejemplo,  suelen resaltar las ventajas de sus programas y ocultar o disimular las cosas menos atrayentes o negativas. ¡Jesucristo no actúa así! ¡Lo hace casi al revés! Es lo que contemplamos en el Evangelio de este domingo: “¡Si alguno quiere venirse conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.  Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”.

          Por eso nos invita a pensarlo bien antes de decidirnos a seguirle, como lo hace el que proyecta la construcción de una torre o se ve atacado por un enemigo.

          Por tanto, el seguimiento de Jesucristo se sitúa después de un proceso de reflexión, estudio, oración, incluso de consulta, para ver si vamos a ser capaces de afrontar todas las condiciones y exigencias que lleva consigo. De otro modo, podríamos hacer el ridículo, presentándonos como seguidores de Jesucristo, cuando, en realidad, no lo somos. Es lo que sucede con frecuencia. No resulta aceptable el tipo de seguimiento de Jesucristo que llevan muchos cristianos, que hasta presumen de serlo.

          Si nos situamos en el contexto del camino hacia Jerusalén –con su Pasión y su Gloria- lo entendemos todo con más claridad. ¡El discípulo no puede ser mejor que su Maestro!

          Pero no pretende el Señor de amargarnos la vida con una serie de exigencias, de renun-cias…, sino presentarnos el camino de la verdadera liberación, de la verdadera grandeza, de la verdadera dicha y alegría en el tiempo y en la eternidad. ¡Y Él ha ido delante para que nosotros sigamos sus pasos! (1 Pe 2, 21). ¡Nada se consigue en la vida sin sacrificio y esfuerzo!

          La vida del mismo Jesucristo y de los santos avalan la importancia y trascendencia de este camino; su validez permanente y definitiva.

          ¡Si recordamos las parábolas del Reino, nos resulta todo más inteligible! Nos dice el Señor que su Reino se parece a “un tesoro escondido” en el campo, que el que lo descubre, es capaz de vender todo lo que tiene para comprar el campo aquel. O a un comerciante en perlas finas que, al descubrir “una perla de gran valor”, va y vende lo que tiene para conseguirla (Mt, 13, 44-46). ¡Se nos presenta aquí, por tanto, al discípulo de Cristo como una persona inteligente, sabia y despierta, que descubre un tesoro o una perla preciosa, donde los demás no ven nada!

     El problema está en que “nacemos cristianos” y, tal vez, a lo largo de nuestra vida, no hemos tenido un verdadero encuentro personal con Jesucristo, un redescubrimiento de su persona y de su mensaje, que nos lleve a una opción real y radical por Él. Además, ¿no es verdad que estamos acostumbrados a dejar tantas veces a Cristo y a su Reino para el final o para el último lugar? ¡Sí, la sobras como al perro de la casa!

     ¡El descubrimiento de Jesucristo, por tanto, es fundamental para seguirle de verdad, como nos pide el Evangelio de hoy! Entonces le diremos como el aquel escriba entusiasmado del Evangelio: “Maestro, te seguiré  a dondequiera que vayas (Mt 8, 18). ¡Y lo dejaremos todo con la alegría del que encuentra una ganga, un negocio excelente!

     Ya escribía el Papa San Juan Pablo II, el año 1984, a los jóvenes con quienes se iba a reunir  en  Santiago: “El descubrimiento de Jesucristo es la aventura más importante de vuestra vida”.

 

                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 10:55  | Espiritualidad
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 DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO C          

  MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

            La primera lectura de hoy nos presenta las reflexiones de un hombre sabio del Antiguo Testamento, inspirado por el Espíritu Santo. Se pregunta cómo se puede saber lo que Dios quiere que hagamos. La respuesta la hallaremos en el Evangelio.      Escuchemos. 

 

SEGUNDA LECTURA

            La segunda Lectura es un fragmento de una carta pequeña pero muy importante, de S. Pablo. Se refiere a un esclavo llamado Onésimo, que se había fugado de la casa de su amo, un cristiano de buena posición, llamado Filemón. San Pablo le pide que lo reciba como a un hermano cristiano, como si fuera él mismo. ¡Cuánto había cambiado ya, con el cristianismo, la concepción y la relación con los esclavos! 

 

TERCERA LECTURA

            El Señor quiere que todo el que esté dispuesto seguirle, sepa bien de qué se trata y piense primero si será capaz de llevarlo a cabo.

            Pero antes de escuchar el Evangelio, cantemos con alegría el aleluya 

 

COMUNIÓN

            El camino que nos señala Jesucristo es, a primera vista, muy difícil. Por eso, necesitamos venir aquí a alimentarnos con su Palabra y con su Cuerpo Santo.

            ¡Nadie puede decir que es imposible seguir a Jesucristo, cuando nos ofrece tantos medios para conseguirlo! 


Publicado por verdenaranja @ 10:51  | Liturgia
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