Martes, 29 de octubre de 2019

Camentario Litúrgico - XXXI Domingo Ordinario - por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. octubre 29, 2019 (zenit)

TRIGÉSIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN

Ciclo C

Textos: Sabiduría 11, 23-12, 2 Tes 1, 11-2, 2; Lc 19, 1-10

Idea principal: Dios nos toma la delantera siempre porque es misericordioso.

 

Síntesis del mensaje: Estamos acercándonos al final del año litúrgico y también terminando el año de la misericordia. Nunca más oportuno el mensaje consolador de este domingo: el perdón de Dios que nos toma la delantera, o, como dice el Papa Francisco, “nos primerea”. Ambas lecturas (1ª lectura y evangelio) nos animan a todos, que somos pecadores y que tanto necesitamos de la misericordia de Dios, a confiar en Él. “A todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida” (1ª lectura), “porque el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad” (Salmo). Dios, no sólo nos perdona, sino que quiere entrar y comer en nuestra casa, -que es nuestra alma- como hizo con Zaqueo (evangelio).

 

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ¿quién era Zaqueo? ¿Por qué quería ver a Jesús? ¿Pura curiosidad? Zaqueo es una persona rica y poderosa. Jefe de publicanos. Los publicanos eran considerados pecadores por dos motivos. El primero era su falta de honradez: obligaban a la gente a pagar más de lo debido en el cobro de las tasas, a fin de obtener un beneficio. El segundo tenía su origen en que estaban al servicio de una potencia pagana: cobraban las tasas por cuenta del Imperio romano. Por eso la gente de bien nos les hablaba, no comía en las casas de esos corruptos, ni los invitaba. Ese era Zaqueo, el aduanero pagano, rico por cuenta ajena y, por definición, publicano, hombre sin ley, sin entrañas y sin Dios. Impuro legal y contagioso. Pero ¿qué pasó? Jesús le tomó la delantera.

En segundo lugar, ¿cómo le trató Jesús? Jesús toma la delantera y se autoinvita a la casa de Zaqueo porque sabía que ese hombre era pecador, pues ha venido al mundo para eso, para salvar al perdido. Atravesaba Jericó en olor de multitudes cuando, al pasar bajo una higuera, levantó los ojos adonde la gente apuntaba con los suyos y escuchó las risas, vio a un hombre encajado de bruces en la horquilla de las ramas. Jesús miró para arriba, su mirada sacudió la encina o la higuera y, con algunas hojas del caso, Zaqueo se cayó de maduro. Porque si hay miradas divinas que fulminan al hombre, esta vez le tocó a Zaqueo una de esas miradas. Y durante la comida, Jesús tocó definitivamente el corazón de Zaqueo y se convierte, sacando unas conclusiones muy concretas para reparar las injusticias que había cometido. Sí, Zaqueo era digno de la misericordia y del perdón de Dios. No es nuestra contrición lo que desencadena la misericordia de Dios sino, al revés, la misericordia de Dios es lo que desencadena la contrición del hombre. Luego viene la Iglesia que, con la absolución sacramental, atestigua la verdad del perdón.

Finalmente, ¿cómo terminó Zaqueo? Cristo le tomó la delantera. Y ahora es la hora de Zaqueo que también le tomó la delantera a Dios. En el momento del brindis, Zaqueo dijo: la mitad de lo que tengo será para los pobres. ¿De qué le habrá hablado Jesús para que salga con esas salidas? Apuesto que le habló del evangelio, que es cosa de pobres y de las bienaventuranzas. Y Zaqueo terminó con el fraude, la estafa y el robo. Y además, restituirá lo robado cuatro veces más. Qué habrán pensado los rabinos que “beatificaban” cuando alguien restituía el 1/5. El derecho romano mandaba devolver cuatro veces lo robado, pero sólo tras sentencia judicial. El derecho judío mandaba devolver el doble de lo robado (cf. Ex 22, 4.7) con a la excepción de la famosa oveja robada y, si sacrificaba, había que pagarle cuatro veces más (cf. Ex 21, 37 con 20, 1). Sólo así Jesús “se hospedó” en su “casa”, es decir, entró la gracia de Cristo en el alma de Zaqueo. Pero primero hubo contrición de corazón, propósito de enmienda, confesión de boca y satisfacción de obra. Adiós, Zaqueo, te seguimos en la leyenda, que nos informa que fuiste discípulo de san Pedro, que san Pedro te consagró obispo para Cesarea, luego…Luego te perdimos de vista para siempre. Quizás descansas debajo de la higuera.

Para reflexionar: ¿pongo límites a la misericordia de Dios? Cuando he sido injusto con alguien, ¿tomo después medidas prácticas para recompensarlo? ¿Soy crítico superficial de gente de Iglesia que trata con ricos y poderosos? ¿Nos alegramos de la vuelta de los alejados y hacemos fiesta sin poner mala cara, como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo? ¿Soy misericordioso o intolerante fiscal y juez de los demás?

Para rezar: Jesús, piedad y misericordia. Gracias por tu perdón. Gracias por invitarme a tu mesa eucarística y permitirme entrar en comunión contigo, pues te has hecho alimento de mi vida. Que de tu Eucaristía aprenda a ser abierto de corazón y misericordioso para con los demás, a ejemplo tuyo. Que me alegre del cambio de vida de tantos Zaqueos, y que participe con ellos del Cuerpo y Sangre de Cristo, sea cual sea la raza, formación, edad y condición social.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


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Viernes, 25 de octubre de 2019

Comentario litúrgico al - TRIGÉSIMO DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN - por el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. (Zenit)

Ciclo C

Textos: Eclesiástico 35, 15b-17.20-22a; 2 Tm 4, 6-8. 16-18; Lc 18, 9-14

Idea principal: Cristo nos saca una foto hoy: una de frente y otra de espaldas. ¿Dónde estamos retratados cuando oramos a Dios: en el fariseo orgulloso -foto de frente- o en el humilde publicano, -foto de espaldas?

Síntesis del mensaje: Si Dios tiene una debilidad es ésta: ante el humilde se conmueve, lo bendice, lo llena de bienes, lo escucha (salmo y evangelio). Sí, los gritos del humilde y pobre atraviesan las nubes (1ª lectura). Hace dos domingos, Dios nos invitaba a ser agradecidos, reconociendo lo que Él hace por nosotros. Hoy nos disuade de adoptar una actitud de soberbia y engreimiento, en nuestra oración y en nuestra vida. San Pablo al decir que ha combatido bien el combate de la fe no lo hace para presumir como el fariseo del evangelio, sino para reconocer la obra de Dios en él y en las comunidades cristianas por él fundadas (2ª lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugarobservemos al fariseo. Primera foto, de frente. Es la personificación de la soberbia encarnada. Tomemos nota de sus actitudes. Está de pie, en vez de rodillas. Se auto alaba y abanica, en vez de adorar y alabar a Dios. Tapa la boca a Dios, y sólo habla de sí mismo, en vez de escuchar a Dios. Juzga al pobre publicano, en vez de mirar su mezquino y podrido corazón. Orgulloso, autosuficiente, vanidoso, justo satisfecho de sí mismo y que mira por encima del hombro a los otros. Se cree buena persona porque cumple como el primero, no roba ni mata, ayuda cuando toca y paga lo que hay que pagar. Pero no ama. Está lleno de su propia santidad, y no hay lugar para la gracia de Dios. Es justo, pero con poca fe, humildad y sinceridad dentro. Orgulloso de sus virtudes, y da gracias a Dios por lo bueno que es, y no porque Dios le da gracias para ser bueno y honesto. Enumera con gusto la lista de virtudes y sus méritos. Su oración fue un estallido de soberbia. ¿Resultado? Sale del templo peor que entró, pues la oración del soberbio no llega a Dios (1ª lectura). Este tipo de personas repugna a Dios. ¡Qué foto tan horrible!

En segundo lugarobservemos al publicano. Segunda foto, de espaldas. El publicano era un sinvergüenza integral. Era el recaudador de la Hacienda del fisco y de los impuestos. Tenía las aduanas ganadas a subasta o a contrata o a soborno. Y recaudaba para los arcones de Roma, para las arcas del templo y, de paso, para su bolsillo. Sí, había tarifas, pero ¿qué le importaba? Los griegos tenían un refrán ‘los recaudadores, todos pecadores’. El publicano no tenía ni derechos civiles. Pero, este publicano de hoy fue tocado por el dedo de Dios y vino a pedir perdón al Señor. Ejemplo de humildad. Tomemos nota de sus actitudes para la toma de la foto. Se mantiene a distancia, porque no se cree digno de acercarse al Dios tres veces santo. Se reconoce pecador delante de Dios, y no justo y santo. Tal vez no era muy dado a rezar, pero el día que se decidió a ir al templo, oró con toda su alma, golpeándose el pecho. Subió al templo a orar y se echó a llorar. Su oración fue un estallido de desconsuelo. Y Cristo lo alabó, pues vino al mundo como abogado de causas perdidas. ¿Resultado? Sale del templo justificado, es decir, perdonado, reconciliado por Dios y con Dios. Si hay una debilidad en Dios es ésta: bendice al humilde pecador que pide perdón. ¡Qué linda foto!

Finalmenteobservémonos a nosotros mismos. ¿Cómo saldrá nuestra foto hoy? Para los oyentes de Jesús, esta parábola del fariseo y del publicano, tuvo que ser una sorpresa, un escándalo y un rechazo. Porque, ¿qué ha hecho de malo el fariseo? ¿Qué ha hecho de bueno el publicano? ¿De manera que Dios le hace ascos al fariseo, cumplidor fiel de la ley, y prefiere al que de la ley ha hecho mangas y capirotes? Pues entonces, ancha es Castilla y, ¡a vivir, que son cuatro días! ¡Cuidado! Jesús no condenó al fariseo religioso y cumplidor, ni canonizó al publicano, sino que mejoró a los dos. ¿Qué somos: fariseos o publicanos? Seremos fariseos orgullosos, si no nos reconocemos pecadores y necesitados de misericordia divina; si vamos pregonando nuestras virtudes y buenas obras como si fueran conquistas de nuestros músculos y no gracias de Dios correspondidas y secundadas; si juzgamos a los demás y nos consideramos mejores que ellos, cuando sólo Dios conoce el corazón de cada uno; cuando cumplimos por cumplir y ganarnos la salvación, y no para contentar a Dios y ayudar al prójimo. Seremos publicanos mirados y bendecidos por Dios, cuando acudimos a orar a Dios para alabarle, adorarle, bendecirle, pedirle perdón por nuestros pecados; cuando consideramos a los demás mejores que nosotros, e incluso los perdonamos sin rencor cuando no nos asisten o nos abandonan, como le pasó a san Pablo (2ª lectura); cuando cumplimos por amor a Dios. Yo saco esta moraleja: aquí todos o fariseos o publicanos. ¿Que uno cumple como un robot? Conviértase a la cordialidad con Dios como el publicano. ¿Que uno vive como un publicano? Recuerde que, además, tiene que cumplir como un fariseo de los buenos. Dios mejorará a los dos. Es lo que me sugiere esta parábola. ¡Foto clara, no movida!

Para reflexionar: ¿En cuál de los dos personajes nos sentimos reflejados: en el que está contento y seguro de sí mismo y desprecia a los demás, o en el pecador que invoca el perdón de Dios? ¿Cuánto tengo de fariseo y cuánto de publicano? ¿Voy a la oración con humildad, confianza y anhelo de ser perdonados y perdonar?

Para rezar: recemos con santa Teresita de Lisieux esta oración para pedir la gracia de la humildad: “Te ruego, divino Jesús, que me envíes una humillación cada vez que yo intente colocarme por encima de las demás. Yo sé bien Dios mío, que al alma orgullosa tú la humillas y que a la que se humilla le concedes una eternidad gloriosa; por eso, quiero ponerme en el último lugar y compartir tus humillaciones, para tener parte contigo en el Reino de los cielos. Pero Tú, Señor, conoces mi debilidad. Cada mañana hago el propósito de practicar la humildad, y por la noche reconozco que he vuelto a cometer muchas faltas de orgullo. Al ver esto, me tienta el desaliento, pero sé que el desaliento es también una forma de orgullo. Por eso, quiero, Dios mío, fundar mi esperanza sólo en Ti. Para alcanzar esta gracia de tu infinita misericordia, te repetiré muchas veces: ¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!”.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]ionaries.org


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Reflexión a las lecturas del domingo treinta del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR".                        

Domingo 30º del T. Ordinario C

 

Hace ya algunos domingos que reflexionábamos sobre la virtud de la humildad.

Decíamos que hablar de la humildad puede parecernos una cosa pasada, propia de otros tiempos, de un sentido distinto de la vida y de las realidades humanas. Sin embargo, enseguida nos dábamos cuenta de que una verdadera humildad es imprescindible a la hora de dar un paso adelante en la vida cristiana.

Hoy lo comprobamos de nuevo, en el Evangelio de este domingo, que nos enseña la necesidad de orar con humildad.

Jesús lo ilustra con una parábola: La del fariseo y el publicano.

El texto nos indica el objetivo de la parábola: “Por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos, y despreciaban a los demás”.

¡Es una definición perfecta del orgullo de los fariseos!

Ojalá tuviéramos tiempo para detenernos aquí, e ir analizando, poco a poco, esta descripción impresionante.

Comienza la parábola diciendo: “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro era un publicano”.

Y termina la parábola diciendo que el publicano bajó a su casa justificado, santificado, y el fariseo, no.

De este modo, un publicano se convierte, una vez más, en el ejemplo, a seguir.

¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Veamos:

El fariseo, en realidad, no ora; no alaba al Señor por sus maravillas, ni se acoge a su misericordia, ni solicita su ayuda. No ora, se exhibe delante de Dios, como un hombre que estuviera “justificado por sus obras”. Se presenta como un buen cumplidor de la Ley de Moisés; y es posible que lo fuera; pero su orgullo es como una polilla, que lo carcome todo, desde dentro, y lo inutiliza delante de Dios.

Constatamos aquí cómo ese orgullo le lleva a “sentirse seguro de sí mismo”, y luego, “a despreciar a los demás”; en este caso, al publicano: “Y tampoco soy como ese publicano…”.

Éste, en cambio, ora desde lo profundo de su corazón, porque se siente pecador, necesitado de la misericordia y del auxilio de Dios. De este modo, obtiene el perdón del Señor, que es rico en misericordia, y que no ha enviado a su Hijo para los justos, sino para los pecadores (Mt 9, 13).

Y se repite la misma sentencia del evangelio del otro día: “¡Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido!”.

De este modo se realiza lo que escuchamos en la primera lectura de hoy: “Los gritos del pobre atraviesan las nubes y, hasta alcanzar a Dios, no descansan”.

Vislumbramos también aquí el tema de “la justificación por la fe”, que surgirá con mucha fuerza en la Iglesia primera (Hch 15, 1-30) e irá reapareciendo, de tiempo a tiempo, a lo largo de la historia.

La  virtud de la  humildad, por lo tanto, es fundamental en la oración y en todo.

Y, conscientes de nuestra fragilidad a la hora de practicarla, nos dirigimos al Señor este domingo, diciéndole: “Oh Jesús, manso y humilde de corazón, danos un corazón semejante al tuyo”.

                                                                      ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 30º DEL T. ORDINARIO  C           

MONICIONES

  

 

PRIMERA LECTURA

            La primera lectura es un canto a la eficacia de la oración. Cuando asciende al Cielo desde los labios de los pobres y humildes, siempre llega a su destino: El corazón misericordioso del Señor. 

 

SEGUNDA LECTURA

            La lectura de las cartas de San Pablo a su discípulo Timoteo, que hemos venido escuchando los últimos domingos, termina hoy.

            Ante la proximidad de su muerte, el apóstol hace una preciosa síntesis de su vida, y nos transmite un mensaje de fortaleza y de firme esperanza en el Señor.           

 

TERCERA LECTURA        

            En el Evangelio escuchamos la parábola del fariseo y el publicano.

            Aclamemos ahora a Jesucristo, manso y humilde de corazón, con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

            Hemos de acercarnos a recibir al Señor con espíritu pobre y humilde, sintiéndonos verdaderamente necesitados de la ayuda de Dios. De este modo Él podrá llenarnos de su luz y de su fortaleza. 


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Viernes, 18 de octubre de 2019

Comentario litúrgico al XXIX Domingo Ordinario por el P.  Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. octubre 15, 2019 

VIGÉSIMO NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN

Ciclo C

Textos: Ex 17, 8-13; 2 Tim 3, 14; 4, 2; Lc 18, 1-8

Idea principal: La oración de súplica.

Síntesis del mensaje: Lucas es también el evangelista de la oración. Es el que más veces nos presenta a Jesús orando y enseñando cómo debemos orar. El domingo pasado nos invitaba a dar gracias. Hoy, a la oración de súplica, como esa viuda a quien habían hecho una injusticia (evangelio). También Moisés en la primera lectura es modelo de oración de súplica por su pueblo, acosado por los amalecitas. El salmo refuerza este mensaje, pues toda ayuda nos vendrá del Señor, que nos guarda de todo mal. Toda oración debe partir de la Palabra de Dios, que orienta y purifica nuestra oración de súplica (2ª lectura).

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, ¿cómo debe ser nuestra oración de súplica para que Dios nos escuche? Nos responde santo Tomás en el proemio a la Oración dominical: “confiada, recta, ordenada, devota y humilde”. ¿Cómo debe ser, pues, nuestra oración? Primero, oración confiada. Para que la súplica obtenga mayor resultado, en ella debe trasparecer una confianza toda amorosa y humilde para provocar la misericordia de Dios: “me invocará y lo escucharé” (Sal 90, 15). Dirá san Claudio de la Colombière: “los que se cansan después de haber rogado durante un tiempo, carecen de humildad o de confianza; y de este modo no merecen ser escuchados. Parece como si pretendierais que se os obedezca al momento vuestra oración como si fuera un mandato; ¿no sabéis que Dios resiste a los soberbios y que se complace en los humildes? ¿Qué? ¿Acaso vuestro orgullo no os permite sufrir que os hagan volver más de una vez para la misma cosa? Es tener muy poca confianza en la bondad de Dios el desesperar tan pronto, el tomar las menores dilaciones por rechazos absolutos” (El abandono confiado a la Divina Providencia). Segundo, oración ordenada. Es decir, debemos pedir las cosas en orden a la salvación eterna, y por lo mismo, el vernos libres de caer en las tentaciones. Tercero, oración perseverante, machacona, como la de la viuda del evangelio. La perseverancia es el hábito que vigoriza la voluntad para que no abandone el camino del bien. Y cuarto, oración devota. La devoción no es otra cosa que una voluntad pronta de entregarse a todo lo que pertenece al servicio de Dios.

En segundo lugar, ¿por qué nuestra oración no llega a Dios? Aquí están algunas de las causas.

Primera, el hombre le dice a Dios: “Dame la tierra y quédate con el cielo”. Materialismo se llama esto. Nada, que pedimos a Dios cosas terrenas, de la tierra, tierra: salud y dinero, trabajo y suerte, aprobados y ascensos. ¿Y de las cosas espirituales: la gracia y la fe, fidelidad a Dios y honradez de conciencia, sentido de la justicia y de la Iglesia, vivencias de Dios e ilusión por los destinos eternos…?

Segunda causa, el hombre le dice a Dios: “O me das la tierra o te quedas con el cielo”.Empecinamiento. Para algunos cristianos, la oración es una partida de “parcheese”.  Entran en el templo, tiran los dados de su oración a rodar por el tablero mágico del altar y…Y una de dos: o les toca, y entonces malo, o no les toca, y entonces peor. Este no es el Dios auténtico, sino pagano. Oración comercial.

Y tercera causa, el hombre le dice a Dios: “Dame el cielo y de la tierra ya hablaremos”. Esta oración sí llega al trono de Dios. Este hombre o mujer que así oran serán escuchados por Dios, y sabrán sobreponerse a esta sociedad materialista, hedonista, sexista, laicista, neopagana, decadente…y serán hijos de Dios, cuando la mayor parte de los hombres se quedan en hijos de hombres, del tiempo y del ocaso.

Finalmente, orar pidiendo algo a Dios no significa dejarlo todo en sus manos y nosotros sentarnos en el sillón de la pereza. Moisés, aunque hoy aparezca orando con los brazos elevados, no es ciertamente una persona sospechosa de pereza e inhibición. Fue el gran servidor y conductor activo del pueblo; pero daba a la oración una importancia decisiva. Tampoco Jesús nos invita a la pereza: en la parábola de los talentos queda claro que debemos hacer rendir los talentos de Dios para bien de todos. También hoy queda claro que Dios no está obligado a darnos lo que pedimos. Él sabe lo que necesitamos. Será san Agustín quien nos dirá por qué Dios no nos escucha, o nos escucha con el silencio. Y lo dice de forma lapidaria en latín, su lengua, jugando con las palabras: “Cuando nuestra oración no es escuchada es porque: aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros” (La ciudad de Dios, 20, 22). Jesús acaba su parábola con una pregunta desconcertante: “cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. Sin la oración llena de fe, no moveremos las montañas de nuestros problemas y los de la humanidad y de la Iglesia.

Para reflexionar: ¿Qué significa orar en el nombre de Jesús? ¿Qué significa orar sin cesar? ¿Qué es el poder de la oración? ¿Cómo es la oración una comunicación con Dios? ¿Cuál es la manera correcta de orar? ¿Cuáles son algunos obstáculos para la oración afectiva y efectiva? ¿La oración en silencio es bíblica? ¿Qué es la oración intercesora y de súplica?

Para rezar: Ejemplo de oración de intercesión: “Se acercó Abraham y le dijo: —¿Destruirás también al justo con el impío? Quizá haya cincuenta justos dentro de la ciudad: ¿destruirás y no perdonarás a aquel lugar por amor a los cincuenta justos que estén dentro de él?  Lejos de ti el hacerlo así, que hagas morir al justo con el impío y que el justo sea tratado como el impío. ¡Nunca tal hagas! El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Gn 18- 23-25).

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]

octubre 15, 2019 09:01Espiritualidad y oración


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Reflexión a las lecturas del domingo veintinueve del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"            

Domingo 29º del T. Ordinario

 

                             Comienza el Evangelio de hoy diciendo que “Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre, sin desanimarse, les presenta la parábola del “juez inicuo”: Una mujer viuda que, a base de insistencia, consigue que el juez, que no era bueno ni recto, precisamente, le haga justicia.

                                                       En la primera lectura constatamos también  la eficacia de la oración, cuando se origina una guerra entre Amalec e Israel.  Moisés encarga a Josué que escoja a unos hombres y ataque a Amalec mientras  él sube a  la montaña a orar con Aarón y Jur. Y se nos presenta algo admirable: Cuando Moisés tenía en alto la mano, es decir, en actitud de oración, vencía el ejército de Israel; cuando bajaba la mano, por el cansancio, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros se las sostuvieron hasta la tarde. De esta forma, Josué derrotó a Amalec.

                                                      Es ésta una imagen preciosa de lo que tiene que ser nuestra vida y la vida de la Iglesia: oración y acción. ¡Las dos cosas conjuntamente! “Ora et labora” que diría San Benito.

        Cuántas                                Muchas veces en nuestra vida y en la vida de la Iglesia,  pensamos que las cosas no van todo lo bien que quisiéramos. Cuando reflexionamos sobre ello, tal vez constatamos que estas dos realidades están ausentes o poco presentes en nuestra vida. ¡Y entonces es hora de conversión!

                                                      Hay cristianos que se esfuerzan mucho por llevar bien la oración, se interesan por ello; incluso, buscan ayuda espiritual para garantizarlo y mejorarlo, pero otros, sin embargo, oran poco o casi nada, sobre todo si se encuentran afectados por lo que llamamos el “ateísmo práctico”, es decir,  vivir como si Dios no existiera.

                                                      A veces se le pregunta a alguna persona practicante si reza, y contesta: “Yo sólo rezo por la noche”. Y el resto del día, apenas se acuerda del Señor. Sin embargo Dios está siempre pendiente de nosotros porque somos sus hijos, pendiente, de todo lo que somos y hacemos, y no le gusta que nosotros seamos como hijos mudos, que no hablamos nunca con Él y de Él, o que seamos como hijos sordos, que no le escuchamos nunca. ¡Y es que tiene tantas cosas que decirnos!

                                                      Este domingo, como vemos, el Señor nos enseña cosas importantes sobre la oración de petición, que es sólo uno de los tipos de oración. Él quiere que le pidamos con frecuencia y con insistencia, porque Él, que nos ha colmado y nos colma continuamente de dones, que no le pedimos, quiere concedernos otros muchos sí se los pedimos.

Pero una mala inteligencia de éste y otros textos parecidos del Evangelio, ha llevado a muchos cristianos a “desanimarse”, es decir, a perder la confianza en la oración e, incluso, a alejarse de Dios.

Es verdad que, en una reflexión como ésta, que tiene que ser breve, no podemos abordar toda la problemática de la oración de petición, pero intentaremos acercarnos un poco; por lo menos, para recordar que la oración nunca se ha entendido en la vida de la Iglesia, desde los primeros tiempos, como un medio para conseguir todo lo que pidamos, de un modo inmediato, de forma que sea como una de esas máquinas modernas, en las que ponemos una moneda, y nos sale un café, una coca-cola, u otra cosa que hayamos elegido. ¡La oración no es así!

¡Ni tampoco se ha considerado nunca como “una victoria” sobre la voluntad de Dios! ¡Como si con la oración consiguiéramos cambiar el parecer de Dios!

Recordemos aquella escena trágica del Evangelio en la que el Señor ora en el Huerto de los Olivos (Cfr. Lc 22,39). El Padre no le concede al Hijo lo que le pide, no puede hacerlo, pero le envía un ángel para que le conforte en la agonía. ¡La oración es siempre eficaz! ¡Siempre se nos concede algo! Al mismo tiempo, se nos enseña aquí la forma correcta de orar: “Padre, que pase de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”.

La oración, por tanto, se sitúa siempre en el contexto de la voluntad de Dios, que no es “el capricho de Dios”, ¡sino lo que Él sabe que realmente nos conviene!

Por todo ello, no dejemos de repetir con frecuencia y con alegría, lo que proclamamos hoy en el salmo responsorial: “El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

 

                                                                                            ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 29º DEL TIEMPO ORDINARIO C  

 MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

            Contemplamos ahora una escena del Antiguo Testamento. La victoria del ejército de Israel contra Amalec, que le ataca, depende, en cada momento, de la oración insistente de Moisés en lo alto de la montaña.    Escuchemos con atención. 

 

SALMO

            En medio de sus dificultades, el creyente conoce una fuerza y una ayuda superior: ¡El auxilio del Señor que hizo el cielo y la tierra!

  

SEGUNDA LECTURA

            S. Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a que alimente su fe con la lectura de la Sagrada Escritura, y le ordena solemnemente, en nombre de Cristo, que no decaiga en la proclamación de la Palabra de Dios a tiempo y a destiempo.

 

TERCERA LECTURA

            En el Evangelio el Señor nos recomienda que oremos con insistencia y sin desanimarnos. Y lo ilustra con una parábola.

            Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

            La Eucaristía es la gran oración de la Iglesia. Ahora, en la Comunión, recibimos al mismo Cristo, y tenemos la oportunidad de presentarle, de la mejor manera, nuestra oración, nuestras peticiones por la Iglesia y por el mundo.


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Viernes, 11 de octubre de 2019

DOMINGO 28º DEL TIEMPO ORDINARIO C  

MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

            Las lecturas de la Palabra de Dios de este Domingo, centran nuestra atención en la gratitud ante los dones de Dios, que no excluye a nadie.

            En la primera lectura escuchamos el diálogo entre un extranjero, Naamán, el sirio, y el profeta Eliseo, después de la curación de aquel de la lepra. 

 

SALMO

            La fuerza de Dios ha librado a Naamán de su enfermedad. Unámonos ahora en la acción de gracias a Dios, que manifiesta su salvación a toda la tierra. 

 

SEGUNDA LECTURA

            En la segunda lectura, continuamos escuchando fragmentos de las cartas del Apóstol S. Pablo a Timoteo.

            Hoy son palabras de optimismo y de invencible confianza en Cristo, las que Pablo le dirige desde la cárcel. 

 

TERCERA LECTURA

            Contemplemos en el Evangelio la curación de diez leprosos, con especial referencia al leproso samaritano, que vuelve dando gracias.

            Pero antes de escuchar el Evangelio, aclamemos a Cristo Salvador con el canto del aleluya. 

 

COMUNIÓN

            Recibir a Jesucristo en la Comunión es un don muy grande que Dios nos hace. Démosle gracias de corazón, y pidámosle que nos ayude a vivir en constante acción de gracias.


Publicado por verdenaranja @ 16:32  | Liturgia
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Reflexión a las lecturas del domingo veintiocho del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR·              

Domingo 28º del T. Ordinario C

 

          ¡Qué importante en la vida es tener un corazón agradecido, en deuda, con el Señor y con los demás!

          Digo en deuda porque hay cosas que no se pueden pagar. Si una persona, por ejemplo, se está ahogando en el mar, y otra, con gran esfuerzo y peligro de su vida le salva, ¿cómo le va a pagar? ¿Con qué? ¿No estará más bien agradecida toda su vida y no sabrá nunca qué hacer para compensar ese favor?

          En nuestras relaciones con el Señor sucede algo parecido. Hay un salmo que dice: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal. 115, 12).

          Algo de eso le pasaba  al leproso samaritano curado del Evangelio de este domingo. Era lógico que se volviera “alabando a Dios a grandes gritos”, y se echara por tierra, “a los pies de Jesús dándole gracias”. Y es que la lepra era una enfermedad incurable y terrible. Las personas mayores pueden recordar todavía las campañas contra la lepra de Raúl Follerau y de otros. Y también, la película “Molokay, la Isla maldita”, que nos presenta la vida de San Damián, el apóstol de los leprosos.

          En la época de Jesús, el leproso tenía que vivir alejado de la sociedad, por el peligro de contagio. Y tenía que estar gritando siempre: “¡Impuro, impuro! ¡Soy  impuro!

          La lepra, además, era considerada un castigo por el pecado. De esta forma, el leproso era maldito ante Dios y ante la sociedad.

          Solían vivir en grupo; la desgracia común hacía que se unieran unos con otros; es normal que fueran diez los leprosos del Evangelio de hoy. Se pararon a lo lejos y, a gritos, le decían al Señor: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Y el Señor se compadeció de ellos y los curó cuando iban de camino hacia los sacerdotes, que tenían que certificar su curación e integrarlos en la comunidad.

          Viéndose curados los diez leprosos, los nueve judíos siguieron a  presentarse a los sacerdotes y nada más. Ellos estaban acostumbrados a profetas y milagros y, tantas veces, eran insensibles a la gratitud ante “las acciones de Dios”. Sin embargo, el extranjero, el samaritano, como en otro tiempo Naamán, el sirio, (1ª Lect.), despierta a la fe y vuelve a Jesucristo, “alabando a Dios a grandes gritos y se postró a sus pies, rostro en tierra, dándole gracias”; y Jesús no le manda ya a los sacerdotes judíos, porque Él es el nuevo y  único Sacerdote del Nuevo Testamento, que le integra en un pueblo nuevo, la Iglesia, cuando le dice: “Levántate, vete: tu fe te ha salvado”.

          El corazón de Cristo, más sensible que el nuestro, muestra su extrañeza  porque los otros nueve que, a pesar del milagro, no se abren a la fe en el Mesías y a la acción de gracias a Dios por sus maravillas. A mí me gusta decir que los milagros no siempre lo resuelven todo: “Si no hacen caso a Moisés y a los profetas, no harán caso, ni aunque resucite un muerto”, escuchábamos en el Evangelio, hace algunos domingos. Ya Jesús, en la Sinagoga de Nazaret, había dicho: “Muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno fue curado más que Naamán, el sirio”. “Y se extrañaba de su falta de fe” (Mc 6, 6).

          Hoy es un día apropiado para reflexionar sobre la importancia de la gratitud al Señor y a los demás. La lepra hace insensibles los miembros del cuerpo afectados por la enfermedad; ¡huyamos, pues, de la “lepra de la ingratitud”,  y, con el salmo, cantemos la bondad y la misericordia de Dios, que hace maravillas en nuestro favor!

                     

                                                                                                        ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 16:30  | Espiritualidad
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Viernes, 04 de octubre de 2019

 DOMINGO 27º DEL TIEMPO ORDINARIO C 

MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

            El profeta entabla un diálogo con Dios ante la situación trágica de su pueblo. El Señor le pide paciencia, ya que su intervención llegará a la hora precisa. El justo ha de vivir con esa fe llena de esperanza 

 

SEGUNDA LECTURA

            S. Pablo, desde la cárcel, anima a su discípulo Timoteo a vivir a fondo el don recibido y a ser valiente y comprometido en su trabajo apostólico.  Escuchemos con atención esta exhortación, como Palabra de Dios   dirigida a nosotros. 

 

TERCERA LECTURA

            Jesús nos invita a confiar en la fuerza de la fe y a trabajar desinteresadamente por el Reino de Dios.

            Acojamos la lectura del Evangelio cantando el aleluya.

 

 

 COMUNIÓN

            En la Comunión el Señor nos da el alimento que necesitamos, para que  crezca nuestra fe y para que seamos capaces de tomar parte en los “duros  trabajos del Evangelio”, como escuchábamos en la segunda lectura.

            Ojalá que, fortalecidos con este alimento santo, podamos esforzarnos cada día en nuestra tarea, y decir al final de cada jornada: "Somos unos   pobres siervos; hemos hecho lo que teníamos que hacer”.

 


Publicado por verdenaranja @ 13:47  | Liturgia
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Reflexión a las lecturas del domingo veintisiete del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"     

Domingo 27º del T. Ordinario C

 

Hace mucho tiempo, me encontré con un libro que se titula “Bienaventurados los que tienen fe”. Es lo que se llama “la dicha de creer”. La fe, en efecto, nos da una visión muy hermosa de Dios, del mundo, del hombre, del tiempo, de la eternidad…

¡Se establece así una diferencia fundamental entre tener o no tener fe! Muchas veces no nos damos cuenta de esa diferencia, porque estamos acostumbrados, desde pequeños, a celebrar y vivir, de algún modo, los misterios de la fe y sus consecuencias; pero nos dicen los misioneros que, cuando, en los países de misión, las personas que van conociendo el cristianismo en una edad un tanto avanzada, comentan: “¡Qué tarde hemos conocido estas cosas!. ¡Dichosos los cristianos de Europa que, desde niños, conocen estas maravillas!”

Se habla algunas veces, de la relación entre fe y razón, que no son dos realidades contrapuestas sino complementarias. En efecto, cuando una persona se hace creyente, no quiere decir que use menos la inteligencia, que tenga que admitir cosas absurdas, que contradicen la razón, que sufra como “un lavado de cerebro…” que le mueva a aceptar todas aquellas cosas.                            Tener fe es como poseer unos “potentes anteojos” por los que podemos acceder a unas realidades que no son accesibles a nuestros sentidos ni a nuestra razón natural, o como poseer un potente “microscopio”, que nos descubre unas realidades, que escapan a una simple mirada.

La fe no se basa en los descubrimientos de los científicos, aunque éstos sean importantes y valiosos; no, en el consenso democrático de mucha gente; no, en las deliberaciones de los sabios, ni siquiera en una revelación personal… Se basa en lo que Dios nos ha ido manifestando a lo largo de la Historia de la Salvación, especialmente, a través de su Hijo, Jesucristo. En efecto, dice S. Juan: “A Dios nadie lo ha visto nunca. El Hijo, que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer”. (Jn 1, 18). Por eso, el Papa Juan Pablo II decía en una Jornada Mundial de la Juventud que, en algunas cuestiones, “Jesucristo es el único interlocutor competente”. Es el único que conoce y entiende esas realidades, a las que sólo podemos acceder por la fe y de las que nos gustaría hablar y discutir.

“Cuando Dios revela, nos enseña el Vaticano II, el hombre tiene que prestarle la obediencia de la fe” (D.V. 5). Eso supone una adhesión personal al Dios que se nos ha manifestado. Y cuando esto se hace, comienza un modo nuevo de vida: “El justo vivirá por su fe”, escuchamos hoy en la primera lectura. Tenemos que llevar, por tanto, una vida acorde con aquellas cosas que creemos. No vale creer y luego hacer todo lo contrario. ¡Ni siquiera merece la pena!

¡La incoherencia entre fe y vida el es drama del mundo cristiano de nuestro tiempo!

La fe es una virtud que llega a nosotros como un don, que se recibe en el Bautismo. Luego hay que conservarla, acrecentarla, vivirla y transmitirla. Y eso supone un trabajo arduo de estudio, consulta, reflexión…, y la ayuda de Dios. Por eso tenemos que decir muchas veces al Señor, como los apóstoles en Evangelio de hoy: “Auméntanos la fe”.

En la segunda lectura se nos urge a tomar parte en los “duros trabajos del Evangelio”, según la fuerza de Dios, y a vivir con fe y amor cristiano.

Ahora que comienza el curso, esta expresión del Apóstol puede constituir una manera de animar y animarnos a comprometernos en las distintas tareas de la vida de la Iglesia en nuestras parroquias y demás sectores pastorales.

Y no debemos olvidar la advertencia del Señor en el Evangelio de hoy: “Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”.                                                         

Hoy es un día apropiado para saborear “la dicha de creer” y para darle gracias a Dios, con todo el corazón, por el don inestimable e inefable de la fe, que llena de una luz y un colorido nuevo las diversas realidades de nuestra vida.                              

                                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 13:43  | Espiritualidad
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