S?bado, 09 de noviembre de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo treintidos del Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 32º del T. Ordinario C

 

        Ya sabemos que el Evangelio de San Lucas se estructura como un camino hacia Jerusalén. El domingo 13º, con el comienzo de la segunda parte de este Evangelio, comenzábamos ese ca-  mino. Hoy llega a su término. El texto de este día nos lo presenta ya en Jerusalén, donde “enseñaba a diario en el templo” (Lc 19, 47).

                     Uno de aquellos días, unos saduceos, que se distinguían de los fariseos, en que negaban la resurrección de los muertos y la existencia de ángeles y espíritus, se acercan a Jesús para presentarle una objeción contra de la resurrección.

         Se trata de una mujer que, de acuerdo con la Ley de Moisés, estuvo casada con siete hermanos, y había muerto. Y le preguntan: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer, porque los siete han estado casados con ella?”

                     Seguro que irían por el camino frotándose las manos y diciéndose unos a otros: “A este Maestro de Nazaret, lo vamos a dejar en ridículo, se va a quedar sin palabras, cuando le presentemos nuestro caso. ¡Verá qué absurda es esa doctrina que enseña acerca de la resurrección de los muertos. Le quedará totalmente demostrado que si eso fuera verdad, ¡qué líos se iban a formar después de la muerte!

   Pero yo estoy pensando, mientras escribo, que si estos días nos hicieran a nosotros, los cristianos de hoy, esa pregunta, qué responderíamos?

   Jesús lo resuelve muy fácilmente: ¡Después de la resurrección no habrá matrimonios!   ¡Serán todos libres como los ángeles! Por tanto, ¡ninguno de los siete hermanos se peleará por la mujer que tuvieron todos en la tierra!   

   Recuerdo que en una Jornada Mundial de la Juventud, San Juan Pablo II decía a los cientos de miles de  jóvenes reunidos, que hay cuestiones en las que Jesucristo es “el único interlocutor competente”, porque Él es el único que conoce y entiende de esos temas.

   Nosotros los conocemos sólo porque Él nos lo ha enseñado. En efecto, ¿por qué conocemos, con toda seguridad, la existencia del Cielo, del Purgatorio y del Infierno, sino porque Él nos lo ha manifestado? Y así podríamos continuar…

   En la conversación con Nicodemo, Jesús le dice: “Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo?” (Jn 3, 11-13).

   ¡Está claro, la resurrección de los muertos es una de aquellas cuestiones de las que hablaba el Papa en la Jornada Mundial de la Juventud!

   Pero hay más. Sigue diciendo el Señor: “Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos están vivos”.

   ¡Qué importante y decisivo es tener una fe cierta, convencida, en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro! Esa fe es la que sostuvo en el martirio a aquellos muchachos, los macabeos, que  nos presenta la primera lectura de este domingo. Y esa fe es la que ha sostenido, a lo largo de los siglos, a muchos hombres y mujeres en medio de las mayores dificultades, sin excluir la misma muerte, como es el caso de los mártires.

   Y al terminar el Año Litúrgico, hoy es ya el domingo 32º, se nos presentan estos temas, porque cada año, por estas fechas, recordamos y celebramos el término de la Historia humana, con la Segunda Venida del Señor, que dará paso a la resurrección de los muertos y a la vida del mundo futuro.

   Y todas estas cosas las celebramos, las vivimos y las anunciamos como miembros de una misma Iglesia, que es, al mismo tiempo, Diocesana y Universal.

                                                                                                               ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


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DOMINGO 32º DEL TIEMPO ORDINARIO C             

MONICIONES

 

 PRIMERA LECTURA

            Escuchamos en la primera lectura una historia impresionante. Siete hermanos judíos y su madre, son detenidos y forzados a quebrantar la Ley de Dios; pero ellos prefieren afrontar los tormentos y la muerte, seguros de que el Señor del Universo les resucitará.

 SALMO

            También nosotros esperamos alcanzar la vida eterna, siguiendo el camino del Señor. Por eso proclamamos en el salmo: “Al despertar (es decir, al resucitar) me saciaré de tu semblante, Señor”. 

SEGUNDA LECTURA

            El apóstol San Pablo exhorta a los fieles a mantenerse firmes en la fe, practicando toda clase de obras buenas y orando para que la Palabra de Dios se siga extendiendo. 

TERCERA LECTURA

Frente a la grave dificultad, que le presentan los saduceos, Jesús reafirma  la realidad de la resurrección y la vida después de la muerte.

Aclamémosle ahora con el canto del aleluya. 

COMUNIÓN

          Al acercarnos hoy a comulgar, recordemos las palabras del Señor: "El que come y carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día".

            Pidámosle al Señor que acreciente en nosotros la certeza de nuestra victoria definitiva sobre la muerte y  que seamos en todas partes testigos y mensajeros de esta esperanza.


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Mi?rcoles, 06 de noviembre de 2019

Comentario litúrgico al XXXII Domingo Ordinario por el P.    Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos. NOVIEMBRE 05, 2019 0(zenit)

TRIGÉSIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO COMÚN

Ciclo C

Textos: 2 Mac 7, 1-2. 9-14; 2 Tes 2, 15- 3, 5; Lc 20, 27-38

Idea principal: Creo con fe firme en el dogma de la resurrección de la carne.

Síntesis del mensaje: En este domingo el Señor nos invita a meditar con fe y serenidad en las verdades eternas que viviremos después de nuestra muerte. ¿Qué habrá después de esta vida? La muerte, el juicio, el veredicto de Dios: o el premio –después de una purificación en el purgatorio– o el castigo, que Dios nunca quiso, pero que nosotros nos ganamos con nuestra rebeldía y desamor, y finalmente la resurrección de nuestro cuerpo en la vida eterna. Todo el mes de noviembre está impregnado por estas verdades, sobre todo con la celebración de la fiesta de todos los Santos y la de los fieles Difuntos. El Catecismo de la Iglesia católica en el número 988 dice así: “el Credo cristiano —profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora— culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna”. Y en el número 990 declara: La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” (Rm 8, 11) volverán a tener vida”.

Puntos de la idea principal:

En primer lugarla primera lectura nos muestra que algunos mártires, en medio de una persecución contra los judíos, tuvieron una gran fe en la resurrección. Los judíos de los siglos precedentes no habían descubierto todavía la fe en la resurrección. Su creencia era similar a la de muchos pueblos –los griegos, por ejemplo- que pensaban que los hombres, tras la muerte, continuaban teniendo una existencia en los infiernos (que los judíos llamaban sheol), pero una existencia miserable, una existencia espectral, indigna de la naturaleza humana, y todavía menos de Dios. La muerte se les presentaba como una ruptura irreparable. Pero algunos recibieron la inspiración de Dios de una esperanza más allá de la muerte: “No me entregarás a la muerte, ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción” (Salmo 15, 10). Esperanza de que Dios les llevará consigo. Estos judíos estaban convencidos de que, para tener una vida plena junto a Dios, también debía resucitar su cuerpo. Preguntemos, si no, a la madre de los siete hijos (1ª lectura), a quien el rey Antíoco exigía –para que abandonaran su religión- comer carne de cerdo, prohibida por la ley de Moisés, por ser animal impuro. Para conservar la pureza ritual había que abstenerse absolutamente de comer de cerdo. Estos jóvenes resistieron y fueron fieles a la ley. Lo que les mantenía en su lucha contra el perseguidor era la fe en la resurrección. Tenían confianza de que Dios les recompensaría con una resurrección gloriosa. Dios no puede abandonar a sus fieles.

En segundo lugar, ahora es Jesús en el evangelio de hoy quien profesó esta certeza de la resurrección; más aún, anunció su propia resurrección. Ante la pregunta ridícula de los saduceos sobre la mujer que se casó siete veces – ¿de quién será mujer, de los siete esposos que tuvo? -, da una respuesta luminosa y decisiva al misterio de la resurrección. Les hace ver que tienen una idea equivocada de la resurrección. No es el retorno a la vida terrena, sino una resurrección que inaugura una vida completamente nueva de relación con Dios, llena de alegría y gozo, sin mezcla de tristeza ni fatiga, que sólo se dan aquí en la tierra. En esta nueva vida con Dios ya no hay necesidad de casarse ni de relaciones íntimas. Hay amor, pero no vida sexual, que en la tierra era consuelo, placer y bendición entre esposo y esposa para reforzar el amor entre los esposos y procrear. La vida allá no es continuación de la de aquí, llena de placeres sensibles y carnales, aunque legítimos y buenos, dentro de un matrimonio santo. No se necesita procrear, porque allá habrá sólo vida, no muerte. Allá seremos como ángeles, dice Jesús, con existencia espiritual, aunque con su cuerpo resucitado. Lo que esperamos no es una vida terrena, aunque mejorada, sino una vida celestial en plenitud, al lado de Dios y sus santos.

Finalmente, creer en la resurrección de los muertos ha sido desde sus comienzos un elemento esencial de la fe cristiana. “La resurrección de los muertos es esperanza de los cristianos; somos cristianos por creer en ella” (Tertuliano, De resurrectione mortuorum 1, 1). Busquemos ya aquí en la tierra los valores celestiales: amor, alegría, paz y unión con Dios y con todos los hermanos, sin odios ni egoísmos. Es una felicidad más profunda y completa, que aquí en la tierra era un sorbo, un aperitivo, mezclado a veces con la hiel y el vinagre. La 2ª lectura nos ayuda a prepararnos para esa resurrección: con confianza en Dios y esperanza inquebrantable, aún en medio de luchas y tribulaciones, pues el amor de Dios prevalecerá al final. Cristo nos ha prometido esta resurrección.

Para reflexionar: Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático como alimento para el viaje. Le habla entonces con una dulce seguridad: «Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, que te creó, en el nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que murió por ti, en el nombre del Espíritu Santo, que sobre ti descendió. Entra en el lugar de la paz y que tu morada esté junto a Dios en Sión, la ciudad santa, con Santa María Virgen, Madre de Dios, con san José y todos los ángeles y santos […] Te entrego a Dios, y, como criatura suya, te pongo en sus manos, pues es tu Hacedor, que te formó del polvo de la tierra. Y al dejar esta vida, salgan a tu encuentro la Virgen María y todos los ángeles y santos […] Que puedas contemplar cara a cara a tu Redentor» (Rito de la Unción de Enfermos y de su cuidado pastoral, Orden de recomendación de moribundos, 146-147).

Para rezar: agradezcamos la gracia de la vida eterna con las palabras de uno de los grandes doctores de la Iglesia, San Agustín:

“Entonces seremos libres y veremos,
veremos y amaremos,
amaremos y alabaremos.
He aquí lo que sucederá al fin sin fin”.

Para cualquier duda, pregunta o sugerencia, aquí tienen el email del padre Antonio, [email protected]


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S?bado, 02 de noviembre de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo treintiuno de Tiempo Ordinario C ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajo el apígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"                      

Domingo 31º del T. Ordinario C

 

         Zaqueo era una persona destacada en aquella sociedad en que vivía. San Lucas nos lo presenta como “jefe de publicanos y rico”. 

          Y este hombre tiene interés, no sabemos por qué, de ver a Jesús. Y, distinguido como era, se sube a una higuera y se contenta con verlo pasar de cerca.

          Pero en realidad, Zaqueo buscaba a Jesús, porque antes Jesús lo buscaba a él. ¡Es el misterio de la gracia divina, que precede y acompaña la acción humana!

          ¡Quién vería la cara de aquel hombre, cuando Jesús se para, le mira y le dice: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa!”. ¡Qué conmoción tuvo que producirse en su interior!  Lucas lo resume todo, diciendo sencillamente: “Él bajó enseguida y lo recibió muy contento”.

          De esta forma, este hombre se siente, quizá por primera vez, amado y distinguido por un judío. Quizá, por primera vez, se siente mirado por un judío, sin ser despreciado.

          Después Lucas nos presenta una doble escena: La primera, fuera de la casa: “Al ver esto, todos murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador”. La segunda, dentro de la casa. El Evangelio nos la presenta de forma adversativa: “Pero Zaqueo se puso en pie, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres;  y, si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más. Jesús le contestó: Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. ¡Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido!”.

          ¡Impresionante! ¡Asombroso!

          Todos nos preguntamos enseguida: ¿Qué le ha sucedido a Zaqueo para que actúe así? ¿Cómo ha sido capaz de convertirse hasta ese extremo?

          Está claro: ¡Jesucristo que le buscaba, como decíamos antes, le concedió el don de la conversión!

           ¡La conversión, el cambio de vida, no es fruto exclusivo del hombre, de su voluntad, de su fuerza interior! ¡Es, ante todo, y, sobre todo, don, gracia que el Señor no niega a nadie que quiera cambiar! ¡Sin ese don, la conversión es imposible o es cosa de un momento!  Por eso, en la S. Escritura leemos: “Conviértenos, Señor. Y nos convertiremos a ti” (Lam. 5, 7).

          Zaqueo es, pues, imagen de todo el que busca un cambio radical en su vida: comenzar de nuevo, partir de cero otra vez.

          Los cristianos no tenemos que envidiarle porque Jesucristo, vivo y resucitado, está presente en medio de nosotros, y nos busca para reproducir en nosotros lo de Zaqueo. ¡Él ha instituido los sacramentos, como signos y lugares de su presencia y de su eficacia salvadora!

          ¡En el sacramento de la Penitencia, o mejor, en el de la Reconciliación, el Señor acoge nuestra conversión y dice también de cada uno de nosotros: “Hoy ha sido la salvación de esta casa!”.

          ¡De este modo, se vale el Señor de la fragilidad de lo humano, del ministerio ordenado, para seguir realizando hoy sus maravillas en nosotros, como entonces, en casa de Zaqueo!

                                                                                ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!           


Publicado por verdenaranja @ 16:11  | Espiritualidad
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DOMINGO 31º DEL TIEMPO ORDINARIO C 

MONICIONES 

 

 

PRIMERA LECTURA

      Hoy, en el Evangelio, contemplaremos una escena especialmente entrañable: El encuentro de Jesús con Zaqueo.

      En la primera lectura, un sabio del Antiguo Testamento, nos explica cómo Dios se acerca a los pecadores con amor y  misericordia.

 SALMO

      Cantemos en el salmo al Dios clemente y misericordioso, que es bueno y cariñoso con todas sus criaturas.

 SEGUNDA LECTURA

      En la segunda lectura S. Pablo nos habla hoy de un tema que preocupaba mucho a los cristianos de su tiempo y que también se plantea actualmente en alguna ocasión: Se trata de saber si el fin del mundo, o mejor, la Segunda Venida del Señor, está cerca. El apóstol les llama a la tranquilidad y a la paz  de acuerdo con lo que les ha enseñado.

 TERCERA LECTURA  

      Aclamemos ahora, con el canto del aleluya, a Jesucristo nuestro Salvador, que, en su encuentro con Zaqueo nos revela el rostro misericordioso de Dios Padre.

      ¡Qué dicha la nuestra que tenemos un Padre así!

 COMUNIÓN

      En la Comunión Jesucristo, el Señor, quiere hospedarse en nuestra casa, en nuestro corazón, como un día en casa de Zaqueo. Que su ejemplo  nos estimule a recibirle muy contentos, a convertirnos más y más, y a unirnos más a Él. 


Publicado por verdenaranja @ 16:07  | Liturgia
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