Viernes, 20 de diciembre de 2019

Reflexión a las lecturas del domingo cuarto de Adviento ofrecida por el sacerdote Don Juan Manuel Pérez Piñero bajoel epígrafe "ECOS DEL DÍA DEL SEÑOR"

Domingo 4º de Adviento A

 

Durante el Tiempo de Adviento, que va a terminar, diversos personajes han surgido en medio de nuestras celebraciones, para guiar nuestra preparación para la Navidad. En primer lugar, los profetas, especialmente, Isaías, que nos han anunciado los tiempos del Mesías; Juan el Bautista, que nos ha señalado la conversión y las buenas obras como camino de preparación para la Navidad, y la Virgen María, que es el  “icono principal” del Adviento. En ella descubrimos la forma concreta de prepararnos,  de modo que el Señor Jesús pueda venir a cada uno de nosotros, a nuestro corazón y a nuestra vida. Lo contemplábamos, especialmente, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción, que este año hemos celebrado el 2º Domingo de Adviento: ¡limpios de pecado y llenos de gracia!

En el cuarto Domingo, surge, cada año, en medio de nuestra celebración, la figura entrañable, luminosa y ejemplar, de la Virgen Madre. Con qué delicadeza y claridad nos presenta el evangelista S. Mateo la fe de la Iglesia en el misterio inefable de la Maternidad virginal de María.

 Nos dice el evangelista que la Virgen María va a tener un hijo, pero que aún no convivía con José su esposo. ¡Será sin concurso de varón, por obra del Espíritu Santo! San José no conoce todavía “el misterio”, y decide “repudiarla en secreto”, en lugar de denunciarla. En sueños, un ángel le descubre aquella realidad misteriosa, y él la acoge y la lleva a su casa.

Pero la realidad de la virginidad de María no significa desprecio o menosprecio de la sexualidad y de la maternidad humanas. ¡Dios no actúa así! Lo que nos enseña es que aquel Niño que viene, no es un niño como los demás; es el Hijo de Dios que viene a salvarnos.

Nos enseña, además, y esto es importante, que la salvación que Él nos trae, viene toda de Dios. ¡El hombre no puede salvarse a sí mismo! La salvación no viene de la capacidad y del poder de José ni de ningún hombre sino de Dios. Incluso, el parto en Belén será distinto, será un parto virginal:  Nos dice San Lucas que la Madre del Señor da a luz al Niño, lo envuelve en pañales, y ella misma lo reclina en el pesebre. El Hijo de Dios ha querido llegar así hasta nosotros. ¡Y Dios no hace milagros sin necesidad! De este modo, la virginidad después del parto se nos presenta como una consecuencia elemental de la consagración exclusiva de María  por la concepción y el parto del Hijo de Dios  y por su matrimonio virginal con José (Lc 1, 34).

¡La virginidad de la Madre del Señor es, por tanto, una verdad fundamental de la doctrina cristiana!

Es impresionante pensar hasta qué punto la Virgen se fía de Dios. ¡Si podrían haberla apedreado! También José, a través de aquel mensajero celestial, también se fía de Dios en la “noche de la fe”.  Él va a hacer “las veces de padre” de un niño que no procede de él. Su esposa ha sido elegida por Dios para el Misterio de la Encarnación y, en ese Misterio, Dios le ha colocado para hacer las veces de padre. Por eso el ángel le dice: “Y tú le pondrás por nombre “Jesús”.

La Virgen, llevando en su seno al Hijo de Dios, es “la señal” de la presencia de Dios en el mundo, de la que nos habla la primera lectura de hoy.  Ella es la respuesta de Dios al hombre, que esperaba un Salvador; ella, la señal luminosa y espléndida del cumplimiento de las promesas del Señor al pueblo de Israel; En ella convergen los anhelos, las ilusiones y las esperanzas de todos los pueblos de la tierra, que, de un modo u otro, andan buscando también “un mesías”, “un salvador”.

¡Dichosos nosotros si acertamos a cogernos de la mano de la Virgen María a la hora de iniciar el camino del Tiempo de Navidad que se acerca!

“¡Va a entrar el Señor. Él es el Rey de la Gloria!”, repetimos este domingo en el salmo responsorial. ¡Dichosos los que estamos preparados para salir a su encuentro!

 

                                                                                                     ¡FELIZ DÍA DEL SEÑOR!


Publicado por verdenaranja @ 16:53  | Espiritualidad
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