Mi?rcoles, 15 de enero de 2020

Comentario litúrgico al 2º Domingo del Tiempo Ordinario A por el P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor en el Noviciado de la Legión de Cristo en Monterrey (México) y asistente del Centro Sacerdotal Logos en México y Centroamérica, para la formación de sacerdotes diocesanos.  ENERO 14, 2020 (zenit).

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO

Ciclo A

Comenzamos el Tiempo litúrgico ordinario. ¿Qué significa? 

“Además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan 33 o 34 semanas en el curso del año, en los cuales no se celebra algún aspecto peculiar del misterio de Cristo, sino más bien se recuerda el mismo misterio de Cristo en su plenitud, principalmente los domingos. Este período de tiempo recibe el nombre de Tiempo Ordinario. El Tiempo Ordinario comienza el lunes que sigue al domingo posterior al 6 de enero y se extiende hasta el martes antes de Cuaresma, inclusive. De nuevo comienza el lunes del domingo de Pentecostés y termina antes de las primeras vísperas del domingo I de Adviento” (Normas Universales para el Año Litúrgico y el Calendario, 43-44).

Este tiempo tiene su gracia particular.

  • Primero, nos acompaña en la tarea de crecimiento y maduración de lo que hemos celebrado en la Navidad y en la Pascua, nos hace descubrir la gracia de lo ordinario: encontramos a Dios también en los acontecimientos diarios, “entre los pucheros anda el Señor”, diría santa Teresa en el libro de las Fundaciones 5, 8.
  • Segundo, nos ayuda a vivir la vida cotidiana como tiempo de salvación: el “chronos”, el tiempo inexorable que pasa, se va llenando de “kairós”, oportunidad y tiempo para transformarnos en Cristo.
  • Finalmente, el Tiempo Ordinario es momento privilegiado para experimentar nuestra pertenencia a la comunidad cristiana; para vivir el “día del Señor” con la conciencia gozosa de que Él está presente, aunque no lo vemos; para escuchar la Palabra y alimentarnos con el Cuerpo y Sangre de Cristo, sacramento que nos da fuerza en nuestro camino, y así salir de nuevo a “la vida” con más ánimos y energías.

Textos del Domingo 2 del Tiempo Ordinario:

Isaías 49, 3.5-6; 1 Co 1, 1-3; Juan 1, 29-34.

Idea principal: Ese Dios que vino al mundo es Siervo.

Resumen del mensaje: Ese Hijo de Dios, Jesús, después de su vida oculta y humilde en Belén y Nazaret, sale feliz y radiante a su vida pública a los treinta años con su carnet de identidad: es Siervo. Su huella dactilar está bien clara y legible: “Vine para servir, no para ser servido”.

 

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, Jesús es siervo para servir, primero, a su Padre celestial, glorificándole y cumpliendo incansablemente la misión de ser luz y poder reunir a su pueblo y traer de vuelta a Dios a los supervivientes (primera lectura). Este siervo experimentará cansancio, es verdad, pero nunca será en vano. Y aunque los resultados de su servicio no corresponden a las expectativas y esfuerzos, Él se encuentra en paz, porque trabajó para dar gloria a su Padre y la recompensa le vendrá de Él. En el servir a su Padre celestial esta su agrado y deleite.

En segundo lugar, Jesús es siervo para servir también a la humanidad, a cada hombre y mujer. Para cumplir su misión de siervo se reviste de entrañas de Cordero que se dejará inmolar y sacrificar para quitarnos el pecado (evangelio) y darnos el Espíritu de santidad. Este título de Cordero incluye los siguientes rasgos: Cordero vencedor, Cordero expiatorio, Cordero pascual liberador. A Jesús en la cruz, igual que al cordero pascual, no le quebrarán ningún hueso. ¿Cómo quita Jesús el pecado de la humanidad? Asumiendo la condición humana de siervo y ofreciéndose desde la cruz, en ofrenda voluntad y servicio de amor. Desde la cruz nos da el Espíritu Santo que purifica y perdona todos nuestros pecados. Nos sirve con amor y desprendimiento, sin buscar compensaciones, sin ser un “mandón” que esclaviza y humilla.

Finalmente, todo seguidor de Cristo tiene que vivir esta dimensión de siervo en todas partes y con todos: con Dios, en la familia, en el trabajo, en las comunidades. Servir a Dios con una vida santa (segunda lectura). Servir a la familia con una vida de entrega, sacrificio y ejemplo para los hijos. Servir en el trabajo con una vida honesta y coherente. Servir en las comunidades mediante la disponibilidad desinteresada en los diversos apostolados que surjan, sin buscar puestos de honor ni querer ser un “mandón” soberbio y altanero.

Para reflexionar: ¿Tengo manos, corazón y pies de servidor o de mandón? ¿Domino o sirvo? ¿Sirvo con amor o a regañadientes? 

Para rezar:

Nos has mostrado con tu ejemplo, Señor,
que es posible vivir para los demás.
Tu vida es un espejo fiel donde mirarnos
para descubrir cuánto nos falta cambiar
y cuánto todavía podemos dar a los demás.
Tú saliste a recorrer los caminos
para ir al encuentro del necesitado
y el excluido.
Tú acogiste a los despreciados
y a los que todos marginaban
y dejaban a un costado.
Tú atendiste las necesidades del pueblo,
sanaste sus enfermedades,
les enseñaste a compartir el pan,
y vivir unidos.
Tú ofreciste tu vida
hasta el final, hasta entregarla por amor
y pura donación, para que todos vivamos más y mejor,
y podamos alcanzar la vida verdadera.
Señor del servicio, muéstranos el camino
que lleva a darlo todo por los demás.
Ayúdanos a tener tus mismos sentimientos, preocupaciones y opciones.
Haz que atendamos las necesidades, sufrimientos y esperanzas de nuestro pueblo.

Haznos cercanos y hermanos de todos.
Enséñanos a vivir pensando primero en el otro,

enséñanos a vivir
como verdaderos servidores, dispuestos, generosos,

alegres y fraternos con todos, Señor, con todos.

Amén.



Publicado por verdenaranja @ 15:56  | Espiritualidad
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